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Fokker F-27: Misterio sin resolver

Dicen que lo cubrieron gente de la Marina y del gobierno de Alan, que estaban metidos en el negocio de ese cargamento secreto. Al comienzo, la prensa soltó que Villar estaba en un manicomio, que se había vuelto loco por todo lo acontecido. Que él fue el único sobreviviente porque estaba entrenado para esos sucesos y que luego lo mandaron al extranjero. Nadie sabe a dónde lo mandaron.

Daniel Hinostroza
03 de febrero de 2026
14 min de lectura
Hace unos 10 años, sentado en el comedor de un colegio prestigioso del pintoresco distrito de Barranco, después de las clases de inglés que impartía a hiperactivos, entusiastas y, a veces, retadores adolescentes de 1.º a 5.º de secundaria, ya un poco cansado por la jornada, me disponía a comer un apetitoso menú que consistía en un caldo de gallina (con una mini presa) y un seco con frijoles, que no se veía nada mal para ser de menú. El hambre arreciaba, ya pasadas las 2:30 p. m. Justo cuando iba a dar la primera cucharada del hirviente caldo, levanté la mirada mientras soplaba de a pocos para probarlo, y en ese instante vi al entrenador de fútbol del colegio entre la humareda del ansiado brebaje. Me dijo: —Cuidado que se queme, profe… Está bueno, pero está muy caliente el caldito. El entrenador de los equipos de fútbol, que participaban en los campeonatos de ADECORE, era un exjugador de ese mágico deporte. Había jugado varias temporadas en el Sporting Cristal, Alianza Lima y otros equipos de la alicaída primera división peruana. Esto se debía a que ya teníamos 26 años sin ir a un Mundial, y seguro iban a pasar algunos más sin tener presencia en la élite del balompié mundial. No hubo un recambio generacional de jugadores. No había futbolistas de exquisita calidad en el gramado aún, que tomaran la posta de la generación de mundialistas de antaño como “El Nene” Teófilo Cubillas, “El Loro” César Cueto, “El Cholo” Hugo Sotil, “El Patrón” José Velásquez, “El Ciego” Juan Carlos Oblitas, entre otros… la mayoría de ellos aliancistas. Sin embargo, ese recambio sí hubiera existido, pero un fatídico 8 de diciembre de 1987 se llevó a la eternidad a gran parte de esa ansiada generación. Al ver al entrenador, ya un exjugador en la mitad de sus cuarentas, de pelo rizado largo, contextura delgada, piel canela y con una pequeña cojera en sus arqueadas piernas —imagino que por alguna lesión deportiva—, le sonreí y le dije: —Gracias, profe… Tiene razón, voy a esperar un rato a que esto se enfríe. Nos miramos frente a frente por unos segundos sin saber qué decirnos, ya que solo nos saludábamos al vernos algunos días de la semana. En eso, por un destello que me dio en mi mente subconsciente, esta me dijo: “Pregúntale por el caso del Fokker que se cayó en el mar de Ventanilla, ese amargo 8 de diciembre… él debe saber algo más”. La pregunta me salió de la manera más natural, con el tono y la seguridad de un experimentado periodista deportivo: —Profe, le quiero hacer una pregunta… Espero que me responda esta cuestión, que la tengo clavada en el alma por años. Él asintió y respondió a mi petición: —Claro, profe… Pregunte no más. En un flash en mi cabeza, imaginé que el otrora jugador de grandes equipos en el ámbito nacional pensaría que le iba a hacer alguna pregunta sobre su larga trayectoria o sobre alguna anécdota de algún partido en particular, que seguro debía tener varias. Entonces, tomé un respiro profundo, aspirando un poco de la humareda del ardiente caldo volcánico. —Profe, ¿qué pasó en el Fokker F-27? Sé que usted va al club íntimo y sabe algo más que los demás. El trajinado exjugador de fútbol abrió sus ojos medio achinados con cierta sorpresa por la pregunta, hasta cierto punto audaz e impertinente. Me respondió: —Bueno, profe… No suelo contar, pero se lo diré. Hay cosas que, de cierta forma, se deben saber. En ese momento, quedé de una pieza. No esperaba esa respuesta, llena de nostalgia, pena y sinceridad a la vez, en su agravada voz. Entonces, continuó: —La verdad, lo que varias personas cuentan por ahí tiene algo de cierto. Lo interrumpí en ese instante: —¿Eso del cargamento que llevaba el vuelo? Me miró con cara seria y aseveró: —Así es… Se habla de una carga ilícita y que se descubrió en el trayecto, ya que ese era un avión de carga y los jugadores tenían que llegar rápido a Lima, porque no había plata para quedarse a dormir en Pucallpa. Al parecer, algunos estaban sentados en el piso del avión y su curiosidad los llevó a descubrir el famoso cargamento… Muchachos juguetones y movidos, eso los llevó al otro mundo. Lo que vieron no se podía saber de ninguna manera. Alianza Lima había jugado el 7 de diciembre de 1987. En ese último partido habían ganado 1 a 0 al Deportivo Pucallpa y estaban como punteros del campeonato. Ese equipo tenía como referentes a los Potrillos, que eran el supuesto recambio de varios jugadores de antaño, los que fueron a los Mundiales del 70, 78 y 82. Entre ellos estaban Luis “El Potrillo” Escobar, Tomás “Pechito” Farfán, Carlos Bustamante, Aldo Chamochumbi, Alfredo Tomassini y más jóvenes promesas que pudieron ser