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Morena de mi copla
Un silencio turbio cayó entre nosotros. Intentamos volver a besarnos, pero no pudimos. Sentimos algo que no era paz; era la calma tensa antes de un tsunami. Solo se oía la agitación de nuestras respiraciones. Pisé el acelerador con furia y dejé una firma de caucho quemado en el asfalto. No quería volver jamás.
Gabriel Granda
08 de enero de 2026
14 min de lectura
Sobre los cardos blancos del cerco, unas salpicaduras de sangre manchaban la pulcritud de la tarde de bodas. El sol se enterraba en la tierra; la tarde se negaba a ser día y la muerte de Joshepus Mendizábal, a ser vida.
Nadie vio venir la guadaña. El festín nupcial aún no veía el ocaso. Estaba en la cúspide. El aire olía a carne asada sobre brasas de pino, a perfume francés y a sudor de baile. Las copas chocaban entre sí, acompañadas de risas, anécdotas, cuchicheos y promesas falsas. Las guitarras de la tuna rasgueaban “Morena de mi Copla” con esa alegría de quien ignora que puede haber tragedias a metros de distancia. La música cesó, decapitada por el estruendo de un disparo que sonó violento. Algunos interpretaron aquel sonido como el de un cohete que alegraba la fiesta. Otros más curiosos, como la recién casada al ver que los caballos de paso relinchaban y pateaban la tierra, fueron a averiguar.
De pronto, una voz se rasgó solitaria.
—Se desangra. —La voz de la recién casada parecía rasgar el ocaso.
Aquel sonido parecía ser el de una res en el matadero. Frente a ella, un cuerpo cubierto de sangre y perforado por una bala a la altura del pecho balbuceaba al ver a la muerte. Ella se encorvó y un vómito de bilis amarilla y champán manchó el encaje de su vestido blanco. El pánico se dilataba en sus pupilas en forma de las espinas del cerco.
Yo también vi la caída. No cayó con elegancia. Cayó con la gravedad muerta de los cuerpos sin alma. Por un momento no miré el cadáver; miré el vacío o la paz que este había dejado. Caminé hacia él. Mis zapatos de charol se habían convertido en anclas de hierro. Me movía con la pesadez de quien camina en un pantano. Tenía la boca abierta en una “O” ridícula de quien recibió un golpe en la boca del estómago. Me incliné sobre el bulto que estaba boca arriba. También tuve náuseas. El cuerpo olía a whisky, perfume y orina. Había una mancha que apestaba sobre su pantalón beige a la altura de la entrepierna. Intenté no tocarlo y solo pregunté en estado de shock:
—¿Está muerto?
Nadie que se aproximaba y formaba una ronda alrededor respondió. La respuesta era simple, la escribía la sangre. El pecho se hundía buscando un aliento que ya no le pertenecía. Una mosca con el lomo verde y plateado se posó sobre sus labios, donde había la huella de un labial de mujer. La mosca se frotó las patas delanteras, limpiándose, dueña y señora de esa carne que ya empezaba a oler a sesos y vísceras. Sobre la camisa blanca y almidonada para la boda se iba dibujando un archipiélago que empezaba a invadir el suelo con un rojo que olía a pólvora y acusación.
—¿Quién lo hizo?
La pregunta de la novia, ahí recostada, era un segundo proyectil. Tenía hilos de saliva que desaparecían a la altura de la barbilla. Sus ojos estaban invadidos por la locura. Estos barrían el círculo de espectadores de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, hasta dar con algún gesto que le diera algún indicio. Nadie se movía. Todos éramos testigos inertes con copas de licor sobre las manos, vestidos con nuestras mejores galas para presenciar el horror, postrados ante la obscenidad de una escena que pertenece a la crónica roja, no a una boda de la alta sociedad. El silencio pesaba como un ataúd en la conciencia. Hasta que un aullido electrónico rasgó la lejanía, rompiendo el hechizo. La policía se acercaba en busca de su trozo de carne. Mi aliento también pesaba y no podía pronunciar ni una palabra.
—¡Francis, vámonos!
Luciany te habías colado entre el tumulto para salvarme. Tu aliento olía a pánico y caramelos de menta. Un intento patético por desaparecer el tufo.
