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La vida es ahora

Ese Amaru, su amigo, el que siempre estuvo junto a él. Que viajó junto con él desde la provincia. Con quien tiene un pacto de hermanos. Amaru, el incondicional, su bro, a quien admiraba. A él, lo veía derrumbado.

Zaida Alegre
19 de noviembre de 2025
10 min de lectura
A las 8 y 15 de la mañana timbra el celular de Fabio; al responder, una voz masculina le dice exaltado: -Hola hermano, ¡que fue! Tengo una llamada tuya a la 1 de la madrugada. Olvidaste que mi equipo lo tengo programado para descanso a partir de las 11 de la noche. ¿Pasó algo? La respuesta es lenta, pensativa y se hace esperar… -No podía dormir, estaba inquieto y mi mente no me ayuda, me sabotea, bro. Te comenté del dolorcito “extraño” que tengo en la parte baja de la espalda. Ayer fui al traumatólogo, me palpó la espalda, la columna, hizo que levantara las piernas, me cogió la cadera, luego pidió tomara asiento y me hizo unas preguntas, todo en silencio, no comentó nada. En algún momento mientras tomaba apuntes solo dijo ¡ajá! Me miró detrás de las lunas de sus lentes de marco grueso y me derivó al gastroenterólogo. Antes que yo saliera de su consultorio me recomendó no seguir jugando partiditos de fulbito, por lo menos hasta que el gastro complemente mis exámenes. -Y entonces, ya te vio el gastro. -Ayer mismo. Ha enviado una serie de exámenes y placas. Me están atendiendo rápido, ahora estoy saliendo a tomar la prueba de tolerancia a la insulina. Me han dicho que los resultados de todos los exámenes estarán en tres o cuatro días. Te aviso. Y por favor, Amaru, quita ese programa de descanso que estos días están siendo infernales para mí y necesito conversar con alguien cuando la mente quiera gobernarme. -Está bien. *** –¿Hola? –contestó Fabio al otro lado del teléfono con voz queda. -Hermano, qué fue con los resultados. Ya van cinco días desde que hablamos, hasta quité mi programa de descanso y no sé nada de ti. No me digas que aún no te dicen nada. -No fue eso. Llamaron al día siguiente que hablamos y pidieron repetir las pruebas. Dijeron que era algo de rutina... mmm... y ahora sigo en la espera de los resultados. Me han recetado pastillas para ayudar con el dolor. Siento que ni hacen efecto. Hoy por la tarde tengo cita con el gastro para ver resultados. Pedí licencia en la oficina para repetir algunos chequeos y acudir a las citas. Esto está atrasando los proyectos que me entregaron para desarrollar, felizmente mi arquitecta jefa me apoya. Saliendo de consulta te llamo. -Bien, quedo a la espera. Las 7, las 8, las 9.30 de la noche y no hay novedades. A las 10 y 15 suena el intercomunicador del departamento de Amaru. Ahí lo ve, por la videocámara, es Fabio. Está abajo, lo ve ansioso. Amaru aprieta el botón para destrabar la puerta de vidrio que es el ingreso hacia la sala de ascensores. Fabio sube, Amaru ya en pijama y bata, lo espera con la puerta del departamento abierta. Ni bien lo ve en la puerta, Fabio expresa con voz nerviosa que al parecer la cosa es seria. -Estuve con el gastro. Mañana me interno temprano, 12 horas, para hacer una biopsia. Esto ya no me suena bien, bro. -Vamos hermano, pasa, respira, toma asiento. Pero, dime, a estas alturas con todas las pruebas que te hicieron, ¿algo te dijo en concreto? -Que hay un hallazgo en el páncreas, pero desea corroborar. No se arriesga a aseverar nada porque dice que la clínica está expuesta a denuncias o demandas en caso sea un error. Me están matando de los nervios. Salí de la consulta y no sabía que rumbo tomar. Estuve dando vueltas. Primero con el carro, luego lo estacioné y caminé para pensar, tomar aire. Terminé en un muelle en la costa verde, mirando el ir y venir de las olas del mar. *** Los 5 días que dijeron a Fabio demoraba el resultado de la biopsia, transcurren lentamente. Cada noche llama a Amaru, a altas horas, no quiere que su mente lo manipule, no quiere dejarse llevar por la imaginación. Es arquitecto y creativo, pero no desea ser creativo con lo que pueda albergar en su cuerpo. El 5to día llega y no son buenas noticias. Hay un tumor maligno en el páncreas. Se internará y operará. El día asignado, Amaru y la madrina de Fabio están en sala de espera, al igual que otras 10 personas que con cara de angustia aguardan saber de su familiar. Una enfermera sale de su estación en el lobby y se acerca a la madrina, le entrega un documento para firmar. Es el compromiso para reponer la cantidad de sangre que se use en la intervención. Mientras tanto, adentro, en la antesala, se encuentra Fabio nervioso tumbado sobre la camilla fría, vestido con una bata blanca de abertura hacia atrás y