Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Enamórate del silencio (Capítulo 9)
El primer minuto nos sonreímos, primero con los labios, y luego con los ojos. Para el segundo, nuestras miradas se paseaban de los ojos, a los labios, y de los labios, a los ojos. Me di cuenta de que estábamos más cerca y que podía sentir el calor de sus mejillas sobre las mías. El tiempo pasaba, pero decidí ignorarlo, quería dilatar este momento, hacerlo infinito, ralentizar el tiempo, que dure mucho más que solo 240 segundos. Ella se acercó más, pegó su frente con la mía, y sus ojos se enfocaron en mis labios.
David Vidal
03 de febrero de 2026
31 min de lectura
¿Cómo uno se enamora? Difícil de responder, especialmente para alguien que no sabe con certeza si estuvo o no enamorado. Pero, ¿es posible creer que uno está enamorado? ¿O forzar un sentimiento tan puro, tan manido y tan preciado?
La respuesta es sí.
Y es que el aburrimiento y el ocio no solo son los padres de muchos vicios, sino también de muchas respuestas. Qué sino pudo haber estado haciendo o pensando Arthur Aron cuando decidió responder a la pregunta: ¿Se puede uno enamorar de forma controlada?
Arton optó por usar dos teorías de la psicología moderna: la de la generación de cercanía interpersonal, y la autoexpansión del yo. Suena difícil de explicar, pero no lo es. Es más intuitivo de lo que parece, tanto que la misma explicación, una vez escuchada, puede caer dentro de la obviedad de lo evidente.
La generación de cercanía interpersonal no es más que sentir conexión con el otro. Requiere de conocer y ser conocido, es decir, de compartir información relevante, como pueden ser los sueños, miedos, pesares, etc. Requiere, también, de escuchar y sentirse escuchado. Obvio, ¿no lo crees?
El otro ingrediente, la autoexpansión del yo, no es más que el uso de terminología ampulosa para describir lo que uno siente cuando aprendes a hacer nuevas cosas gracias al otro. Es decir, cuando expandes tu identidad gracias a la presencia de una, o un tercero.
Dos simples ingredientes, pero, ¿cómo es posible instilarlos en dos personas y generar el sentimiento más flamígero de todos?
Simple, a través de preguntas, que generan, a su vez, dudas, y estas dudas, respuestas, que antes que verdades, son ideas que aparentan ser verdades. Es decir, que basta hacer las preguntas indicadas para que uno crea conocer al otro y ser conocido, para que uno se sienta más completo gracias al otro, y para uno creer que dentro de sí ha nacido una verdad que responde a cuatro letras: amor.
Esta es una receta de cocina peligrosa.
Entonces, ¿es posible creer que uno está enamorado? ¿Es posible confundirlo con otra cosa?
Pareciera que la respuesta obvia es sí, pero a estas alturas, no lo sé.
Algo me dice que no.
De todas formas, creer que uno está enamorado te condena, inevitablemente, a estar enamorado.
***
—Huevón, ¿qué tal, cómo estás?—dijo Jonás, al otro lado de la línea.
No supe qué responder. Estaba agitado, y la imagen de Takeshi regresaba a mi con cada parpadeo.
—Huevón, ¿qué fue? ¿Cómo te va con el reto?
Silencio.
—¿Estás allí?
Tragué saliva. Lorena me miraba fijamente, con extrañeza, tratando de adivinar quién me estaba llamando.
—S…sí.
—Oye, ¿estás bien? ¿Te eliminaron?
—No...no. No. No.
Hubo otro silencio. Podía escuchar la respiración de Jonás al otro lado de la línea.
—¿Qué fue? ¿Te dan miedo los tríos? —y Jonás soltó una profunda carcajada.
No dije nada. Solo miraba los vehículos pasar, evitando parpadear.
—No, no. Solo…solo me falta escribir. Solo eso. No…no es buen momento…
No dijo nada. Lorena me seguía mirando, con esos hermosos ojos acaramelados, gélidos como el hielo.
—Huevón, ¿perdiste no? ¿Te elimin...
—¡No!¡Lo único que parece importarte es el concurso! ¡Este concurso… este concurso es una mierda!
Lorena hizo un gesto de sorpresa. Sus pupilas se dilataron, y sus labios se entreabrieron. Volví en mis cabales. Me sentí avergonzado de haberle gritado a Jonás.
