La maldición
Después de eso no volvimos a mirarnos a los ojos, era como si algo secreto, no dicho, pero latente, hubiera reemplazado lo que vivimos con otros recuerdos...
Textos para inspirar tu proceso creativo, acompañarte en la escritura y compartir los hallazgos que surgen en los talleres.
Después de eso no volvimos a mirarnos a los ojos, era como si algo secreto, no dicho, pero latente, hubiera reemplazado lo que vivimos con otros recuerdos...
Era ese tipo de mujer a la que no se le podía descubrir una edad exacta pero se podía intuir que ya no era una jovencita. Aunque por momentos, ciertos movimientos y ciertas posiciones de su cuerpo te invitan a pensar en ello.
Mientras freía las papas en la sartén, escuché un ruido tan fuerte que me dio miedo. Como si una tostadora gigante estuviera tostando maíz perlita. Dejé todo y salí de la cocina asustada. Una nube de humo se acercaba por el pasadizo.
Me vi envuelta en una neblina, no me daba miedo, solo curiosidad. De pronto, tras la neblina, una isla, inmensa, solitaria. El sol lo abarcaba todo.
Un serenazgo ahuyentaba con su mochila a un Firulais que llevaba días abandonado en la calle. Mis ojos se inundaron al ver como el perrito asustado y confundido retrocedía.
El horóscopo no es que le importase mucho, pero últimamente había prestado atención: varias moscas revoloteando (mirar para averiguar: muerte), unos pajarillos cantando cerca (piensa en ti y tú en ella), mirar en carteles la sincronía de 11:11 (sorpresa, equilibrio)
Recuerda que encendió el equipo de música y puso el volumen muy fuerte. Su mami estaba enojada. Se atrevió a reprocharle y fue golpeada. Henry repetía muchas veces que quería morir, que se quería matar. Otra vez el miedo invadió el cuerpo de la pequeña Tania.
En ese momento, el verdadero silencio se hizo eterno. En el mundo de Acuario, ella no podía dejar de pensar en el futuro, de saber que, si daba un paso en falso, todo lo que construyó se derrumbaría. Miró a su amiga, ¿confiar?
Sí, lo sé, mi niña, soy tonto. Soy tan estúpido como para creer que me hacías mal, aún cuando sabía que lo más hermoso y la felicidad más pura se encontraba entre tus labios, en tus besos, en la calidez del amor desprendido y desparramado que me manchaba de verde hasta que mi azul se vuelva uno verdoso, feliz de estar manchado.
Los años nos habían atropellado sin darnos cuenta. Así tan rápido. Muchos de nuestros sueños se quedaron atrás.
¿Quién era Marcelo? Este era un chico muy amigable cuando tenía 15 años. Al menos eso se notaba desde el colegio.
El celular de Willmer sonó. Era su hermana Ericka, su padre había tenido un accidente de tránsito, tenía que encontrarse con la madre en el hospital para consolarla y pagar las medicinas. Al llegar le dieron la mala noticia: el “viejo” había fallecido.
Algunos encendían sus radios antiguas en la frecuencia AM, donde sonaba “La hora del lonchecito”. La música se mezclaba con el bullicio de los niños y el crujir de las herramientas al limpiar el guano de las vacas y los burros.
Y justo cuando el cansancio comenzaba a rozarles las mejillas, ocurría lo mejor: el viento traía consigo el aroma único del café recién hecho, ese aroma que perfumaba todo el lugar donde vivía.
El sueño de publicar libros la motivó a seguir escribiendo y a asistir a diferentes encuentros donde aprendió a hacer sus propias pócimas para encaminar su inquieta imaginación.
Tiene dientes grandes, chiquitos y filudos, pero no es un saurio. Tiene ojos de bella dama, pero es macho. Come como un elefante preso, pero es pequeño. Salta como pez volador, pero es un mamífero. Tiene grandes garras, pero no es ave de rapiña. No posee pelos en todo el cuerpo, pero no es un mango sin pepa. Parece una criatura de otro planeta, pero no es E.T.
El amigo R se levanta de la silla, la contempla nuevamente. Mira esa cara angelical, la que alguna vez él alabó como una gran compañía. Quería decir algo, pero no lo hizo. Ahora, debía tomar una gran decisión en medio de su fortuna.
Pasó por dos fuentes de soda, tres costureras, señoras que venden desayuno en el mercado, amigas de su madre. Todas invitaban a Chavela a pasar a conversar, tomar un vaso de agua, café, ver un momento la novela. Y es que Chavela tenía un encanto natural, le caía bien a las personas.
El riachuelo que pasa por el centro de la ciudad, aún no estaba canalizado y cuando llovía se producían crecidas peligrosas, muchas veces el agua salía de su cause, llenando de lodo y vegetales las calles cercanas, nosotros vivíamos cerca...
El siempre ha estado enamorado de mí, desde que éramos niños, solo el año pasado se atrevió a declararse, pero como yo estaba de novia contigo lo rechacé y no me arrepiento, porque lo que tuvimos fue bonito.
Una tarde, llegué a casa y almorcé rápido porque tenía que salir a hacer un trabajo de la universidad con mi amiga Paula. Le fui a dar una mirada a mi bebé, no obedecía a mis llamados. En el lavadero del patio vi algunos rastros de sangre...
No pasó mucho tiempo en que la soledad le pasó factura a la Mami Juana. Estaba regando las macetas del patio y dio un resbalón tan fuerte que cayo al piso y se desmayó. Ella no recuerda por cuánto tiempo estuvo así. Se levantó como pudo y tocó la puerta de la vecina...
Marcelo decidió llevarla consigo. “Si no puedo amarte, él tampoco lo hará”. Entonces, la empujó al mar. Él también se lanzó. Ninguno de los dos sabía nadar, el mar los tumbaba. Ella pedía auxilio. Su desesperación le jugó una mala pasada.