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El día que destruí los mejores tamales del mundo

Pasó por dos fuentes de soda, tres costureras, señoras que venden desayuno en el mercado, amigas de su madre. Todas invitaban a Chavela a pasar a conversar, tomar un vaso de agua, café, ver un momento la novela. Y es que Chavela tenía un encanto natural, le caía bien a las personas.

Rafael Gutiérrez
27 de octubre de 2025
7 min de lectura
Con los ojos clavados en el batán, Chavela recordó el trágico día en que Salvador le confesó su más terrible secreto. Aquel día en que hojeaba el periódico buscando trabajo para un ingeniero, la persona con la que soñaba pasear por Europa le contó que no era más que un simple mecánico de tractores para la faena. Rápidamente pasó su antebrazo para retirar aquel recuerdo que se asomaba en forma de lágrima por su ojo derecho y enseguida hizo un repaso mental de los ingredientes que faltaban para terminar con los pedidos que tenía en la semana. Vio a su hija pasar por la ventana y la resondró: “¿Acaso no tienes que alistar a Verónica para que vaya a la fiesta de Micaela?” Le fastidiaba ver que las personas estén sin hacer nada en horario laboral; pero, sobre todo, que se tome la invitación del cumpleaños de Micaela Whitembury tan a la ligera. Una familia con la cual Chavela había entablado amistad años atrás cuando cuidaba a los viejos patriarcas de familias adineradas. “Si me he esforzado por esta familia es para que al menos mis hijas puedan tener algo mejor que yo” – fue lo que siempre pensaba cada vez que recordaba a esas amistades. Aunque una de sus hijas había tenido una relación con “un chico de bien”, su relación no logró prosperar. Su hija y su nieta terminaron viviendo en Comas por temporadas. Por tal motivo Chavela no deseaba que se descuiden esos lazos tan importantes, menos ahora, para su nieta. Llamaron a la puerta y pensó que se trataba del pedido faltante de ingredientes; sin embargo, era Eduardo, su sobrino, que llegaba para saber si Verónica estaba en casa para jugar. Desde la ventana, Chavela le respondió: -Ella se está alistando para ir a un cumpleaños. Podrías venir mejor mañana… -¿Mañana? Primera vez que escucho que un cumpleaños dure todo el día” – replicó sorprendido el niño. Chavela, con una sonrisa condescendiente provocada por la irreverencia de la respuesta, le respondió que como su nieta saldría por la tarde y regresaría en la noche, probablemente se durmiese en el camino de retorno. Con una mano rascándose la cabeza, Eduardo regresó a su casa. Chavela sabía que el niño había ido con intenciones de jugar, pero esta vez prefería que su nieta jugase con amistades fuera del barrio. Mandó a su hija a que termine de preparar a Verónica mientras los tamales ya se terminaban de cocinar. Vio la lista de casas y negocios a los que hoy tenía que entregar tamales para empezar a ordenarlos. Cerca de las 12 del día, ya muy tarde, apareció el pedido faltante con los ingredientes y con un mensaje en papel firmado por su repartidor: “Enfermo”. Luego de darle un largo abrazo de despedida a su nieta, Chavela se puso un delantal, pasó una pañoleta por su cabello, consiguió un coche de carga y lo amarró a su gran canasta de mimbre. Suspiró largo, los ojos se aguzaron al ver las calles sin pavimento y veredas rotas, sobre todo, porque los primeros pedidos quedaban en las calles más alejadas y empinadas del barrio. Tarareando una canción de Camilo Sesto, un recuerdo de adolescente aguijoneó su mente, aquella época que desde la sala principal de la hacienda veía desfilar por la puerta a los peones cargando las cestas de paltas, a su papá haciendo el inventario, la paga en especias, a Salvador que le comentaba hacia donde iría a parar la cosecha y le recalcaba, mirándola con sus ojos verdes, que en España no había frutos tan ricos como los que había encontrado en la hacienda… ¡Amalaya la hora en que me casé! -Buenas tardes, señora Chavela. –La saludó el