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Bethel y la muerte (Capítulo 2: La vida es difícil)
La dueña intentó atraparme, pero yo me escondí en un arbusto cerca de la casa vecina donde no me pudo ver. Aproveché que ya me había escapado y me eché una siesta en ese arbusto.
Gabriel Egusquiza
09 de febrero de 2026
6 min de lectura
Me desperté y, como dicho y hecho, era un perro, un miserable perro. Estaba en una casa y me enteré de todo: era hijo de la perrita de una familia. No podía hablar ni podía pararme; solo tenía conciencia.
Pensé: "¿Me podría escapar? ¿Podría hacer las cinco ayudas sociales sin ayuda de nadie?".
Y en eso la vi. La madre de la familia me miró sonriendo y dijo:
—¡¡NACIÓ!! ¡¡NACIÓ!!
Yo solo quería huir de la casa y hacer las cinco misiones de inmediato.
Entonces sonaron esas voces en mi cabeza:
—Hay que huir mañana por la mañana —dijo una. —¡No! Hay que quedarnos para que nos den comida —dijo otra. —¡Ya fue, muchachos! —dijo una tercera. Tantas voces a la vez me abrumaron el cerebro.
Al final pensé en lo mejor para mí y ya lo sé: me escaparé en la madrugada para que nadie me vea. La casa no tiene cerca, así que era mi oportunidad.
En eso escuché a la dueña decir:
—¡Lo arrullaré dentro de mi cuarto, al cachorro!
Ya sabía que todo reto tenía obstáculos y este era el mío: escapar de la casa. Por instinto, empecé a correr muy rápido.
La dueña intentó atraparme, pero yo me escondí en un arbusto cerca de la casa vecina donde no me pudo ver. Aproveché que ya me había escapado y me eché una siesta en ese arbusto.
Me desperté y estaba otra vez en aquel parque de la primera vez, pero ya como perro. Y ahí estaba Dios, como un destello que brilla como estrella.
La voz de Dios me dijo:
—Bien, ya tienes una primera misión de las cinco. ¿Estás listo?
¡Obvio que estaba listo!
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