Debía correr. Mi instinto y Luciany, me lo increpaban, pero estaba atrapado en un bucle eterno y solo escuchaba el coro de la tuna resonando en mi cráneo:
“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, con los ojos de misterio y el alma llena de pena...”.
—¡Vámonos, carajo!
Ni aquel disparate, ni las bofetadas, ni los tirones de la corbata hicieron que abandonara mi postura mental. Solo me liberé de ese maldito cuadro surrealista atado al tiempo cuando sentí una erección al notar que tus uñas rojas perforaban mi bíceps, atravesando la tela del saco, buscando arañar mi carne. Una sacudida eléctrica en la ingle. La violencia, el miedo, el dolor... todo se mezcló en un cóctel venenoso. Mis pies reaccionaron antes que mi cerebro y se movieron en dirección al estacionamiento. Caminaba con lentitud, pero mirando hacia adelante, hasta que mi mirada traicionera giró en reversa, anclada a un detalle estúpido: la empuñadura de nogal de mi pistola abandonada junto al cadáver parecía el juguete olvidado de un niño perverso. Intenté retroceder, pero miles de brazos se posaron en mi hombro y no tuve más remedio que cruzar la órbita del tumulto de personas con el saco casi roto y con la mirada inquisidora de la recién casada que encontró la culpa sobre mis huesos. Ella rodeó el arma con su vestido y la escondió entre la seda nupcial manchada ahora con sangre.
Luciany y yo solo corrimos y corrimos. Solo podíamos oír el jadeo de nuestros corazones y el crujido del césped bajo nuestros pies. La oscuridad se redujo a eso: correr, respirar, huir. Hasta que por fin mis manos dieron con la manija del auto que habíamos rentado. Ingresamos de prisa. Olía a mierda de caballo que uno de nosotros había pisado y a tu perfume empalagoso.
—¡Muévete! ¡Tenemos que irnos ya! —gritabas, pero tus ojos eran dos centinelas fijos en el retrovisor, esperando ver luces azules y rojas.
—¿Lo... lo... los boletos? —logré articular por fin. Mi voz sonó como si saliera de una radio mal sintonizada y mi aliento sabía a vino, sangre y nicotina. Me había mordido la lengua en la carrera.
—Están en la guantera. El vuelo sale en tres horas. —Me besaste para calmarnos un poco. Tus labios también sudaban.
Mi pierna derecha temblaba sobre el acelerador. Miré hacia abajo. Sobre la tela fina de mi pantalón, había algunas espinas de cardo.
—Te lo dije. Te lo dije, maldita sea. —Mis manos arañaban el timón.
—¡Avanza!
—¡Te dije que no quería venir! ¡Es tu culpa!
—¡Cállate, tarado! ¡Avanza, carajo! —Tu grito llenó el interior del vehículo, rebotando en los cristales empañados por nuestro aliento—. ¿Crees que yo sabía de todo esto?
Un silencio turbio cayó entre nosotros. Intentamos volver a besarnos, pero no pudimos. Sentimos algo que no era paz; era la calma tensa antes de un tsunami. Solo se oía la agitación de nuestras respiraciones. Pisé el acelerador con furia y dejé una firma de caucho quemado en el asfalto. No quería volver jamás. Sentía cómo la angustia y las lágrimas frías empezaban a brotar de tus ojos, surcando el maquillaje. Noté entonces que la mosca de lomo plateado que tocó los labios del tío Joshepus estaba dentro del auto a la altura del parabrisas. Me miraba con sus quinientos mil ojos y la culpa me empezó a invadir con más fuerza. No solo por el disparo, ni por la huida. Sino porque al mirar tus labios temblorosos, supe con certeza que esa marca roja en la boca del cadáver era tuya. Habías dejado tu firma en los labios del hombre que un día fue tu amante, y ahora huíamos juntos, quizás con su fantasma zumbando en el parabrisas.
Nos diluimos de manera imperceptible por una carretera secundaria, mezclándonos con el aire venenoso de nuestros recuerdos y la brisa fresca de los bosques de pinos que pasaban borrosos por la velocidad, dejando atrás a un grupo de antiguos amigos y familiares que aún celebraba las nuevas nupcias sin saber que sus zapatos de fiesta ya eran parte del velorio de Joshepus Mendizábal.
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