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El saco blanco
Al final del turno, cruzaban el corredor todos. Sus voces avisaban la hora. Salían en grupos pequeños, caminaban rápido los de blanco, lento los de uniforme guinda. Nosotros caminábamos más lento.
Mauro Huamani
18 de marzo de 2026
5 min de lectura
No lo ocultaré, lo diré directo. Estaba enamorado. Nadie lo sabía, ni yo mismo. Lo supe después.
Tendría unos treinta y cinco años. Ella salía con un militar separado que tenia dos hijas adolescentes: Monserrat y Alejandra.
Dentro de los pasadizos corría una brisa ligera, que transportaba su perfume hasta donde yo estaba de pie.
Yo sabía cuando empezaba su turno.
No pesaría ni cincuenta kilos. Morena. Cabello negro, liso, demasiado largo para el hospital.
Colgaba el saco blanco en un perchero medio roto antes de empezar.
Era médica. Yo no.
— Doctora mi hijo llora, no para, no sé que tiene. ¡Ayúdeme!
Ella tomó al niño como si lo conociera, lo cargaba con su brazos delgados que parecían frágiles. Hablaba con él. El niño callaba. A los segundos sonreía.
— Gracias, muchas gracias.
La madre se limpiaba las lágrimas con una servilleta usada.
Los lamentos entraban y salían. La ansiedad de los familiares corría de un lado a otro, rozándome al pasar.
A veces faltaban camillas. Nunca pacientes.
De un tirón abría el cajón oxidado de su escritorio. Usaba un lapicero azul que hacia ruido al escribir.
El niño había dejado de llorar, mientras otro empezaba en el consultorio del lado.
Al final del turno, cruzaban el corredor todos. Sus voces avisaban la hora. Salían en grupos pequeños, caminaban rápido los de blanco, lento los de uniforme guinda. Nosotros caminábamos más lento.
Afuera estaba ese sujeto.
— ¡Vamos!
Ella tomó su bolso y recogió el saco blanco. No discutía nunca esa orden.
Él la recogía puntual.
Yo me quedaba en el pasillo, de pie.
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