Ahí está el detalle
Lo que algunos percibiremos como exceso, los demás lo entenderemos como notable...
Textos para inspirar tu proceso creativo, acompañarte en la escritura y compartir los hallazgos que surgen en los talleres.
Lo que algunos percibiremos como exceso, los demás lo entenderemos como notable...
Intentó absorber un poco el aire húmedo. Miró su celular: faltaban trece minutos para las siete. Cerró los ojos. Pensó que todo aquello era quizás solo una pesadilla. Los abrió. Las manchas seguían ahí, más frescas y vivas. Su corazón era un puño golpeando las costillas con tal violencia que hacía vibrar el collar de mariposas tornasoladas que resplandecían en su garganta. Cada aleteo metálico le dejaba una marca rojiza.
Aguardó paciente en la barra, negándose a aceptar la bebida. Un hombre atravesó una cortina mientras se acomodaba la bragueta. Quinto alcanzó a ver a Pilar sentada en una cama, apenas si podía ponerse la ropa. La muchacha salió del cuchitril y sintió vergüenza al reconocer a Quinto.
Fui a un retiro en el colegio, me quedé solo rezando en la capilla conversando con Dios, le decía. —No sé qué hacer, señor, dame una señal sobre lo que quieres de mí. De pronto escuché un estruendo que venía por detrás, volteé asustado, no había nadie y la última banca estaba ladeada, como si alguien la hubiese movido.
Un desarrollador que quiere dotar de un “alma” a su chatbot, romances con inteligencias artificiales y casos de psicosis digital revelan cómo la tecnología redefine nuestros afectos. A tres años de la irrupción de ChatGPT, millones de usuarios descubrieron un espejo de su soledad.
Un calor sofocante te invade de inmediato, tu respiración se acelera, tu cuerpo se encorva y tensas la mandíbula, como si hubieras cometido el peor de los pecados. Das un puñetazo a la mesa. Respiras profundamente; cambias de app y entras a ver vídeos para distraerte con el scroll infinito. Abres una bolsa de papitas Lays y te la devoras.
Algunas veces veo esa escena donde celebran una victoria los Vikingos. La dueña del departamento hace lo mismo con un hombre que solo viene en las noches, algunas veces, a eso de las 9 p. m. Ambos se besan sin ropa, tocan sus cuerpos suavemente o con fuerza y luego la situación se descontrola, como en el vidrio colgado en la pared. Por un momento, se quedan dormidos y luego vuelven a hacer el mismo acto por unos minutos más.
Iba a otro colegio y era dos años mayor que yo. Vivía en una casa de tres pisos frente a un parque. Solía pasar por ahí camino a la cancha de fútbol. Siempre veía a chicos merodeando por su calle. Su grupito estaba conformado por chicas tan guapas y populares como ella. Mis amigos y yo las conocíamos como Las Barbies.
Al morder la empanada no sentí nada más que la presión, no quería ser regañada por nadie. Me sudaba la frente y en tres mordiscos ya me había comido la primera. Escuché una risita desde atrás, sabía que Sofía me miraba divertida. Me dieron náuseas y me pregunté cuánto tiempo más seguiría comiendo empanadas sin masticarlas.
Presionó las teclas una por una, deslizando su dedo índice a través de la superficie del teléfono antes de marcar el siguiente número y parando por unos segundos antes de seleccionar el “2” final. Hubiera preferido tener un plan o al menos una idea general de qué decir, pero mientras más tiempo esperaba menos segura se sentía, así que solo lo hizo.
Alma retrocedió. El aire estaba helado, cargado, como antes de una tormenta. En la pantalla del celular, la imagen se distorsionó y por un segundo apareció algo que no era un rostro, pero tampoco una sombra. Era una forma incompleta, hecha de líneas rotas, píxeles y estática.
Rocco y Black Fang se hicieron amigos tan pronto como se vieron. Ellos, al igual que la mayoría de hijos de caimanes civilizados y capibaras, jugaban todo el día. A veces ellos dos solos y otras con todos los caimancitos y capibarcitos...
