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Tus plumas, mis colmillos (2)
Presionó las teclas una por una, deslizando su dedo índice a través de la superficie del teléfono antes de marcar el siguiente número y parando por unos segundos antes de seleccionar el “2” final. Hubiera preferido tener un plan o al menos una idea general de qué decir, pero mientras más tiempo esperaba menos segura se sentía, así que solo lo hizo.
Camila Valderrama
17 de febrero de 2026
17 min de lectura
2
La textura del pequeño pedazo de papel comenzaba a sentirse áspera contra sus dedos, habiendo pasado gran parte de los últimos dos días pasándolo entre sus palmas y dejando a su mirada vagar por los números allí escritos uno por uno. 9-7-3-4-5-2-4-3-2. Una y otra vez. 9-7-3-4-5-2-4-3-2.
Victoria había sugerido que intercambiaran números, “para coordinar el asunto de las monjitas”, pero ocurría que Francesca había perdido el rastro de su teléfono la semana anterior (era un verdadero milagro que hubiera pasado tanto tiempo sin que aquello le ocurriera, sólo posible debido a su tendencia de nunca sacar el aparato de su bolsillo, razonable, considerando que la única vez que lo hizo este desapareció de su vista tan rápido como dejó sus manos). Así que había arrancado parte de una de las páginas de su guión, anotado su número, pedido que la llamara cuando le fuera posible, y retirado del lugar.
No había cumplido con su petición aún — y podría haberlo hecho, el viejo teléfono fijo de la casa aun funcionaba — pero había preferido ocuparse a sí misma dándole vueltas al escenario en su cabeza, qué decir, cómo decirlo…
– El almuerzo – el sonido de aquella fuerte y áspera voz fue acompañada por el de un plato golpeando la mesa.
Francesca levantó la cabeza y luego la bajó, dando una ligera reverencia. Su tía, Milena, no era una mujer muy expresiva. Al menos no hasta donde ella sabía, no la conocía lo suficiente como para hacer esa clase de juicios.
– Gracias
Frente a ella se encontraba una completa aventura culinaria. Una presa de pavo acompañada de arroz con curry y una pequeña porción de brócoli con champiñones. Era una bonita, colorida pintura tiñendo la vajilla de porcelana. Sin embargo la manera en la que estos olores, usualmente apetecibles, atacaban sus sentidos en ese momento se sentía repugnante. Tanteo con su tenedor, moviéndose desde una esquina del plato hasta la otra, pero no podía motivarse a sí misma a dar ni siquiera un bocado.
– Tienes que comer, al menos un poco
Milena nunca había llevado muy al pie de la letra las recomendaciones o instrucciones que le presentaron los doctores cuando dejaron a Francesca a su cuidado, pero parecía que “asegurate de que coma bien” se le había quedado grabado en la conciencia.
Su preocupación estaba justificada. Había rehusado el desayuno y apenas tomado medio vaso de agua en lo que llevaba del día. No soportaba ningún sabor, no desde la sangre.
Había lavado y enjuagado su boca repetidas veces, con agua, pasta dental, colutorio, jabón, detergente. Llegó a brevemente considerar lejía antes de entrar en razón. Y aun así aquella asquerosa sensación metálica no abandonaba su paladar. Aún no sabía cómo había llegado ahí en primer lugar.
Considero que hubieran sido sus encías, pero ella era dedicada con su higiene dental y no habían sangrado antes o vuelto a hacerlo desde entonces. Considero haberse mordido la lengua o el interior de la mejilla mientras dormía (no tan extraño, ya que lo hacía despierta) pero no pudo encontrar evidencia de ninguna herida. Entonces dejó de considerar posibilidades, pues las pocas alternativas que se le ocurrían eran demasiado desagradables como para que deseara activamente pensar en ellas.
– Francesca.
– Perdón, no me siento muy bien. – se levantó de la mesa – Comeré en la noche, lo prometo.
– ¿Necesitas algo?
– No, no, creo que solo necesito tomar una siesta, no dormí muy bien anoche
Milena no estaba enterada de la noche exterior, ni solía estar enterada de los particulares ‘episodios’ por los que a veces pasaba Francesca, – lagunas mentales, desorientación – sabía que sufría de ellos, por supuesto, pero no solían hablar de los incidentes específicos cuando ocurrían . Se suponía que debían de hacerlo, pero Milena no preguntaba y Francesca no decía nada. Estaban mejor así.