—Tranquilo, tranquilo, dime, ¿qué pasó? —dijo jonás.
—Nada. No pasó nada. Nada, nada…
Lorena me alcanzó unas servilletas, es allí que me percaté que estaba llorando otra vez.
—No sé que tendrás, pero si no te eliminaron, nos vemos en la siguiente fase. Yo estoy por viajar a Estados Unidos a cumplir el reto. Me emociona el trío, pucha, esa gringa está fuertota, para chuparse los…
Le colgué. No podía soportar que mientras para mí la experiencia había sido tan traumática, para él fuera tan fácil, hasta placentera. Quién sabe, escribir no era lo mío, y este concurso así me lo enrostraba con cada reto. Esto, tal vez, no valía la pena, ni el esfuerzo. Esto era una locura.
Lorena se sentó a mi costado. No dijo nada, solo me acompañó, mientras esperaba a que me calmase.
—Ya…ya creo que pasó.
—Esteban, usted no está bien todavía. ¿Quiere que le acompañe a casa?
Sí, eso era lo que quería. Ansiaba que me llevara de la mano, me escuche, me comprenda y me diga que todo estará bien. Que la muerte de Takeshi no había sido mi culpa, que todo era un malentendido, y el concurso no era más que un estúpido delirio. Sí. Quería decírselo de un grito, eso quería, pero solo salió un tímido asentimiento de cabeza, seguido de otros más, y más, hasta que sentí sus pechos en los míos. Me abrazó.
—Vamos, mijo. Usted ya pasó por mucho hoy…
Pedimos un taxi y llegamos a mi departamento. Subimos por el ascensor, en silencio. En frente de la puerta, al buscar mis llaves, todavía me temblaban los dedos. Abrí la puerta, y allí estaba Bob, mi perro. Se quedó quieto, moviendo la cola, mirando con detenimiento a la extraña visitante. Ella también no se movió. Permaneció debajo del dintel de la puerta.
Bob me lamió una y otra vez el rostro. Lo abracé, y por ese instante sentí, otra vez, que todo estaba bien, que yo era el mismo de siempre, y que nada había cambiado. Bob se acercó a Lorena, que quieta, lo miraba con desconfianza.
—No te preocupes, a Bob le caen bien las mujeres.
La rodeó moviendo la cola en un eterno vaivén. Lorena seguía inmóvil. Bob se detuvo, y apoyó su cabeza en una de sus rodillas, y la miró como solo él sabía mirar. Intercambiaron miradas: la de él llena de ternura, y la de ella, indescifrable.
—Le caes bien…
Lorena no respondió.
—Puedes caminar, no te va a morder.
Entró a mi departamento. Estaba desordenado, para variar, con pelos desperdigados en cada recodo del laminado, con polvo sobre los muebles, y comida sobre las vajillas. La invité a sentarse en el sofá de la sala, mientras llenaba de agua el plato de Bob. Fui a mi cuarto un momento, y ya en cama me pregunté si no sería buena idea invitarla a entrar. Habíamos compartido nuestros cuerpos, nos conocíamos de pies a cabeza, al menos físicamente. Pero solo dejé que esa idea se fuera como vino, hasta desaparecer como si nunca hubiese existido. Cuando retorné a la sala, Lorena estaba en una esquina, mientras que Bob le sonreía a su manera.
—¿No te gustan los perros?
—Sí, solo que…hace años tuve un pequeño incidente con uno. Solo eso…
Me senté a su costado, en silencio. Nos acompañamos incómodamente. Esa mudez se hizo más y más estruendosa. Por suerte, ella fue la que cedió a romperla.
—¿Está mejor?
—Sí. Gracias por acompañarme, de veras. No tenías por qué.
Lorena me sonrió.
—Es usted muy bueno. No pierda esa inocencia, aunque una parte creo que ya se la robé…
Reímos, y no pude evitar sonrojarme.
—Esteban, por favor, no se olvide de terminar el reto. Es un relato simple, ya sabemos lo que pasó, solo hay que escribirlo.
Lorena se despidió de mí con un abrazo, sin mirar a Bob, que la escoltó cortésmente hasta que salió del departamento. Me quedé solo otra vez. No pude evitar sollozar un poco. La imagen de Takeshi, sus sesos, sus piernas, sus ojos, todo regresaba a mí en forma de insufribles flashes. Era ahora, tenía que escribir el reto que lo tenía fresco y literalmente en mis retinas. Me costó terminarlo, pero lo hice.