Anestesiado sobre la mesa de operaciones, el perro soñaba despreocupado. Paulo buscó el punto para continuar la incisión. Dudó. Volvió a buscarlo. Sintió el sudor sobre sus cejas. El reloj marcaba las ocho y doce cuando vio que Marta se ajustaba los guantes en silencio.
Creí que todo había terminado. Cerré los ojos, esperando lo peor, pero un ladrido firme los ahuyentó. Era un perro grisáceo, de ojos marrones, que se acercó a lamer mis lágrimas. Lo abracé. Ya no estaba sola.
Fuimos al segundo piso, y en el living donde había dejado mi Walkman y la calculadora de mi tío, junto con el libro de «El porqué de Snoopy», ellos solo habían dejado el libro. Tampoco estaban los equipos de sonido ni los ventiladores, y hasta intentaron llevarse o desconectar el teléfono del segundo piso. Luego, en los cuatro dormitorios, toda la ropa de los cajones estaba afuera; los joyeros quedaron vacíos, las sábanas tampoco estaban, las habían utilizado para envolver las cosas.
Cuando salí de la cancha, el sol ya empezaba a bajar. El aire olía a pasto y a cansancio, de ese que se siente bien. Me quité los guantes despacio, todavía con la sensación de sus palabras rondándome la cabeza.
La dueña intentó atraparme, pero yo me escondí en un arbusto cerca de la casa vecina donde no me pudo ver. Aproveché que ya me había escapado y me eché una siesta en ese arbusto.
Entonces la familia de cocodrilos civilizados se hizo amiga de la manada de capibaras. Pasó mucho tiempo y los hijitos de los cocodrilos se hicieron amigos y juagaban a las chapadas y a jugar escondidas bajo el agua con los hijitos de la familia de los capibaras, los capibaras eran felices, pues cuando se cansaban de nadar ellos se subían al lomo de los cocodrilos y ellos los llevaban a todas partes el rio.
Un día de verano, mientras jugaban lejos de los adultos, una corriente arrastró a la mayor. Aunque se esforzaba con sus brazadas estilizadas y rítmicas, solo conseguía remover espuma y exponerse a los golpes del agua. En pocos minutos se sintió agotada, nerviosa y muda de miedo.
Dicen que lo cubrieron gente de la Marina y del gobierno de Alan, que estaban metidos en el negocio de ese cargamento secreto. Al comienzo, la prensa soltó que Villar estaba en un manicomio, que se había vuelto loco por todo lo acontecido. Que él fue el único sobreviviente porque estaba entrenado para esos sucesos y que luego lo mandaron al extranjero. Nadie sabe a dónde lo mandaron.
El primer minuto nos sonreímos, primero con los labios, y luego con los ojos. Para el segundo, nuestras miradas se paseaban de los ojos, a los labios, y de los labios, a los ojos. Me di cuenta de que estábamos más cerca y que podía sentir el calor de sus mejillas sobre las mías. El tiempo pasaba, pero decidí ignorarlo, quería dilatar este momento, hacerlo infinito, ralentizar el tiempo, que dure mucho más que solo 240 segundos. Ella se acercó más, pegó su frente con la mía, y sus ojos se enfocaron en mis labios.
Abrimos los ojos, soltamos nuestras lenguas con pena, nos quedamos tendidos, desnudos uno al lado del otro sin decir palabra, en silencio. Yo me sentía atormentado por una culpa que no sabía de dónde venía, pero pesaba el doble que yo y me oprimía contra la cama, hundiéndome en lo más profundo. Estaba lleno de miedo, no podía articular palabra.
Entra al baño y hace la demostración. Matilda observa la cortina. ¿Habrá una simple ducha ahí detrás? Respira tranquila al ver la tina: tengo todo lo que tenía que tener, se dice recordando a Estefano.
