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El peor día de mi vida

Abrimos los ojos, soltamos nuestras lenguas con pena, nos quedamos tendidos, desnudos uno al lado del otro sin decir palabra, en silencio. Yo me sentía atormentado por una culpa que no sabía de dónde venía, pero pesaba el doble que yo y me oprimía contra la cama, hundiéndome en lo más profundo. Estaba lleno de miedo, no podía articular palabra.

Ricardo Flores
03 de febrero de 2026
5 min de lectura
Acababa de besarme. Teníamos los ojos cerrados mientras nuestras lenguas se entrelazaban en una expresión ardiente de asombro. Sentí el aroma a caramelo agrio en su piel y el sabor a chicle de plátano "dos en uno" en su boca. Estaba envuelto por la suavidad de sus brazos sin vello, apretándome la cadera hacia abajo. Me dejé llevar, sin pensar en las consecuencias. ¿Para qué pensar? Pensar lo arruina todo. Nos besamos, nos amamos durante varios minutos, fluyendo como un río desbordado, como un torrente que cubre las sábanas con un esplendor blanco. Perdidos en el deleite de un encuentro anhelado y negado a la vez. Lo nuestro tenía historia. Abrimos los ojos, soltamos nuestras lenguas con pena, nos quedamos tendidos, desnudos uno al lado del otro sin decir palabra, en silencio. Yo me sentía atormentado por una culpa que no sabía de dónde venía, pero pesaba el doble que yo y me oprimía contra la cama, hundiéndome en lo más profundo. Estaba lleno de miedo, no podía articular palabra. Mientras escuchaba la voz de mi compañero parloteando y susurrando palabras ininteligibles, como si me estuviera hablando en ruso, me levanté de improviso, salté al suelo y tomé mis calzoncillos con los que limpié mi pecho y bajo vientre. Luego me los puse y terminé de vestirme. Él, con un tono de voz fresco y tranquilo, me preguntó: — ¿Estás bien, Ricardo? — Sí, claro que sí, todo está bien. Nada estaba bien. Inmediatamente después de disfrutar y amar, comencé a odiar y a sentirme culpable. Estaba convencido de que había cometido un pecado imperdonable. No era real, no me estaba pasando. ¿Por qué no fuiste una chica? ¿Por qué me atrae este chico sin afeitar, con sonrisa desmesurada y dientes torcidos, que me hace reír? Te odio, me odio. Soy un cabro, un mostacero despreciable.

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