Obasión Caliente
La sociedad cocainómana y estratosférica, acababa de despojarse de sus máscaras. Todos sentían que la sangre había dejado de circular por sus venas. Fue entonces cuando Mc Fire disparó la respuesta desde su consola...
Textos para inspirar tu proceso creativo, acompañarte en la escritura y compartir los hallazgos que surgen en los talleres.
La sociedad cocainómana y estratosférica, acababa de despojarse de sus máscaras. Todos sentían que la sangre había dejado de circular por sus venas. Fue entonces cuando Mc Fire disparó la respuesta desde su consola...
Miré una y otra vez el video. Al inicio y casi durante toda la transmisión no se ve el cielo. La clave debería de estar en los últimos minutos. Adelanté el video hasta la parte en la que Kenneth sale del vehículo. Detuve la imagen repetidas veces.
En marzo del 2021, estábamos con las restricciones por la Pandemia del Covid-19, yo no tenía trabajo, el negocio de mi mamá quebró, mi abuelo había fallecido en octubre del 2020, el Alzheimer en mi abuelita era cada vez más fuerte. Recuerdo que era martes cuando esperaba que mi mamá regresara de la cita médica con el oncólogo.
Ay, madre, ¿por qué tengo que creer en lo mismo que tú para que seas feliz? Sé feliz con lo que crees y déjame a mí serlo con lo que creo. Además, mamá, ¿quién tiene la verdad? ¿Cuántas religiones existen? ¿Cuál es la verdadera?
Kenneth era, para variar, el fundador de un culto. Un culto a los extraterrestres.
Terminé de grabar la entrevista y caminé unos pasos hacia el cerro Marabamba. Mientras miraba el cielo ya azulino de Huánuco y el paisaje colorido e irradiado por un sol ya más espabilado, me fue imposible no pensar que todo era una patraña. Hasta daba risa por lo descabellado que sonaba todo.
Marissa no tenía siquiera DNI, solo utilizaba su libreta militar para no poder ser rastreada. Me contó que eso fue lo que la salvó de pasar más meses en prisión; eso y que su hermana Marlene empezara a salir con el fiscal que veía el caso. Su hermana mayor aún seguía en prisión pues encontraron más antecedentes...
Josué piensa que la mayoría que anda con suspensor tiene algún trauma con su pito: o lo tienen muy chiquito o son impotentes como él. Los problemas coronarios le impiden tomar Viagra. Rara vez consigue resucitar a su pene alicaído; para colmo, solo sucede cuando caga o cuando duerme. Nunca cuando lo desea.
El cadáver de Josephus avanzaba a tirones. Le habían encajado sus gafas oscuras y el puro apagado entre los dientes, como a un muñeco macabro. Su cabeza colgaba en un ángulo antinatural, que rebotaba contra el vacío, dejando un rastro invisible de humillación.
Aquella melodía con aroma a Sol lo hizo abandonar las cuatro estaciones. Se dirigió a la ventana que confrontaba la de ella, destrabó el pestillo y la fragancia ingresó con fuerza en su estudio. Allí, apoyada sobre la baranda de su habitación, Sol aguardaba con sus ojos tanzanita llenos de emoción.
Al siguiente día no tuve el valor de acercarme a nadie en el instituto. Ya todos lo sabían, o de eso estaba convencida. Samantha seguía distante, sin mirarme ni una vez. Y a los amigos que me buscaron los alejé con sonrisas leves, incapaz de mirarlos a los ojos. Cuando al fin pude irme, me encaminé a toda prisa a mi paradero, suspirando con alivio al sentarme en la banca de espera.
No hablaron el resto del camino; de un momento a otro Tommy paró en seco, habían llegado a su destino. Repitieron el mismo proceso, solo que esta vez para salir de la alcantarilla; respiraron el aire fresco, Cebollín se tiró un pedo, Tommy le pegó, se quitaron las bolsas, las botaron y sin más se pusieron en marcha.
Osorio y ella se dirigieron al lugar donde yacía el cuerpo. Él recordó el viejo mito sobre los perros y la pérdida del olfato en la vejez; una falsedad popular que se desmoronaba ante sus ojos. Lo único tangible allí era Mengele, encadenado, montando una guardia sin ladridos y con los ojos velados por unas cataratas que le hacían ver otro mundo.
Y sí, como se lo imaginan, gané mucho dinero, pero la editorial que me publicó mucho, muchísimo más. Se lo merecen, de seguro dirás, y sí, pero no. No, porque el premio del concurso no es un “premio” como te lo venden. Es un anticipo. Lo que cobras por ser el ganador luego te lo descuentan de las regalías que obtienes por la venta del “mejor libro del año”.