El dientes de sable corrió hasta que encontró a su amigo, el Tiranosaurio Rex, el rey de los dinosaurios, que medía 13 metros de largo y 4 de alto, era una descomunal bestia.
Ese instante quedaría por siempre grabado en su memoria, trazado entre la culpa y el orgullo. Como una duda constante de si ella lo había causado, pues, aunque las leyes de física la refutaron, ella lo había deseado y pasó.
Ahora escribo esto sabiendo el poder transformador de lo onírico y lo frágil que es la conciencia. En mi sueño de Huacapongo no era consciente de eso pero ahora lo soy y además ya no estoy solo en esto. Tengo un equipo interesado en averiguar lo que hay detrás de los sueños.
En un mundo donde los maestros son solo una extensión de la inteligencia artificial, cada año se realiza una búsqueda de elegidos. Diana es la nueva seleccionada. ¿Podrá preservar la paz o descubrirá que todo es solo una ilusión? Quizás solo está atrapada en un círculo interminable de misiones que solo harán que se sienta miserable.
Si realmente estuvieran interesados en encontrarlo, ya lo habrían hecho. Seguro hay un acuerdo, una coima por debajo de la mesa. O tal vez realmente son tan incapaces. No me cuesta creerlo. Qué pena. Qué tristeza.
El camarógrafo colocó el dedo sobre el disparador. El ojo de la cámara se abrió, listo para tragar las almas y dejarlas atrapadas para siempre en el mausoleo de los recuerdos. Y entonces sucedió: al disparo de flash le continuó un silencio súbito que permitía oír los cubitos de hielo derretirse dentro de las hieleras de la mesa. Todos alrededor los observaban.
Fueron directo a boletería. El rostro de Jim Carrey, en primer plano, formado por infinitos televisores a modo de píxeles, dominaba el afiche luminoso que, con letras gruesas, anunciaba: EL SHOW DE TRUMAN.
Desde las sombras, un ruido leve pero constante, como de estática, empezaba a materializarse. La pequeña Flor debía tener no más de cinco años en aquella foto; Margarita alrededor de doce, y de Rosa no se podía saber, su edad había sido otro de sus muchos secretos y mentiras. En la foto, los brazos de Rosa cercaban a sus dos hijas, en un abrazo tenso que las retenía. Flor suspiró por lo que fue y por lo que acabó siendo.
Con todo planeado me traje una linterna, me tire por la ventana y me fui al bosque… Algo que noté apenas entré fue que los árboles no eran tan gruesos sino eran extrañamente delgados. Como lo planeado fui marcando el camino con piedritas. A medida que avanzaba, más gruesos los árboles resultaban.
No recuerdo cómo fue mi último pasatiempo, solo sé que estaba cruzando la pista yendo hacia mi escuela con mi padre al costado y, de un momento a otro, un carro pasó sobre mí. Y ya está. Luego me vi en un cajón con varias flores al costado, con la tapa abierta y pudiendo apreciar un cuerpo.
Tania no cabía de alegría y de agradecimiento. Le plantó un sonoro beso en la cabeza al perro y, saltarina ingreso a la posada. Cierto es que eufemísticamente podía ser calificada como posada, pues en realidad era apenas un salón rodeado de seis habitaciones— tres a cada lado—, tan pequeñas que en estas solo cabía un ínfimo catre: eran como celdas. Pero esto no le preocupaba a Tania; tenía un techo sobre la cabeza y unos muros que atraparían el calor; era lo único que necesitaba.
Fue corriendo hacia su baño, ni siquiera molestándose en revisar la hora o guardar silencio para no despertar a nadie. Tanteó con la pared de baldosa hasta encontrar el interruptor de luz e inmediatamente escupió en el caño.
Al día siguiente, al abrir los ojos se levantó de golpe, oró, hizo ejercicios e intentó subirse solo, con éxito y por vez primera, a la silla de ruedas. Comió pausadamente pero sin demora, un suculento y fresco sándwich con un jugo de sandía y un café americano que le trajeron. No encontraba sus analgésicos para el dolor de piernas que a veces le venía tan grande, pero esa vez decidió ignorarlo.
