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Susana y yo

Ahora escribo esto sabiendo el poder transformador de lo onírico y lo frágil que es la conciencia. En mi sueño de Huacapongo no era consciente de eso pero ahora lo soy y además ya no estoy solo en esto. Tengo un equipo interesado en averiguar lo que hay detrás de los sueños.

Gustavo Aponte
02 de febrero de 2026
27 min de lectura
I Llegué a Huacapongo sin recordar el viaje. Esto no es una exageración: ni siquiera tenia en mente haber decidido venir. La combi simplemente se detuvo, alguien gritó el nombre del pueblo y yo bajé con una mochila que parecía haber sido mía desde siempre. No sentí extrañeza; sentí reconocimiento. Como si el cuerpo hubiese llegado antes que la conciencia. El día era templado, ni demasiado frío y tampoco sofocaba. Por otro lado, el cielo, era un celeste que adormecía el alma, como resonando algo primitivo y oculto en mi. El Hanaq Pacha es el lugar al que diferentes culturas señalan como la morada eterna de los justos. La plaza seguía igual: la iglesia baja, los árboles torcidos por un viento que no se decide, la municipalidad al lado como símbolo de ser resguardo paterno de un pueblo que aparentaba estar desamparado por el Estado. Solo había algo nuevo: una pileta media seca al centro. Me senté en una banca, la sentía más suave que en mi primera estancia y pensé —con una calma que luego me resultaría sospechosa— que aquel era un lugar donde el tiempo no avanzaba, solo se repetía con pequeñas variaciones, como un sueño bien mantenido. Fue entonces cuando la vi. Una chica alta y delgada que luego sabría se llamaba Susana, estaba de pie junto a la pileta, tocando el borde con los dedos, como si esperara que el agua respondiera a un llamado íntimo. No fue amor a primera vista. Fue algo más inquietante: la sensación de que ya la conocía sin saber desde cuando. —Siempre para así, medio seca —me dijo sin mirarme—. Pero a veces me da el presentimiento que va a llenarse. No supe qué responder. Me senté cerca a ella, no quería ser demasiado invasivo. Permanecimos en silencio un rato, un silencio cómodo, casi trabajado. - No te había visto antes, ¿eres nueva? Este es un pueblo pequeño, se que todos se conocen, yo estuve aquí hace años, llegué a trabajar varios meses pero nunca te ví. - No, mi familia se ha mudado aquí reciencito, hace unos días nomas, el clima me encanta, en su punto justo, que hay de ti. - Yo soy turista, vengo a visitar a unos viejos amigos, ir a las cataratas de Condornada a darme unos clavados de película y sobre todo salir de la monotonía de Lima. - Si, aquí la monotonia no existe, solo la rutina, Huacapongo es como un paraíso perdido, no hay nada mejor que la naturaleza. - Asentí solo por compromiso, no sabía lo equivocado que estaba. II Nuestra cercanía no se hizo lenta. Tampoco fue suave. Fue inmediata, como si algo en ambos hubiese estado esperando ese encuentro para comenzar a funcionar. Ese día, fue EL DIA, lo recuerdo con tanta claridad, parecía uno de esos de otoño que transmiten una tenue melancolía. Estábamos en el campo, sentados en el pasto, suave y húmedo, éste hacia la vez de un colchón natural. Estábamos recostados apoyados en un árbol, mirando al cielo y al lado una canasta que traía dentro nuestra merienda. Derrepente le dije: - Mira, hoy me salió una arruga en la frente. - Te ves más maduro, más guapo. - De adolescente me sentía inmortal, pero ahora, en las noches desde hace meses, antes de dormir en mi mente se apodera el pensamiento de que me iré arrugando progresiva e inexorablemente, debilitando, perderé cada vez más masa muscular, cada vez emergerán más enfermedades, sentiré dolor, me debilitaré tanto y eventualmente mi corazón ya no latirá. Habré muerto y luego mi cuerpo, este cuerpo que ves, comenzará a hincharse, tanto que reventará y saldrán gusanos dentro de mis entrañas comiéndose todo lo que soy, eso es algo inevitable como que el sol saldrá mañana. - El cuerpo es una ropa intercambiable, el alma es inmortal, eterna, es tu esencia - Replicó ella. ¿Que crees que haya después de la muerte? -le pregunté intrigado. - Despertaremos. - ¿Qué? - Te ves tan tierno así de asustado. Luego apoyo su cabeza en mi hombro, mis latidos se aceleraron, yo la miré, sentía como si solo existiéramos los dos, estábamos tan cerca. Ella levanto su rostro, yo me