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La napoleoncita

No pasó mucho tiempo en que la soledad le pasó factura a la Mami Juana. Estaba regando las macetas del patio y dio un resbalón tan fuerte que cayo al piso y se desmayó. Ella no recuerda por cuánto tiempo estuvo así. Se levantó como pudo y tocó la puerta de la vecina...

Dina Emeteria Chávez Bellido
19 de octubre de 2025
8 min de lectura
-Ramón, Ramón… ¡Despierta! ¡Despierta!... Dijo la Mami Juana, con su voz de napoleoncita, a las 6:17 de la mañana de un domingo abrileño. Estaba muy nerviosa cargando una caja de leche Gloria que contenía a un niño de pocos meses que había encontrado en la puerta de la cochera de su casa. -Hay un papel doblado en la caja, mami. -Dijo Beca, la hija, que se había levantado ante tanto alboroto. -A ver léela, hijita -Dijo don Ramón, amarrándose la bata de invierno. El papel cuadriculado estaba escrito con lápiz y no tenía remitente, pero decía lo siguiente: Néstor, te entrego a tu hijo para que lo alimentes y eduques porque yo no tengo dinero ni apoyo de mis padres. Sólo para eso he venido a Lima y me regreso a mi pueblo de Chalhuanca. Don Ramón recordó que lo mismo sucedió con su hijo Néstor y ahora se trataba de su nieto. La Mami Juana acostumbrada a tales sorpresas ya había sacado al niño de la caja y lo estaba arropando en la cama de Beca. Luego, se fue derechita a llamar a Néstor, quien vivía en la casa contigua de ellos, y lo trajo con ella. Nadie podía dudar del niño porque presentaba el rasgo característico de los Acuña, la nariz aguileña y prominente. La Mami Juana le ordenó a Néstor, que era carpintero, que prepare inmediatamente la cuna y la ubique en el cuarto de Beca. La vida para todos ellos, que vivían en el paradero Siete de Nueva Esperanza en Atocongo, había cambiado para siempre. -Beca, dale el biberón y cámbiale el pañal a Lucho antes de irte a la universidad y no hables mucho con tu enamoradito y regresa pronto porque hay muchas cosas que hacer acá. -Dijo la Mami Juana con su voz que retumbaba en la casa, que era bastante grande, sin contar con el patio y el gallinero inmenso en la parte posterior. Luego se sentó en su silla personal de su taller de costura, acondicionada para que ella trabaje en casa desde que llegó Luis en su vida. Cosía sábanas y uniformes para soldados del cuartel. Era limeña mazamorrera. Era pequeña, delgada, con el cabello corto y muy crespo. Siempre estaba muy bien acicalada. Vestía, siempre en verano, con blusas de colores claros y falda oscura que le llegaba hasta la rodilla. Nunca le faltaban unas perlas preciosas en las orejas. Por más que hacía mil cosas en la casa tenía unas uñas muy bien cuidadas. Era una mujer bien determinada. Las horas del día las cronogramaba casi con precisión militar. Ordenaba la casa como para que un ciego encontrara todas las cosas con mucha facilidad. Los días que no tenía costura entregaba pichones, patos, gansos, gallinas en los chifas y restaurantes de Lima. Esto lo hacía dos veces a la semana, llueve o truene, sea invierno o verano. Entregaba buen producto y exigía precio justo. Manejaba el presupuesto de la casa con una habilidad judía. Cubría todos los gastos y ahorraba para cualquier contingencia. -Ramón, ya está el almuerzo servido en la vianda. Ahora, tú tienes que cargar con tu comida, porque Néstor y yo estamos muy ocupados con Luis. Se oyó la voz de la Mami Juana en algún rincón de la casa. El Papi Ramón, era un policía que ahora era Comisario en el distrito de Villa María del Triunfo. No tan lejos de su casa. El era natural de Chalhuanca, Apurímac. Alto, fornido y un poquito barrigón por los años. Tenía la tez muy blanca, los cachetes rosados y el cabello plateado. Era parsimonioso, tranquilo y de buenos modales. Le encontraba solución a todo, pero a su manera. Cuando la Mami Juana le decía que hay que arreglar el techo porque está goteando la lluvia por ahí. Él llamaba a Beca y arrimaban la mesa del comedor a otro lado y ponía el balde para el goteo. Cuando Beca le pedía dinero para comprar unos zapatos de vestir, él le daba el dinero para un zapato y le decía pídele plata a tu mami para el otro zapato. El siempre dejaba un poquito de comida en el borde del plato y decía que eso era para que sufra la cocinera, aun sabiendo que la Mami Juana tenía la sazón más deliciosa en la familia Acuña Zavaleta. Cuando escuchaba, casi siempre, la voz fuerte de su esposa decía que ya comienza con su chamba favorita de todos los días y no le hacía caso para evitar los líos. Era el jefe en la comisaría, pero en su casa era el subalterno del más bajo rango. Mientras Lucho crecía era el engreído de la casa, como fueron, en su momento, Néstor y