La sabana era silenciosa, la lluvia caía y el cielo oscurecía. Mocca no sabía a dónde ir. Solo se acurrucó entre las húmedas hierbas a los pies del árbol esperando una señal, que alguien lo ayudara.
Isla comenzó a explorar este nuevo mundo. La gente que la rodeaba hablaba de sus sueños y luchas, de realidades compartidas y esperanzas. En ese momento, Isla comprendió que había escapado no solo de su vida, sino también de las conexiones humanas que la enriquecían.
Martina envejeció al lado de Felipe sin miedo. El tiempo avanzaba, pero con un ritmo distinto, donde ya se notaba la fatiga y las arrugas, pero no se perdía el amor. En todo ese tiempo, vivieron juntos. Discutieron poco y se reconciliaron siempre. Cada vez que Martina cerraba los ojos por las noches, sentía que no le faltaba nada.
Este tiempo lejos de la escritura me permitió conocer lugares increíbles, tener un estilo de vida holgado y entender algo importante: quizás yo no era de poesía ni de realismo sucio. Quizás yo soy de esto.
El Señor P. me daba miedo. Mamá no lo sabía, pues siempre andaba ocupada en el chiquero, o yendo a buscar comida para los cerdos, o a la caza de clientes para venderlos. Cuando llegué el Señor P. se portó muy amable conmigo, más que mamá incluso. Me decía Esperancita, y lo odiaba. Cuando mamá me mandaba con él al pueblo, a comprar las provisiones, buscaba siempre hacerme conversación, y me decía Esperancita, ya tienes novio, Esperancita no vayas hacer caso a los chicos, Esperancita aunque estés gordita, estás muy bonita. Y lo odiaba más.
Él era el único que tenía clara su misión en la vida: la música. No era un oficio ni un refugio, sino su manera de estar en el mundo. Su falta de visión había afilado ese oído absoluto que siempre lo guiaba. Era un líder sin proponérselo, el pívot que mantenía al grupo en equilibrio.
Entré en un primer portal que me llevó a aquel parque donde soliamos jugar, y la vi, me acerqué a ella diciendo su nombre muy contenta, pero cuando ella se volteó y me vio dijo “¿Y tú qué haces aquí..? Déjame sola, no te quiero ver cerca de mí.” Después de escuchar eso me sentí rara, pero no dejé de intentarlo.
Han pasado unas semanas y aún sigo deprimida, por Lorena, por la bebé Claudia y por todo lo que había pasado. Seguía pensando en la bebé Claudita, ¿Qué será de ella? ¿dónde estará ahora?
La sangre se encendió en mi rostro de repente. Me desarmó su frescura y desenfado para hablar y decir las cosas que pensaba, así, sin más, sin tapujos, sin medir consecuencias. Quería cagarme de risa, pero en cambio, puse el parche...
Me sumergí en la música, mi único lugar seguro, aunque en realidad me hacía sentir viva. Solo cerraba los ojos y me llevaba a otra dimensión. Comencé a bailar en mi sala de estudio con los audífonos puestos, como si eso fuera a aminorar todo lo que acababa de pasar.
Las circunstancias son el material, pero nuestras decisiones son el arquitecto que nos da forma, demostrando que somos más que la suma de nuestras experiencia.
Es que Alonso y yo teníamos años siendo pareja. Ese gordo con su cara de baboso me había sido infiel antes de casarnos, alucina. Y yo para joderlo cuando me enteré, tomé su celular y grabé en video toda la conversación desde su teléfono y lo subí desde allí a sus redes sociales para que sus amigos, su jefe, su familia y todo el mundo vean las porquerías que estaba haciendo. Incluso había fotos de ellos calatos. Así lo jodí a ese huevón.
