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A las dos semanas, Fernanda ya salía son Marcelo. Como amigos, como enamorados, como alguien especial. Ella lo mimaba con juegos, le hablaba de su familia, lo invitaba a reuniones con sus amigos. Él se comportaba como un caballero...

Cecilia Fiestas
22 de diciembre de 2025
16 min de lectura
¿Quién era Marcelo? Este era un chico muy amigable cuando tenía 15 años. Al menos eso se notaba desde el colegio. No se metía en problemas y trataba de dar lo mejor de sí. Sus padres le habían dado lo mejor, pues era hijo único. Sus años en el colegio, no fueron tan malos; aunque a veces él solía llorar por rabia. No lo demostraba, pues los hombres no lloran. Rabia porque no sabía soportar un no por respuesta. Los docentes decían que era un chico carismático, dado a tener condiciones de líder. Y esto era verdad. Sus amigos lo llamaban para organizar eventos y él se lucía por ser el más creativo. Sin embargo, ya en la adolescencia, prefería ser el otro. Es decir, el chico malo. Mucha miel y no pasa nada. Acaso porque su madre lo consentía demasiado y sentía que le asfixiaba todo ese amor. Mientras, su padre, que comúnmente lo llevaba a los partidos de fútbol, pero que lo dejaba solo la mayoría de veces por ir a trabajar a la empresa. Marcelo fue dándose cuenta de que las chicas, lo miraban, le mandaban piropos. Pero él, en lugar de ir a buscarlas, se escondía. Así fue hasta que terminó sus estudios en el colegio. En la universidad, el ambiente cambió. Puede ser que el hecho de alejarse de su familia, los trabajos y el tiempo le hayan hecho madurar. Él observaba a sus compañeras con cara de ángel. Pero de un ángel caído. Si bien las hermosas criaturas que lo alababan por su cuerpo, eran unas lindas muchachas, él solo deseaba encontrar a alguien que lo mirase de forma natural, que le hable sin mieles y con la verdad por delante. Las metáforas con él no funcionaban. Así fue incluso hasta después de la universidad. Todo cambió cuando conoció a Fernanda. Eso fue en una fiesta de verano. Le llegó una invitación de pases de cortesía a su celular, por lo que asistió. No tenía ningún compromiso. Además de que ya contaba con unos 25 años y estaba listo para ser una nueva versión y más mejorada de sí mismo. Cuando estaba yendo al bar para pedirse un buen vaso de licor, de pronto notó una figura muy especial. Era una camarera la que estaba llevando las copas a algunos clientes. No era solo una mujer, era una belleza. La miró por largo tiempo, siempre desde lejos. Un hermoso cabello negro, muy sedoso, labios sensuales y unos ojos que daban ganas de decirle “mírame, estoy aquí”. Era la primera vez que empezó a sentir miedo por alguien. Deseó acercarse a ella, le pidió unas copas y como si el destino se propusiera, él le dejó su número de teléfono, por si quería salir alguna vez. Ella, lo miró extrañada, No le dijo nada, pero sonrió. Eso fue suficiente para él. A las dos semanas, Fernanda ya salía son Marcelo. Como amigos, como enamorados, como alguien especial. Ella lo mimaba con juegos, le hablaba de su familia, lo invitaba a reuniones con sus amigos. Él se comportaba como un caballero. Siempre a la hora, y no discutir con nadie. Los amigos de Fernanda lo veían como un pavo, ella lo miraba como alguien extraño, lindo. ¿Cómo fue que, de un momento a otro, todo cambió? Fernanda empezó a disculparse por no poder llegar a las citas temprano. El trabajo de camarera lo dejó, y ahora se dedicaba a estudiar con mayor determinación. Le