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Rómulo y Remo
Una tarde, llegué a casa y almorcé rápido porque tenía que salir a hacer un trabajo de la universidad con mi amiga Paula. Le fui a dar una mirada a mi bebé, no obedecía a mis llamados. En el lavadero del patio vi algunos rastros de sangre...
Milagro Concha Del Carpio
19 de octubre de 2025
7 min de lectura
Creo que nunca antes me hicieron un regalo tan raro, tierno, bonito y sobre todo original. Eran un par de pollitos en una cajita con bellos dibujos a carboncillo. Me lo hizo un ex enamorado, artista en ciernes que estaba tratando de reconquistarme. Al ver esas bolitas amarillas tan suaves y tiernas decidí retomar esa relación que más adelante terminaría.
Ese novio y yo decidimos bautizarlos y nombrarlos, como dicta la costumbre para cualquier hijo o mascota. No éramos fieles creyentes católicos, pero nos gustaban los rituales, fuimos a la iglesia de Tingo porque era la que quedaba más cerca de mi casa y les echamos agua bendita. Ya que parecían gemelos les pusimos por nombre Rómulo y Remo, ¿eso me convertía en una loba? -comenté bajito y socarronamente- En fin, Rómulo y Remo ya eran mis mascotas. Decidí que dormirían en mi cama, me despertaban muy temprano con sus “píos” así es que se nos hizo costumbre desayunar juntos, también los llevaba al parque para que pasearan pero por miedo a los perros dejé de hacerlo. Se convirtieron en mis primeros hijos. Creo que con ellos descubrí que en mi había algún sentimiento materno muy guardado, pero aún seguía diciendo entre mis familiares y conocidos que jamás tendría hijos.
Uno de tantos días, uno de esos aciagos que nunca faltan en nuestras vidas, Remo amaneció aplastado y muerto entre mis sabanas. Nunca había visto la muerte de tan cerca. Y más que matar algunas moscas, cucarachas, arañas y alguno que otro insecto, mi ser no había sido causante grave y casi directo de ninguna muerte. Al parecer, yo lo había aplastado. Estaba como un palito seco, un cartón o cualquier cosa dura, inerte y su pobre carita con gesto desesperado. Pobre Remo, su propia madre sin querer lo había asesinado. – quizá si soy una mala madre loba- pensé con una mezcla de sarcasmo y tristeza…
Los había cuidado tanto, les brindé amor y ellos también a mí. Me sentí muy culpable y triste. No fui a clases, me largué desesperada a la casa de mi enamorado quien me esperaba con los brazos abiertos para consolarme. Ese día me di cuenta que el excesivo amor da vida, pero también mal direccionado mata.
En cambio, Rómulo comenzó a crecer y decidí que se iría al patio junto a los otros. Los otros eran unos gallos de pelea que mi hermano mayor criaba. Entre ellos mi pollito era un simple mortal, un pollo de granja, los que normalmente se crían para que terminen en la olla. Nada parecido a los terribles gladiadores de mi hermano. Ahí mi pobre pollo era un paria.
Lamentablemente todos los días yo tenía que ausentarme de casa y dejar a mi hijo adoptivo al cuidado de mi familia porque tenía que asistir a mis aburridas clases de periodismo en la universidad. Creo que tenía 19 o 20 años no recuerdo muy bien. Era una edad complicada, había mucho odio y resentimiento en mi cabeza. Odiaba a mi familia, odiaba la universidad, a los profesores y a los compañeros. Pero sobre todo me odiaba a mí misma. Había hecho del odio una forma de vida, una costumbre. Mi novio era el único ser amado en ese momento y claro junto a él mis bellos pollitos.
Al regresar a casa siempre iba a ver como estaba el gemelo sobreviviente, generalmente le daba de comer maíz y agua, pero también picoteaba de mi plato de comida algunos arroces, algunas verduras, quería picar también la carne, pero yo no lo dejaba, el sólo pensar en ello me daba cargo de conciencia. Ese fue uno de los motivos por los que decidí adoptar por ese tiempo la vida vegetariana.
Cada día se ponía más gordo y grandote. Esperaba con ansias llegar a casa y mirarlo, solía pasar horas contemplándolo y hablándole cualquier cosa. A veces le leía poemas de la Pizarnik, pasajes de mi libro preferido en esa época, uno de Pessoa “El libro del desasosiego” o también alguno de mis tontos poemas de aquellos bellos e inocentes años, perdidos en el inútil resentimiento. Los tiempos de los primeros amores y de los primeros fracasos. Esos que van moldeando tu vida sin darte cuenta.
Nunca había tenido una mascota, nadie me había regalado un ser vivo, tenía que cuidarlo, mimarlo, dependía de mí. Eso me hacía sentir buena, necesitada e importante. Le agarré tanto cariño. Dejó de ser un pollo, para ser realmente como mi hijo.
Una tarde, llegué a casa y almorcé rápido porque tenía que salir a hacer un trabajo de la universidad con mi amiga Paula. Le fui a dar una mirada a mi bebé, no obedecía a mis llamados. En el lavadero del patio vi algunos rastros de sangre y en la bolsa del tacho de basura algunas plumas blancas. Apareció por la puerta mi hermano mayor, le pregunté:
-¿Y mi pollito?
-Ah verdad, no había nada que cocinar y teníamos mucha hambre.
En ese momento, una loba rabiosa con ansias de venganza se apoderó de mí y embistió contra Pancho.
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