Contesté. Al otro lado de la línea escuché una respiración. De pronto, hubo un resuello, y gritos, varios. Mucha gente empezó a correr, algunos espantados. Una señora se persignó, mientras otros sacaban sus celulares. Yo seguía en la llamada, repitiendo una y otra vez el nombre de Takeshi. No había respuesta. La llamada había finalizado.
El puño de Kike detuvo abruptamente su trayecto. Osquitar y Lucho abrieron los ojos como si hubieran visto un alien saliendo de su nave espacial. El papá de Paolita, incrédulo por lo escuchado, se llevó la mano a la boca.
Tras calmarme un momento, me volví a armar de valor y volvi a entrar, Molly mordía fuertemente mi pantalón pues quería evitar que yo entrara en aquella cueva.
No sabían nada de mí, de mis miedos e inseguridades y ahora querían hacerme responsable de su patética vida. Ni pensarlo. Di un golpe violento a la mesa, me paré, agarré las llaves y me fui, golpeé cada pared que vi, los nudillos ya me empezaban a doler, lamenté no haber sacado mis baquetas.
Encendió los neumáticos, se paró frente al fuego. El hollín le ardía en la nariz, el polvo le raspaba la boca mientras crujían las piedras.
Vaelor no tuvo tiempo de responder por que el chef principal llegó diciendo el desayuno: pan suave de algas marinas cubierto con miel cristalizada que brilla como oro líquido. A un lado, frutas exóticas cortadas en formas delicadas: cocos azules, mangos dorados y bayas que destellan con diminutas luces…
Por su gran amor a los animales, ella decide estudiar veterinaria, pero su papá no quiere y termina dañando a su perrita.
Un día los dos se embarcaron en una nave espacial que los llevó a otro mundo. En ese mundo nadie hablaba, ni tampoco los animales se comunicaban por sonidos, porque en ese mundo hablar era un delito.
Arrancaron dando rienda suelta a la euforia. Competían para ver quién se coronaría el más intrépido. Sorteaban cuanto obstáculo se les cruzaba y hacían renegar a más de un vecino.
Tú eras todo en Casa Kuti: el dueño, el mesero, el barman, el cajero, el cantante, el amigo poeta de otros poetas y, principalmente, el esposo tierno de Sofía. La única mujer que aceptó acompañarte en esa aventura nocturna que te llevaría por fin a la ruina.
Por qué escapó en primer lugar y por qué su cuerpo decidió volver.
Pero sacrificar animalillos para que Roberta le enseñara a contactar al espíritu de su madre era una cosa, y sacrificar al niño indefenso atado en la vieja y pesada mesa de roble era otra.
Volvió a verla. Ya no como profesor, sino como confidente. Ella le contaba sus pensamientos, sus lecturas, sus sueños. Y un día, sin dramatismo, le confesó que estaba involucrada con un amigo: que se acostaban, aunque él no la oficializaba.
Él es Mocca, es una cria de león.
Hoy me sigo muriendo postrado en esta cama, desesperado por un poco de morfina para calmar al cuerpo, porque mi alma ya está lista para el infierno.
Desde ese día, Alma empieza a notar cosas extrañas: personas que parecen observarla, sueños que se repiten y mensajes que aparecen en su cuaderno sin que ella los haya escrito.
El cielo también pintaba una vista poco apetecible esa noche. Completamente negro, hasta la luna había sido cubierta por cúmulos de nubes grises. Pero prefería perderse en ese paisaje que mirarla a los ojos...
Entonces, por fin, se decidió. Frente al vacío, apretó los labios, tomó un largo respiro y ajustó una vez más la correa del arnés. Tensó cada uno de sus músculos. Escuchó el leve crujir del puente. Sintió el frío del viento en la cara.
Un silencio turbio cayó entre nosotros. Intentamos volver a besarnos, pero no pudimos. Sentimos algo que no era paz; era la calma tensa antes de un tsunami. Solo se oía la agitación de nuestras respiraciones. Pisé el acelerador con furia y dejé una firma de caucho quemado en el asfalto. No quería volver jamás.
