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La libreta
Iba a otro colegio y era dos años mayor que yo. Vivía en una casa de tres pisos frente a un parque. Solía pasar por ahí camino a la cancha de fútbol. Siempre veía a chicos merodeando por su calle. Su grupito estaba conformado por chicas tan guapas y populares como ella. Mis amigos y yo las conocíamos como Las Barbies.
Rafael Rojas
22 de febrero de 2026
14 min de lectura
Estaba en el aeropuerto cuando la vi. Corría hacia la puerta de embarque junto a un hombre con una niña en brazos. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que la había visto, pero tan solo me tomó tres segundos en reconocerla. Es imposible olvidarse de la chica con la que uno perdió su virginidad.
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Todo fue por un intercambio de favores. Un amigo acababa de traer de su viaje de Miami los discos compactos: Use Your Illusion de Guns N’ Roses, No More Tears de Ozzy Osbourne y Decade of Decadence de Mötley Crüe; que acababan de editarse en Estados Unidos pero que aún no habían salido en el Perú. En ese tiempo yo estaba enganchado con la música, empecé a tocar la guitarra y con unos amigos contemplábamos la idea de formar una banda. «Te los presto si le das clases de matemática a mi vecina. Me juró que si la ayudaba a pasar su examen iría al mirador conmigo» dijo. Nunca me gustó enseñar. Me frustro cuando la gente no me entiende, pero cuando tuve los discos en mis manos me olvidé de todo y acepté al instante.
A su vecina la conocía solo de vista. Iba a otro colegio y era dos años mayor que yo. Vivía en una casa de tres pisos frente a un parque. Solía pasar por ahí camino a la cancha de fútbol. Siempre veía a chicos merodeando por su calle. Su grupito estaba conformado por chicas tan guapas y populares como ella. Mis amigos y yo las conocíamos como Las Barbies. Para ellas nosotros éramos unos completos extraños. Teníamos apenas quince años y a esa edad dos años de diferencia eran como diez en adulto.
Llegué a su casa a la hora acordada. Después de abrirme la puerta me pidió que la espere en la biblioteca. «Yo ahorita bajo, si quieres tomar algo, puedes sacar lo que quieras del refrigerador» dijo y subió por las escaleras. Se tomó más de media hora en bajar. Al principio me molestó que me haga esperar, sabía que estaba hablando por teléfono —la escuchaba a lo lejos— pero los libros de su biblioteca me tuvieron entretenido. Por un momento —a modo de venganza— quise meter en mi mochila un par de ellos: la primera edición de “Cien años de soledad” o la de “La ciudad y los perros”, ambas autografiadas.
No tardé en darme cuenta que las matemáticas no eran lo suyo. Para ella era otro idioma. Estuve por tirar la toalla cuando recordé una técnica que uno de mis profesores utilizaba cuando no lo entendíamos. Nos preguntaba qué cosas nos interesaban y hacía una asociación de ideas para recordar las fórmulas y como aplicarlas. Ella estaba obsesionada con la moda en general: ropa, zapatos, carteras. Mencionó que le ilusionaba estudiar alta costura en Milán. Con esa información intenté aplicar el método de mi profesor. No estuve muy seguro si las metáforas que utilicé fueron las apropiadas, pero cuando finalmente pudo resolver un problema por sí misma, respiré tranquilo. A partir de ese momento todo cambió. Resolvió más de veinte ejercicios uno tras de otro. «Eres el mejor profe del mundo» dijo, me abrazó y regaló una sonrisa que iluminó la biblioteca entera. Nos quedamos viendo por unos segundos. Quise sostenerle la mirada, pero sentí vergüenza. Después de ver el reloj, supe que era tarde. «Me tengo que ir» dije y agarré mis cosas. «Quédate un rato más, mi hermana no tarda en regresar y me da miedito quedarme sola de noche» dijo con ojos de niña asustada. No pude negarme. Me pidió ir a la sala para estar más cómodos. Me preguntó si quería una cerveza, le dije que un vaso de agua estaba bien. «¡Qué aburrido!» la escuché decir. Acepté tomarme una a regañadientes. Fue a la cocina, trajo un par de latas y las puso sobre la mesa de centro. En eso noté un gesto pícaro que no pude descifrar. Subió corriendo por las escaleras y bajó con una pequeña libreta verde que colocó sobre la mesa. Me sorprendió que se sentara a mi lado, podía haberlo hecho en el sillón que estaba al frente. Empezó a preguntarme si tenía enamorada o si me gustaba alguien. Notó mi fastidio, pero no le importó, parecía divertirle. Nunca se me ocurrió que estuviera coqueteando conmigo. No