Beca. La Mami Juanita adoraba a Néstor y a Lucho como si fueran sus hijos. Se sacrificó mucho por cada uno de ellos hasta verlos profesionales o adultos con oficio bien formados, pero siempre con mucha disciplina y mucho amor. Néstor era su hijo mayor y se convirtió en un carpintero muy solicitado y viajaba fuera de Lima por unas semanas. Era el hijo que le ayudó a criar a Beca y luego a Lucho, pero que nunca se casó. Beca se recibió de profesora de Primaria egresada de la universidad Pontificia Católica del Perú. El día que Beca se casó con Fernando, este le regaló un wiski a su suegro. El Papi Ramón le dijo a la Mami Juanita: -Me cambiaron a mi hija por una botella de wiski. Lo guardó en su licorería y nunca lo tomó. -Ya se le pasará la tristeza algún día. -Murmuró la Mami Juana. Y así fue. A la muerte del Papi Ramón, la viuda sacó la botella de wiski y bebió con sus hijos y su yerno y les contó la historia de la botella y aclaró que nunca se le pasó la tristeza a Ramón. La Mami Juana disfrutaba de la compañía de Néstor y Lucho, que ahora ya era un Ingeniero pesquero y no se fue con la beca a Rusia para estar siempre con su padre, su abuela, su tía Beca y sus nuevos primos pequeños, Eduardo y Margarita. Pasado un tiempo, Lucho se casó con su vecina Rosa y tuvieron una hija a quien llamaron María Luisa Fernanda. Esta pequeña niña se convirtió en la engreída de la Mami Juana, pues se quedaba en su casa, mientas sus padres se iban al trabajo. Pero esto duró poco porque Lucho y Rosa se mudaron de casa y pasado unos pocos años se divorciaron y la Mami Juana nunca más volvió a ver a la nieta más pequeña. Este hecho golpeó mucho al corazón de la Mami Juana que ya estaba con buenos años encima. Lucho también sintió un gran dolor y se decía para sus adentros ¿Por qué su madre lo había abandonado y nunca lo había querido? Lucho trabajaba medio tiempo en el negocio de Fernando y el otro, tomando con sus amigos. Se convirtió en la preocupación de todos. Sonó el teléfono de casa. Beca contestó y puso una cara de infarto. Su hermano Néstor había muerto en un accidente automovilístico. Avisó a Fernando, su brazo incondicional. Toda la familia veló lo y enterró a Néstor en el cementerio de San Gabriel en Atocongo. La Mami Juana, una mujer que creía en Dios, pero no de oración y comunión diaria, asistía a la misa de vez en cuando, no era de confesiones dominicales ni de velos y rosarios, sintió una inmensa soledad en el alma. La casa era muy grande para ella sola. Había enterrado a dos hombres a quienes había amado tanto: su esposo y su hijo. Lloró para sus adentros y salió a contemplar las flores del jardín, pues ellas fueron regaladas, sembradas y regadas por Néstor y Ramón, sin contar, con las hermosas macetas floridas del patio interno. Hizo un recorrido emocional interno y llegó hasta el día en que conoció a Ramón y formó su familia. Lo único que le había regalado la vida y fue una leona para amarlos y cuidarlos. Ya no estaba el motivo de preparar el desayuno, el almuerzo y la cena. Sus sueños se volvieron ligeros. Soñaba, frecuentemente, a Ramón y a Néstor. Beca y sus hijos la visitaban cada fin de semana hasta verla sonreír un poco. Lucho se aparecía cuando le daba la santa gana. La llegada de él generaba más preocupación que alegría para todos. La Mami Juana disfrutó mucho del matrimonio de su nieta Margarita. Parecía que la alegría volvía a su corazón. No pasó mucho tiempo en que la soledad le pasó factura a la Mami Juana. Estaba regando las macetas del patio y dio un resbalón tan fuerte que cayo al piso y se desmayó. Ella no recuerda por cuánto tiempo estuvo así. Se levantó como pudo y tocó la puerta de la vecina y con voz napoleónica le dijo: llamen a mi hija Beca. La vecina la vio con la cabeza ensangrentada, la ropa mojada y temblando de dolor. La Mami Juana parecía más pequeña de lo que era. El médico la atendió prolijamente y dio un resultado contundente: los huesos del brazo golpeado estaban molidos y que tenía una artrosis general. Le iban a poner el yeso en el brazo solo para ayudarla. La Mami Juana fue cargada en brazos por Lucho como una bebé. No quiso comer. Solo unas cucharadas de sopa y algo de líquido. No le hizo caso al médico y se murió de una neumonía fulminante. Era tan pequeña que el cajón de una niña de diez años le quedaba grande. Hubo que poner varios cojines y almohadones para que su cuerpito quede protegido. Su cajón fue de color beige y se sirvió chocolate en el velatorio, tal como ella había pedido. En su epitafio se escribió: aquí yace Juana Zavaleta Bismark, nieta de chileno. Tal como decía en su Partida de nacimiento del orfanato de Lima.

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