Salí corriendo al pasillo. Pepito se había ido y no volvería ni en media hora, ni la mañana siguiente, no volvería nunca, Pepito había muerto solo...
Entonces, todos se enteraron de que Celeste, por lo bajo, se escapaba de su cuarto, por las noches, que llegaba al cuarto de Ángelo, y ambos corrían hacia un parque lejano. Allí, ella se liberaba con la música, con el alcohol y algo más.
A las dos semanas, Fernanda ya salía son Marcelo. Como amigos, como enamorados, como alguien especial. Ella lo mimaba con juegos, le hablaba de su familia, lo invitaba a reuniones con sus amigos. Él se comportaba como un caballero...
Miquelo miró por la ventana. La ciudad mutaba. Las casas bajas de colores chillones daban paso a torres de ladrillo sin terminar. No había arquitectura, solo acumulación. Un paisaje tísico donde, de pronto, emergió una catedral pintada de rosa...
Cuando viajé a Lima al primo Alex se le ocurrió correr en la playa y yo lo seguí y un imbécil gritó “Que ricas tetas”. Qué vergüenza, Sandri. Me puse roja y quería que me tragara la tierra en ese instante.
Pablo estaba concentrado, imaginando a trescientos espartanos atrincherados en el paso de las Termópilas, resistiendo el masivo embate persa, hasta que un silbido rompió su trance. Una melodía se colaba en su estudio; provenía de la ventana vecina, que miraba directamente a ese espacio...
No creo que “el arte de amar” sea lo apropiado, pero como que me estoy curando de esa herida y ya no quiero sufrir más. Lo veo, guardo su foto, algo de su aroma en un frasco, cartas, correos electrónicos, y siempre mi memoria, la que recuerda que una fecha tal lo vi, otra fecha me dejó, y así sucesivamente.
En el grupo nadie comentó. Esperé. Sabía que el pez por la boca muere, el que hablaba primero se estaría delatando indirectamente. Al día siguiente, por la mañana, mi celular vibró. Takeshi había escrito, para mi sorpresa (o no). Se exculpó e indicó que él había cumplido con el reto planteado. Lorena hizo lo mismo. Y yo, por supuesto, también.
Pocos meses de haber terminado la carrera me llamó llorando, estaba afligida porque se enteró de una infidelidad de su novio que vivía a 4 horas de distancia de ella. Le dije que todo estaría bien y que yo estaría ahí para ella.
Su padre había sido sindicalista; lamentablemente fue uno de los fallecidos en la toma de Cromotex. No tenía recuerdos de él; no supo quién había sido su padre hasta varios años después, al encontrar recortes de periódico de la época guardados en un sobre manila que encontró por casualidad cuando buscaba una libreta de notas.
Celeste me dijo que podía ver su álbum de fotos. Ella tiene familia en algún lado del norte. ¿Piura? Creo que sí. Estaba tan linda, que solo miraba su cara.
Sol había recreado un rostro que emergía de un río, con los ojos apenas visibles. Algo similar a la icónica escena de Apocalypse Now, con Martin Sheen saliendo del agua.
Después de eso no volvimos a mirarnos a los ojos, era como si algo secreto, no dicho, pero latente, hubiera reemplazado lo que vivimos con otros recuerdos...
La larva parecía atrincherada entre los conductos auditivos y la extracción parecía imposible. Se apalancó levemente sobre la cabeza del anfitrión, logró extraerla, pero sintió una mordida sobre el dedo que terminó por desprenderle una uña.
Era ese tipo de mujer a la que no se le podía descubrir una edad exacta pero se podía intuir que ya no era una jovencita. Aunque por momentos, ciertos movimientos y ciertas posiciones de su cuerpo te invitan a pensar en ello.