referentes de nuestro balompié y que, de seguro, nos hubieran llevado a algún Mundial por esos años. Tambien se fueron el experimentado golero, José “Caico” González Ganoza y el D.T del mundial 78... El profe continuó: —Además, hubo momentos extraños después del accidente, que uno se fue enterando de a pocos… Como que solo haya sobrevivido el piloto y los demás… no. Eso está más que raro. Luego, que la Marina de Guerra no informara a tiempo. Se demoraron para hacer el rescate. No dejaron buscar a los parientes de forma particular, cerraron la playa de Ventanilla con soldados… Todo era muy sospechoso, profe. Esa información era la que, más o menos, manejaban los medios de prensa y el público en general. Ese extraño hermetismo de la Marina de Guerra del Perú para dar información fidedigna y rápida sobre los hechos que llevaron a esa, más que misteriosa, fatalidad deportiva. El profe calló un rato y se apretó el cuello con cierto nerviosismo, como si quisiera decir algo, pero a la vez no. Luego siguió con el relato: —Pero, profe, hay algo que pocos saben… y le voy a contar solo un par de cosas, nada más. Al ver ese momento de desprendimiento, en el que iba a contar algunas verdades que muy pocos sabían, adelanté mi silla delante del casi ignorado almuerzo. Haciendo un raspado en su garganta, profirió: —¿Sabe qué? Uno de los jugadores tenía un pariente en la Fuerza Aérea y contó que el cuerpo de su familiar tenía un orificio de bala. Eso me dejó petrificado. Ni siquiera había probado el caldo, que ya se estaba enfriando, y repliqué: —¡¿Cómo?! ¡Eso quiere decir que los mataron! Él me respondió: —No sé si a todos, pero él contó eso… Y lo dijo entre lágrimas, como si aún lo estuviera viendo. Nos dijo que uno de sus amigos trabajaba en la morgue del Grupo Aéreo, lo dejó entrar por un minuto y allí había más cuerpos de otros jugadores. Yo estaba más que estupefacto por lo revelado y exclamé: —¡Eso no puede ser! ¡Carajo! Felizmente, no había más personas en ese ambiente de comida. Luego, vi que de reojo chequeaba la hora en su reloj llamativo de acero plateado, al parecer costoso. Le pregunté por la segunda revelación, porque ya iba a tocar la hora de salida y los estudiantes deportistas se dirigían a la cancha de fútbol del colegio para que el profe los entrenara para el próximo encuentro. Ya el maestro de fútbol preparaba su maletín deportivo para dar la estrategia táctica, previa a un partido de campeonato, y me dijo: —Jugamos contra el San Agustín en dos días… Tenemos opciones de clasificar. Bueno, y la segunda verdad es que uno de los jugadores está vivo… Manda plata para su familia, pero para que no hablen, siempre hay un auto negro de los militares que se para frente a la casa. Esto es para que no hablen… Imagino que como una advertencia. Usted sabe a lo que me refiero. En ese momento quedé tan frío como el almuerzo que casi no había tocado. Le dije: —Profe, eso sí es una revelación… Creo que pocos lo saben. Él respondió: —Así es… ehhh… sí, creo que es hasta peligroso decir eso. La gente no sabe qué jugador es, pero siempre hay hipótesis, total, uno no estuvo allí… Solo lo sabe el infame piloto Edilberto Villar Molina, que no dijo nada. —Sí, pues, profe —interrumpí—. Dicen que lo cubrieron gente de la Marina y del gobierno de Alan, que estaban metidos en el negocio de ese cargamento secreto. Al comienzo, la prensa soltó que Villar estaba en un manicomio, que se había vuelto loco por todo lo acontecido. Que él fue el único sobreviviente porque estaba entrenado para esos sucesos y que luego lo mandaron al extranjero. Nadie sabe a dónde lo mandaron. No hubo el juicio militar que debió realizarse en esos casos por su supuesta negligencia. El profe me cortó: —Cierto, maestro… Además, que él estaba con Tomassini agarrados de un balde grande de plástico, que los hacía flotar por más tiempo. Y que Tomassini no resistió porque estaba con la pierna rota… Se dicen tantas cosas… No sé cómo esa persona puede vivir con 43 muertos en su espalda. A lo que respondí: —Le deben joder todas las noches… No creo que su vida sea la misma, así como su sueño. El entrenador me miró y luego miró su reloj. Sonó el timbre de salida y me dijo finalmente: —Profe, ya nos vemos… Ya bajan los chicos… Esas cosas solo las sabe el de arriba, y ya juzgará a todos los implicados en esa desgracia. Me despido, profe… Cuídese. Me despedí también: —Claro, profe… Que la suerte le acompañe. Me miró, ya más aliviado, como si se hubiera sacado una espina del interior. —Gracias, profe, la voy a necesitar —dijo, y salió raudo con su maletín deportivo para encontrarse con los alumnos de la selección del colegio. En eso me di cuenta de que no había probado el almuerzo. El caldo era un volcán en extinción y el seco con frijoles estaba más frío que el mar de Ventanilla. Solo atiné a decirle a la señora del comedor: —Seño, póngalo para llevar, por favor. Y salí de ese lugar con el estómago vacío, pero con la cabeza llena de interrogantes y nuevos hechos increíbles sobre el trágico misterio del Fokker F-27, que seguirá dando que hablar durante muchos años más.

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