acerque a ella lentamente y nos besamos por primera vez. En ese momento sentí como si me uniera a ella, pero no solo a ella sino que Susana era un puente con el mundo, con los árboles, con los apus, con mis amigos y enemigos, con la tierra y el cielo, con los pájaros e incluso los temibles gusanos. Mi miedo al decaimiento y la muerte se desvaneció. Me sentí como en el concierto de Green Day, uno con la masa, mi esencia se disolvía y se mezclaba con la totalidad, pero en ese momento no supe pensarlo así, simplemente lo experimenté. No era ese estado urobórico de los recién nacidos que no saben distinguir su yo de su entorno, era una fundición consciente y armónica cómo si mi esencia se fundiera con el cosmos. Si bien cada vez que la besaba era especial, la primera vez causó un cambio en mi que siempre me acompañaría. Y así el tiempo pasó, solíamos salir de excursiones y caminabamos mucho, recorríamos las chacras, los montes, bordeábamos el río Virú, atrapabamos cangrejos para luego dejarlos ir. Hablábamos de nosotros, me contó, de su niñez, sus amigos, sus miedos y sueños. Yo hacía lo mismo. Susana tenía una forma de mirarme que me desarmaba: no evaluaba, exigía presencia. Lo raro es que eso me movía a hablar lo que pensaba, no contenia, no reprimia, simplemente fluía. Y eso implicaba que a veces discutieramos, con una intensidad que me sorprendía a mí mismo. Yo elevaba la voz, entonces sentía subir una agresividad antigua —no violenta, pero sí cortante, impaciente— y, por primera vez, no la reprimía ni la descargaba en silencio. La discutía. La pensaba en voz alta. Nos reconciliábamos con la misma intensidad con la que peleábamos. El cuerpo era un lenguaje más honesto que las palabras. Con ella descubrí algo perturbador: que incluso mis impulsos más ásperos podían ser redirigidos no por la culpa sino por un vínculo. Por eso, ella me intrigaba, nuestra relación era única. —No me mires como si yo fuera una variable —me gritó una noche—. No soy un fenómeno que tengas que explicar. Nunca hagas eso en mí. —No intento explicarte —Intento entenderte. III Una tarde estábamos almorzando en la posada de la señora Gladys, en eso ella nos ofreció el refresco del día, un Brugmansia. - ¿Un qué?- Dije desencajado. - Brugmansia, ¿nunca lo han probado chicos? - Preguntó Gladys. - No, dijo Susana. Yo lo probé tímidamente como quien no quiere aparentar descortesía, tome sorbo, casi suelto el vaso al probarlo, ¿que era eso? No era dulce ni salado ni ácido. Eso no encajaba en ninguna de esas categorías. Describirlo es como explicar que es el color rojo a un daltónico. El lenguaje no me permite comunicar algo que subjetivamente no ha sido experimentado con anterioridad por un otro. Lo intentaré, ese refresco era algo así como un sabor tranquilo, calmado en la lengua que hacía que te emocionaras por lo rico que era. Las veces siguientes le dije a la señora de la posada que eche más de la esencia. Quería hacer ese experimento culinario. Era delicioso, su sabor en una versión intensa no era como una limonada con bastante azúcar o cancha bien salada, era insondable, místico, tranquilizante, quizá hasta el punto de ser embriagador. Susana por su parte nunca probó un solo sorbo, dijo que no era de experimentar cosas nuevas. Otra curiosidad en Huacapongo eran los sueños que tenía. Yo no soy de soñar con frecuencia al dormir. En esos veía imágenes pasar: mi guitarra, frutas, el vaso de Brugmansia, mi rostro, un rostro hermafrodita mitad varón mitad mujer, a mi madre, mi gata fallecida de la infancia, distritos de Lima, luego de fondo la oscuridad y puntos, incontables puntos. Como quien contempla la infinitud del universo a través del cielo estrellado. Y luego despertaba en la rutina de Huacapongo, el pequeño paraíso al que me sentía conectado. Sin embargo, debo admitir que a veces me empecé a sentir desubicado, en especial cuando ella no estaba conmigo, mismo navegante en medio del océano sin una brújula. Por eso llevaba un cuaderno de apuntes a todo lado. Empecé a tomar nota de cuanto evento se me atravesará. IV Aún así, la mayor parte del tiempo eramos felices, yo diría que un 90 porciento pero es curioso que nos acordemos con especial énfasis de esos momentos desagradables aún así esta represente una insignificante fracción de lo vivido. En esa dichosa fracción discutíamos con pasión, con la