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Mi vida con Napoleón
Tiene dientes grandes, chiquitos y filudos, pero no es un saurio. Tiene ojos de bella dama, pero es macho. Come como un elefante preso, pero es pequeño. Salta como pez volador, pero es un mamífero. Tiene grandes garras, pero no es ave de rapiña. No posee pelos en todo el cuerpo, pero no es un mango sin pepa. Parece una criatura de otro planeta, pero no es E.T.
Dina Emeteria Chávez Bellido
28 de octubre de 2025
7 min de lectura
Tiene la cola grande y pelada, pero no es rata. Llora cuando tiene hambre, pero no es un niño. Salta y corre todo el día hasta en sueños, pero no es venado. Tiene dientes grandes, chiquitos y filudos, pero no es un saurio. Tiene ojos de bella dama, pero es macho. Come como un elefante preso, pero es pequeño. Salta como pez volador, pero es un mamífero. Tiene grandes garras, pero no es ave de rapiña. No posee pelos en todo el cuerpo, pero no es un mango sin pepa. Parece una criatura de otro planeta, pero no es E.T. Es bello, engreído y muy mimado, pero no es Leonardo Di Caprio. Es un loco de atar, pero no hace falta el psiquiatra. Tiene un pecho musculoso, pero no es Rocky. Tiene patas largas de gacela africana, pero es cholo y peruano. Es un poquito mal educado, pero no es pirañita. Es tierno y dulce como una frambuesa en champán. Es orejudo, hocicudo, mal geniudo, apasionado, vehemente y se llama, Napoleón. -Dijo Claudia a sus amigas: Jenny, Ana, Charo, Margoth y Jazmín, mientras descansaban después de armar las carpas junto a los restos arqueológicos de Picoy en el distrito de Surco.
-Claudia, muéstranos el álbum de fotos de tu vida con Napoleón. -Dijo Yazmín. Total, tenemos una semana para realizar la excavación de la zona señalada por el profesor.
-Claro que sí. -Respondió Claudia. Mi vida con Napoleón fue intensa, maravillosa, llena de amor recíproca. Napoleón no fue mi mascota, fue mi gran amigo, mi gran confidente, gran depositario de mis emociones, mi gran compañero de viaje. Es el mejor regalo que me ha dado la vida hasta ahora. Solo existimos para amarnos. Ël lo supo y yo también.
-Claudia, queremos ver las fotos. -Replica Yazmín-. Luego nos vas explicando la historia de cada una ¡Ya!
-Mejor yo muestro una por una las fotos y tú, Claudia, vas explicando tu vida perruna. -Dijo Margoth, cogiendo el descolorido álbum.
-Eso está mejor. -Corearon en voz alta las chicas.
Este es un selfie en la calle y de noche. -Dijo Margoth. Tenías el cabello largo, Claudia, y con cerquillo.
-Esa foto es el encuentro histórico de dos almas peregrinas en alguna calle de Lima. -Dijo Claudia-. Ese pequeño bultito envuelto en mi pashmina y junto a mi pecho es el bebé perruno que encontré en la calle durante un invierno muy crudo, y a altas horas de la noche. Era un pichoncito calatito, mojadito por la garúa, afiebrado, con legañas y mocos que no le dejaban respirar. Estaba entre la vida y la muerte. No había tiempo para más. Tomé un taxi a la veterinaria que atendía las 24 horas, incluido los feriados. El doctor Fernández me regañó mucho y me preguntó el por qué había abandonado tanto al animalito. Dijo no estar tan seguro de salvarle la vida y que la culpa era mía. Al notar que sus ojos herían mi corazón, le conté la verdad. Aun así seguía molesto. Auscultaba al perrito con mucha ternura y delicadeza. Me dijo que era un animalito de experimento. Me mostró las orejas y la panza translúcidas y habló, ásperamente, diciendo que estaba totalmente anémico. Su vida pendía de un hilo. Le rogué que lo salvara. Le prometí cumplir al pie de la letra todo lo que me indicara para cuidar a mi chiquiperrito.
-Entonces comencemos. –Dijo el Dr. Fernández-. Mire la hora que es. Ya casi es de madrugada y yo tengo que descansar algo. ¿Qué nombre va a tener su perro?
-Napoleón. -Dijo Claudia-. Porque quiero que haga honor a su nombre y tenga la fuerza física y emocional para sobre ponerse a este mal momento.