Lo conté todo.
Desde cómo hicimos el amor, hasta la confusa muerte de Takeshi, y cada vez que vacilaba, solo tenía que cerrar los ojos y recordar, una vez más, esa terrible imagen punzante y esos ojos que todavía me juzgaban.
Envié el texto. Lorena hizo lo suyo también. No tuvimos que esperar mucho tiempo, pues en menos de tres días ya teníamos el veredicto. ¡Felicidades, han pasado a la siguiente fase del concurso de escritura! Y con ese mensaje, el siguiente reto: Viaja con el miembro restante de tu grupo a cualquier lugar del globo. En ese viaje, tendrás que hacer el siguiente listado de preguntas, de acuerdo a las instrucciones que en ese mensaje se explican. Mucha suerte. Plazo, 1 semana.
***
Lorena leía y releía el mismo libro de siempre. Una y otra vez revivía las aventuras de Axel, Hans y Lidenbrock en su camino hacia el centro de la tierra. Para sus regalos de cumpleaños no dudó en pedir otros libros, del mismo autor. Y así fue como llegó a sus manos de la tierra a la luna, vuelta al mundo en ochenta días y veinte mil leguas de viaje submarino. Con ellos llegaron también periódicos antiguos, revistas de segunda mano y cualquier cosa que pudiera leer y releer.
Se convirtió en el bicho raro de la familia. Mientras sus hermanos jugaban con carritos de juguete y salían a montar bicicleta, ella se recluía en un pequeño espacio, al costado del closet de su madre, y leía. Los libros resolvían sus dudas. Le enseñaron a defenderse de sus hermanos, a castigarlos con las palabras, a cuestionar a sus profesores. “El hombre vino del homínido, no del mono”, me la imagino diciéndole a sus maestros con la soltura y convicción con la que yo la conocí, aunque todavía con la inocencia, que pronto, llegaría a perderse.
Con los años Lorena creció en una Colombia que sufría de ataques y apagones por las noches. En esa soledad, y a oscuras, iluminada solo por la luz de la velas, los libros actuaron de lumbreras. Sin embargo, cuando el mundo de los libros alumbra la mente, alumbra todos los recodos, incluso aquellos a los que uno no quiere ver.
Su hermano mayor encontró una caja de basura, y en ella habían juguetes, cubiertos, basura y solo un libro, con tapa desgastada . Se acordó de Lorena, de su pequeña hermana, y con una sonrisa en el rostro se lo regaló. “Espero te leas este también”, le dijo. Lorena lo sostuvo entre sus largos y finos dedos, que desde ya atisbaban que pronto dejaría de ser la niña de la casa, para convertirse en mujer, y no pudo leer el título en la tapa. Lo abrió y en la primera página, sobre un papel amarillento, decía: Bella de día, y abajo, Belle de Jour. Miró a su hermano mayor, y le sonrió como nunca antes. En esa sonrisa, y en el rubor de sus mejillas, el hermano percibió una belleza inalcanzable que, poco a poco, empezaba a florecer.
Bella de día marcó un antes y un después en la vida de Lorena. Con esa novela Lorena aprendió que una mujer puede llevar una doble vida, si así lo quiere. Que puede engañar, si así lo quiere. Y que el amor puede traer consigo mucha culpa, aun así no lo quiera. Vio de primera mano como Severine usaba abrigos de piel, sombreros y vestimenta discreta para esconder, debajo de su ropa sobria, lencería de seda y sus lascivos quehaceres. Como Severine se iba siempre caminando, y regresaba a casa de la misma manera. Como Severine llegaba a casa oliendo a tabaco, a perfumes varoniles y sudor, para luego darse un exhaustivo y larguísimo baño.
A Lorena no le costó mucho darse cuenta. Recordó haber visto lencerías en un rincón del closet. Que su mamá siempre se iba y retornaba a pie, como si su trabajo fuera a pocas calles de casa. Que su mamá siempre evitaba abrazarla cuando llegaba, y que antes de acompañarla a ella y sus hermanos se daba largas duchas. Un largo y metódico baño. Y recordó también el olor de algunas de sus ropas. Un olor agrio, sibilino, hasta ajeno a las costosas fragancias de su madre.
Lorena nunca se lo dijo, aunque tampoco tuvo la oportunidad de hacerlo.