Entraron los demás y en menos de lo que estimo fueron cuatro largas horas todas las entrevistas ya habían terminado. Aparecieron Bukowski, Houellebecq, y un Vargas Llosa junto a un García Márquez, se situaron al medio y solo leyeron cuatro nombres, entre los que nos encontrábamos yo y Jonás, y nos invitaron a otro ambiente que se encontraba detrás de una puerta oscura, casi imperceptible.
Respirar me costaba. No pude contenerme. Algo se apoderó de mí, y sin pensarlo, como cuando hice el amor, puse mis manos en su cuello, y lo apreté. Por mi mente no pasaba nada, solo la miraba, mientras la vida se le iba por esos gélidos ojos. No hesité, hasta creí disfrutar de su suplicio, de sus inanes esfuerzos por apartar mis manos. No pudo. Poco a poco dejó de moverse, hasta que su cabeza chocó contra el piso laminado en un golpe seco, ingrávido.
Intentó absorber un poco el aire húmedo. Miró su celular: faltaban trece minutos para las siete. Cerró los ojos. Pensó que todo aquello era quizás solo una pesadilla. Los abrió. Las manchas seguían ahí, más frescas y vivas. Su corazón era un puño golpeando las costillas con tal violencia que hacía vibrar el collar de mariposas tornasoladas que resplandecían en su garganta. Cada aleteo metálico le dejaba una marca rojiza.
Aguardó paciente en la barra, negándose a aceptar la bebida. Un hombre atravesó una cortina mientras se acomodaba la bragueta. Quinto alcanzó a ver a Pilar sentada en una cama, apenas si podía ponerse la ropa. La muchacha salió del cuchitril y sintió vergüenza al reconocer a Quinto.
Presionó las teclas una por una, deslizando su dedo índice a través de la superficie del teléfono antes de marcar el siguiente número y parando por unos segundos antes de seleccionar el “2” final. Hubiera preferido tener un plan o al menos una idea general de qué decir, pero mientras más tiempo esperaba menos segura se sentía, así que solo lo hizo.
Alma retrocedió. El aire estaba helado, cargado, como antes de una tormenta. En la pantalla del celular, la imagen se distorsionó y por un segundo apareció algo que no era un rostro, pero tampoco una sombra. Era una forma incompleta, hecha de líneas rotas, píxeles y estática.
Rocco y Black Fang se hicieron amigos tan pronto como se vieron. Ellos, al igual que la mayoría de hijos de caimanes civilizados y capibaras, jugaban todo el día. A veces ellos dos solos y otras con todos los caimancitos y capibarcitos...
Cuando salí de la cancha, el sol ya empezaba a bajar. El aire olía a pasto y a cansancio, de ese que se siente bien. Me quité los guantes despacio, todavía con la sensación de sus palabras rondándome la cabeza.
La dueña intentó atraparme, pero yo me escondí en un arbusto cerca de la casa vecina donde no me pudo ver. Aproveché que ya me había escapado y me eché una siesta en ese arbusto.
Entonces la familia de cocodrilos civilizados se hizo amiga de la manada de capibaras. Pasó mucho tiempo y los hijitos de los cocodrilos se hicieron amigos y juagaban a las chapadas y a jugar escondidas bajo el agua con los hijitos de la familia de los capibaras, los capibaras eran felices, pues cuando se cansaban de nadar ellos se subían al lomo de los cocodrilos y ellos los llevaban a todas partes el rio.
Dicen que lo cubrieron gente de la Marina y del gobierno de Alan, que estaban metidos en el negocio de ese cargamento secreto. Al comienzo, la prensa soltó que Villar estaba en un manicomio, que se había vuelto loco por todo lo acontecido. Que él fue el único sobreviviente porque estaba entrenado para esos sucesos y que luego lo mandaron al extranjero. Nadie sabe a dónde lo mandaron.
El primer minuto nos sonreímos, primero con los labios, y luego con los ojos. Para el segundo, nuestras miradas se paseaban de los ojos, a los labios, y de los labios, a los ojos. Me di cuenta de que estábamos más cerca y que podía sentir el calor de sus mejillas sobre las mías. El tiempo pasaba, pero decidí ignorarlo, quería dilatar este momento, hacerlo infinito, ralentizar el tiempo, que dure mucho más que solo 240 segundos. Ella se acercó más, pegó su frente con la mía, y sus ojos se enfocaron en mis labios.
