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¿Verdad?
El amigo R se levanta de la silla, la contempla nuevamente. Mira esa cara angelical, la que alguna vez él alabó como una gran compañía. Quería decir algo, pero no lo hizo. Ahora, debía tomar una gran decisión en medio de su fortuna.
Cecilia Fiestas Urquizo
27 de octubre de 2025
5 min de lectura
En un salón de peluquería, dos siluetas emergen ante varios espejos. Uno es el profesor R. y la otra es la docente J. Ambos conversan de forma muy insinuante.
-¿Qué te dije yo? –con actitud relajado como siempre.
-¡Nada, es lo más me indigna! –resopla y mira furiosa a su compañero.
-¿Pero? ¿Estás segura de que lo escuchaste? –nuevamente inquisidor.
-¡Claro! ¡Siempre con lo mismo! –grita una vez más.
-Ya, está bien. Pero, te advierto que lo que tú pienses no me afecta. Además, es mi vida y yo sé lo que hago.
-¡Ja, Ja! ¡Como si tú siempre fueras el dios de la sabiduría! ¡Vuelas alto! –le mira por el espejo.
-¡No me juego así! ¿Qué te pasa conmigo? De una parte, acá me miras mal, no me hablas…
-¿Debo suponer que tú no lo sabes? ¡Te haces el interesante! –se ofende.
-¡¿Yo?! ¡Sal de acá! No te creas la que sabes más de todos nosotros.
-No me creo, sé lo que valgo.
-¡Basta! Antes me hablabas bien, incluso te ayudé cuando alguien nos molestaba con irnos a ese lugar. Y de paso un día te gritó. ¿No lo recuerdas?
-No me cambies la conversación. De eso hace años. Ya ni me lo recordaba.
-A ti te molesta otra cosa y no me lo quieres decir –sentencia A con autoridad.
-Pues averígualo. Tienes más tiempo para relajarte, saber de nuestras vidas, mentir y demás.
-¿Ves? Otra vez me ofendes. Creo que hablaré con el director.
-¡Atrévete! No tengo miedo a tus amenazas.
-Ya pues, dime qué quieres. A la firme, no pareces cuerda.
-¡Así soy yo! – le mira en forma retadora.
-Antes, simpática- Ahora pareces la vieja chancluda. –la mira por el espejo y gesticula.
-Como los estoicos, no me importa lo que me dices. –cara muy tranquila.
El ambiente, gris y picante. Dos voces de ex amigos en pleno ring. Miradas de arriba hacia abajo. Fuerte tensión entre los protagonistas. R está mirando el reloj de su celular; como niño que se quiere ir a su casa a jugar. Mientras J , lo mira riéndose; los espejos son apoyo. Él no sabe si se burla de su forma de sentarse o es que ya está más reloca.
-¿Ya pues? ¿Hablas? -pregunta con insistencia.
-Te dije mil veces que sé lo que hiciste y te haces el loco. Lo escuché todo y te haces el santo.
-La verdad no te entiendo.
-No pretendas convencerme. Y si lo supiera el director, te echaría.
-Es mi amigo, no le importa.
-Se nota que no eres un hombre. Excusas y ahora arrugas.
Unas manos muy femeninas trabajan en los cabellos. Cada uno de los peluqueros no sabe si hablar o callar, como siempre. Han visto pasar muchas personas, algunas cuerdas y otras, muy desquiciadas. Señor, ¿le hago la permanente? Solo un corte, nada más. ¿Usted? Un lavado, tratamiento en la piel y nuevo corte.
Manos a la obra. Mientras, se renueva el diálogo.
-¿Y si fuera verdad lo que escuchaste? ¿Me vas a chantajear?
-No, pero, sí me divertiría un rato. – mirada de malicia en todo ello.
-Me vas a chantajear. ¡Eres una manipuladora! ¿Te odio! – mirándola con cara de desprecio.
-Digas lo que digas, ya no tienes poder aquí. Acaso, eso ya lo sepan los alumnos.
-Ellos son mis amigos.
-¿Amigos? Si les pides comida, les mientes, le abandonas. ¡Tú no eres amigo!
-¿Preferirías irte a contar mi secreto a todos? – la mira de pies a cabeza.
-¡Entonces, al fin lo reconoces! – se sonríe divertida.
-No, no he dicho eso. Tú sola sacas conjeturas.
-Es mi especialidad, querido.
-¿Y quién te contó? – se muestra preocupado.
-Nadie: Te seguí a la calle, luego que conversaras con él.
-No le cuentes a nadie- Haré todo, pero no le cuentes a nadie.
-Viene a trabajar. Sí claro. Pero ya caíste.
-Me dijeron que tú te fuiste y no llevaste el saco.
Peluquero 1:
-Ya terminé con usted, Señor –le cepilla los hombros.
-No te atormentes, ¿te parece? Es aburrido estar aquí sin hacer nada. Aunque claro, tú la pasas muy bien. – hace una seña con su nariz.
-¡Calumnias!… Solo combato mi depresión.
-Amigo, ¿Crees que soy tan malvada como para echarte? Pero lo que encontré en el saco, lo guardo. A lo mejor m sirve en algún momento. Obvio no lo tengo aquí. Por eso, para de sufrir.
-Estoy ansioso, me siento raro.
-Debe ser algo relacionado con “aquello”. Tú, tranqui, nomás. – suspira relajada.
Peluquero 2:
-Ahora sigo con usted, señorita –busca el peine y las tijeras.
-¿En serio, no me guardas rencor? Fui un maldito contigo.
-Todavía lo eres. Así pasen años, lo que me hiciste sentir no te lo perdonaré nunca. –lo mira detenidamente.
-Hasta dónde hemos llegado. –mira a su compañera y luego baja la cabeza.
-Mejor preocúpate en tu vida, ¿digo? Si en verdad la aprecias. –le toca el hombro izquierdo.
-Por favor, no se mueva, señorita. Así está bien.
El amigo R se levanta de la silla, la contempla nuevamente. Mira esa cara angelical, la que alguna vez él alabó como una gran compañía. Quería decir algo, pero no lo hizo. Ahora, debía tomar una gran decisión en medio de su fortuna. Intenta darle la mano a J, pero ella lo rechaza. Entonces, él se da la media vuelta, sale por la puerta y de dirige a la calle.
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