misma con la que vivamos nuestros días. Yo le reclamaba ausencias imposibles de explicar: horas que no recordaba, conversaciones que ella juraba haber tenido y yo no. Ella me reprochaba mi obsesión creciente, mi necesidad de registrar todo. —Estás intentando sostener esto con la cabeza —me dijo—. Y no se sostiene así. —¿Entonces cómo? —Madurando —respondió—. Pero no sabes hacerlo. Una noche golpeé la mesa con el puño. No fue un estallido, fue una medición: cuánta fuerza podía ejercer sin romper nada. Me asustó descubrir que ella no retrocedía. —Si vas a destruir algo —me dijo—, que sea la idea de control que tienes. V El primer fallo de realidad llegó sin aviso. Estábamos almorzando cuando de repente mi cuchara atravesó el plato sin hacer ruido. La dejé caer al piso, sobresaltado. - ¿Que pasó corazón? - La maldita cuchara atravesó el plato, ¿cómo explicas eso Susana? —Dije. - Yo no vi nada, eso debe estar en tu cabeza, solo se te cayó la cuchara. Ella se inclinó a levantarla. Entonces me miró con una ternura insoportable. —Todo está bien. Pero ya no lo estaba. En otra ocasión, el cielo se detuvo por un instante, como una imagen congelada, y luego retomó su movimiento. Me levanté de un salto. - Viste eso? Estoy soñando - Dijo Susana. - ¡Esto es un juego! —grité—. Un juego. Yo solo trataba desesperadamente de evitar evocar todo pensamiento que haría darme cuenta de que mi estancia en el paraíso en el que me encontraba era efímero. Iba a cambiar de tema, entonces ella habló con firmeza: - Tenemos que ver que esta pasando corazón, no quiero creer que esto es una fantasía, que eres mi fantasía. Salí a dar una vuelta al parque perturbado en silencio VI Silbidos de aves que se transformaban en canciones, calles nuevas que aparecían, vecinos con rostros cambiados. A ello, mis racionalizaciones y evitaciones eran insostenibles. ¿Era yo su sueño? Pero yo tenía una vida, apenas la recordaba, vivía en Magdalena del Mar, estudiaba antropología. Y los sueños que yo tenía? Solo eran imagenes, no había acción, Si fuese al revés, yo fuese el soñador y ella la soñada? Ella también tenía las mismas inquietudes por lo que decidimos alargar el sueño lo más humanamente posible, por lo que le dije para ir a la biblioteca municipal. VII Luego de una breve caminata llegamos a nuestro objetivo. Ella, me dijo que nunca había visto esa biblioteca, ni había escuchado de ella, es más, le parecía que las casas contiguas habían cambiado de forma y color y que la calle no debería estar así. Yo no supe que decir, simplemente sabía que ella estaba equivocada pero no quise enfrascarme en una discusión absurda. Entramos en el sótano de la casa que estaba al lado de la iglesia. Sin electricidad constante, sin Internet, sin bibliotecario, solo velas que parecían nunca consumirse. Filas de estantes cubiertas de libros de lo más variopintos. Encontramos volúmenes que no figuraban en ningún catálogo: Recuerdos desagradables, recuerdos extintos, San Lucas el peregrino Autoconocimientos hirientes y prohibidos, Juan Proleon el visionario - Y estos parece que tienen títulos de terror, ni se te ocurra abrirlos - dijo Susana. - Tengo la sensación de que nos espera algo desagradable - repliqué. Seguimos caminando, observando más libros, pero llegamos a encontrar lo que buscábamos: Tratado breve sobre la extensión del sueño, Anselmo K. Manual práctico de onironautas andinos, Sor Eladio de Huacapongo. La repetición infinita, autora anónima. Leíamos en voz alta. Subrayábamos pasajes. — Aquí —dijo Susana—. Mira esto. El sueño no se prolonga por fuerza, sino por vínculo. Todo intento químico sin ancla afectiva termina en fragmentación del yo. Ella me agarro la mano con miedo, nunca la había visto así hasta entonces — ¿Y si el ancla se pierde? —preguntó. — Yo soy tu ancla —le dije— Mientras nos recordemos bien, el sueño se sostendrá. Practicamos las técnicas, el ambiente se estabilizaba, las incongruencias disminuían, nuestra estancia se mantenía, pero ¿hasta cuando? VII El tiempo paso, uno corto, de negación de esfuerzo por mantenernos juntos. En una ocasión estábamos caminando entre las chacras, a lo que ella me dijo - Hagamos una promesa, sea quien sea el soñador o el soñado, el otro lo buscará. - Es una promesa ! pero si los dos somos soñados? - Estaremos en otra forma dentro de la cabeza de nuestro creador y quizá