Una noche su madre no regresó a la hora de siempre. Ella y sus hermanos durmieron preocupados, pero con la esperanza de que al día siguiente su madre volvería y, como todas las mañanas, los despertaría con gritos cariñosos y un delicioso desayuno. Pero no. Ese desayuno nunca llegó. Lo que llegaron fueron las noticias de que el cuerpo desmembrado de una mujer había aparecido en las afueras de la colonia, cerca a un terreno descampado.
Los hermanos la lloraron varias semanas. El peso de la responsabilidad cayó sobre el mayor de ellos, quien tuvo que dejar sus sueños y asumir una desventura que hasta solo unos días le era ajena. Consiguió trabajo como seguridad en un burdel de la zona, uno de los más concurridos de Medellín, probablemente porque algún conocido de la madre, más por lástima que por necesidad, le regaló esa oportunidad. Sin embargo, en esas noches largas, el hermano mayor veía esas curvilíneas siluetas bailar al compás de la música. Le gustaban esos cuerpos, pero por dentro le fustigaba el no poder asirlos, auscultarlos con minuciosidad, hacerlos suyos. Y siempre que regresaba a casa, de madrugada, saciaba sus impulsos en el baño, cerrando sus ojos e imaginándose junto a esas mujeres.
A la par Lorena fue creciendo. Sus curvas se hicieron más maduras, su cuello más espigado, sus caderas más anchas, y sus pechos más abultados. Se convirtió en una hermosa mujer, que resaltaba en la colonia por la extraña mezcla de sus rasgos, que combinaban la cálida sensualidad latina con la fría belleza de los nórdicos.
Una madrugada, el hermano mayor llegó alicorado. Había visto como la más hermosa de las escorts se iba a revolcar con un grupo de viejos adinerados. La más hermosa, y la única que le respondía a sus saludos. Esa noche compartieron una mirada, que él creyó escondía algo más, pero sus ilusiones se perdieron al momento que ella ingresó a la zona vip del antro, seguida por varios y descoordinados pasos. Herido en el alma, se refugió en la cerveza. Cuando llegó a casa, se fue al baño a desahogarse, como siempre, pero encontró a Lorena, que lo miró con sorpresa. “Hola Hermano”, le dijo. Él sabía que era ella, pero todavía no podía acostumbrarse a que esa pequeña niña, a la que años atrás había regalado ese libro de tapa vieja, ahora fuera la mujer más codiciada de la colonia. De repente lo hizo sin proponérselo, o simplemente descargó algo que había dentro de él y que tarde o temprano iba a explotar. La agarró del cuello, prendió la ducha, y la desvistió a la fuerza.
—Hermano, ¡qué hace!¡Me lastim…!
Él, sin decir palabra, le tapó la boca, mientras apretaba su cuerpo desnudo, y mojado. Ella se resistía, trataba de gritar; él se bajó el cierre y el resto no le fue difícil; ella gimió, pero el ruido del fluir del agua encubrió el horror; ella trató de zafarse, pero comprendió que era imposible. Sus lágrimas se mezclaron con el agua y, ya sin voluntad, esperó a que terminara, cerró los ojos e imaginó qué hubiera hecho Severine. Ella, de seguro, hubiera disfrutado, se dijo para sus adentros. Se suponía que debería de ser hermoso, pero no lo era. Severine le había mentido, el libro le había mentido. El sexo era lo más horrible del mundo.
Todo terminó con unos gimoteos. Él se fue, tambaléandose, al cuarto que compartía con su otro hermano, mientras que ella, con la ducha todavía encendida, pensaba si darse un largo y metódico baño o quitarse la vida.
***
El cielo iqueño estaba oscuro, con algunos puntos centelleantes en el cielo. El guía y nuestro grupo se encontraba frente a una de las estatuas del Parque de las Brujas de cachiche. Era un brujo, parado sobre un pedestal, con un cráneo a la altura del corazón, y otro sobre un gran bastón erguido. Una mano de la imagen apuntaba al cielo, justa a esas estrellas que nos alumbraban con timidez.
—Este es el brujo de la virilidad. El mito dice que si te tomas un selfie con esta estatura, usted y su pareja tendrán gemelos y muchos hijos, y…
Miré a Lorena. Ella siguió con la mirada los relatos del guía, mientras yo buscaba la suya. No volteó a verme. Por dentro algo me invitaba a tomarme un selfie con ella, aunque fuera por gusto, solo por aparentar ser una pareja más dentro del grupo.
