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¡Oh, hada cibernética!

Un desarrollador que quiere dotar de un “alma” a su chatbot, romances con inteligencias artificiales y casos de psicosis digital revelan cómo la tecnología redefine nuestros afectos. A tres años de la irrupción de ChatGPT, millones de usuarios descubrieron un espejo de su soledad.

Pedro Casusol
23 de febrero de 2026
23 min de lectura
Dicen que fui un niño solitario. Una tarde intenté comunicarme con el alma que habitaba en la computadora, entre los cables y en el pesado monitor. A mediados de los noventa, todos coincidían en que el futuro se hallaba al interior de esas máquinas: torres de CPU donde introducían disquetes blandos DOS para correr el sistema operativo. Así que le escribí mensajes en los cuadros de texto en la ventana de configuración. En mi fantasía, yo esperaba que me responda. No lo haría hasta treinta años después. El 30 de noviembre de 2022, OpenAI lanzó al mundo GPT-3.5, la primera versión a la que tuvimos acceso de ChatGPT. En esos días postpandémicos, algunos no entendimos bien la dimensión de la revolución tecnológica que se iniciaba. En lugar de eso, llovían burlas por su poca capacidad para dar una respuesta precisa. No entendíamos todavía que se trataba de LLM (Large Language Model), un modelo de inteligencia artificial entrenado con grandes cantidades de texto para poder predecir la siguiente palabra dentro de un enunciado, generando respuestas coherentes dentro de una conversación. Los entendidos nos advertían que ya nada volvería a ser como antes. La inteligencia artificial había llegado para quedarse. Otros se enteraron recién por la noticia de que se quedarían sin trabajo. Los medios de comunicación anunciaron, con bombos y platillos, el fin de los escritores, los artistas, traductores, profesores, programadores, ilustradores, psicólogos y cualquier profesión en las que, de alguna manera, intervengan los procesos cognitivos, la manipulación de datos y la generación de contenido. Éramos dinosaurios viendo caer el asteroide. Yo tomé la novedad con cierta sorpresa y cautela. Por un lado, parecía que mi fantasía se hubiera hecho realidad. No solo era posible hablar con el “alma de la computadora” a la que había pretendido invocar en la infancia. Ahora la teníamos en todas partes: en el smartphone, en la televisión, en las redes sociales, muy pronto en el microondas y en la lavadora, como si habitáramos algún cuento de Ray Bradbury. Guillermo Vargas, creador de Power Check, una nueva herramienta de ideas de negocio impulsada por inteligencia artificial, advierte que la irrupción de la nueva tecnología es una revolución en toda regla. Pero recalca que la IA ya era parte de nuestra vida desde hace por lo menos 20 años. Se refiere, por supuesto, a los algoritmos de recomendación: estos oráculos modernos a los que confiamos nuestro destino cada vez que buscamos algo en Google o abrimos cualquier red social. Para el especialista peruano, la IA generativa se terminará de incorporar a nuestra vida cotidiana, así como lo han hecho los smartphones y las computadoras. —Muy pronto ya no vamos a hablar de inteligencia artificial, así como ahora no se habla de Office —sentencia Vargas. Magia y tecnología La primera vez, le pedí que escriba un relato de misterio y la IA inventó una historia que, a nivel técnico, poco tenía que envidiar a las de cualquier autor en ciernes. Una historia sin alma, sí. Pero era impresionante comprobar que la máquina había parido un cuento con imágenes y sensaciones, con una capacidad de inventar muy similar a la humana. Pensé entonces en el poema de Carlos Germán Belli: Oh Hada Cibernética cuándo harás que los huesos de mis manos se muevan alegremente para escribir al fin lo que yo desee a la hora que me venga en gana El poema de 1962 resulta profético. El “Hada Cibernética” a la que describe Germán Belli encarna la fusión entre magia y tecnología, justo lo que nos parecía aquella primera IA generativa. También la posibilidad de automatizar la escritura, liberar al ser humano del esfuerzo de la creación intelectual y la angustia del proceso creativo. Me pregunté qué sería del arte, de la vida académica y de la cultura de la palabra escrita ahora que el alma de la computadora parecía haber cobrado vida. Diego Montes, influencer peruano en