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Marcelo decidió llevarla consigo. “Si no puedo amarte, él tampoco lo hará”. Entonces, la empujó al mar. Él también se lanzó. Ninguno de los dos sabía nadar, el mar los tumbaba. Ella pedía auxilio. Su desesperación le jugó una mala pasada.

Cecilia Fiestas
19 de octubre de 2025
8 min de lectura
El barquito salió de puerto desconocido. Ni mar calmo ni aguas movidas, lograron que cambiara de rumbo. En búsqueda de sabiduría, paz interior y crecimiento interior, su alma se nutre de experiencias. Le bautizaron "Libertad". Y en ese vaivén, su corazón late animado y con fe. En esta embarcación iba una pareja de enamorados. Él de unos treinta años, ella de unos veinte y cinco. Muy alegres, con ganas de vivir su amor lejos de las miradas de los padres. Si bien, sus progenitores no estaban de acuerdo con su viaje, pues decían que estaban locos, sus ingenuos hijos no prestaron atención. Es que, ambos decidieron vivir para ellos. Carlos pensaba que Fernanda era su único mundo. Abandonarla, hacerle sentir mal o tan siquiera llorar, le veía como un hombre sin sentimientos. De igual modo Fernanda sabía que su enamorado deseaba ser el dueño de su corazón. ¡Qué felicidad! -Estoy seguro de que a donde vayamos seremos más felices. -Es verdad -afirmó Fernanda. -¿Me amas? -preguntó Carlos, en tono anhelante. -Una y mil veces más, aquí y en el más allá. -Siento que se me escapa el aire cuando te veo -replicó Carlos mirando a los ojos de su amada. -Tú me haces sentir segura de lo que quiero y es ser la mujer de tu vida -dijo Fernanda con mucho cariño. Un beso largo, ardiente, muy especial fue testigo del pacto de amor entre los dos enamorados. En la noche de ese mismo día, la pareja fue a bailar al comedor. Ella se presentó con un vestido azul estrellado, Cabello largo, sedoso y brillante, que realzaba a los ojos ennegrecidos de mujer enamorada. “Siento que soy la mujer más feliz del planeta”. Carlos se presentó con un frac muy elegante; era un caballero a la vista de su fiel compañera. “Debo ser el mejor hombre ante ella”. Cuando se encontraron en el salón de baile, sintieron que un imán los empujaba a los brazos del otro. -Mi amor, mi dulce amor -dijo Carlos. -Eres mi vida y yo siento que no quiero dejarte ir -profirió Fernanda. La música lenta de un vals lo llenaba todo. Ellos parecían ser las manecillas de un reloj, sincronía total. Los cuerpos entrelazados, manos temblorosas y miradas seductoras eran mudos testigos de la vida en este bellísimo romance. Todo parecería bien de no ser por alguien que los veía desde lejos. Un ex enamorado de Fernanda, impulsado por los celos, loco de rabia, no podía creer que la muchacha le había olvidado. “O es mía o de nadie”. Del lugar secreto, salió a su encuentro y gritó a todos. -¡Déjala! ¡Es mi mujer! Los gritos de los concurrentes no se hicieron esperar. Se alejaron mientras que la pareja lo miraba extrañada. -¿Qué quieres? –preguntó Fernanda. -¡A ti, solo a ti! –se acercó gritando Marcelo. -¡Oye, déjala en paz! –vociferó Carlos. -¡No me digas nada! –replicó Marcelo. -¡Yo terminé contigo hace mucho! ¡Déjame en paz! -volvió a gritar Fernanda. -Ya te dije: Eres mía y de nadie más. Entonces, arrebatado, sacó una pistola. Los asistentes gritaron y corrían de un lado para otro. -¡No nos hagas daño, por favor! –le suplicó gritando Fernanda. -¡Te dije que esto es lo último que haría! –gritó nuevamente Marcelo, furioso. Loco. Por unos instantes, pensaron que lo meditaría. Pero apuntaba directamente a la cabeza de Fernanda. Ella temblaba y suplicaba por su vida. Marcelo la jaloneó, apuntando a su cabeza. Ella lloraba y miraba a todos. -¡Por favor, déjala! – gritó Carlos. -Ni te muevas – le replicó Marcelo. Ella se va conmigo. Marcelo corrió con la chica, sintiendo rabia, dolor y mucha furia. Fernanda había sido su único amor. Pero, luego, lo abandonó, sin explicación. La había visto en las páginas sociales, y ahora debía verla. Era su mujer, así de simple. El barco se movía muy lento. Murmullos se escuchaba por los alrededores. Fernanda lloraba, pero no podía conmoverlo. Marcelo decidió llevarla consigo. “Si no puedo amarte, él tampoco lo hará”. Entonces, la empujó al mar. Él también se lanzó. Ninguno de los dos sabía nadar, el mar los tumbaba. Ella pedía auxilio. Su desesperación le jugó una mala pasada. Poco a poco, ya solo miraba ángeles a su alrededor. Días después, el cuerpo de una estrella se encontró en una playa desierta. Cuerpo abombado, moradas facciones y ojos mirando la libertad. Carlos lloraba impotente, suplicando despertar de este terrible tormento. “Libertad eres mi cárcel ahora”, pensamiento de hombre en duelo con el mar.

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