Mientras freía las papas en la sartén, escuché un ruido tan fuerte que me dio miedo. Como si una tostadora gigante estuviera tostando maíz perlita. Dejé todo y salí de la cocina asustada. Una nube de humo se acercaba por el pasadizo.
Me vi envuelta en una neblina, no me daba miedo, solo curiosidad. De pronto, tras la neblina, una isla, inmensa, solitaria. El sol lo abarcaba todo.
Un día, mientras sobrevolaba el campo, vio humo de lejos. Al acercarse, descubrió que algunas rama de Huarango estaban siendo quemadas para hacer carbón.
Ese Amaru, su amigo, el que siempre estuvo junto a él. Que viajó junto con él desde la provincia. Con quien tiene un pacto de hermanos. Amaru, el incondicional, su bro, a quien admiraba. A él, lo veía derrumbado.
Un serenazgo ahuyentaba con su mochila a un Firulais que llevaba días abandonado en la calle. Mis ojos se inundaron al ver como el perrito asustado y confundido retrocedía.
El horóscopo no es que le importase mucho, pero últimamente había prestado atención: varias moscas revoloteando (mirar para averiguar: muerte), unos pajarillos cantando cerca (piensa en ti y tú en ella), mirar en carteles la sincronía de 11:11 (sorpresa, equilibrio)
Recuerda que encendió el equipo de música y puso el volumen muy fuerte. Su mami estaba enojada. Se atrevió a reprocharle y fue golpeada. Henry repetía muchas veces que quería morir, que se quería matar. Otra vez el miedo invadió el cuerpo de la pequeña Tania.
En ese momento, el verdadero silencio se hizo eterno. En el mundo de Acuario, ella no podía dejar de pensar en el futuro, de saber que, si daba un paso en falso, todo lo que construyó se derrumbaría. Miró a su amiga, ¿confiar?
Se me ocurrió, por ejemplo, escribir sobre Cide Hamete Benengeli, el supuesto autor musulmán de “Don Quijote de la Mancha”, según el mismo narrador de la novela, parte de ese andamiaje de metaficción que propone Cervantes y que Borges aprovechó para escribir esa brillante broma que es “Pierre Menard, autor del Quijote”.
Digamos que viene en el chip, que es parte de nuestra idiosincrasia. No entendemos la vida si no es de manera dramática y exagerada, como un capítulo de “La rosa de Guadalupe”.
En su libro “El amor es imposible”, el filósofo y divulgador argentino Darío Sztajnszrajber sostiene que todos los amores no son más que “una copia del primer amor, que además nunca existió”. Esta idea de lo inalcanzable (la ausencia, lo que nos falta, lo que se busca y no se encuentra) es lo que mejor podemos definir como “objeto de deseo”.
Casi es como si Joyce escondiera el corazón del relato en prolongadas escenas donde el narrador describe al detalle la fiesta en casa de las tías, a orillas del río Liffey, una suerte de relato costumbrista donde el lector desprevenido podría perderse.
Lo hice. Sentí calidez en la entrepierna. No sabía si estaba adentro o afuera, solo comencé a moverme, mientras ella seguía contando como tres hombres la habían domeñado en esta misma habitación. Empezó a gemir, a gritar, mientras le apretaba el cuello por inercia, sin pensar.
Escuchaba las canciones de Parchís en discos de vinilo. Desde siempre me había gustado “La batalla de los planetas”.
Sí, lo sé, mi niña, soy tonto. Soy tan estúpido como para creer que me hacías mal, aún cuando sabía que lo más hermoso y la felicidad más pura se encontraba entre tus labios, en tus besos, en la calidez del amor desprendido y desparramado que me manchaba de verde hasta que mi azul se vuelva uno verdoso, feliz de estar manchado.
Los años nos habían atropellado sin darnos cuenta. Así tan rápido. Muchos de nuestros sueños se quedaron atrás.
¿Quién era Marcelo? Este era un chico muy amigable cuando tenía 15 años. Al menos eso se notaba desde el colegio.
