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La maldición

Después de eso no volvimos a mirarnos a los ojos, era como si algo secreto, no dicho, pero latente, hubiera reemplazado lo que vivimos con otros recuerdos...

Ana Sandoval
27 de noviembre de 2025
8 min de lectura
Siempre supe que había algo desgarrador e intenso dentro de mí. Un impulso que me atormenta a veces y que trato de ocultar todos los días debajo de tareas inútiles y esfuerzos laborales que parecieran nunca terminar. La vida siempre transcurrió para mi entre la paranoia solitaria del sobrepensamiento y las ansias de cumplir deberes materiales que abundan desde que uno pega el primer grito en este mundo. Nunca fui realmente feliz, supongo. Pareciera que todo lo que es mío, que siento mío, no estuviera bien. Entonces me lo arrebatan de las manos, se me cae o se olvida para siempre. Quisiera olvidar yo también, que me borren la memoria o algo, ese “no se qué” que me hace ser así, tan lejana. Solo una vez amé y fui feliz. Cuando estaba en primaria, no recuerdo exactamente en qué grado, pero debía tener nueve o diez años, me hinqué el dedo de en medio para hacerme sangrar un poco. La idea era colocar algunas gotas rojas en un pedazo de rectángulo de vidrio que robé en algún momento del laboratorio en donde trabajaba mi madre, y al cual me llevaba de vez en cuando porque no había con quien dejarme en casa. Aquella pieza de vidrio iría pegada a una carta, que escribí con plumón fucsia, en donde le decía a mi mejor amiga, Estrella, que la amaba con toda mi alma y que quería que estuviésemos juntas para siempre, solo las dos y nadie más, y que no quería que se juntara con Adriana, porque ella quería separarnos y robársela de mi lado. Asumo que la motivación de tal acto casi maniaco y desesperado, fueron los celos terribles que sentía de ver a mi mejor amiga riendo con otra persona o haciendo algo junto a aquella usurpadora que intentaba quitarme un espacio que solo era mío, un escondite, algo que amaba, una parte de mí. O tal vez no fue así, tal vez hice todo eso de otra forma más amenazante, más enfermiza, tal vez la perturbadora carta que escribí decía que ella era solo mía y que no podía hacer lo que hacía conmigo con alguien más. Darnos besos a escondidas atrás del quiosco azul, en los baños, debajo de las escaleras del último pabellón, en las aulas abandonadas o debajo de la gruta de la Virgen María. Tal vez firmé con el nombre de mi rival para que, si luego de leer la carta se asustaba, no fuera a mi a quien mirara con ojos de terror y miedo. Me siento maldita, condenada eternamente por el Dios de todas las vidas a no entender del todo esta perversa sensibilidad que él mismo puso en mí. Entonces no quiero sentir nada, entonces quiero evitar a la gente y desaparecer por completo, no recordarme tanto. Puede que me esconda en aquel día, sí, siempre fue ese día, toda la vida ese día. Estaba en clases de matemática, pedí permiso para el baño y salí corriendo, la verdad era que no quería estar más en el salón. Cuando salí del cubículo ella estaba ahí, me miró fijamente y se abalanzó apresurada sobre mí, me abrazó con todo su cuerpo, cerró la puerta y me besó intensamente. Yo no pude hacer nada, estaba paralizada y sentí que en ese instante descubría el mundo. Luego se apartó y salió corriendo, dejándome ahí, con el corazón en la boca, llena de adrenalina, y temblando. Creo que esa sensación siempre caminó a mi lado, esas ansias de no saber que sucede realmente, pero teniendo la sensación de que hay algo importante que no se dice, del que nadie habla. Quisiera creer que solo son ideas mías, pero sé que tengo algo de razón, al menos un poco, no creo estar tan loca después de todo. Estrella y yo nos besamos hasta que ella cumplió trece, yo tenía doce aún. Todavía era verano y las lluvias habían inundado el patio central del colegio, la madre directora dio la orden de que nadie saliera al recreo, pero nadie hizo caso y todas salimos igual. Las nubes volvieron a oscurecerse y empezó a llover otra vez. Todas corrimos al patio central y nos metimos en aquella piscina pluvial, de pronto todas estábamos ahí, mojadas por la lluvia y el agua estancada, vi que Estrella se acercó a mí, me tomo de la mano eufórica y, en medio del alboroto, tomó mis mejillas y me besó delante de todas. Nadie nos vio, solo fuimos las dos en medio del caos colectivo, en medio de tantas niñas que jugueteaban con el agua o se escurrían las faldas y la camisa blanca. Después de eso no volvimos a mirarnos a los ojos, era como si algo secreto, no dicho, pero latente, hubiera reemplazado lo que vivimos con otros recuerdos, llevándose todas las imágenes que jamás quisimos que fuesen reveladas al público, es decir, a las hermanas de la congregación, a la madre directora o a los maestros. Y luego nada, nuestros intereses se desarrollaron de forma distinta, de modo que yo me hundí en los libros de la biblioteca solitaria del colegio y ella en los cuchicheos sobre chicos que tenían lugar en los recreos, en medio de los pasillos repletos de chiquillas. Así todo quedó en el olvido, sellado por completo bajo las ásperas paredes del colegio, y ya nunca, nunca más, recordamos los besos, las caricias, las miradas, atrás del quiosco azul, en los baños, debajo de las escaleras del último pabellón, debajo de la gruta de la Virgen María, escondidas, lejos, muy lejos de este mundo.

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