-Ah, bueno, bueno…Total es tuyo. -Dijo el doctor. Me hace gracia que un perro peruano calato, rosado y con algunas manchitas marrones lleve nombre extranjero. Ahora va el tratamiento. Tiene que traerlo por 15 días a la clínica, sin faltar un solo día, para controlar su infección y luego aplicarle vitaminas gradualmente. Vaya al mercado y compre dos cuartos de osobuco y hágalo pasar por la máquina moledora. Dele un cuarto de carne molida cruda en la mañana y otro en la noche. Quiero que absorba todo el hierro y eso por un mes. Y para todo el día leche preparada porque todavía es un bebé.
-Lo que usted diga, doctor. -Dijo Claudia.
Ahora me siento mejor, pero también muy preocupada por mi nueva vida. – Se repetía Claudia. Tengo clases casi todos los días en la universidad, trabajo en las tardes en el Museo de Puruchuco y algunos fines de semana, o en vacaciones, hago excavaciones grupales fuera de Lima. Sólo sé que tengo que comprar un termo, dos biberones, una camita de perro, una calefacción, un canguro, pañitos húmedos, una crema de lechuga para piel fina, hisopos, pañales y enterizos para bebé perruno. O sea, modificar mi cuarto totalmente y acondicionar el patio para que Napito haga sus necesidades. Por un tiempo, me convertí en una “mamá canguro”. Viajaba con Napito, pegado a mi pecho, a la clínica, a las clases y al trabajo. Terminaba feliz el día, pero con mucho sueño.
-¿Esa ratita pelada es la frambuesa en champán? -Dijo Charo con una voz socarrona y se cayó patas arriba sobre la colchoneta armada dentro de la carpa.
-Era un bebé perruno, botado en el camino, con tres días de ayuno, era pues un pobre niño. -Dijo Claudia. Cada vez que recuerdo ese momento me duele el corazón y se me ponen los ojos llorosos. Borrando así la cara burlona de Charo.
-Aquí está bronceado y mediano ¿Dónde está? -Dijo Margoth.
-Ahí está en Chaclacayo, en una reunión sólo para perros peruanos. –Dijo Claudia-. Me dijo el doctor Fernández, que lo vio crecer, que Napito cumplía con los requisitos de su raza y que sería bueno que se apareara con una perra linda como él. Pero el caso no era tan fácil. Cada vez que crecía Napito pasaba un examen riguroso. Le medían el talle, le hacían caminar, saltar, correr y hasta le contaban los dientes. Ahí me entero que los perros peruanos solo tienen dientes delanteros. Por eso tragan y no mastican.
-Ese chaleco anaranjado le queda precioso a Napoleón. -Dijo Anita. Espero que encontremos fósiles de esta raza de perros en las excavaciones, aunque es sabido que eran mascotas de la realeza Preinca e Inca y que han sobrevivido hasta la actualidad.
-Es un regalo tener a Napito. -Dijo Claudia. Es probable que sus antepasados fueron guías y mascotas de nobles señores tales como: Sicán, Sipán, la señora de Cao, de los yungas, cabanas, paracas…Tal vez sus amos los amaban y hablaban en muchik, en culle, en tallán, en puquina, en quechua, en pocra, en aimara… O quizá acompañó hasta Pasto en Colombia a Pachacútec, o se dio un soberano baño de victoria en el río Maule de Chile, o quizá bordeó los linderos del Chaco argentino, probando así su energía de noble chasqui y fiel compañero.
-A los cuántos años tuvo crías Napoleón. Dijo -Jenny.
-A los dos años y medio. –Respondió Claudia-. Tuvo tres crías. Sólo me tocó una cría y me dio mucha pena porque Napoleón terminó con las orejas rotas, los hombros mordidos y el cuerpo rasguñado. Solo permití tres veces de apareamiento. Regalé a los museos de Lima a los hijos de Napoleón, previo compromiso documentado de que los iban a cuidar y amar y visita permanente. En varias fotos pueden ver a Napoleón visitando a sus crías hasta que los vio crecer y pudo jugar con ellos.
-¿Dónde está Napoleón en esta foto? –Preguntó con mucha curiosidad Margoth.
-Está en un parque detrás de la casa. -Respondió Claudia con el corazón partido. Es la última foto de Napito. Yo viajé de emergencia. Dejé encargado a Napito a una sobrina y esta le había encerrado en la azotea. Este vio pasar a una perra en celo y se tiró del tercer piso y se partió la columna en varias partes y tuvieron que dormirlo. Sus cenizas están en una cajita con la foto de Napito junto a las cenizas de las demás mascotas de la casa.
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