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Azul corsé
El camarógrafo colocó el dedo sobre el disparador. El ojo de la cámara se abrió, listo para tragar las almas y dejarlas atrapadas para siempre en el mausoleo de los recuerdos. Y entonces sucedió: al disparo de flash le continuó un silencio súbito que permitía oír los cubitos de hielo derretirse dentro de las hieleras de la mesa. Todos alrededor los observaban.
Gabriel Granda
29 de enero de 2026
16 min de lectura
La seda azul del vestido de Lucia, obedecía el ritmo de su cuerpo, abriéndose en una ligera hendidura lateral que realzaba el destello de su muslo moreno junto a sus ojos de miel. El diseño del vestido era de tipo corsé y le apretaba las costillas, una jaula que la obligaba a mantener la postura erguida. Esto no le importaba, pues arrastraba tras de sí un garbo que no necesitaba apellidos para imponerse.
Sus tacones dorados coqueteaban con una pequeña cartera del mismo color en la cual el peso metálico de una navaja cosmética chocaba contra un frasco de sedantes que Francis solía tomar cuando la realidad se le volvía insondable.
A su lado, Francis llevaba una corbata azul del mismo tono del vestido. Era un uniforme de guerra compartido. El nudo Windsor entonaba con la simetría triangular de su espalda, firme ante las miradas y cuchicheos que había tras el arco de pinos y orquídeas decoloradas por el sol.
El aire encendido del mediodía los asfixiaba. Al fondo, las mesas estaban dispuestas bajo un toldo blanco que filtraba la luz del sol, tiñendo todo de un color enfermizo. Había, quizás, quinientas personas. Quinientas bocas moviéndose al unísono, masticando canapés de salmón con la misma ferocidad con la que solían destrozar reputaciones. El bochorno deambulaba entre el hedor de aquella prisión y el pescado podrido.
Muchas personas que los vieron cruzar el arco de invitados se preguntaron quiénes eran. La mayoría se había olvidado de la existencia de Francis; algunos hasta ya habían olvidado su nombre, y el anonimato no se rompió hasta que una voz de tono agudo se manifestó tras ellos:
—Qué bellas las orquídeas. ¡Francis querido, qué gusto verte!
Lucía intentó sonreír al girar, pero sintió de pronto unos ojos que se dirigían hacia ella como alfileres dispuestos a clavarse en su piel. Ambos concretaron la media vuelta y esperaron preguntas sobre el viaje o su estadía, pero eso no pasó; lo que encontraron fue una nariz respingada que los olfateaba en búsqueda del olor del fracaso sobre sus trajes y sus manos.
Quien les dio el encuentro era Lucrecia, la tía de Francis, que segundos antes, al verlos ingresar, caminó en su dirección con pasos agigantados, esquivando las sillas de mimbre y saludando a todos con una sonrisa llena de carillas dentales. Vestía de marrón cenizo y parecía ser una gárgola que había descendido de su torre para custodiar la entrada. Ambos dieron unos pasos con la intención de concretar el saludo y encontraron una mirada que por momentos los evadía.
Lucía notó que, bajo el degradé cenizo de las gafas oscuras, uno de los ojos de Lucrecia lagrimeaba; una perla llena de pus luchaba por no resbalar sobre el maquillaje derretido por el sol.
—Tía Lucrecia —susurró Francis.
Las palabras se le caían de la boca como colillas de cigarro pisadas.
—Llegas tarde. Siempre tarde —sentenció ella. No miró su reloj, no importaba ni le hacía falta, pues su tiempo era el que siempre primaba sobre el resto. Su mirada estaba fija en el nudo de la corbata y aún evitaba el contacto visual, hasta que Francis intentó hablar.
—Veo que no vienes solo, querido. ¿Has traído… a tu amiguita?
—Ella es Lucía. Mi novia. —Francis corrugó el entrecejo. La línea de sus labios se inclinó hacia abajo y la palabra "novia" quedó flotando en el aire.
—Oh, querido, olvidé que tenías gustos muy peculiares —comentó Lucrecia. Sus ojos giraron en dirección a Lucía hasta detenerse en la raíz de su cabello; luego bajaron a sus cutículas y al arco de su nariz, buscando la falla imperceptible, la sombra en la lúnula de la uña, el grosor indebido del labio, cualquier rastro de sangre que no hubiera sido blanqueado por el dinero.