cubierto con una sábana azulina delgada; se encuentra a la espera que ruede la camilla y lo ingresen a sala de operaciones. Ahí lo espera el cirujano gastroenterólogo especialista en páncreas y el anestesiólogo con quien conversó ese día por la mañana, después del turno del cardiólogo quien desplegó una lista de peguntas. Empieza a temblar, tiene frío, su temor es grande. La mente empieza su juego de pavor. Quiere apoderarse de él. ¿Y si no despierto de la anestesia? ¿Me podrán extirpar el páncreas del todo? ¿Quedaré bien? ¿Y si muero? Tengo tantos planes a mis 28 años. Me dediqué a trabajar desde los 20 y ahorrar para viajar a los 30… ¿y ahora? Un terror frío recorrió su cuerpo. La camilla empieza a moverse. Avanza. Luces blancas que lo enceguecen, a su lado hay todo un equipo médico. Mira hacia el techo y ve un grupo de estudiantes de medicina que miran detrás del vidrio en el segundo piso. Tiene miedo, quiere bajarse y salir corriendo, pensar que todo no es más que un mal sueño. Debe salir de sus pensamientos cuando el doctor con la mascarilla abajo lo saluda y luego se la sube. Hay que pasarlo de la camilla a la mesa de operaciones, cuatro personas se encargan de trasladarlo, tienen la técnica, cargan la solera y en un abrir y cerrar de ojos, ya está ahí con los reflectores en la cara. -Vamos a empezar -dice con voz grave el cirujano. El anestesiólogo se acerca y le dice que será el mejor sueño de su vida. -Con quien le gustaría soñar -pregunta. Cuando está por decir el nombre de su asistente de oficina, con la cual cruza miradas de cuando en cuando, cae rendido en brazos de Morfeo. 30 minutos más tarde, Fabio se encuentra en su habitación. La tía y Amaru lo acompañan. Las caras largas, los ojos rojos del llanto, no hacen más que alertar sus sentidos cuando abre los ojos. -¿Qué pasó?, ¿Cuánto tiempo duró la operación? ¿Salió todo bien? Amaru no podía mirarlo. La madrina se acercó, era más curtida en años y experiencia. Lo tomó de la mano y le dijo -Todo duró 20 minutos. Te abrieron y cerraron. El cáncer ha tomado algunos de tus órganos vitales, Fabito. Fabio cerró los ojos. Respiró hondo. Recordó las veces que quiso viajar, salir, tomar vacaciones, pero se decía que a los 30 lo haría. Quería recorrer mundo, vivirlo lentamente y los 30 era una buena edad. -Cuánto, cuanto estiman que viviré- fue lo único que atinó a decir casi sin fuerzas y sin abrir los ojos, confiando en que la Parca demoraría en ubicarlo. -2 meses -balbuceó apenas Amaru. Ese Amaru, su amigo, el que siempre estuvo junto a él. Que viajó junto con él desde la provincia. Con quien tiene un pacto de hermanos. Amaru, el incondicional, su bro, a quien admiraba. A él, lo veía derrumbado. -Le avisé a tus padres y hermanos para que vengan a Lima, dijo en un casi susurro la madrina. -Nada se puede hacer -culminó. A los dos días, Fabio salió de la clínica, medicado. Dijo adiós a su pequeño departamento de soltero y se mudó a casa de la madrina Antonia, en San Miguel, una quinta antigua, hermosa, de un piso con mucho verde para ver y pasear. Llegaron los padres, los hermanos. Estaba delgado, apagado. Su padre le daba ánimos, su madre era su sombra. Los hermanos por temas de trabajo debían regresar a los pocos días. Habían viajado a despedirse y eso fue muy desgarrador puesto que Fabio además de ser el mayor, el visionario y soñador; era el héroe, el ejemplo, el que había dejado la tierra de los abuelos y ancestros para conquistar Lima. El que llevaba el nombre extranjero de un cantante que a su abuela le encantaba…y todo eso él lo sabía. Amaru llegaba a diario a verlo, le llevaba fotos, conversaban de su infancia y adolescencia transcurrida en el pueblo andino donde crecieron. También llegaban los amigos del estudio de arquitectos donde laboró. Especialmente la asistente con la que conversaba horas, mientras los dolores se lo permiten. Su madre había encontrado paz en la Fe y lo había llevado al párroco para que lo acercara a Dios, por lo que Fabio escuchaba misa y comulgaba todos los días. Poco a poco se fue desgastando. Casi no comía y los dolores cada vez más fuertes se los ofrecía al Ser Supremo. A los dos meses y un día, apareció la Parca, fue benevolente y lo llevó mientras dormía. *** Parado en el espigón, el mismo donde seis meses antes estuvo parado Fabio, donde las olas del mar rompen con fuerza, explotan, salpican; la silueta erguida de Amaru, mirando hacia el horizonte se dibuja en el sunset. -Me pregunto dónde estarás hermano. A qué costas habrás llegado, qué playas gozarán de tu presencia a través de tus cenizas. Querías recorrer el mundo y lo estás haciendo.

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