decía que estaba ocupada y que los exámenes finales en su universidad estaban muy fuertes, además de difíciles. Marcelo, al principio, creyó que debía darle su espacio; no llamarla, dejar un momento para que ella se concentrase. Pero, pasado un mes, ella se volvió más fría. No gustaba que le tocara la mano, menos delante de extraños y ese cambio le dolió a Marcelo. “¿Habrá alguien más?” Le preguntó un amigo a quien le consultó. “Averigua, hombre. No vaya ser que te cambió por otro y tú seas el tonto de la historia”. Una tarde, mientras habían ido a descansar a la playa, él esperó a que su enamorada, hasta ese momento, se fuera a mojarse los pies. Se quedó para cuidar los objetos. Siempre con mucho cuidado, estaba relajado, quería descansar. Al poco rato, suena el celular de su enamorada. Marcelo de reojo, observa que sale el nombre Carlos en la pantalla. Un mensaje claro y contundente: “¿Quieres que te vaya a recoger a la universidad, otra vez?” ¿Otra vez? Esto fue un golpe muy duro para Marcelo. Acaso todo ese tiempo, en que ella le dijo que estudiaba, se la pasó viendo a otro. Por primera vez, empezó a sentir rabia, pero rabia de verdad. Esperó de forma paciente a que ella, regresara de bañarse. Los minutos se volvieron eternos. “Podría ella, acaso mentirle. Lo debo averiguar ya”. Fernanda regresó y notó una mirada de él, algo que le hizo sentir incomodidad. -¿Qué pasa? –preguntó Fernanda. -Nada, solo que, creo que hay algo que hoy no comprendo. -Explícate, amor –le respondió Fernanda. -¿Quién es Carlos? –directa pregunta a la muchacha. -¿Qué nombre dijiste? –empezó a temblar. -¡Carlos! ¿Quién es Carlos? –se lanzó hacia ella. Ella no supo qué responder y bajó la mirada. Entonces, en un momento de rabia, intentó agarrarla de la mano y comenzó a forcejear. Ella lo empujaba y gritaba auxilio. -¡Estás loco! ¡¿Qué te pasa?! ¡Suéltame! –cuerpo que se estremece. -Acaso has estado engañándome –manos que tiemblan. -Mira, mejor cálmate –voz femenina tranquila y alejada. -Empieza a hablar –voz de auxilio por dentro. Él le soltó las manos. Ella le comenzó a narrar que, debido a la presión de los estudios, pues se sentía sola. Entonces, en una sesión de terapia contra la presión, conoció a este joven. Unos años mayor que ella y que le estaba hablando de filosofía, canciones de autoayuda y más. Que poco a poco le estaba dando un poco más de seguridad, pero que algo en ella cambió. Deseaba que Carlos le acompañara y le diera aliento. -Y ¿yo? ¿Por qué no me contaste lo que sentías? -No sabía cómo. Además, te veía serio, no decías mucho y las veces en que nos veíamos, notaba una frialdad en tus ojos. Creía que podía manejarlo, pero; no sé cómo explicarlo… a veces siento que eres otra persona. -¿Estás enamorada de él? – pregunta directa. -La verdad, sí. Y me siento mejor ahora. Yo lo siento. No eres tú. Soy yo. -Jugaste conmigo. Pudiste haberme dicho antes. Y me entero por una llamada. -Perdón, no quise hacerte daño. Espero lo entiendas. -Ya lo hiciste, mentiste y eso es peor. -Es mejor dejarnos. -¿Crees que eso será todo? -¿Cómo voy a olvidarme de ti? La acompañó hacia la autopista para que tomara un bus de regreso. No estaba muy bien para manejar. -Vete a tu casa – insistió Fernanda. -Este es el peor día de mi vida- Marcelo la miraba de pies a cabeza. -Por favor, no cometas una locura. -Tranquila, ya se me pasará. Pasaron meses, desde el rompimiento. Intentó llevarlo en paz, pero su mente no dejaba de atormentarlo con Fernanda y Carlos. Empezó el seguimiento por las