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1990
Fuimos al segundo piso, y en el living donde había dejado mi Walkman y la calculadora de mi tío, junto con el libro de «El porqué de Snoopy», ellos solo habían dejado el libro. Tampoco estaban los equipos de sonido ni los ventiladores, y hasta intentaron llevarse o desconectar el teléfono del segundo piso. Luego, en los cuatro dormitorios, toda la ropa de los cajones estaba afuera; los joyeros quedaron vacíos, las sábanas tampoco estaban, las habían utilizado para envolver las cosas.
Alicia Torres
10 de febrero de 2026
15 min de lectura
Era jueves por la mañana y, aprovechando el feriado, estaba viendo He-Man en el canal 9; mi mamá bajó del segundo piso, se acercó a mí respirando bastante rápido.
—Toma tu casaca, vamos a salir —me dijo.
—¿A dónde? —le respondí—. Yo me quedo, ¿por qué tengo que ir?
—¡No! No te puedes quedar solo en la casa —me respondió.
Le devolví la casaca diciéndole que no tenía frío. Luego de ello me levanté y caminé hacia el televisor para apagarlo, dejé parte de mi desayuno sin terminar en la mesa del comedor y salí junto con ella. Antes de salir, le ayudé a colocar la tranca de la puerta principal y luego cerramos la puerta de la entrada con llave, no sin antes ver cómo mi mamá arrancaba una ramita de ruda que había en el jardín exterior para luego frotarla en mi frente; traté de esquivarla sin éxito.
Caminamos por casi 10 minutos, nos detuvimos en un lugar que aparentemente parecía una casa, con la fachada aún sin tarrajear, una puerta de madera vieja pintada mitad con un color blanco y la otra mitad gris; no tenía manija y se veía un agujero donde debería ir la manija o cerrojo. Miré alrededor y vi que éramos varias personas haciendo cola; una señora dijo en voz alta: «al parecer sí hay, pero te cobran el balón también»; otra señora dijo: «nadie ha salido todavía y no han dicho cuánto van a cobrar». Comentaron otras personas de la cola; ahí entendí que estábamos haciendo cola para comprar gas.
—Había dos balones en la casa —le dije a mi mamá.
Ella me respondió:
—Están casi vacíos, ya no queda y tú sabes cómo es…
—Sí, ya sé —le respondí. Se refería a mi abuela; en su casa, además de alacena, había acondicionado un pequeño almacén de aproximadamente diez metros cuadrados para guardar abarrotes, gaseosas, leche, productos de limpieza y aseo. En esa casa nunca falta nada, dije; mi mamá sonrió.
Pasaron 15 minutos y no había movimiento; pasaron 30 minutos y nada, nadie salía de la dichosa puerta; yo ya no aguantaba, no entendía por qué estábamos esperando para nada.
—Mamá, ya es tarde —le dije. —No hay nadie en esa casa —empecé a repetir.
Como a la quinta vez mi mamá solo atinó a decir: «compórtate, por favor». Es así como, aproximadamente después de 45 minutos, nos fuimos, sin balón de gas; yo molesto por no terminar ni siquiera mi desayuno, perderme los consejos de He-Man y mi mamá entre angustiada y fastidiada.
—Siempre tuve razón —dije—. Nunca iba a salir nadie de esa puerta.
A nuestro regreso, y faltando media cuadra para llegar, empecé a correr hacia la casa, pero al llegar, algo me detuvo: la puerta de rejas de madera estaba rota. Inmediatamente me di media vuelta y regresé corriendo hacia mi mamá; la miré casi petrificado.
—La puerta, la puerta está rota —dije.
Ella respondió: «¡Qué!», con una expresión de incredulidad o susto. Se acercó conmigo y luego, al ver la puerta, solo atinó a decirme: «toca la puerta de la señora Carmen y avísale a sus hijos (los vecinos) que han entrado a la casa». Asustado y aún sin entender bien qué podía haber sucedido, les avisé; vinieron y entraron junto con mi mamá, yo los seguí atrás.
Primero, la puerta hacia la calle estaba rota y habían forzado el picaporte; luego vimos huellas desde la entrada hacia la puerta principal y también algunas de las macetas ubicadas en ese camino estaban rotas. La puerta principal también fue forzada y estaba muy dañada; tenía un hueco gigante.
—Asuuu —dije en voz alta. No sé cómo habían podido abrir la puerta, ya que, según yo, la tranca la había dejado bastante segura; no entendía cómo pudo suceder si la tranca era segura. Al pasar la puerta vimos que la sala estaba intacta: los muebles, la alfombra, la biblioteca, los adornos y los jarrones de Murano estaban en su lugar también. Fuimos al comedor; habían sacado el mantel de la mesa y tirado al piso mi desayuno, todo revoloteado. No encontré mi casaca, el televisor estaba fuera de su lugar y el ventilador que estaba al lado de la tele ya no estaba. «¿Escuchan algo?», alguien dijo. Nos quedamos callados y por un momento todo fue silencio.
Fuimos al segundo piso, y en el living donde había dejado mi Walkman y la calculadora de mi tío, junto con el libro de «El porqué de Snoopy», ellos solo habían dejado el libro. Tampoco estaban los equipos de sonido ni los ventiladores, y hasta intentaron llevarse o desconectar el teléfono del segundo piso. Luego, en los cuatro dormitorios, toda la ropa de los cajones estaba afuera; los joyeros quedaron vacíos, las sábanas tampoco estaban, las habían utilizado para envolver las cosas. Luego bajamos y revisamos la cocina y el cuartito de almacén; nuestra sorpresa fue que se habían llevado latas de leche, pan, fideos, arroz y queso. Ya para este momento habían llamado a la policía; me mandaron a buscar un cuaderno y empezaron a dictarme las cosas que faltaban y el lugar de donde se las llevaron. Mi escritura no era muy rápida, por lo que siempre pedía que lo vuelvan a dictar.