– Si, me imaginaba, no marcaste tu calendario
Volteo su mirada a la pared, un vacío abismo blanco acompañado por una solitaria cómoda de madera en la cual reposaban una vela, una pequeña colección de cuadros y un calendario de escritorio. Se fijó en este último, era verdad, el recuadro correspondiente a aquel día lunes permanecía desnudo.
Era una rutina suya, uno de los rituales que la mantenía con sus pies en la tierra. Cada día de la semana estaba asignada una específica agenda de tareas allí registradas, encargándose de marcarlas en dicho calendario dos veces diarias: al despertarse, señalando el inicio del día, y antes de irse a dormir, señalando la culminación de sus responsabilidades asignadas. Dibujando líneas diagonales en dirección opuesta que terminaban por formar una “x” en cada casilla.
Milena llevaba mirándola fijamente desde aquella última observación, con una silenciosa intensidad que no sabía descifrar. Podría haber estado molesta así cómo podría haber estado preocupada, frustrada, perpleja o incluso aburrida. De igual manera, a Francesca le incomodaba.
– Tienes razón, gracias por hacerme acordar – se dirigió hacia el otro extremo de la habitación y retiró un lapicero de su bolsillo.
No estaba muy segura cuando era que este particular hábito había empezado. No sabía si había sido ella o su tía quien lo había ideado, su memoria se hacía más y más borrosa mientras más atrás se adentrará en ella. Navegar sus recuerdos era como caminar a través de un laberinto cubierto de nieve, fría neblina limitando su vista y haciendo sus huesos crujir, imposible seguir moviéndose pero corriendo el riesgo de morir congelada si se detenía. Así que prefería apoyarse en los hechos.
Hace un año, dos meses y dieciséis — ahora diecisiete — días, su madre había fallecido tan solo unas semanas después de haber sido diagnosticada con un tumor cerebral. La última vez que la vio fue esa misma tarde, cuando salió a almorzar y regresó a una habitación vacía y un grupo de enfermeras dandole el pésame. La última vez que la vio fue también la primera vez que que la había visto en tres años. Tres años durante los cuales no sé reunieron, ni llamaron, ni escribieron, ni contactaron de ninguna manera.
Francesca dejó el hospital, solo para ser arrastrada de vuelta por un oficial de policía. Aparentemente, pasó días vagando por las calles, durmiendo en bancas, orinando en parques y gritando a quien sea que se le acercara, hasta que las autoridades la interceptaron. En un primer momento la había llevado a la comisaría, pero una conversación con ella bastó para hacer obvio que no estaba en sus potestades mentales. Así que había sido internada, diagnosticada con una “crisis nerviosa” o “brote psicótico”.
No tenía un contacto de emergencia, pero Milena resultó llegar a la ciudad para el funeral en el momento correcto para escuchar sobre su condición y decidió tomarla bajo su cuidado. Nunca antes se habían visto, solo se conocían a través de anécdotas y la ocasional carta o llamada entre ella y su madre, pero aun así parecían ser la persona más cercana que ambas tenían en ese momento.
Miró con atención como la tinta negra de su lapicero teñía la cartulina de su calendario. Se sentía culpable, a veces. De haber apoderado la casa y el tiempo de quien prácticamente era una desconocida, de casi que haber forzado a una señora mayor, soltera y en paz con su soledad, a cuidar de otra mujer adulta. Francesca tenía veintitrés, pero la manera en la que tenía que vivir la hacía sentirse de no más de diez.
Regresó la mirada a la mesa, el humo de su aún caliente almuerzo subiendo por el aire mientras su tía se inclinaba para levantar el plato.
– Permíteme – Francesca se le adelantó, llevando la comida a la cocina con cuidado y con la cabeza baja en arrepentimiento, colocándola en el microondas.
Tarde o temprano terminaría olvidando lo de la sangre, recupera el apetito, aquel sabor abandonaría su boca y daría paso a las deliciosas creaciones de Milena, todo volvería a estar bien. Ese era el beneficio de horarios y rutinas, su vida era tan asquerosamente predecible que se le hacía clara de naturaleza efímera de cada problema o disrupción que pudiera ocurrir en esta. Misteriosos incidentes en medio de la noche ni siquiera eran tan poco comunes para ella. Lo que era poco común era todo el asunto con Victoria.
Victoria. Su nombre había tomado un cómodo lugar en su mente, fluyendo a través de ella como un río. Junto a este, el sonido de su voz, el color de sus ojos, sus manos escribiendo y entregandole su número en aquel pequeño pedazo de papel…
– Tia Milena, ¿No has visto un papel por ahí? estaba un poco arrugado, tenía unos números – trató parecer calmada lo mejor que pudo, pero sus palmas sudaban mientras vaciaba sus bolsillos y escaneaba sus alrededores con la vista.
