Empanada de queso
Al morder la empanada no sentí nada más que la presión, no quería ser regañada por nadie. Me sudaba la frente y en tres mordiscos ya me había comido la primera. Escuché una risita desde atrás, sabía que Sofía me miraba divertida. Me dieron náuseas y me pregunté cuánto tiempo más seguiría comiendo empanadas sin masticarlas.
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