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Escribir como ritual

Se me ocurrió, por ejemplo, escribir sobre Cide Hamete Benengeli, el supuesto autor musulmán de “Don Quijote de la Mancha”, según el mismo narrador de la novela, parte de ese andamiaje de metaficción que propone Cervantes y que Borges aprovechó para escribir esa brillante broma que es “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Pedro Casusol
09 de noviembre de 2025
3 min de lectura
Hace poco leía, no sé dónde, las diferencias entre ritual y rutina. En resumidas cuentas, la rutina es algo que se hace por el valor de su resultado, no importa el proceso. Es tomar desayuno o tender la cama para empezar el día. Un ritual, por el contrario, tiene que ser algo cuya importancia radique en su ceremonia: el compromiso recae sobre el rito, no sobre el producto final. Tiene un carácter personal, no un propósito claro. Aunque se trate de una práctica más significativa, el resultado tiende a ser azaroso, porque en el rito “el viaje es la recompensa”, como reza el proverbio chino. En tal sentido, sostengo que la escritura tiene que ser considerada un ritual; y como todo culto, debe consagrarse un día a la semana a su práctica, como cualquier institución religiosa. Recomiendo a mis alumnos dedicar todo el domingo a la escritura. Si no tuvieron suerte escribiendo durante la semana, les digo, el domingo es el salvavidas perfecto para una mente acostumbrada a las pericias verbales. Nada ocurre los domingos, si renuncias a los compromisos sociales, laborales o familiares. Todo parece impregnado por un halo de pesadez y hartazgo. Hay menos gente en las calles, menos bulla. El ritual no tiene por qué anular las prácticas rutinarias, pero el día entero debe dedicarse a la escritura. Todo lo que hago el domingo, incluso cuando me ducho o preparo el almuerzo, gira en torno al problema que plantea la confección de un texto. Ahora bien, es cierto que el trabajo comienza mucho antes, durante la semana, mientras voy coleccionando imágenes o noticias que me impresionan, acaso alguna nueva o vieja obsesión literaria. Se me ocurrió, por ejemplo, escribir sobre Cide Hamete Benengeli, el supuesto autor musulmán de “Don Quijote de la Mancha”, según el mismo narrador de la novela, parte de ese andamiaje de metaficción que propone Cervantes y que Borges aprovechó para escribir esa brillante broma que es “Pierre Menard, autor del Quijote”, pero no me siento preparado para enfrentar a los molinos de viento. Al final del día no siempre tengo un texto terminado, aunque sí la impresión de haber aprendido algo, del arte de la composición o del tema elegido. Es también un trabajo de introspección y un esfuerzo por intentar darle una interpretación al barro, a la materia prima que es la realidad circundante: la tragedia nacional que vivimos. A pesar de todo, no creo que esto sea literatura, aunque aspire a serlo. A falta de una fábula, la ambición es más bien filosófica. Si bien al inicio defendí la escritura como ritual, al caer la noche me parece más bien una pelea de box, una partida de ajedrez contra el lenguaje. El truco consiste en el derechazo que me permita noquear al lector, o el jaque mate que brinde una salida. Como todo, escribir es también un deporte de resistencia.

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