paraba de hablar. Me contó sobre el próximo viaje que haría con su familia, lo entusiasmada que estaba por celebrar el fin de año en una fiesta en la playa y lo ansiosa que estaba por pasar el examen de matemáticas y acabar, de una vez por todas, el colegio. Yo no sabía que contarle, mis historias me parecían aburridas. En eso recordé la vez que, en una clase de natación, perdí la ropa de baño mientras nadaba. «Fue durante una competencia. Me quedaba un poco grande y no había atado el nudo lo suficientemente fuerte para que no se me saliera. Al llegar a la meta y darme cuenta que había ganado, celebré con los puños en alto y con ese mismo entusiasmo, salí de la piscina. Los gritos de algarabía se convirtieron en un silencio sepulcral seguido por unas risas incontrolables. Tapé mi vergüenza con ambas manos, aunque pude haber utilizado solo una, y corrí hacia el vestuario». Ella se río tanto que casi se fue de bruces contra el suelo. Al recostarse en el sillón, puso su cabeza sobre mi hombro. Seguíamos riéndonos cuando colocó su mano sobre mi pierna y empezó a frotarla suavemente. Me levanté al instante. «Me tengo que ir —dije— en mi casa ya deben de estar preocupados». Me miró por unos segundos, como si estuviese pensando en algo. «Está bien, pero antes quiero que me hagas un favor» dijo. Me contó que su hermana había traído unas ropas de baño de Brasil y no sabía cuál llevar a la fiesta, quería impresionar a un chico que le gustaba. «Necesito una opinión masculina» dijo y acepté confundido. La verdad yo no sabía nada sobre ropa de baño y menos para mujeres. Después de verla subir corriendo las escaleras, noté que la lata de cerveza dejaba sobre la libreta un anillo de agua. La saqué para que no se siga mojando y cuando lo hice cayó al piso lo que pensé era un separador de libros, pero resultó ser una regla. Al leer el contenido de la libreta creí que se trataba de una agenda de teléfonos, había varios nombres seguido de números, pero algo no me cuadraba. Reconocí algunos, chicos de mi colegio y del barrio, todos ellos mayores que yo. Estaba a punto de cerrarlo cuando de pronto vi el de mi hermano. No su nombre como tal si no como solían llamarlo: “Sobre”. Traté de darle sentido a lo que estaba viendo, cuando la escuché bajar.
«Este color me gusta más» dijo. No pude con mi asombro. En lugar de mostrarme la ropa de baño, la llevaba puesta. Nunca antes había tenido a una chica en un diminuto bikini, tan cerca mío. Empezó a moverse cual modelo en una pasarela. Cuando la vi de espaldas entendí el término “hilo dental”. Sentí que el pantalón me apretaba e intenté cubrirme con un cojín para no delatar mi entusiasmada erección. En ese momento se acercó, se arrodilló frente a mí, desabrochó mi correa, desabotonó mi pantalón y me bajó el cierre. Sentí sus frías manos tocar mi sexo. Todo eso era nuevo para mí. El onanismo no era un ejercicio ajeno, pero era uno en solitario. Cuando ya no podía estar más erguido vi cómo —con la otra mano— tomó la regla, la puso al lado de mi sexo y observó cuidadosamente. Abrió la libreta y empezó a anotar. Luego se quitó la tanga, se sentó encima mío y me regaló los mejores cinco minutos de mi vida.
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Mientras la veía hablar con los agentes de la aerolínea. Me sentí de nuevo ese chico de quince años. Quise agradecerle no solo por regalarme uno de los momentos más intensos de mi adolescencia, sino también por darme —sin darse cuenta— esa autoestima que tanto me hacía falta. Quise pedirle disculpas por no haberla llamado a tiempo. Fue muy tarde cuando me enteré que su familia había dejado el país —a los pocos días de nuestro encuentro— exiliados por el gobierno de turno. Quise decirle que aún me derrito cuando veo a chicas en bikinis y que los hilos dentales —incluso si los uso para limpiarme entre los dientes— me ponen nervioso. Quise decirle eso y muchas cosas más, pero la panza me empezó a sonar del hambre.
Seguía discutiendo con los agentes de la aerolínea sobre el tamaño de su equipaje de mano. No permitían que fuera en cabina porque superaba las dimensiones requeridas. Ella ofuscada refutaba sus argumentos. En ese momento vi como sacó de su bolso una regla y midió con exactitud la maleta. No pude evitar soltar una carcajada y decir en voz alta: «Vamos. Háganle caso. Es una experta. Lleva años haciendo eso». Cuando todos voltearon a verme yo ya estaba camino en busca de algo para comer.
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