Lucía no bajó la cabeza; sostuvo el escaneo con la barbilla hacia arriba y la mirada dulce. Se mostró calmada al saludar. Sus labios brillaron sobre aquel teatro de la bienvenida y la memoria táctil de sus dedos sintieron el filo de la navaja dentro del bolso, imaginando si sería fácil abrirle un tercer ojo en la frente a quien no veía el inga o el mandinga.
Lucrecia, al no encontrar sumisión, estiró la mano y continuó con un ligero abrazo:
—Bienvenida a casa, querida. Se les ve tan lindos juntos. Los acompaño hasta su mesa.
Lucrecia chasqueó los dedos para que un mozo, vestido con un chaleco negro con ribetes de estilo barroco, se acercara y los condujera hacia una mesa cercana a la cocina. Ella se quedó unos pasos atrás y diluyó un tercio del contenido de un frasco de alcohol en gel sobre sus manos. Luego hizo el ademán de limpiar el aire del espacio que Lucía había ocupado. Continuó hacia la mesa, pasó por la cocina, la olisqueó y no percibió que en ella había mosquitos y zancudos atraídos por el olor de la carne cruda asándose.
En la mesa también había otras tres personas, parientes lejanos al parecer. Lucía y Francis cruzaron las miradas intentando interrogarse si estaba bien haber aceptado aquella invitación nupcial que tocó sus puertas en Sao Paulo.
De pronto, su campo visual fue irrumpido por un enorme boutonnière blanco que relucía en el pecho del primo de Francis que se acababa de casar. Julio César llegó a la mesa sin su esposa. Se plantó frente a ellos con la seguridad de quien sabe que el suelo que pisa le pertenece.
—¡Primo! —comentó con parsimonia, abriendo los brazos en cruz—. ¡Tanto tiempo, carajo!
Todos en la mesa sonrieron. Todos a excepción de Lucrecia. Ella permaneció inmóvil analizando el vestido de Lucía. «Fina la tela», pensó para sí misma. Su pensamiento fue casi audible y, para disimular el veneno, alzó la voz:
—Oye, qué hermoso tu vestido. ¿Es de alguna tela nativa de Brasil?
—Gracias. Sí, es de una tela nativa, especial para climas hostiles —respondió Lucía dando una sonrisa.
Francis dio una ligera carraspera para evitar alguna discusión que terminara por evidenciar el carácter fuerte de la mujer que había elegido. Se apretó el lóbulo de la oreja hasta dejar una marca rojiza, se puso de pie y aceptó el abrazo del recién casado. Fue un choque de palmaditas en la espalda que sonaron fofas.
Presentó a Lucía y señaló que ellos también se casarían en unos meses. Julio César dio unos aplausos que resonaron con exageración, como su tufo a whisky y al perfume pegado en el cuerpo que usan los canallas.
—¡Una foto! ¡Fotógrafo, aquí! ¡Rápido!
Un hombre con chaleco azul se materializó de la nada; el sudor le empapaba el cuello al cargar una cámara con un lente tan largo como un cañón de artillería.
—Júntense, por favor —pidió el fotógrafo con voz temblorosa, intimidado por la casta que tenía enfrente—Un poco más... eso es. Sonrían.
Francis rodeó la cintura de Lucía con un brazo rígido. En la convexidad del lente, Lucía vio los rostros reducidos a una mancha distorsionada por la óptica. Ello le permitió sentir los dedos de Francis, tensos a través de la tela; estos se aferraban a ella para no caer.
Julio César se colocó al otro lado, invadiendo su espacio personal con un aliento alcohólico que le termino por rozar la oreja. Ella, con la bilis cerca de la garganta, contuvo la respiración, miró al primo y le dijo:
—Tienes una mancha de ají en la camisa.
Él bajó la mirada con desesperación y vio que no había nada sobre su inmaculada pechera blanca. Al comprender la burla, rio a carcajadas y retrocedió unos pasos hacia el núcleo de su seguridad donde ella no quemara. Todo apestaba a dulzura rancia. Los lirios del centro de mesa, marchitos por el sol, se mezclaban con la carne asándose. El humo olía a pimienta y los cocineros luchaban contra el fuego para no quemarse.
El camarógrafo colocó el dedo sobre el disparador. El ojo de la cámara se abrió, listo para tragar las almas y dejarlas atrapadas para siempre en el mausoleo de los recuerdos. Y entonces sucedió: al disparo de flash le continuó un silencio súbito que permitía oír los cubitos de hielo derretirse dentro de las hieleras de la mesa. Todos alrededor los observaban. El estallido de luz blanca borró el panorama por un segundo. En esa ceguera temporal, Francis sintió que no estaba en una boda, sino en medio de un retrato colonial.