Como ya era de noche decidimos terminar el tour. Volvimos al hotel, uno recién inaugurado, de varios pisos, pero sin ascensor. Camino a nuestra habitación repasé las preguntas en mi cabeza. No eran difíciles, solo un mero cuestionario cuyo significado ignoraba. Solo preguntas me dije, nada más que preguntas.
Pedimos algo de comer, nos sentamos en la cama, y ella apagó las luces. Solo dejó prendidas las del baño. Me miró con esos ojos, más gélidos que nunca bajo la luz tenue de la noche.
—¿Quiere comenzar usted, o prefiere que inicie yo?
—Creo…creo que mejor tú.
Lorena sonrió.
—Bueno, primera pregunta—se pasó la lengua por los labios—. ¿Tiene alguna corazonada acerca de cómo va a morir?
Tragué saliva.
—Algo me dice que no viviré mucho. Quién sabe, pero tal vez de un infarto, o diabetes. Mírame, estoy gordo, como mal, creo que es muy probable que de diabetes.
Lorena rió.
—lo digo en serio—dije y me reí también. —¿Y tú?
Hubo un silencio.
—No sé. Estuve cerca de morir algunas veces. La verdad es que quisiera morir ya de mayor, bastante mayor, habiendo conocido antes a una persona que vengo buscando desde hace tiempo.
Asentí involuntariamente. Ahora era mi turno.
—¿Te gustaría ser famosa? ¿De qué forma?
—Esa es fácil. Me encantaría ser una escritora conocida, y que me lean. Eso me gustaría.
—Aunque si eres una escritora famosa, no se si eso cuenta como ser famoso de acuerdo a los cánones de lo que consideramos como famoso, ¿no crees?
Lorena sonrió.
—Es correcto. Pero eso me gustaría ser. ¿A usted?
—Creo que sería lo mismo, de todas formas, para eso estamos aquí, ¿no? Para ser escritores famosos.
Asentimos.
—Di tres cosas que crea usted que tiene en común conmigo.
Me detuve un momento antes de contestar.
—A ambos nos gusta leer, aunque no sé si los mismos libros. Asumo que a tí te gusta leer poesía…
—¿Lo asumiste porque soy mujer?
—Sí…
—Pues se equivoca. La poesía me aburre…a excepción de la producida por la pluma de Bukowski…
—Eso es algo que tenemos en común. Lo otro es que nos gusta escribir, ya vamos dos. Y lo tercero—puse mi mano en el mentón. Me sonrojé y esbocé una sonrisa.
—¿Qué? —Lorena sonrió.— ¿Qué es gracioso?
—Bueno, lo tercero es que ambos tenemos pechos…
Ambos reímos. Yo con timidez, pues no sabía si ella lo hizo más por pena que por espontaneidad, pero creo que fueron de esas sonrisas disforzadas, las que te arrugan las comisuras de los ojos, las honestas. Al menos eso quiero pensar.
—Ay Esteban, es usted un bárbaro. Mire, yo coincido en todo menos en lo último, porque lo mío no es igual a lo de usted. Pero mire, se la doy, aunque como tercer punto en común yo incluiría que a ambos nos gusta la comida peruana. Aunque a usted más que a mi al parecer.
Ambos volvimos a reír.
Y así continuamos con preguntas para romper el hielo, hasta que llegamos a aguas ligeramente más profundas.
—¿Hay algo que haya usted deseado hacer desde hace mucho tiempo?¿Por qué no lo ha hecho?
Me quedé en silencio. Había muchas cosas que hubiera deseado hacer. Se me vino a la mente Jonás, me hubiera gustado decirle lo que siento por él. Eso era lo más urgente en mi cabeza. Traté de pensar en otra cosa, otra menos vergonzosa, otra menos dolorosa. Algo que empatice con ella, pero que a la vez fuera sincero.
—Mis escritos, nunca se los enseñé a nadie. Estan allí, en mi drive, ocupando espacio innecesario. Pero allí están, a la espera de ser leídos. Quisiera que alguien, alguna vez, los lea, y que descubra en ellos algo de mí. Cualquier cosa, aunque sea algo malo, o algo bueno, quiero creer que un poco de mí está en esos documentos.
Lorena se quedó un momento mirándome. Ya me había acostumbrado a la oscuridad, y la veía más hermosa que nunca.