Entra al baño y hace la demostración. Matilda observa la cortina. ¿Habrá una simple ducha ahí detrás? Respira tranquila al ver la tina: tengo todo lo que tenía que tener, se dice recordando a Estefano.
El dientes de sable corrió hasta que encontró a su amigo, el Tiranosaurio Rex, el rey de los dinosaurios, que medía 13 metros de largo y 4 de alto, era una descomunal bestia.
El camarógrafo colocó el dedo sobre el disparador. El ojo de la cámara se abrió, listo para tragar las almas y dejarlas atrapadas para siempre en el mausoleo de los recuerdos. Y entonces sucedió: al disparo de flash le continuó un silencio súbito que permitía oír los cubitos de hielo derretirse dentro de las hieleras de la mesa. Todos alrededor los observaban.
Fueron directo a boletería. El rostro de Jim Carrey, en primer plano, formado por infinitos televisores a modo de píxeles, dominaba el afiche luminoso que, con letras gruesas, anunciaba: EL SHOW DE TRUMAN.
Desde las sombras, un ruido leve pero constante, como de estática, empezaba a materializarse. La pequeña Flor debía tener no más de cinco años en aquella foto; Margarita alrededor de doce, y de Rosa no se podía saber, su edad había sido otro de sus muchos secretos y mentiras. En la foto, los brazos de Rosa cercaban a sus dos hijas, en un abrazo tenso que las retenía. Flor suspiró por lo que fue y por lo que acabó siendo.
Con todo planeado me traje una linterna, me tire por la ventana y me fui al bosque… Algo que noté apenas entré fue que los árboles no eran tan gruesos sino eran extrañamente delgados. Como lo planeado fui marcando el camino con piedritas. A medida que avanzaba, más gruesos los árboles resultaban.
No recuerdo cómo fue mi último pasatiempo, solo sé que estaba cruzando la pista yendo hacia mi escuela con mi padre al costado y, de un momento a otro, un carro pasó sobre mí. Y ya está. Luego me vi en un cajón con varias flores al costado, con la tapa abierta y pudiendo apreciar un cuerpo.
Fue corriendo hacia su baño, ni siquiera molestándose en revisar la hora o guardar silencio para no despertar a nadie. Tanteó con la pared de baldosa hasta encontrar el interruptor de luz e inmediatamente escupió en el caño.
La sabana era silenciosa, la lluvia caía y el cielo oscurecía. Mocca no sabía a dónde ir. Solo se acurrucó entre las húmedas hierbas a los pies del árbol esperando una señal, que alguien lo ayudara.
Isla comenzó a explorar este nuevo mundo. La gente que la rodeaba hablaba de sus sueños y luchas, de realidades compartidas y esperanzas. En ese momento, Isla comprendió que había escapado no solo de su vida, sino también de las conexiones humanas que la enriquecían.
Martina envejeció al lado de Felipe sin miedo. El tiempo avanzaba, pero con un ritmo distinto, donde ya se notaba la fatiga y las arrugas, pero no se perdía el amor. En todo ese tiempo, vivieron juntos. Discutieron poco y se reconciliaron siempre. Cada vez que Martina cerraba los ojos por las noches, sentía que no le faltaba nada.
Él era el único que tenía clara su misión en la vida: la música. No era un oficio ni un refugio, sino su manera de estar en el mundo. Su falta de visión había afilado ese oído absoluto que siempre lo guiaba. Era un líder sin proponérselo, el pívot que mantenía al grupo en equilibrio.
Entré en un primer portal que me llevó a aquel parque donde soliamos jugar, y la vi, me acerqué a ella diciendo su nombre muy contenta, pero cuando ella se volteó y me vio dijo “¿Y tú qué haces aquí..? Déjame sola, no te quiero ver cerca de mí.” Después de escuchar eso me sentí rara, pero no dejé de intentarlo.
Contesté. Al otro lado de la línea escuché una respiración. De pronto, hubo un resuello, y gritos, varios. Mucha gente empezó a correr, algunos espantados. Una señora se persignó, mientras otros sacaban sus celulares. Yo seguía en la llamada, repitiendo una y otra vez el nombre de Takeshi. No había respuesta. La llamada había finalizado.
El puño de Kike detuvo abruptamente su trayecto. Osquitar y Lucho abrieron los ojos como si hubieran visto un alien saliendo de su nave espacial. El papá de Paolita, incrédulo por lo escuchado, se llevó la mano a la boca.
Tras calmarme un momento, me volví a armar de valor y volvi a entrar, Molly mordía fuertemente mi pantalón pues quería evitar que yo entrara en aquella cueva.
