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La historia detrás de una lágrima
Ese instante quedaría por siempre grabado en su memoria, trazado entre la culpa y el orgullo. Como una duda constante de si ella lo había causado, pues, aunque las leyes de física la refutaron, ella lo había deseado y pasó.
Mara Vega
02 de febrero de 2026
17 min de lectura
En una antigua casa en Miraflores una extendida familia se reunía para celebrar el cumpleaños 65 de la abuela Tita que había pasado hace tres días.
Entre el bullicioso manto característico de aquellas reuniones, se escondía la sombra de una niña esbelta con el cabello corto y rubio que recorría los espacios de la sala y los cuerpos con la mirada. Azul, con sus tres años de edad, buscaba desenfrenada la silueta perdida de su hermana mayor. A su lado sus dos primas reían y jugaban a antagonizar a Mona, una gata naranja con el temperamento suelto que intentaba meterles un zarpazo cada vez que la intentaban tocar. Aunque Azul también reía con sus compañeras en el crimen, la ausencia de su hermana Alessia se le hacía notar y una inquietud le recorría el cuerpo por buscarla hasta que no pudo más. Se paró sobre sus pies descalzos en la alfombra y empezó a correr entre las mesas y los cuerpos con una agilidad, creía ella, que dejaba a aquella gata sobrealimentada en desgracia.
Recorrió cada rincón de la sala con los ojos vivos, pero no encontraba su mirada la cabellera negra de su hermana, ni sus ojos azules vibrantes ni su pálida tez. Mientras tanteaba la idea de interrumpir la alocada conversación de su madre con sus tías para preguntarle donde estaba recordó los pasadizos detrás de la sala y la cocina y como había jugado la navidad pasada a esconderse por ellos y esconderse en la habitación de los recuerdos, y así, segura de que la encontraría entre esos túneles, corrió en su búsqueda.
Alessia le llevaba 2 años y medio a ella, pero de alguna forma su carácter suave y sensible habían hecho que Azul se sintiera su protectora. Desde que aprendió a hablar, Azul se encargaba de navegar el mundo y dialogar con las personas en su nombre, ya que Alessia con sus 5 años no hablaba con nadie más que su familia y sus primas. Un alma de pocas palabras para el mundo, pero un mundo para los pocos elegidos. Era tanta su sincronía que había veces que Azul no necesitaba que su hermana le susurrara al oído lo que quería, ella simplemente lo sabía, como una voz antigua que le rozaba la mente.
Una voz antigua que en ese momento le gritaba que la encontrara.
Azul zarpó a aquellos pasadizos de punta de pies. Casi parecía que no tocaba el suelo. Las paredes blancas se iban oscureciendo mientras se adentraba a una parte que no tenía la luz prendida. Ahí, ella titubeo. Siempre le había dado miedo la oscuridad, no temía enfrentarse a nada, pero le generaba pavor lo que se ocultaba entre las sombras de su propia mente que se proyectaba al mundo físico en la ausencia de la luz. A veces en forma de hombre, a veces de caras que la persiguen queriendo arrastrarla de vuelta… de vuelta a donde era algo que desconocía.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, y los huacos que adornan los estantes sobre las paredes se burlaban de su miedo. Inspiró profundo y se adentró corriendo hacia aquel viejo cuarto que albergaba unas cajas llenas de recuerdos de la juventud de sus abuelos.
- Alessia?? - susurró al entrar, con los oídos atentos.
Sin embargo, solo el silencio le respondió.
Cabizbaja, decidió regresar. Sus pasos resonaban con la ligera decepción que la marchitaba. Mientras aquel instinto o llamado se hacía más fuerte. Encuéntrame.
Se mordió el labio mientras lágrimas frustradas escocían sus ojos y regresó por el mismo camino tenebroso. La tenue luz de la sala se iba vislumbrando cuando escuchó un sonido a su derecha. Volteó a ver una puerta grande y marrón: el despacho de oficina.
