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Capítulo 4: La pandilla
Él era el único que tenía clara su misión en la vida: la música. No era un oficio ni un refugio, sino su manera de estar en el mundo. Su falta de visión había afilado ese oído absoluto que siempre lo guiaba. Era un líder sin proponérselo, el pívot que mantenía al grupo en equilibrio.
Francisco Dahoud
19 de enero de 2026
14 min de lectura
Ya hacía tiempo que había dejado atrás las ruedas de apoyo. Rulos zigzagueaba entre los edificios montada en su bicicleta lila escarchada, una verdadera saeta que destellaba con el sol. La campanilla tintineaba furiosa, sobresaltando a los vecinos que osaban cruzársele.
Su misión era ganar minutos. Debía recoger a su nueva amiga antes de llegar al ficus, el punto de reunión habitual de los viernes.
A metros de su objetivo, divisó a un trío de muchachos que se carcajeaban lanzando piedras a una atemorizada criatura que brincaba entre las ramas del árbol, buscando resguardo.
Rulos, al advertir la angustia de la indefensa ardilla, no lo pensó dos veces: sacó chispas a los pedales y se elevó sobre el arbusto que hacía de cerco entre la vereda y el jardín. Cayó hacia un costado del césped, lanzando su bicicleta contra los agresores, que quedaron pasmados ante ese misil púrpura. La embestida los arrojó al suelo y tardaron unos segundos en entender qué había pasado.
—¡Qué te pasa, chibola! —reclamó uno, levantándose a medias mientras se frotaba la marca de llanta estampada en su camiseta blanca.
—¿Qué te pasa a ti con la ardilla? —encaró Rulos, avanzando un paso pese a su evidente desventaja física.
El alboroto retumbó en la calle. Sol, al reconocer la voz de Rulos, corrió hacia la ventana. Su corazón le golpeó el pecho, al ver a la niña rodeada por los asaltantes.
—¡Déjenla! — gritó Sol con el miedo en la garganta. A ella, nunca le había tocado vivir una situación así.
—¿Qué tanto grito, niña? — Reclamó Teresa alcanzando a su sobrina.
René y Pato caminaban a su cita a través de ese conocido laberinto de edificios y jardines. Ellos, a diferencia de Rulos, vivían en el ala opuesta de la residencial. Próximos a su destino, una inocente voz —mezcla de ronquera y susurro— los alertó.
—Oye… ¿esa no es Rulos? —Preguntó Rene.
—Parece — respondió Pato.
—Sí, sí ¡Vamos, Vamos!
—Saltaron los arbustos y se lanzaron en su ayuda. René había dejado atrás a Pato, que se encogía de miedo al ver el porte de sus adversarios, pero aun así siguió tras su líder.
—¿Qué les pasa? ¿Son huevones o qué? ¡No ven que es una chibola! —gruñó René, con la adrenalina a tope.
Ani había salido a hacer unas compras, dejando a Pablo repasando unas piezas de Bach. De pronto, un grito quebró la calma. Pablo reconoció de inmediato la voz de Rulos. Se incorporó sin pensarlo, abandonó el teclado y se dirigió hacia el jardín, guiado por el alboroto.
En el otro extremo del edificio, Sol seguía con la preocupación latente. Venciendo su miedo, ignoró los llamados de su tía y corrió hacia el ascensor. Justo cuando las puertas se abrieron, se encontró con Pablo. Sin decir nada, le tomó la mano.
Ambos sintieron algo más que vértigo. Con Sol como guía, se lanzaron a toda velocidad hacia el conflicto.
Una petiza, un ciego, una pinky, un mocoso enclenque y su líder, se armaban de un imprudente valor para proteger a la ardilla.
Los atacantes, se encontraron desconcertados ante el cuadro que los enfrentaba. El más fornido girando la cabeza dijo resoplando:
—Puta… ya vámonos.
Dejaron caer las piedras que aún cargaban, se dieron media vuelta, y terminaron perdiéndose entre los edificios.
Rulos se agachó para recoger las nueces que habían salido disparadas de la canastilla de su bicicleta y, al sentirse a salvo, se echó a llorar.
—Ella es Sol. —dijo Rulos gimoteando sentada en el jardín.
—Holas. —Saludó soltando una tímida risa.
René y Pato quedaron hipnotizados por aquella cabellera radiante y los ojos azules cargados de melancolía. Rulos desde el suelo les dio una patada para despertarlos:
—Hola, Hola — dijeron al unísono.
Pablo, guiado por las voces, le extendió la mano a Sol. Ella la tomó, lo jaló con suavidad y le robó un beso en la mejilla.
—Hola, Pablo.
Envuelto por ese aroma que lo había cautivado días atrás, él respondió con una voz ligeramente temblorosa:
—Hola.
Y así, en medio del caos y las lágrimas, Sol se integraba a esa tribu variopinta.