Vaelor no tuvo tiempo de responder por que el chef principal llegó diciendo el desayuno: pan suave de algas marinas cubierto con miel cristalizada que brilla como oro líquido. A un lado, frutas exóticas cortadas en formas delicadas: cocos azules, mangos dorados y bayas que destellan con diminutas luces…
Por su gran amor a los animales, ella decide estudiar veterinaria, pero su papá no quiere y termina dañando a su perrita.
Un día los dos se embarcaron en una nave espacial que los llevó a otro mundo. En ese mundo nadie hablaba, ni tampoco los animales se comunicaban por sonidos, porque en ese mundo hablar era un delito.
Arrancaron dando rienda suelta a la euforia. Competían para ver quién se coronaría el más intrépido. Sorteaban cuanto obstáculo se les cruzaba y hacían renegar a más de un vecino.
Por qué escapó en primer lugar y por qué su cuerpo decidió volver.
Pero sacrificar animalillos para que Roberta le enseñara a contactar al espíritu de su madre era una cosa, y sacrificar al niño indefenso atado en la vieja y pesada mesa de roble era otra.
Él es Mocca, es una cria de león.
Desde ese día, Alma empieza a notar cosas extrañas: personas que parecen observarla, sueños que se repiten y mensajes que aparecen en su cuaderno sin que ella los haya escrito.
El cielo también pintaba una vista poco apetecible esa noche. Completamente negro, hasta la luna había sido cubierta por cúmulos de nubes grises. Pero prefería perderse en ese paisaje que mirarla a los ojos...
Un silencio turbio cayó entre nosotros. Intentamos volver a besarnos, pero no pudimos. Sentimos algo que no era paz; era la calma tensa antes de un tsunami. Solo se oía la agitación de nuestras respiraciones. Pisé el acelerador con furia y dejé una firma de caucho quemado en el asfalto. No quería volver jamás.
Miquelo miró por la ventana. La ciudad mutaba. Las casas bajas de colores chillones daban paso a torres de ladrillo sin terminar. No había arquitectura, solo acumulación. Un paisaje tísico donde, de pronto, emergió una catedral pintada de rosa...
Pablo estaba concentrado, imaginando a trescientos espartanos atrincherados en el paso de las Termópilas, resistiendo el masivo embate persa, hasta que un silbido rompió su trance. Una melodía se colaba en su estudio; provenía de la ventana vecina, que miraba directamente a ese espacio...
En el grupo nadie comentó. Esperé. Sabía que el pez por la boca muere, el que hablaba primero se estaría delatando indirectamente. Al día siguiente, por la mañana, mi celular vibró. Takeshi había escrito, para mi sorpresa (o no). Se exculpó e indicó que él había cumplido con el reto planteado. Lorena hizo lo mismo. Y yo, por supuesto, también.
Sol había recreado un rostro que emergía de un río, con los ojos apenas visibles. Algo similar a la icónica escena de Apocalypse Now, con Martin Sheen saliendo del agua.
La larva parecía atrincherada entre los conductos auditivos y la extracción parecía imposible. Se apalancó levemente sobre la cabeza del anfitrión, logró extraerla, pero sintió una mordida sobre el dedo que terminó por desprenderle una uña.
Un día, mientras sobrevolaba el campo, vio humo de lejos. Al acercarse, descubrió que algunas rama de Huarango estaban siendo quemadas para hacer carbón.
Ese Amaru, su amigo, el que siempre estuvo junto a él. Que viajó junto con él desde la provincia. Con quien tiene un pacto de hermanos. Amaru, el incondicional, su bro, a quien admiraba. A él, lo veía derrumbado.
Lo hice. Sentí calidez en la entrepierna. No sabía si estaba adentro o afuera, solo comencé a moverme, mientras ella seguía contando como tres hombres la habían domeñado en esta misma habitación. Empezó a gemir, a gritar, mientras le apretaba el cuello por inercia, sin pensar.
Escuchaba las canciones de Parchís en discos de vinilo. Desde siempre me había gustado “La batalla de los planetas”.
Mis pisadas, aunque sigilosas, hicieron rechinar el dilatado machiembrado de madera, advirtiendo al sujeto de mi presencia. Este giró levemente el rostro y me miró con indiferencia, y así, sin siquiera mostrar un atisbo de asombro, retornó a su robótica labor.
Solo sonreí. Me invitó a entrar. Su departamento estaba infestado por una masa etérea, como niebla, flotante. Su sala tenía un bong verde, con una escultura de un alienígena. Me senté en su sofá. Las vibraciones en mi piel me hicieron dar cuenta de que había música en el ambiente.