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Un taxista
El celular de Willmer sonó. Era su hermana Ericka, su padre había tenido un accidente de tránsito, tenía que encontrarse con la madre en el hospital para consolarla y pagar las medicinas. Al llegar le dieron la mala noticia: el “viejo” había fallecido.
Milagro Del Rosario Concha
28 de octubre de 2025
7 min de lectura
No quiero que trabajes, vieja, le dijo Jerónimo a su esposa. Tú encárgate de los chicos, yo me voy a sacar la mugre para que a ustedes no les falte nada. Yo soy el hombre, yo tengo que ponerme los pantalones bien puestos y voy a trabajar doble turno si es posible, dormiré unas horas nomás, pero tú ocúpate de hacer estudiar a nuestros hijos. Cuídalos, dales de comer bien, tan sólo pídeme lo que necesiten y yo te traigo, pero por favor vieja no trabajes.
A Mariella, la esposa de Jerónimo le daba pena porque el pobre hombre ya ni dormía. Por eso quiso proponerle la idea de trabajar y aportar con algo de dinero para que él descanse un poco. Pero Jerónimo como hombre terco y machista no estaba de acuerdo.
Viejito –le decía Mariella-, yo también quiero ayudar. Tú paras mucho en el carro, me da miedo que te enfermes, trabajas también por la noche. A veces no duermo pensando en los peligros que hay en la calle con tanto delincuente.
Viejita, así es la vida de un taxista, no te preocupes, yo siempre rezo, me encomiendo a Dios y ya ves hasta ahora todo bien. He colgado en el carro la estampita de la virgen Del Rosario que nos regaló la comadre Juana. Y todos los días le rezo. Lo único nomás que quisiera es no tener que alquilar el carro. Uno propio sería perfecto, vieja. Haría más plata. Pero la plata no alcanza pa ahorrar, todo se va en la casa y en los chicos, pero ni modo tendremos que aguantar hasta que logremos verlos profesionales.
Esa conversación de media noche, entre sus padres, la escuchaba Willmer casi todos los días, mientras fingía estar dormido y se le quedó muy grabada en el alma desde los 8 años. Siempre la tenía presente, pero más esa mañana en la que tenía que agilizar los papeles del préstamo y estampar la última firma. Tenía 28 años, y ya era todo un ingeniero graduado en la UNI. La cara de orgullo que tenían sus padres el día de la graduación lo llenaba de felicidad. Ese día para celebrar se fueron a comer pollo a la brasa y en casa para brindar su padre sacó un vinito que el abuelo Ismael había producido en su pequeña chacra. Siempre mandaba desde la sierra cosas ricas. Tostado con queso, humitas, cancacho, chicharrones y vinito dulce.
Una de sus hermanas menores había seguido sus pasos universitarios, la otra acababa de ingresar a la facultad de medicina de una universidad privada, una de esas nuevas que gracias a Dios podían pagar. Willmer se había comprometido a pagarle la mensualidad. Recientemente le habían dado una jefatura en la empresa, así es que iba a poder con la responsabilidad.
Por fin las llaves del auto nuevo estaban en sus manos. Era la gran sorpresa que le tenía guardada a su padre, por su cumpleaños. Ese auto lo afiliaría a una empresa de taxis para que tuviera clientes seguros y no tendría que dar vueltas innecesarias para conseguirlos. Pensaba que ya su padre debía descansar, no seguir trabajando, para eso estaba ya él hecho un hombre. Alguna vez compartió esos pensamientos con su padre. Obviamente el carácter terco del “viejo” lo hizo desistir de la idea. La invitación a la jubilación para Jerónimo era una ofensa grave. Pasó una semana sin dirigirle la palabra. Nunca más volvió a tocarle el tema.
La gratitud hacía el “viejo” era inmensa. Había sido un buen padre. Jamás tomaba una copa de más, mientras los padres de algunos amigos según contaban gastaban su dinero en largas borracheras o en mujeres, el “viejo” juntaba cada centavo y hacía que en casa nunca faltara realmente nada. Tenían una casita pobre con su techito de calaminas, pero propia. Había televisor, refrigeradora, cocinita a gas, camas, muebles y sobre todo comida nunca les había faltado.
Todo eso recordaba Willmer mientras manejaba el auto nuevo. Ese día se había despedido rápido de sus amigos para llegar temprano a la casa. A nadie le había dicho lo de la sorpresa. Al llegar a la puerta de la casa tocaría la bocina del carro varias veces para lograr que su familia salga a la calle y que lo vieran conduciendo el que iba a ser la nueva herramienta de trabajo del “viejo”. Los vecinos seguramente también iban a salir, se imaginaba la lluvia de felicitaciones que recibiría su padre.
El celular de Willmer sonó. Era su hermana Ericka, su padre había tenido un accidente de tránsito, tenía que encontrarse con la madre en el hospital para consolarla y pagar las medicinas. Al llegar le dieron la mala noticia: el “viejo” había fallecido. Un borracho cruzó a toda velocidad sin importar que Jerónimo tenía la preferencia y se lo llevó de encuentro. Encima se quiso dar a la fuga. El “viejo” ya estaba regresando a casa para celebrar su cumpleaños. Había comprado su torta, la selva negra que tanto le gustaba.
Pobre “viejo”, pensaba Wilmer mientras se limpiaba las lágrimas y abrazaba a su madre desconsolada.
Días después del entierro, Wilmer fue al mecánico para que pusiera una calcomanía en la parte de atrás del carro que dijera: “En memoria de mi querido viejo”.
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