– No creo, ¿Por qué? ¿Qué es?
Aceleró de vuelta al comedor. No estaba en la mesa. Pasó por la cómoda, volteando todos y cada uno de los cuadros y buscando debajo de ellos, sacudiendo su calendario esperando que algo cayera de este, pero nada. Sus latidos comenzaban a acelerar y su respiración a dificultarse. Se fijó en la vela, larga y color crema, en aquella brillante llama derritiendo su cera y haciéndola caer en gotas. No lo había quemado, ¿verdad?
– Espera, creo que lo veo, ¿es ese que está en el piso?
La cabeza de Francesca dio un repentino giro brusco para mirar hacia donde Milena señalaba, sin darle importancia al dolor agudo que esto le causó en el cuello, se agacho debajo de la mesa. Allí estaba. Un profundo suspiro de alivio escapó de sus labios cuando lo sostuvo entre sus manos y volvió a leer la secuencia de números escrita. 9-7-3-4-5-2-4-3-2.
*
Presionó las teclas una por una, deslizando su dedo índice a través de la superficie del teléfono antes de marcar el siguiente número y parando por unos segundos antes de seleccionar el “2” final. Hubiera preferido tener un plan o al menos una idea general de qué decir, pero mientras más tiempo esperaba menos segura se sentía, así que solo lo hizo.
Contó los segundos siguiendo el ritmo del tono. Uno…dos…tres…
– ¿Hola?
– ¡Hola! – la imprevista intensidad en su voz la avergonzó – Soy Francesca, de la iglesia
– ¡Francesca! Claro, ya estaba pensando que nunca me ibas a llamar
– Perdón, estaba—
– No, no, está bien, solo… – podía escuchar una distincta serie de ruidos de fondo, gente hablando, música – …no me agarras en muy buen momento
– Puedo volver a llamar más tarde, si quieres – decía eso, pero la verdad era que la idea de colgar el teléfono ahora mismo se le hacía tan agonizante como tratar de ahogarse a sí misma con su almohada.
– No, no te preocupes, solo espera un… – otros ruidos, pasos, alguien gritando y finalmente una puerta cerrándose – …segundo, ahora si
– ¿Estás en una fiesta?
– Ojala, no, en mi casa, solo que esta chica me esta atormentando con la práctica de su banda, tocan tan fuerte que tengo que gritar a su puerta para que me escuchen
– Oh, es tu hermana o…?
– Mi compañera de cuarto, soy hija única – rió, su voz era algo diferente en el teléfono, más rasposa. Francesca sintió el sonido pasar por los cables hacia sus brazos y bajar por su espalda hasta que se enderezó con un espasmo – bueno, técnicamente tuve un mellizo, solo que me lo comí en el vientre
– ¿De verdad?
– Tal vez – existía una especie de vaguedad detrás de todo lo que Victoria decía sobre sí misma. Era en igual partes intrigante y frustrante. Le traía a la mente la secuencia de la cabina en Paris, Texas. Dos personas hablando de lados opuestos de un espejo unidireccional. La inherente dinámica de poder creada cuando alguien puede verte a ti y tu no a ella. El enigma en el que vivía Victoria chocando con su propia incapacidad de esconderse de ella.
– Entonces, lo de las monjas
– Si, claro
– ¿Como? ¿Cuándo?
Discutieron horarios, disponibilidad, conveniencia. Concluyeron que lo más oportuno sería que Francesca avisara a las hermanas con anticipación el domingo por la mañana, y que Victoria fuera a la iglesia esa misma tarde para realizar sus “entrevistas”.
– Entonces, ¿ya está?¿eso sería todo?
– Supongo… – era cierto que Francesca sospechaba que tratar de alargar la conversación a este punto sería impropio de su parte, pero no parecía poder controlar su lengua y para cuando se percató ya estaba escupiendo más palabras – a no ser que, digo, creo que podría ser bueno si…
– Si?
– Si pudiéramos vernos antes, tal vez, para discutir el guión más a profundidad, así podría estar más segura de como ayudarte, creo
– Me gustaría eso – fue sorprendida por la respuesta casi inmediata de Victoria– será divertido, ¿viernes?
– Ok, claro, puedo el viernes – tragó saliva
Cuando por fin escuchó el agudo chillido del teléfono que indicaba la llamada por finalizada, ni siquiera se tomó el tiempo de colocar el auricular de vuelta en su lugar antes de salir corriendo hacia la cocina.
Se moría de hambre.
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