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Bethel y la muerte (Capítulo 1)
No recuerdo cómo fue mi último pasatiempo, solo sé que estaba cruzando la pista yendo hacia mi escuela con mi padre al costado y, de un momento a otro, un carro pasó sobre mí. Y ya está. Luego me vi en un cajón con varias flores al costado, con la tapa abierta y pudiendo apreciar un cuerpo.
Gabriel Egusquiza
27 de enero de 2026
3 min de lectura
Capítulo 1: El comienzo de todo
Soy Bethel y tengo 11 años. Me gusta jugar videojuegos, pasarla con amigos y todo lo que tenga que ver con el mundo gamer. Soy optimista, positivo y alegre. Vivo con mi padre y mi abuela en un barrio de los Barracones, en el Callao.
No es fácil pensar que, de un momento a otro, dejaste este plano para trascender a uno mejor; ni que el purgatorio existiera, o que verías a tu familia fallecida desde ese supuesto más allá y que todas las personas a tu alrededor dejaran de existir para tu alma. Pues eso me tocaría entender a mí.
No recuerdo cómo fue mi último pasatiempo, solo sé que estaba cruzando la pista yendo hacia mi escuela con mi padre al costado y, de un momento a otro, un carro pasó sobre mí. Y ya está. Luego me vi en un cajón con varias flores al costado, con la tapa abierta y pudiendo apreciar un cuerpo. Pero no un cuerpo cualquiera, sino mi cuerpo sin alma.
Cerré mis ojos y desperté tirado en un parque, en medio de la nada. Solo era un pedazo de tierra con muchos árboles y un largo camino que recorre de inicio a fin el plano. Al fondo vi una luz, como si se tratara del sol brillando; pero no cualquier sol, sino uno especial. Se siente una sensación de paz al verlo, sin destello; un sol que siempre he querido ver desde que nací.
—Has sido un buen niño en vida —dijo una voz.
No sabía de dónde venía, pero sí que era de un hombre de mínimo 60 años. Por mi abuela, supuse que era Dios.
—Te mereces el cielo, pero hay un problemita —continuó diciéndome esa voz—. ¿Recuerdas tu última hazaña, cuando ayudaste a tu hermano mayor a hacerle brujería en secreto...?
Me quedé helado. Nadie más sabía ese secreto de brujería, más que mi hermano y yo. Que ahora alguien muy importante para mí me lo dijera, era como si me lo dijera la policía.
—Bueno… Escúchame, haré todo lo que quieras, pero porfa dame una oportunidad más. No quiero estar en el infierno —dije con voz llorosa y temblorosa.
—Si es así, renacerás como un perro, pero tendrás que hacer cinco ayudas sociales. Si llega el mes y no hiciste las cinco ayudas, serás un perro y perderás la conciencia para siempre, ¿ok? —me dijo con voz seria.
—Ok… —dije tranquilo, sabiendo que Dios sí me perdonó.
—¡Entonces… trato cerrado! —dijo la voz.
Me dormí como nunca y… veamos si esto mejora.
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