Si bien las alegrías y risas son contagiosas, los rencores y maldiciones, contrariamente, no lo son. Estos se quedan en nuestro interior y será decisión individual establecer si conservaremos esas emociones o pasaremos a disfrutar experiencias satisfactorias.
El celular de Willmer sonó. Era su hermana Ericka, su padre había tenido un accidente de tránsito, tenía que encontrarse con la madre en el hospital para consolarla y pagar las medicinas. Al llegar le dieron la mala noticia: el “viejo” había fallecido.
Algunos encendían sus radios antiguas en la frecuencia AM, donde sonaba “La hora del lonchecito”. La música se mezclaba con el bullicio de los niños y el crujir de las herramientas al limpiar el guano de las vacas y los burros.
Y justo cuando el cansancio comenzaba a rozarles las mejillas, ocurría lo mejor: el viento traía consigo el aroma único del café recién hecho, ese aroma que perfumaba todo el lugar donde vivía.
El sueño de publicar libros la motivó a seguir escribiendo y a asistir a diferentes encuentros donde aprendió a hacer sus propias pócimas para encaminar su inquieta imaginación.
Tiene dientes grandes, chiquitos y filudos, pero no es un saurio. Tiene ojos de bella dama, pero es macho. Come como un elefante preso, pero es pequeño. Salta como pez volador, pero es un mamífero. Tiene grandes garras, pero no es ave de rapiña. No posee pelos en todo el cuerpo, pero no es un mango sin pepa. Parece una criatura de otro planeta, pero no es E.T.
El amigo R se levanta de la silla, la contempla nuevamente. Mira esa cara angelical, la que alguna vez él alabó como una gran compañía. Quería decir algo, pero no lo hizo. Ahora, debía tomar una gran decisión en medio de su fortuna.
Pasó por dos fuentes de soda, tres costureras, señoras que venden desayuno en el mercado, amigas de su madre. Todas invitaban a Chavela a pasar a conversar, tomar un vaso de agua, café, ver un momento la novela. Y es que Chavela tenía un encanto natural, le caía bien a las personas.
Mis pisadas, aunque sigilosas, hicieron rechinar el dilatado machiembrado de madera, advirtiendo al sujeto de mi presencia. Este giró levemente el rostro y me miró con indiferencia, y así, sin siquiera mostrar un atisbo de asombro, retornó a su robótica labor.
Solo sonreí. Me invitó a entrar. Su departamento estaba infestado por una masa etérea, como niebla, flotante. Su sala tenía un bong verde, con una escultura de un alienígena. Me senté en su sofá. Las vibraciones en mi piel me hicieron dar cuenta de que había música en el ambiente.
El riachuelo que pasa por el centro de la ciudad, aún no estaba canalizado y cuando llovía se producían crecidas peligrosas, muchas veces el agua salía de su cause, llenando de lodo y vegetales las calles cercanas, nosotros vivíamos cerca...
El siempre ha estado enamorado de mí, desde que éramos niños, solo el año pasado se atrevió a declararse, pero como yo estaba de novia contigo lo rechacé y no me arrepiento, porque lo que tuvimos fue bonito.
Una tarde, llegué a casa y almorcé rápido porque tenía que salir a hacer un trabajo de la universidad con mi amiga Paula. Le fui a dar una mirada a mi bebé, no obedecía a mis llamados. En el lavadero del patio vi algunos rastros de sangre...
No pasó mucho tiempo en que la soledad le pasó factura a la Mami Juana. Estaba regando las macetas del patio y dio un resbalón tan fuerte que cayo al piso y se desmayó. Ella no recuerda por cuánto tiempo estuvo así. Se levantó como pudo y tocó la puerta de la vecina...
En estos meses Benito se ha apoderado de una esquina de mi habitación, del sillón de mi computadora, afilado sus garras en todos mis muebles, masticado mis plantas hasta matarlas, utilizado mis ventanas como su atalaya personal. Se ha quedado también con mi tiempo.