El susto quedó atrás, pero la agitación aún palpitaba sus corazones, una buena charla era lo necesario para equilibrar el pulso. Se acomodaron en la eterna banqueta del edificio Las Orquídeas, a pocos metros del departamento de Pablo y Sol. Aquel espacio había sido el punto de reunión de distintas generaciones que crecieron en ese viejo complejo, un lugar repleto de secretos que, con solo detenerse a observar, dejaba escapar uno que otro. Ahora les tocaba el turno a los chicos, de crear los suyos.
René sacó del bolsillo de su camisa a cuadros —el uniforme extraoficial del grunge por aquellos años— una cajetilla de Winston rojo. En la cachina había conseguido un encendedor Zippo con un escudo que homenajeaba el Día D. Ya dominaba todos los trucos; esta vez decidió encenderlo rozándolo contra su bermuda de jean oversize.
Pasaban horas conversando de cualquier cosa —programas de televisión, deportes, gustos musicales, con Rulos siempre intentando jalar el molino hacia Madonna— y otras tantas nimiedades. Pero, de cuando en cuando, el pensamiento crítico afloraba. Las dudas sobre el futuro empezaban a tomar forma.
Pato y Rulos aún conservaban algunos vestigios de inocencia, pero sus primeras inquietudes existenciales ya comenzaban a asomar. Los mayores, en cambio, hacía tiempo habían sido alcanzados por el agobio de la incertidumbre. Y en todos, de un modo u otro, empezaba a resonar la misma pregunta:
¿Qué sería de ellos en unos años?
Le dio un par de golpes al cigarrillo, provocando la molestia de Rulos.
—Ya vas a empezar con esa vaina.
—Ninguna vaina, es solo un cigarrito —respondió René, alborotándole los crespos.
—Y tú ya sabes qué vas hacer saliendo del cole — Le preguntaba René a Sol con una postura indiferente, modo que usaba con las chicas que le parecían atractivas.
Sol se quedó meditando un momento. Si bien le encantaba la pintura, sabía que el camino del artista era duro —o eso siempre le habían advertido—; pero esta vez, su instinto prevaleció y respondió:
—Artista plástica, sobre todo me mueve la pintura. — respondió Sol guiada por su pasión.
—Eso de vender cuadros es difícil — replicó René
—Disculpa a mi amigo que es medio huevón, él no entiende lo que es el arte.
—A ti que te queda pues, pianista o masajista — soltó Rene sin miramientos.
—Ves que eres huevón — dijo Pablo y tras un instante de aparente tensión, ambos se echaron a reír.
El comentario de René le pareció a Sol un acto de bullying. Dudó entre decir lo que pensaba o callar. Aquella dinámica de amistad sincera, sin filtros ni disfraces, le resultaba ajena al mundo ordenado y aparente del que provenía. La confianza entre ellos era tal que les permitía romper, sin culpa, las barreras de lo políticamente correcto, algo que Sol iría entendiendo a medida que se adentraba en esa amistad.
Tras unas buenas caladas, la candela ya había alcanzado la marca. Cabizbajo, René dejó caer la colilla, que destelló al golpear el piso antes de ser aplastada bajo su pie como un insecto. Así se sentía él: un brillo fugaz destinado a convertirse en una cucaracha. Sabía camuflar sus temores —las tensiones de su casa por la falta de dinero y los vicios de su padre—; lo habían entrenado para aparentar que todo estaba bien.
Pablo, Pato y Rulos eran su equilibrio. La admiración sincera que le tenían sostenía su disminuida autoestima. A través de sus ojos, él era alguien valioso: un chico talentoso, capaz de brillar en todo lo que tocaba. Pero su profunda inseguridad, tarde o temprano, terminaba saboteando valiosas oportunidades.
Pato aún miraba el mundo a través del lente de la inocencia. Registraba en una libreta invisible cada detalle de su Sensei, René. Lo imitaba en secreto, aunque todos lo notaban. Se encerraba en su habitación para practicar frente al espejo: la forma en que él se plantaba, ese modo de hablar cargado de un carisma que rozaba lo mesiánico. Incluso ahorraba sus mesadas para comprar ropa que copiara aquella facha desaliñada pero precisa.
Prestaba atención a todo lo que alimentaba su veneración.
Y ahí estaba la ironía:
Pato veneraba al héroe que René no lograba ver.
Y, sin embargo, aquella misma admiración lo llenaba de temor. Se sabía lejano a su modelo y sentía que su destino terminaría relegado a ser una pieza más del sistema.
En cuanto a Rulos llegó al grupo casi por accidente.
Una tarde, mientras Pablo cruzaba el jardín principal de San Felipe, escuchó una vocecita que hablaba con dulzura a lo que parecía ser una mascota. Se detuvo, intrigado. Solía reconocer a los animales del complejo: la energía vibrante de los perros, el sigilo casi imperceptible de los gatos, el aleteo de las aves —tan distinto al de los murciélagos fruteros—. Pero esta vez no lograba descifrar con quién conversaba la niña. Aquella criatura tenía un movimiento distinto, algo que no encajaba en ninguno de los ritmos que él conocía.