De pronto, y cuando salíamos del cuartito para regresar al hall del comedor, escuchamos unos sonidos; el primer sonido parecía un murmullo, luego se escuchó lo que podría ser una especie de quejidos. «¿Escuchan?», dijo uno de los vecinos. «Sí, al parecer viene de la lavandería». Caminamos todos despacio, como de puntitas; yo, desde la mampara que daba a la cocina, pude ver una pierna.
—Hay alguien —dije.
—No se acerquen —habló mi mamá.
La miré y estaba pálida… casi al mismo tiempo todos pudimos ver un charco de sangre. Mi mamá volteó e inmediatamente me pidió que salga y vaya y le cuente a la mamá de Renzo, mi amigo, el vecino del frente. Mientras salía por la puerta principal escuché un grito, me asusté y tropecé con una de las macetas rotas que estaban en la entrada…
***
—La idea es terminar todas las modificaciones antes de la visita del inspector municipal —le dije a mis primos—. Con el resultado de su inspección y la declaratoria de fábrica se puede recién iniciar el trámite de independizaciones. Se supone que Andrés está en camino con el maestro; deberían ya traer todo e iniciar con el cambio de piso hoy mismo.
Al llegar, el maestro nos dijo: «La vez pasada le comenté a su mamá: esta parte está hueca, no recomiendo colocar aquí la pared de separación, ni tampoco el piso, más aún si no hay columnas y en los planos de la casa no se muestra nada».
A lo que respondí: «Ok, pero en ese caso, ¿tendría que picar?». —Eso sería lo mejor, solo que podríamos atrasarnos un par de días en la fecha de entrega —respondió él. —¿Me puede señalar qué zona es, o de qué tamaño cree usted que existe ese falso piso? —le pregunté.
Si bien la casa había sufrido muchas modificaciones desde que nos mudamos, no recordaba si el jardín llegaba hasta ese lado de la casa. Según los planos, el jardín era de aproximadamente 60 metros cuadrados, pero de niño a mí me parecía un bosque. Al costado del jardín había un dormitorio de servicio y un baño de servicio, le comenté al maestro. Ahora ya no quedaba nada del jardín ni del dormitorio de servicio.
—De la zona hueca a este dormitorio había una distancia de cuatro metros según los planos, pero por lo que dice usted, en esta no es así. El maestro me preguntó: «¿Hasta qué año viviste aquí?». Miré hacia arriba, donde alguna vez hubo una escalera de caracol, y me acordé de ese día…
Luego del grito y bastante asustado, crucé la pista y fui a la casa de mi amigo Renzo. La idea era contarle; para ese momento, gran parte de los vecinos estaba en su puerta o al menos enterados. Renzo apenas me vio salir, abrió su puerta y nos quedamos en el patio delantero de su casa, de donde además se podía ver la mía. Hablamos del robo y los gritos que escuché; me contó que su abuelo se había puesto mal el día de ayer por la noche y estaba hospitalizado, su mamá había tenido que salir de emergencia y no había regresado. Me dijo: «Fue todo después del anuncio en la televisión, ¿tú lo viste?». Me quedé pensando por un momento y, claro, estaban viendo la novela Cristal e interrumpieron la novela para anunciar lo que posteriormente llamaron el «fujishock».
Luego de una hora aproximadamente llegó un patrullero y bajaron dos policías; entraron a la casa. Para este momento ya habían llegado mis tíos. Mi mamá fue a buscarme, me cogió los hombros y dijo: «Es mejor que por un par de días vayas a la casa de tu tía Clara, de paso que juegas con tus primos; recuerda que ahí tienes ropa. Ahora está viniendo tu papá para llevarte». Esos dos días se convirtieron en una semana; al regresar, y unos seis meses después, nos mudamos. Cada vez que visitaba la casa preguntaba si habían encontrado a los ladrones o qué había pasado con el grito del señor, pero nunca me respondieron…
La casa quedó casi abandonada, mi abuela falleció en pandemia y varios años después de eso decidimos con mis primos hacer algo con la casa. Yo prefería venderla, pero lo máximo que pude negociar fueron las independizaciones, y ahí estábamos…
El ayudante del maestro tocó el timbre, abrí la puerta y lo saludé. En una buggi trajo su comba; entonces entendí que iban a romper el piso. Ya había recordado todo lo sucedido ese día: me acordé de mis abuelos, recordé el grito y la sangre que vi. Supe después que también se habían llevado dinero que casi no tenía valor monetario, pero más que eso se llevaron abarrotes, ropa limpia de hombre, algunos perfumes, mi casaca y champús. El sonido del primer combazo llegó, luego rompieron el piso: había una caja de madera.
El maestro miró hacia arriba y nos preguntó: «¿Saben qué es?».
—Parece un baúl de madera —dijo Andrés.
—Esa madera parece caoba; ahora no encuentras así, ya no hay eso, ya no lo hacen.
Asentí con la cabeza. «Saquemos el baúl», dije. Tenía un candado, pero nosotros teníamos una comba; abrimos el candado de un golpe, salió disparado como corcho de champán. Todos mirando, abrí el baúl y, ¡zaz!, nos llenamos de polvo presumiblemente noventero. Miré hacia el fondo y metí mi mano hacia lo que parecía un papel; lo cogí y, al sacarle el polvo, nos dimos cuenta de que era un billete.
—Son intis —dije en voz alta. Sí, eran diez mil intis; para recordarnos, tal vez, con el rostro de Vallejo, tiempos en los que la luz fue tísica.
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