panadero con una gran sonrisa – Qué hermosa sorpresa tenerla por acá. Dichosos los ojos que la ven. Déjeme decirle que sus tamales vuelan para el lonche… -Para mí también es una sorpresa -suspiró de cansancio – Se me enfermó Pedrito. Pero, ni modo, aquí estamos... –Chavela extendió rápidamente los paquetes de tamales, los dejó sobre el mostrador y tomó el dinero. -Regrese cuando quiera. Usted siempre es bienvenida aquí. Es bueno recibir tan elegante visita… -Ya me han dicho que usted les dice eso a todas en la cuadra... -No se deje engañar por la prensa amarilla… - arremetió con una sonrisa socarrona. -Bueno, que su señora ni se entere entonces. Buenas tardes. No sólo era el hecho de que no quería extender su charla con el dueño de la panadería porque tenía más lugares de reparto; sino que además recordaba las veces que ese señor trataba de enamorarla cuando llegó a vivir a la casa de sus padres con sus hijas. Preguntaba por ella a sus primos y tías, buscaba acercársele en las pocas reuniones familiares que se atrevió a frecuentar. Le pareció hasta anecdótico que hasta la madre del panadero la consideraba como una buena opción para su hijo. Pero qué va. Imaginarse en esa situación después de un matrimonio no era algo que le atrajese. Pasó por dos fuentes de soda, tres costureras, señoras que venden desayuno en el mercado, amigas de su madre. Todas invitaban a Chavela a pasar a conversar, tomar un vaso de agua, café, ver un momento la novela. Y es que Chavela tenía un encanto natural, le caía bien a las personas. Sus modales refinados para los que la llegaban a conocer no se sentía artificioso, sino que hacía sentir bien cuando estaban cerca de ella. Por donde pasaba le comentaban lo delicioso que eran sus tamales, le preguntaban de dónde sacó la receta o si hay un ingrediente secreto. Chavela agradecía los halagos y cumplidos; pero no soltaba palabra sobre su método de preparación, tampoco podía quedarse charlando mucho ese día por la lista de lugares que aún debía de llegar. Siendo cerca de las 8 de la noche, los últimos pedidos los había apartado para sus familiares. Pensó que debía buscar otra persona para los repartos. Llegó a la casa de su primo, vio que ya estaban terminando de construir el segundo piso y se sorprendió lo rápido que habían avanzado. Tocó la puerta y divisó a través del vidrio templado la figura de una pequeña persona que se acercaba; abrieron, era Eduardo, y éste, al darse cuenta de que había llegado su tía, giró todo su ser hacia el interior de la casa y gritó: “¡Ya llegó mi tía, la tamalera!” Chavela le entregó el paquete de tamales y le dijo que luego se acerquen a pagarle. Sin tiempo de recibir respuesta, aceleró el paso. La gran canasta de mimbre ya no oponía resistencia. Chavela no sabía qué le sucedía, su corazón comenzó a palpitarle más rápido, sintió cómo el sudor bajaba por su frente, metió sus manos al bolsillo y sacó sus llaves. Al entrar lanzó el coche junto con la canasta y empezó a llorar. Lo estrepitoso de su llegada alarmó a sus hermanas e hija. Se acercaron muy rápido para saber qué había pasado y Chavela muy dolida les dijo que su sobrino la había llamado “tamalera”. Trataron de calmarla, diciendo que eran sólo palabras de un niño travieso, pero Chavela ya estaba decidida. Miró alrededor de su taller y decidió que esa semana sería la última fecha que haría tamales para vender. Al pasar por el supermercado, sus sobrinos todavía recordamos el gran sabor de los tamales de Chavela. Algunas veces le pregunté por qué dejó de hacer los mejores tamales del mundo y me comentaba que la señora que le daba el maíz ya no traía aquel que era de buena calidad; otras veces, que el molino se había malogrado, que su batán se había roto, entre otros. No fue hasta años posteriores, cuando ella regresó a visitarnos desde España, cuando me contó la historia del fatídico día en que destruí los mejores tamales del mundo.

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