—Hola… ¿con quién hablas?
La niña buscó con la mirada esa voz y dio con un chico que parecía perdidazo, hablándole al aire.
—Hola… estoy aquí —respondió—. Sentada al pie del ficus.
La respuesta orientó a Pablo, que se acercó hasta quedar frente a ella. Al verlo, la niña entendió de inmediato su condición.
—Ah… no te veía —dijo Pablo con un toque de sarcasmo.
La niña soltó una risa contenida; no quería que sonara a burla.
—Pero cuéntame, ¿con quién hablas? —insistió Pablo.
—Con mi ardilla.
—¿Ardilla?
—Sí. Hace unos meses que vive en el ficus.
—Y cómo es? ¿Me puedes contar?
—Uhm… es asustadiza, debe ser porque está sola y es pequeña. Su cola es pomposa y se mueve como los equilibristas del circo, pero mejor. A mí ya me conoce y no me tiene miedo. Cuando escucha que abro la bolsa de papel, se acerca en dos patitas, me mira con sus ojos que parece que se le van a salir, y mueve la nariz rapidito… es bien mosca ya sabe que traigo nueces.
A Pablo le alcanzaron esas palabras. Cuando la niña mencionó la soledad de la ardilla, percibió que, sutilmente, se le quebraba la voz; entendió entonces que ella también andaba sola.
—Soy Pablo, ¿y tú eres…
—Lara.
—¿Y vienes seguido? ¿Vives por aquí?
—Vengo a diario; si no, ¿quién le da de comer a la ardilla? Vivo en Los Arrayanes.
—Uhm… ¿en la primera etapa? Yo vivo en Las Magnolias, ese edificio que está frente al ficus.
Pablo, con su brújula interna, señaló con precisión el edificio.
—¡Pablito! —alertaba René desde la vereda.
Atravesó, con una ligereza casi felina, los arbustos sin podar que ya superaban el metro de altura; en un par de trancos alcanzó a su amigo.
—Oye, ¿y qué haces aquí con esa… Rulos?
—Me llamo Lara.
—Pero Rulos te queda mejor —respondió René con un guiño pícaro.
Ella se sintió movida por el encanto del chico; sus cachetes regordetes y pecosos se tiñeron de color. La niña, incluso, parecía dispuesta a acoger el improvisado apodo.
Hoy, a Rulos la habrían encasillado en algún trastorno, pero esa naturaleza anticlimática era lo que la hacía especial. Pablo, que tenía el don de captar la esencia de las personas, no tardó en reconocer la bondad escondida tras su ansiedad.
—Mañana vamos a juntarnos a escuchar unos discos en la casa de un amigo que vive en Los Robles. Va a estar su hermana mayor y tiene un cajón lleno de CD. ¿Quieres venir?
—Oye, ¿qué haces? No sé si a Pato le agrade la idea… —se acercó René a Pablo y, con disimulo, le susurraba al oído.
Rulos quedó desconcertada; nadie antes la había invitado a nada sin que mediara una obligación.
—¿Y… qué dices?
Se le iluminaron los ojos y respondió:
—Claro, ahí estaré. Llevo algo.
—No, nada. Solo buen ánimo.
René exhaló resignado y encogió los hombros, como quien dice: ni modo.
Y así fue como Rulos fue acogida por el grupo, que con paciencia aprendió a quererla. Pero incluso mientras reía con ellos, temía que, cuando fuera mayor, la soledad regresara a buscarla.
Podría pensarse que Pablo era quien cargaba la mochila más pesada. Es lógico pensar que la ceguera sería un lastre inevitable. Pero él no lo vivía así. No extrañaba ver; ¿cómo anhelar lo que nunca había conocido?
Él era el único que tenía clara su misión en la vida: la música. No era un oficio ni un refugio, sino su manera de estar en el mundo. Su falta de visión había afilado ese oído absoluto que siempre lo guiaba. Era un líder sin proponérselo, el pívot que mantenía al grupo en equilibrio. Igual que en sus composiciones, su mayor preocupación era preservar la armonía. Y ahora le tocaba encontrar un lugar para Sol dentro de esa melodía que recién empezaba a gestarse.
Se encendían los escasos postes que apenas iluminaban San Felipe. La luz amarillenta proyectaba sombras en las veredas y jardines, que poco a poco iban quedando vacías. Y, aunque ellos podían seguir conversando hasta el amanecer, había llegado el momento de despedirse. René y Pato atravesaron todo el complejo acompañando a Rulos hasta su casa. Pablo y Sol regresaron juntos, de la mano. Él no necesitaba guía alguna, pero no la soltó. Ambos disfrutaron de ese corto paseo cotidiano y se despidieron con un tímido beso en la mejilla que los dejó soñando despiertos, preguntándose si ambos habían sentido lo misma sensación: una mezcla de vértigo y ternura.
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