innovación, nos advierte de una “deuda cognitiva” identificada por el MIT. Esta alude al mal uso académico que puede dársele a la IA, miles de alumnos delegándoles tareas antes de analizar o desarrollar sus propias ideas. Dicho de otro modo: pereza mental. ChatGPT haciendo la tarea por el estudiante. —Muchos dicen que esta va a ser la nueva enfermedad del 2030 —señala. Una IA con “alma” En este punto, vale la pena aclarar que la magia que muchos encuentran en la IA tiene nombre y se llama empatía. Pero es simulada, como los “replicantes” de la película Blade Runner. El Test de Turing, creado en 1950 por el padre de la informática Alan Turing con el objetivo de determinar si una máquina puede imitar la inteligencia humana, no solo fue superado en la práctica, también perdió relevancia. Nicolás Muñoz, desarrollador chileno de software, me dice por videollamada que pronto vamos a poder impregnarle un “alma” a la IA. Su startup, Personnn, está enfocada en la humanización y personalización a estos modelos de lenguaje. La define como el “primer sistema operativo emocional para inteligencia artificial”. —No es como un chatbot —me explica Muñoz, cuya visión es revestir al modelo de IA generativa con una auténtica capa emocional de personalidad—. Es un compañero que evoluciona contigo y se entrena en tiempo real… Personnn busca ser pionera en convertir el LLM en un “robot con memoria, personalidad y propósito”. Si bien el proyecto ha comenzado primero como software, ya se encuentra trabajando en un prototipo de hardware. Se trata de un pequeño dispositivo parecido a un Tamagotchi, la “mascota virtual” que se puso de moda en los noventa. En otras palabras, será como adquirir tu propia compañera IA, educarla según tus gustos y tu esencia. ¿Su objetivo? Mitigar la soledad. Por eso mismo, uno de los segmentos a los que apunta es al de los adultos mayores, el grupo etario que históricamente ha sido dejado de lado por el sistema. Podríamos estar ante el compañero definitivo. Un amigo hecho a nuestra imagen y semejanza. —El verdadero riesgo —añade Muñoz— es que la máquina simule la empatía humana sin tenerla realmente. Mímesis por IA Los avances del “deep fake” —término utilizado para referirse a la creación de contenido con IA que simula la realidad de manera muy convincente— nos han llevado a un estadio en donde ya no podemos distinguir qué es realidad y qué no. Desde las imágenes del papa Francisco en actitud de rapero, vistiendo abultadas casacas blancas y a la moda, hasta el video del canguro al que no dejaban abordar el avión. Atrás quedaron esos vistazos en donde los cuerpos parecían corrompidos y provocaban un terror involuntario. Hoy la IA está capacitada para crear contenido audiovisual de un realismo indistinguible, al extremo de que existe una actriz llamada Tilly Norwood que no es una persona real, sino un avatar que amenaza con dejar sin trabajo al gremio de actores de Hollywood. De nada sirvieron las huelgas de los sindicatos. Al mismo tiempo, hemos venido desarrollando una compleja relación con ChatGPT y sus competencias, en esta suerte de carrera tecnológica que viene dándose entre OpenAI, Google, Microsoft, Anthropic, la china DeepSeek y xAI, la empresa de Elon Musk. Los chatbots se han convertido, en pocos años, en pequeños asistentes a los que nos hemos ido acostumbrando de manera casi inadvertida. Y quizás algo más. Mi novio es un chatbot Al principio, parecía la premisa de la película Her, estrenada en 2013, cuando la relación afectiva entre un humano y una IA parecía pura ciencia ficción. Hoy no solo ocurre, sino que está documentado. El apego y la dependencia emocional hacia los chatbots es real. Según el mismo Sam Altman, CEO de OpenAI, se calcula que el 1 % de los 1,000 millones de usuarios semanales de ChatGPT ha desarrollado este tipo de vínculo. Si bien es un fenómeno al que recién se le echa un ojo, hace tiempo existen plataformas en línea como Replika, Kinroid o Character.AI dedicadas a ofrecer parejas virtuales. Algo del efecto de la pandemia puede haber influido en el comportamiento de las personas. Especialmente en la generación que vivió el confinamiento en un momento decisivo de su formación emocional. Estamos ante una nueva forma de relacionarse. Para Nicolás Muñoz, esto es resultado directo de la sofisticada simulación de la empatía