redes sociales. Los veía felices y él, cada vez más destruido. No salía, no se divertía, andaba solitario. Empezó a perder peso y no le importaba nada. Solía decir que estaba bien, solo que él mismo no se lo creía. “¿Qué voy a hacer ahora? Debo saber todo de ella, no puede dejarme, no puede. Me dijo que me amaba. Yo la adoro, todavía. Siento su respirar cerca de mí, siento que se me va el aire, siento que la vida no tiene sentido”. Sus padres le acompañaban para que no se sintiera solo. Difícil no ver las lágrimas de su madre implorado para que coma, pues lo veía muy delgado. -¿Qué pasa hijo? Cuéntame. -No es nada. Ya pasará. -Seguro que es por esa chica. Te dije que no me gustaba… -¡Basta, madre! ¡No te metas! ¡Déjame en paz! Su obsesión iba en aumento. Se metió a ver diferentes páginas de redes sociales. Bastaba con teclear los nombres de ellos o de amigos en común. Era un deleite conocer más sobre ellos, ver sus fotos, sus estados. Odiaba cuando los veía juntos, maldecía su mala suerte. Y así poco a poco fue tramando su reencuentro. “No me tomarás por el idiota. Me destruiste y pagarás por ello”. Supo entonces que pronto partirían a un viaje. Fernanda y Carlos mostraban su felicidad a todos. Con cada paseo, una foto. Se veía como la pareja perfecta. Él un ganador. Ella una joven enamorada y muy soñadora. “Amor, ya te dije. Te daré una sorpresa en unos días”. Fernanda se emocionó al saber que Carlos le estaba invitando a un crucero. El barquito salió de puerto desconocido. Ni mar calmo ni aguas movidas, lograron que cambiara de rumbo. En búsqueda de sabiduría, paz interior y crecimiento interior, su alma se nutre de experiencias. Le bautizaron "Libertad". Y en ese vaivén, su corazón late animado y con fe. En esta embarcación iba una pareja de enamorados. Él de unos treinta años, ella de unos veinte y cinco. Muy alegres, con ganas de vivir su amor lejos de las miradas de los padres. Si bien, sus progenitores no estaban de acuerdo con su viaje, pues decían que estaban locos, sus ingenuos hijos no prestaron atención. Es que, ambos decidieron vivir para ellos. Carlos pensaba que Fernanda era su único mundo. Abandonarla, hacerle sentir mal o tan siquiera llorar, le veía como un hombre sin sentimientos. Por eso se esforzaba por darle su espacio y más que nada ganarse su respeto. De igual modo Fernanda sabía que su enamorado deseaba ser el dueño de su corazón. ¡Qué felicidad! -Estoy seguro de que a donde vayamos seremos más felices. -Es verdad- afirmó Fernanda. -¿Me amas? – preguntó Carlos, en tono anhelante. -Una y mil veces más, aquí y en el más allá. -Siento que se me escapa el aire cuando te veo- replicó Carlos mirando a los ojos de su amada. -Tú me haces sentir segura de lo que quiero y es ser la mujer de tu vida. -dijo Fernanda con mucho cariño. Un beso largo, ardiente, muy especial fue testigo del pacto de amor entre los dos enamorados. En la noche de ese mismo día, la pareja fue a bailar al comedor. Ella se presentó con un vestido azul estrellado, Cabello largo, sedoso y brillante, que realzaba a los ojos ennegrecidos de mujer enamorada. “Siento que soy la mujer más feliz del planeta”. Carlos se presentó con un frac muy elegante; era un caballero a la vista de su fiel compañera. “Debo ser el mejor hombre ante ella”. Cuando se encontraron en el salón de baile, sintieron que un imán los empujaba a los brazos del otro. -Mi amor, mi dulce amor -dijo Carlos. -Eres mi vida y yo siento que no quiero dejarte ir -profirió Fernanda. La música lenta de un vals