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El refugio (1)
Entra al baño y hace la demostración. Matilda observa la cortina. ¿Habrá una simple ducha ahí detrás? Respira tranquila al ver la tina: tengo todo lo que tenía que tener, se dice recordando a Estefano.
Isabel Alayo
02 de febrero de 2026
9 min de lectura
1
El amor se ha vuelto un objeto esquivo: fue la última ráfaga en la mente de Matilda Sicheri mientras leía Bienvenidos en un largo letrero a todo lo ancho del camino. El deteriorado autobús cruza la entrada del pueblo y ella mira por la ventanilla: la sorprende el brillo del azul. Matilda habia olvidado completamente el cielo.
Se baja y estira las piernas. Su cuerpo siente las horas de carretera, sumadas a la sacudida del ferry que la trajo desde el puerto a la isla, y a los inumerables caminos de tierra por los que el bus ha debido internarse para llegar hasta el pueblo donde se encuentra el refugio. Mide sus fuerzas con la maleta en una mano y la mochila sobre la espalda: sí, piensa, me la puedo todavía. Con los ojos busca la colina anunciada: de modo casi espectral se eleva el refugio, recortado sobre el fondo de la colina que mira al mar. El entusiasmo que el verde invernal le produce y las ansias por llegar la obligan a desentenderse del peso de su equipaje, y comienza el ascenso. Absorta, avanza por la senda polvorienta y apenas da una ojeada a la clásica iglesia color blanco, rodeada de casas y discotecas. Identifica solamente los letreros inevitables en la plaza de cualquier pueblo que merezca llamarze así, por muy dejado que esté de la mano de Dios: Municipalidad, Escuela, Bomberos, Policlínico, Supermercado…
Empinada es la franja de terreno que deja atras el pueblo.
Contemplar en la cima, en medio de una espesa arboleda, esa curiosa construcción de madera a la que su fantasía ha llegado mucho antes que ella, y la excitación le impide oír el llamado del mar, allá abajo…
Aparece de pronto un hombre o una parodia de tal: su cuerpo encorvado se halla cubierto de sucias lanas blancas y sus pies desnudos saltan como los de un conejo. Con una enorme sonrisa desdentada balbucea algo incomprensible mientras alivia a Matilda del peso de su maleta. Ella lo sigue hasta la puerta misma del refugio.
—Buenos días, soy Alicia —se presenta una mujer que recibe allí—. Tenia que habernos avisado a que hora llegaba… ¡Miren que subiendo sola esa maleta! Si el viejo se la traía en un dos por tres… Porque usted debe ser la señorita Matilda, ¿verdad?
La mujer no esperaba respuesta, le basta la sonrisa tímida que Matilda devuelve. Se limpia tres veces seguidas las manos en un delantal que no muestra huella de alguna suciedad.
—La estábamos esperando —continua—.
Bienvenida, bienvenida… Pase, le voy a avisar al toque a la señora Claudia.
Alicia, repetía para sí misma Matilda, observando la figura gruesa y oscura, plantada en la puerta con su impecable delantal. Y cuando una leve brisa le limpia la fatiga del rostro, ella le agradece y piensa que le habría gustado sentirse siempre así.
—Adelante, Matilda, aquí esta tu casa —Claudia abre la puerta de la cabaña tras cruzar un pequeño porche donde se acumulaba la leña.
Son cinco cabañas, cada una equipada para cuatro personas. Voy a vivir por tres meses entre veinte mujeres, más Claudia que equivale ella sola a unas diez, medita Matilda mientras curiosea a su alrededor, sintiendo que se la tragan el olor de la madera y la tibieza de una salamandra en encendida en la pequeña sala de estar. Al centro ve una mesa con cuatro sillas, y detras una pequeña cocinilla a la pared. Pero antes de fijarse en el escaso mobiliario, le llama la atención libro abierto sobre la mesa del desayuno. Lo toma para leer su título: New Economics in the United States.
—¡Por favor…! ¿Quien lee esto? —pregunta con el tono de las que nunca aprendieron matemáticas más allá de las cuatro operaciones básicas.
Claudia se acerca con una calma que, Matilda sospecha, nunca la abandona.
—Renata, no cabe duda.
—¿Renata?
—Sí, tu compañera de baño.
—¿De baño o de dormitorio?
—No, cada pieza tiene una sola cama.
—¿Y no has pensado aprovechar el espacio con dos camas por pieza?
—No, Matilda. Cualquier reparación posible pasa por dormir sola.
Mira a Claudia sintiéndose un poco idiota y no se le ocurre que decir.
— Tenemos un baño cada dos dormitorios, pero cada una tiene acceso propio —Claudia continúa en su papel de anfitriona—. Cuando tu lo ocupas, cierras por dentro el pestillo de la otra puerta.
Entra al baño y hace la demostración. Matilda observa la cortina. ¿Habrá una simple ducha ahí detrás? Respira tranquila al ver la tina: tengo todo lo que tenía que tener, se dice recordando a Estefano. Como si le adivinara el pensamiento, Claudia comenta:
— Tuviste suerte: no hay más que una tina por cabaña, el baño del frente sólo tiene ducha.
— Bueno, se la presentaremos a las otras dos, cuando les entre el antojo de darse un baño con espuma— contesta Matilda de buen humor—. A propósito, ¿quién es Renata?
— Ya iremos a mi oficina. En cuanto descanses un poco y te explicaré todo lo que necesita saber. En todo caso, se llama Renata Guzmán.
—¡Renata Guzmán! ¿Es ella misma?
—Sí, la economista. ¿La conoces?
—No personalmente pero todo el país la conoce. Sale siempre en la tele, en el periódico, es una súper ejecutiva… ¡Que increíble! Jamás imaginé encontrármela aquí…
La invade una leve timidez ante la idea de convivir estrechamente con una mujer tan famosa.
Caudia la interrumpe:
—También está en tu cabaña Fernanda Rojas.
Esta vez su asombro es aún mayor.
—¿La actriz?
—Sí, la actriz —sonríe su anfitriona.
—Pero, Claudia —exclama Matilda, admirada—, ¡tienes mujeres muy destacadas aquí!
—No es raro —responde Claudia—, suelen ser las que estan peor.
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