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Parchís
Escuchaba las canciones de Parchís en discos de vinilo. Desde siempre me había gustado “La batalla de los planetas”.
Percyfer
06 de noviembre de 2025
5 min de lectura
No tenía tiempo que perder. Como todos los días, había salido del Jorge Basadre a las 6:00 p. m. en punto y me dirigía a casa. Ignoro por qué, en aquel tiempo, los de primaria estudiábamos en el turno tarde; pero al pasar por el único cine del pueblo vi un cartel con grandes letras amarillas sobre fondo negro:
“Hoy 8:00 p. m.: Función Estelar ‘Parchís’”.
Yo vivía a mitad de uno de los cerros del pueblo, por lo que llegar a mi casa, cambiarme, cenar y volver al cine me tomaría casi dos horas, sin contar con lo más difícil: convencer a mis padres de que me dejaran ir. El pueblo, en realidad, era el asiento minero de Casapalca, con unos 1,500 trabajadores. Mi padre era uno de ellos y nosotros vivíamos con él en uno de sus barrios: Potosí. El clima era frío porque estábamos a 4,200 m s. n. m. Estábamos acostumbrados a la lluvia, la nieve y el granizo.
Alejandro Guerrero, en un reportaje sobre Daniel Alcides Carrión, dice de la tierra natal del mártir de la medicina peruana: “Cerro de Pasco es un pueblo difícil de amar si no se ha nacido ahí”. Casapalca comparte esa característica con Cerro de Pasco y confirmo que, aunque la mayoría no hayamos nacido allí, guardamos un cariño especial por esa tierra.
Las costumbres y vivencias en Casapalca estaban alineadas con los horarios de la mina, por lo que en la escuela también nos adaptábamos a ellas. Por ejemplo, una sirena se escuchaba en todo el pueblo a las 6:00 a. m., 12:00 p. m., 6:00 p. m. y 12:00 a. m., anunciando el cambio de guardia en la mina. Cuando sonaba la alarma de las 12:00 p. m., yo debía empezar a almorzar para salir rumbo a la escuela a las 12:30 p. m., empezar clases a la 1:00 p. m. y salir a las 6:00 p. m.
Era la época en que usábamos uniformes plomos y las calles eran seguras. Desde pequeños solíamos ir solos al colegio; eran muy pocas las veces que algunos padres acompañaban a sus hijos, por muy pequeños que estos fueran. Yo aprendí el camino a casa desde que estaba en inicial. Por eso, aquel día que vi el anuncio en el cine, me dirigía a casa por el trayecto de siempre, el cartel gigantesco llamó de inmediato mi atención: era algo nuevo en la ruta y, más aún, aparecía en el cine (al que yo nunca había entrado). Conocía a Parchís por los álbumes que una tía mia coleccionaba. Eran de mil colores y, uno a uno, mi tía me presentaba a los integrantes del grupo: “Tino es el líder y la ficha roja; Yolanda es la ficha amarilla; Gemma, la ficha verde; Óscar, la ficha azul; y David, de blanco, es el dado. En Perú le llamamos ludo al juego, pero en España se llama Parchís”.
Escuchaba las canciones de Parchís en discos de vinilo. Desde siempre me había gustado “La batalla de los planetas”. En los 80, el temor generalizado era que los ovnis iban a invadir el planeta Tierra. Muchas series de televisión avivavan este temor, como por ejemplo 'V: Invasión extraterrestre'. Entonces, los seres humanos debíamos olvidar nuestras diferencias y, juntos, enfrentar a los extraterrestres. No era raro, por tanto, que grupos como Parchís tuvieran canciones con esta temática:
“...entre galaxias hay una guerra.
El Comando que defiende nuestra tierra
de invasores es valiente...”
Así empezaba la canción. ¿Quién, al escucharla, no había pensado que Tino estaría liderando el comando desde El Fénix y que nosotros volaríamos junto a él?
“...Zark 7 ve algo raro en las pantallas...
da la alarma... nuevo ataque, nueva ofensa...
son extraños que a la tierra quieren arrasar,
vienen muchos y El Comando intentará otra vez ganarles...”
¿Quién de niño no había soñado con ser parte del comando y defender a la Tierra? A esa edad, todo parecía posible.
En general, nos habría gustado también conocer a Yolanda y Gemma o jugar con Óscar y David. Verlos en película sería otra cosa. Nunca los había visto actuando, y por eso corrí a casa.
Debían ser ya las 6:30 p. m., me quedaba poco tiempo. Temí que no me dejaran ir, pero para mi sorpresa me dieron permiso de inmediato, con la condición de que llevara a mi hermano menor. Él había escuchado todo y no iba a perderse la función por nada del mundo.
Mi padre nos acompañó a comprar las entradas, pero no entró a ver la película. Hoy parece extraño, pero en aquel tiempo, como dije, desde pequeños conocíamos Casapalca y sus costumbres.
No recuerdo nada de esa película. De otras que vi más adelante sí, pero de esa no. Solo recuerdo que, al terminar, mi hermano y yo salimos felices. Mi padre me había dicho que tomara de la mano a mi hermano al regresar a casa. Así lo hice. No nos cruzamos con nadie; recuerdo las calles vacías, el frío quemando mis mejillas, las gradas semiiluminadas al subir el cerro, el viento que corría, no llovía, no decíamos una palabra: todo estaba en silencio. De rato en rato veía el rostro sonriente de mi hermano. Debimos salir del cine a eso de las 9:30 p. m. Era 1983, yo tenía seis años y mi hermano cinco. Estaba en primer grado; había aprendido a leer a tiempo para no ignorar el cartel de la función de Parchís. Fue la primera vez que fui al cine en Casapalca.
Hoy ha sido un día de adulto, con muchas responsabilidades; un día de aquellos en que todo ha salido mal, un día que preferiría olvidar. En ocasiones como esta, cuando tengo la cabeza totalmente abrumada, al llegar a casa mi mente me lleva a aquel pueblo difícil de amar si no se ha nacido ahí, a aquella primera vez que fui al cine a ver a Parchís, cuando todo parecía un cuento. Tal vez hubo dificultades, pero, como dicen, la mente olvida los malos detalles y solamente conserva los buenos, para que en días como este de 2025 la vida sea más llevadera.
En fin, abriré YouTube y escucharé "La batalla de los planetas".
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