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La habitación 28 de julio: El evangelio de los parásitos
La larva parecía atrincherada entre los conductos auditivos y la extracción parecía imposible. Se apalancó levemente sobre la cabeza del anfitrión, logró extraerla, pero sintió una mordida sobre el dedo que terminó por desprenderle una uña.
Gabriel Granda
25 de noviembre de 2025
10 min de lectura
La fiebre nocturna no cedió hasta el amanecer; se había quedado adherida a su camiseta de algodón pima, manchándola de sudor hasta tornar el blanco en amarillo. Abrió lentamente los ojos, teñidos del color de la sangre, bajo los cuales se dibujaban dos medias lunas moradas. Estiró las piernas, suspiró levemente y se dirigió al baño de la habitación del hotel donde se hospedaba desde hace tres días.
El tocador aún estaba impregnado de insecticida, por lo que dejó la puerta entreabierta mientras se peinaba el cabello castaño frente al espejo, intentando ocultar algunas canas. Se lavó la cara y se cepilló los dientes, recordando que tanto el baño como el dormitorio tapizados en granate, estaban plagados de cuerpos inertes dorados esparcidos por el suelo de mármol, manchándolo de hemolinfa y sangre. Algunas esquirlas doradas flotaban sobre aquel escenario. El aire sabía a cobre y azufre. Respirar era lamer una moneda sucia. Se palmeó el rostro y dirigió la mirada al espejo situado sobre el lavabo circular, donde parecía haber pequeños cuerpos calcinados.
—Miquelo, Miquelo—pronunció con una voz ronca. Sus ojos estaban inyectados sobre el vidrio y sus manos sudaban.
—Fallaste la misión. —respondió el reflejo y por un momento sintió que su rostro se transformaba en el de un parásito de laboratorio.
Preparó una cuchilla descartable para rasurarse e inicio por el bigote, llegó hasta la barbilla, pero al llegar al cuello se percató de un pequeño orificio en la piel en el cual brotaban hilos de sangre mezclados con un polvillo de cristal dorado.
—¡Uta! ¡Mierda! ¡Es uta! —bramó con furia, cubriendo la herida con un bálsamo de afeitar para frenar la hemorragia. El aroma del insecticida aún perduraba y se mezclaba con el bálsamo, generando un hedor mentolado que llegaba hasta el esófago, ocasionando náuseas. Se empapó la cara e intentó seguir afeitándose, pero las hojas empezaron a temblar al compás de un zumbido tortuoso que nacía en el dormitorio. Esto lo motivó a dejar la labor a medias y pensó en ir por el insecticida, pero recordó que era inútil si no podía acompañarlo con alguna llama: en la madrugada se había agotado el gas de su encendedor, incinerando apenas a una décima parte de aquel enjambre maldito. Sin más opción, se deslizó en silencio en dirección hacia el dormitorio, en búsqueda de una navaja oxidada que había escondido bajo la almohada. El zumbido se intensificaba, taladrando sus tímpanos con cada paso que daba. Tomó el arma y rompió la almohada para extraer algunos trozos de espuma y se tapó los oídos. Registró la habitación minuciosamente: revisó las esquinas, el florero que había llenado con azúcar, el velador y el minibar, pero no halló nada. El sonido persistía, incesante, y eso lo frustraba. Las orejas le ardían y jadeo un poco. Se acercó hacia la ventana: había gotas de lluvia que no cesaban desde la medianoche. Observó el filo oxidado de su navaja e intuyó el origen de aquel zumbido: quizás solo podría provenir del único cadáver distinto al resto de los invertebrados. Aquel cuerpo inerte llevaba pelaje negro y azabache. Yacía bajo la cama. Se colocó unos guantes de látex que guardaba en su maleta y lo examinó rápidamente. Los restos pertenecían a un gato negro, de unos cuarenta centímetros. Revisó bajo las patas, de donde creía que emanaba el ruido y no tuvo éxito. No estaba dispuesto a rendirse, aunque tuviera que destripar al animal. Pensó fugazmente en sumergir el cuerpo en una cubeta de ácido para revelar al parásito, pero decidió buscar una vez más entre las garras, las uñas afiladas, la nariz triangular y el hocico. No había nada y el sonido aun raspaba como un cuchillo sobre un plato de loza.