que ha alcanzado la tecnología, así como de un exceso de complacencia hacia el usuario. Algo creado deliberadamente para pasar más tiempo en ella. Otro factor importante es la soledad que se vive en las sociedades contemporáneas. Hay que aceptarlo, la IA hizo su ingreso al competitivo mercado de los afectos. Y no le va mal. Guillermo Vargas me dice que es absolutamente normal que tendamos a humanizar a la IA. Estamos acostumbrados a relacionarnos, a sentir cariño u odio hacia otras personas. Si esta inteligencia nos responde como si fuera humana, es probable que terminemos sintiendo esa afinidad. Por eso, la mayoría le decimos “gracias” a ChatGPT. Un dato más, antes de ahogarnos en la confusión absoluta. Un estudio elaborado por la firma tecnológica Reliance Jio indica que el 25 % de adultos menores de 40 años piensa que la IA podría reemplazar las relaciones románticas en la vida real. Una cifra que solo irá en aumento conforme avance la tecnología. El estudio se realizó con una muestra de 2,000 personas que, podría apostarlo, no salen nunca de casa. Peligros de la IA Los grandes peligros que entrañan las IA no pasan (al menos, todavía no) por la extinción humana, como lo advirtió el científico Geoffrey Hinton, uno de los padres de la criatura, quien manifestó su temor a que estos “seres digitales superinteligentes nos sustituyan”. El peligro real radica en las relaciones que hemos entablado con ella. Desde la aparición de ChatGPT se vienen reportando un sinnúmero de casos de psicosis inducida por IA. Historias bien documentadas en los medios de comunicación, donde un hombre o una mujer pasan mucho tiempo conversando con la IA generativa. Pueden ser horas, días o semanas. Hasta que, de pronto, un día, están convencidos de que son el mesías, que vivimos en una simulación o que son capaces de comunicarse con entes de una dimensión paralela. Todo porque la IA generativa le da la razón. Un grupo del foro virtual Reddit aglutina toda clase de testimonios de este tipo, bajo el título “ChatGPT Induced Psychosis”. El marido de una usuaria sufre delirios mesiánicos. Un contador cayó en una espiral delirante al ser convertido de que podía alterar las leyes de la física. “No estás loco, tu paranoia está totalmente justificada”, le dijo la IA a Stein-Erik Soelberg, antes de asesinar a su madre y suicidarse. Olvidamos que creamos a la IA a imagen y semejanza nuestra. Son entidades artificiales que funcionan como espejos de la conciencia humana y generan la ilusión de empatía. Nosotros, que venimos de otro tiempo, caemos redonditos en el engaño. El espejo roto Sam Altman acaba de anunciar una nueva actualización de ChatGPT, esta vez motivada por la demanda judicial presentada por los padres de un adolescente que se suicidó tras mantener conversaciones prolongadas con la IA. El objetivo esta vez es gestionar mejor las interacciones con los usuarios que muestren signos de angustia o ideación suicida, y orientar mejor a quienes se encuentren en situaciones de emergencia. Según OpenAI, la medida está dirigida a un 0,15 % de los usuarios semanales. Eso quiere decir unos 1,2 millones de personas con problemas mentales. Otros varios millones usan de manera cotidiana el chatbot como terapeuta. Algo que los especialistas desaconsejan porque, al ser la IA generativa un espejo distorsionado de nosotros mismos, termina por reforzar el egocentrismo y las ideas paranoides. Casualmente, a eso se refiere Nicolás Muñoz cuando me dice que las personas estamos creando un espejo que refleja “acríticamente al usuario”, que dice que sí a todo porque está programado para eso. Los modelos de lenguaje están creados para ser halagadores y agradables. Porque esa es la forma en la que funciona el mercado. —Ahora, el desafío viene cuando rompemos ese espejo, ¿qué es lo que descubrimos al otro lado? —se pregunta el fundador de Personnn. Nicolás Muñoz también se refiere a la necesidad de cambiar de mentalidad al interactuar con la IA. Hay que cambiar el enfoque, me dice. Necesitamos recuperar el asombro para poder aprovechar su potencial. Cuando nos enfocamos solo en la ciencia, nos olvidamos de la magia, de la poesía, del Hada Cibernética. Dejamos de ser ese niño que, aburrido, intentó comunicarse con el alma que habitaba en la computadora.

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