Esa puerta usualmente estaba cerrada, con llave. Lo sabía porque muchas veces habían intentado entrar, ellas y sus primas. La probaban cada vez que venían, como cuatro cachorras curiosas y traviesas buscando desentrañar todos los secretos que albergaba esa vieja casa.
Aún cubría la penumbra, no por completo, pero lo suficiente para dar un aire de suspenso mientras esa puerta se imponía ante su silueta. Aun así, estiró su pequeña mano para alcanzar la manija y hacerla girar. Las voces a lo lejos, le recordaron que no estaba sola. Si miraba atrás podría divisar las sombras de los familiares en la otra habitación y el atropello de sus voces resonando suavemente como un eco. Su esbelto cuerpo de niña cruzó el umbral por la rendija de la puerta entreabierta a un cuarto cálido, en el cual la única fuente de luz provenía de una chimenea a fuego vivo.
Una vez dentro, sus ojos saltaron a su hermana y soltó un pequeño suspiro que no sabía que había estado albergando. Aunque el alivio que sintió murió rápidamente. Alessia estaba parada como una estatua, con el cuerpo tieso, con su cabello negro cubriendo parte de su cara.
Frente a ella un hombre serio con el rostro arrugado por la edad se sentaba sobre un sillón, su silueta familiar hacia una sombra grande a contraluz del fuego. El hombre posó su mirada sobre ella y sonrió.
Aunque su sonrisa le pareció más una mueca que un reflejo de felicidad o de paz.
-Azul... ven acércate - dijo, su voz gruesa raspando las paredes de la habitación.
Azul caminó lentamente hacía él, acercándose al cuerpo de Alessia, quien temblaba ligeramente con los ojos vidriosos de lágrimas por desbordar.
Ya a la par de su hermana, Azul observó al hombre carraspear con la garganta mientras una mirada hambrienta se posaba sobre ellas y un ligero temblor recorría su cuerpo.
- Hace tiempo que no las veía, cómo han crecido - observó, mientras acariciaba entre sus piernas.
Cada trazo de su mano tensaba el aire a su alrededor y danzaba entre las sombras, invadiéndolas.
Mirando a su hermana, Azul observó intensamente como una lágrima rebelde escaba el fuego azul de sus ojos, antes de que estos se cerraran con fuerza, como negándole el paso a toda realidad. Al ver esto, Azul sintió un calor como el fuego mismo bajo la piel; un fuego de azufre y las mil sombras que le seguían detrás.
Ella no lo sabía aún, pero este momento la perseguiría a lo largo de sus años.
Miró al hombre serio, mientras este exhalaba suavemente un temblor y le clavó los ojos. Con una ira incomprendida, le mandó el fuego, las sombras y un deseo mortal.
Parada a un metro de aquel hombre observó cómo su hambre se desvanecía mientras el miedo hacía aparición. El hombre intentó pararse y cayó al suelo, mientras una lágrima de sangre le recorría lentamente la mejilla. Extendió su mano arrugada, buscando apoyo y se derrumbó en el suelo. Los segundos se extendieron, mientras su boca entreabierta ahogaba un grito y a sus ojos se les escapaba la luz. Así de rápido, la tensión que gobernaba la habitación se desvaneció sin decir adiós, y Azul sintió una paz bañarla.
Ese instante quedaría por siempre grabado en su memoria, trazado entre la culpa y el orgullo. Como una duda constante de si ella lo había causado, pues, aunque las leyes de física la refutaron, ella lo había deseado y pasó.
Miró a su hermana; quien tenía sus ojos y puños cerrados con fuerza.
Le tomó la mano y le susurro al oído:
- Ya nos podemos ir.
Alessia la miró con los ojos empapados aún, mientras su pequeña hermana le daba un suave jalón fuera de aquel lugar. Se fueron sin mirar atrás, dejando el cuerpo inmóvil de su abuelo entre la oscuridad.
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