regresemos siendo otras criaturas, ahora disfrutemos, somos como Adan y Eva. - Por que? Hay mas personas aunque son secundarias. - Porque estamos en un paraíso que es solo para los dos, no nos falta nada y hasta no tenemos que trabajar. - Si, pero ya nos quieren expulsar y somos conscientes de nuestro inminente fin. VIII El mundo empezó a degradarse. Bordes borrosos. Colores saturados. Susana se volvió translúcida. — No te vayas —le dije. — No despiertes —respondió ella—. Aprende a volver. La plaza se disolvió. Abrí los ojos. IX Desperté en mi cuarto de Lima. Mi mamá tocaba la puerta con violencia. - Son las 11 de la mañana, no haz ido a clases, ¿qué te ha pasado, estas bien? - Si, ya salgo -grité. Confirme desolado que Susana era una construcción. Y me percaté de que Huacapongo figuraba como escenario onírico recurrente durante las ultimas semanas, pero eran sueños cortos, medio insulsos y solo eran la antesala de algo más grande. Estaba en el último ciclo de sociología, supe en detalle quienes conformaban mi familia: mis padres, tíos, primos, mi abuela ya había fallecido hacia pocos meses, esas eran mis pertenencias, ese era mi estatus socioeconómico. Esas eran mis metas en la vida, esa era mi vida. Susana era solo un sueño de una noche, era solo una chica con la que pase una noche. No lo acepté. Ese día falté a la universidad, estuve por decirlo en una palabra confundido.Pronto me propuse una empresa por no decirlo con otras palabra imposible e incluso para la mayoría absurda: replicar el sueño de Huacapongo y reencontrarme con Susana de nuevo. En un par de días empece a usar un diario de sueños, gran error mío fue esperar unos días, los eventos oníricos se olvidan a las pocas horas de haberlas vivido, no se cuanto de Susana habré olvidado para siempre. Comencé a leer sobre neurociencias, psicoanálisis e interpretación de los sueños, fisiología de los fenómenos oníricos, sus fases, lo poco que se sabe de estos y sus misterios. Leí al excéntrico neurocientífico Julian Jaynes el cual decía que en cada humano hay dos seres habitando dentro, a Freud, a Jung, a LaBerge. Había tanto que se desconocía de los sueños. Eventualmente con mis ahorros compré un reloj inteligente para cuantificar las horas y fases de sueño, empecé a suplementarme con citocolina y B4 antes de dormir para generar sueños más largos y reales, eventualmente tenía sueños lúcidos pero no encontraba a Susana en ninguno. Luego vi formas de ir más allá, incluí galantamina en mis experimentos. Los sueños se intensificaron. Soñé con ser un niño indígena en el Virreynato del Perú, un combatiente del MRTA en la época del terrorismo, un ser insectoide de una colmena extraterrestre de un planeta lejano, una mujer sacerdotisa de la antigua Caral. ¿Que era la realidad? Pero no tenia tiempo de filosofar en el significado de cada sueño, ni hacer turismo onírico, tenía que buscar la forma de rencontrarme con ese ser que me enseño mucho de mí. Leí, practiqué, fallé, iteré. Así, con práctica y mucha perseverancia, logré manejar técnicas avanzadas de encadenamiento de sueños: es decir tenía hasta cuatro noches consecutivas la misma historia onírica. Sabía cómo hacerlo. Fijar las manos. Repetir el nombre del lugar. Dormir dentro del sueño. No obstante, una vez perdido el encadenamiento ya no había vuelta atrás, no había retorno al sueño que había sido encadenado. Es así que nunca volví a encontrarla. Uno no escoge que soñar, el sueño lo posee a uno, lo que hacemos con ese material depende en pequeña parte de nosotros. X Meses después aparecieron síntomas: neuropatías, ideas de referencia, insomnio diurno. Un amigo me habló con franqueza. — Si sigues así, no vas a volver. — No quiero volver —respondí frustrado—. Quiero quedarme. — ¿Dónde? No supe qué decir. XI Ahora escribo esto sabiendo el poder transformador de lo onírico y lo frágil que es la conciencia. En mi sueño de Huacapongo no era consciente de eso pero ahora lo soy y además ya no estoy solo en esto. Tengo un equipo interesado en averiguar lo que hay detrás de los sueños. Inicia prueba número 130. Se añade protocolo wake-back-to-bed se entrará en fase REM en los siguientes minutos. Finalmente, a la galantamina se añade una presencia mínima de Brugmansia. El experimento comienza. Esta vez, estamos preparados.

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