lo llenaba todo. Ellos parecían ser las manecillas de un reloj, sincronía total. Los cuerpos entrelazados, manos temblorosas y miradas seductoras eran mudos testigos de la vida en este bellísimo romance. Todo parecería bien de no ser por alguien que los veía desde lejos. Un ex enamorado de Fernanda, impulsado por los celos, loco de rabia, no podía creer que la muchacha le había olvidado. “O es mía o de nadie”. Del lugar secreto, salió a su encuentro y gritó a todos. -¡Déjala! ¡Es mi mujer! Los gritos de los concurrentes no se hicieron esperar. Se alejaron mientras que la pareja lo miraba extrañada. -¿Qué quieres? –preguntó Fernanda. -¡A ti, solo a ti! –se acercó gritando Marcelo. -¡Oye, déjala en paz! –vociferó Carlos. -¡No me digas nada! –replicó Marcelo. -¡Yo terminé contigo hace mucho! ¡Déjame en paz! -volvió a gritar Fernanda. -Ya te dije: Eres mía y de nadie más. Entonces, arrebatado, sacó una pistola. Los asistentes gritaron y corrían de un lado para otro. -¡No nos hagas daño, por favor! –le suplicó gritando Fernanda. -¡Te dije que esto es lo último que haría! –gritó nuevamente Marcelo, furioso. Loco. Por unos instantes, pensaron que lo meditaría. Pero apuntaba directamente a la cabeza de Fernanda. Ella temblaba y suplicaba por su vida. Marcelo la jaloneó, apuntando a su cabeza. Ella lloraba y miraba a todos. -¡Por favor, déjala! –gritó Carlos. -Ni te muevas – le replicó Marcelo. Ella se va conmigo. Marcelo corrió con la chica, sintiendo rabia, dolor y mucha furia. Fernanda había sido su único amor. Pero, luego, lo abandonó, sin explicación. La había visto en las páginas sociales, y ahora debía verla. Era su mujer, así de simple. “Destruiste al ser bondadoso, no sabes la rabia que tengo contra ti. Marcelo sufrirá enormemente”. Se decía en su cabeza atormentada. El barco se movía muy lento. Murmullos se escuchaban por los alrededores. Fernanda lloraba, pero no podía conmoverlo. La gente estaba a la expectativa. “¡Que alguien lo detenga! ¡Auxilio!”. Pero por temor a ser alcanzados por una bala perdida, nadie se atrevió a dar un paso. Marcelo decidió llevarla consigo. “Si no puedo amarte, él tampoco lo hará”. Caminó con ella hacia una de las barandas del crucero, siempre con la pistola apuntándole. “Cariño, te dije que tú y yo éramos la pareja del año. Nadie me robará tu corazón”. Entonces, la empujó al mar. Él también se lanzó. Ninguno de los dos sabía nadar, el mar embravecido los tumbaba. Ella pedía auxilio. Su desesperación le jugó una mala pasada. Poco a poco, ya solo miraba ángeles a su alrededor. Carlos se lanzó para salvarla, pero la noche era muy oscura y el mar no le permitía llegar. “Resiste, resiste, amor, amor…” Luego ya no la vio más. Días después, el cuerpo de una estrella, se encontró en una playa desierta. Cuerpo abombado, moradas facciones y ojos mirando la libertad. -Veremos si alguien reportó alguna desaparición –indicó un bañista. -Lo lamento por la familia. Se veía que la chica era de una condición social adinerada -dijo otro. -Yo llamaré a salvataje. De seguro la llevarán a la morgue- terminó un pescador. Algunas horas después. sonó el timbre de celular. “Señor, disculpe, hemos encontrado un cuerpo. Debe venir a reconocerla”. La noticia era muy cruda. Carlos lloraba impotente, suplicando despertar de este terrible tormento. Y mientras manejaba hacia el lugar señalado, una voz en su mente le repetía: “Libertad… eres mi cárcel ahora; pensamiento de hombre en duelo con el mar”.

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