De pronto un silbido agudo laceró la escena como una tetera hirviendo olvidada en el fuego de la hornilla. El fotógrafo congeló sus dedos para evitar otro estallido. Sin embargo no pudo, pues se concretó la captura de una foto continua. Sobre ella un hombre de cabello cano hablaba:
—La ingratitud es un defecto de la memoria, muchacho.
Era Josephus Mendizábal, vestido con un traje de lino blanco que parecía hacer juego con sus gafas oscuras. Su sombra se alargaba hasta llegar a cubrir el mantel y, en parte, las manos que besaba hacía mucho tiempo: las manos de Lucía.
Francis reconocía esa mirada, escondida siempre bajo esos cristales oscuros con una lucidez maliciosa y una inteligencia depredadora que no había envejecido nunca.
Él se acercó lentamente, saludó a todos y se plantó con los brazos abiertos. Todos asintieron con la cabeza y se acercaron a saludarlo con efusión. Lucía rozó la mano de Francis y se acercó teñida con un rubor que los secretos no pueden ocultar. Josephus tocó ligeramente su hombro, sonrió con un gesto paternal frente a ella, dirigió la mirada a Francis y continuó:
—Mis niños, qué alegría verlos a todos juntos. Cuántos gratos recuerdos tenemos, ¿verdad? —Su mano derecha se alejó del hombro de Lucía para poder inundar su garganta con el humo de un habano.
—Sigues usando un perfume de vainilla—susurró. Dio un suspiro y continuó hablando como quien acababa de catar un vino. Alzó la mano izquierda. En ella llevaba una cicatriz que llegaba hasta el antebrazo y una copa de licor ámbar que hipnotizaba a los espectadores:
—Por mi sobrino Julio César y nuestro Francis, el de buen diente.
La frase cayó con doble sentido, sucia y pesada. Los invitados, autómatas del protocolo, intentaron sonreír y alzaron unas copas vacías.
Francis también levantó el utensilio vacío a media caña, pues sus recuerdos lo llevaron a volver a ver esa mano izquierda abalanzándose sobre su prima Sofía, quien se defendía de ese depredador hacía más de veinte años. Su garganta saboreaba la sangre hirviendo en vez de algún licor de nupcias.
Lucía estaba invadida por un terror de recuerdos que se iban ramificando en un lento recorrido que iba por la espina dorsal, los hombros y los brazos hasta llegar al golpe del pulso sobre sus sienes.
Sus manos, incapaces de sostener cualquier utensilio, se negaron a alzar la copa de cristal en frente suyo. Su voz, que casi temblaba, susurró en los oídos de Francis:
—Qué ridículo brindar con una copa vacía.
Lucrecia, que no había dejado de clavarle la mirada, escuchó aquello. Odiaba lo que no podía controlar. Con un gesto espasmódico, cortó el aire para interceptar a un mozo que deambulaba cerca, exigiéndole con la mirada y la quijada que trajera algún licor para brindar.
El mozo obedeció y corrió con una botella rosada labrada con hexágonos que dejaban ver un espumante helado. Sirvió el licor con prisa.
Josephus, quien estaba a punto de dar otras palabras, enmudeció de pronto al notar que a la pequeña celebración se acercaban Mayrith, su esposa, y Miriam, la recién casada. Ambas traían una mirada cargada de dudas y desconcierto. Sobre todo Mayrith, quien nunca supo quién era la amante de Josephus. Sin embargo, ahora lo observaba con una curiosidad nueva. Hacía años que no lo veía tan eufórico y eléctrico.
"Será por Julio César", pensó ella, tratando de engañarse una vez más. "O quizás por la llegada de Francis y la chica que lo acompañaba". Solo atinó a observar todo con calma para saber si algo pasaba con ellos en aquella mesa.
El brindis murió antes de nacer. Nadie dijo salud a pesar de tener ahora las copas llenas. Las conversaciones fueron devoradas por un violín negro que trinaba el "Canon en Re" al ritmo de la naturaleza que había reclamado su espacio en la cocina.
El zumbido monótono e irritante de los mosquitos y zancudos, indiferentes al drama humano, descendía en espiral para posarse sobre la carne asada servida sobre unas vajillas finas.
En la mesa, Francis y Lucía eran aquellos trozos de carne, rodeados de sonrisas afiladas. Ambos sentían cómo las miradas los desollaban vivos, buscando la parte blanda de la pulpa con una voracidad que ni los zancudos, ni el zoom intrusivo de la cámara, podrían jamás igualar.
Lucia sintió el primer piquete.
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