En un gesto de compasión fúnebre, acarició la melena del cadáver y deslizó los dedos hacia las orejas puntiagudas. Fue entonces cuando sintió un movimiento subcutáneo; comprendió que el zumbido provenía del interior de la oreja izquierda, marcada por mordidas de peleas callejeras. Intentó utilizar su navaja, pero el gesto de compasión genuina que tuvo hace unos instantes lo detuvo. Ingresó uno de sus dedos y logró sentir la temperatura cálida de la larva que intentaba perforar el cráneo y alojarse en el cerebro.
La larva parecía atrincherada entre los conductos auditivos y la extracción parecía imposible. Se apalancó levemente sobre la cabeza del anfitrión, logró extraerla, pero sintió una mordida sobre el dedo que terminó por desprenderle una uña. La criatura desplegó unas alas membranosas, intensificó su zumbido violentamente, hasta que fue silenciada por la culata de la navaja que Miquelo usó hasta quebrarla. Una, dos, tres veces. El tórax parecía de hierro. El crujido fue seco, definitivo. El exoesqueleto dorado estalló, liberando una pasta verdosa y morada. Ya no había belleza, solo una mancha de materia orgánica triturada, irreconocible, convertida en barro con esquirlas doradas sobrevolando la escena del crimen.
Miquelo contuvo el aliento. Se quitó los guantes y vio como la uña salía hechas grietas dividiéndose del dedo. Fue por un vaso de agua y alguna píldora sedante para no sentir el ardor de su cuello y de la uña. Fotografió la habitación para elaborar un informe detallado y sintió que alguien respiraba tras la puerta. Actuó con prisa, sus movimientos corporales se hicieron veloces y se cubrió las heridas con una gasa estéril y cinta adhesiva, ocultando la carnicería bajo una fachada de higiene. Se vistió mecánicamente con una camisa de seda blanca e inmaculada. El tejido suave acarició su piel, ocultando el horror bajo la elegancia de la clase dirigente. Se anudó una corbata, se puso un saco y un pantalón de corte escoces. Y volvió al baño a ver su reflejo, el hombre que le devolvía la mirada ya no era un carnicero; era un funcionario público, un engranaje respetable de la maquinaria estatal.
Fue por su laptop dentro de la habitación. La pantalla iluminó su rostro con una luz azulada y espectral. No escribió el informe detallado, ya no había tiempo, ni necesidad de explicar el fracaso; el fracaso tiene su propio olor y estaba seguro que las noticias llegarían antes que cualquier informe o correo.
Dudo un poco y escribió solo una línea, dirigida a una dirección encriptada que dejaría de existir en diez minutos:
El asunto decía: Merma. El cuerpo del mensaje: La muestra ha sido aniquilada. Contención física ejecutada. Solicito extracción inmediata. El agente está comprometido. Cerró la tapa del ordenador y se tocó el vendaje en el cuello. Por un segundo, juró sentir un movimiento debajo de la gasa. Un cosquilleo fantasma. O quizás no era un fantasma. Quizás alguna libélula había dejado huevos en el torrente sanguíneo antes de morir.
Agarró su maleta de ruedas, guardó todo lo que le pertenecía, se puso un abrigo gris y salió al pasillo con la barbilla mal afeitada. Colocó una etiqueta de “Reservado”, sobre la manija de la puerta. Alzó la mirada y vio que el nombre de la habitación era 28 de julio y relucía en color dorado pero plastificado. Delante de él una alfombra roja se extendía como una lengua larga y silenciosa, esperando tragarlo.
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