—Eso fue bonito. En mi caso…en mi caso quisiera encontrar a mi padre. Sé que escribió un libro, una crónica acerca de la guerra de los carteles en Colombia, pero solo eso. No tengo ni el título del libro, ni el año de la publicación. Quisiera encontrarlo y preguntarle por qué…por qué se fue de Colombia, por qué nos dejó.
Sentí su pena a través de sus palabras. Solo la acompañé con mi silencio cómplice, nada más podía hacer.
—¿Cuál es tu recuerdo más valioso? —pregunté.
Lorena suspiró.
—Cuando mi hermano mayor me compró el libro Bella de día. Ese libro fue como un antes y un después, me enseñó mucho acerca de la vida, de las relaciones, de los afectos, y de las pasiones. Ese es mi recuerdo más bonito.
Le sonreí.
—El mío fue… fueron dos. Una, cuando conocí a mi perrito, Bob, en la calle. Me seguía todos los días, todos, cuando iba al tambo de la esquina a comprar comida. Un día, uno caluroso, Bob entró buscando algo de sombra, y ellos lo botaron con un papel periódico. No soporté verlo así, y fue allí que lo adopté.
—Eso fue bonito. Yo no tengo ese gusto con los animales, será porque un perro me mordió hace años. ¿Y el otro recuerdo?
No me había dado cuenta de que, sin querer, había ventilado algo que no quería decir. Me rendí ante mis cavilaciones y tuve que ser sincero.
—Cuando conocí a un amigo. Cuando lo conocí en un taller de escritura, me acuerdo que él contó una historia acerca de su perro, y de cómo falleció por no castrarlo a tiempo. Ambos congeniamos bastante bien por eso.
Lorena me miró con suspicacia.
—¿Son muy buenos amigos?
—S..sí. Éramos, ahora estamos un poco distanciados.
—¿Fueron pareja?
Estoy seguro de que me sonrojé.
—N..no, no, ¡No! ¿Por qué lo piensas?
—Es que es medio extraño que uno de tus recuerdos más valiosos sea el conocer a un amigo…
—Es que soy hijo único. Cuando lo conocí fue como encontrar a mi hermano perdido—mentí.— El que tanto le pedía a mi madre cuando era niño. Alguien con quien compartir esto, mi pasión por leer.
Lorena rió con disimulo.
—Bueno…ahora diga usted tres frases usando nosotros.
—Nosotros, estamos sobre esta cama, haciéndonos preguntas raras. Nosotros…nosotros hemos viajado hasta Ica, hemos escuchado la historia de la palmera de siete cabezas, y la del brujo de la virilidad. Vimos cómo las parejas se tomaban fotos, sonrientes…
—Esteban, ¿usted quería una foto con el brujo?
—No, no. Bueno, lo pensé, pero no somos pareja ni nada. Solo, no sé, no sé. Nos vi como ellos, en una foto, no sé.
Lorena sonrió y me miró con ternura.
—Me lo hubiera dicho—hizo una pausa.—Yo feliz de tomarme una selfie con usted.
Esa frase, a esa cadencia, y en ese momento, descompuso algo dentro de mí. Jonás, al menos esa noche, pasó a un segundo plano.
—Yo también, yo…yo también. Hubiera sido una bonita experiencia. Bueno, falta una oración más eh…Nosotros vimos cómo moría Takeshi, debajo de esas rieles. Hasta ahora, a veces, veo su imagen, y tengo pesadillas.
—Lo sé… Cuando vinimos en el bus te escuché pronunciar su nombre y temblar. Le tapé con una manta y se calmó, pero sí, a usted le chocó mucho ver eso.
Solo asentí, con agradecimiento.
—Bueno… nosotros nos conocimos en el aeropuerto de Lima. Nosotros…nos conocemos de pies a cabeza, al menos físicamente—Lorena sonrió con picardía.—Y nosotros…nosotros nos llevamos bastante mejor de lo que yo esperaba. A veces dicen que soy muy fría, y mandona, pero usted como que se adaptó a lo que soy. Como que ambos embonamos, en cierta manera.
Nos miramos en silencio. La noche estaba más oscura, pero la veía más resplandeciente que nunca.
—Comparte un momento vergonzoso de tu vida.
—De repente es más triste que vergonzoso, pero hace algunos años, cuando leí Madame Bovary, me quedé prendida de cómo había decidido quitarse la vida. Me parecieron literatura pura esas escenas en donde se describe su agonía, sus dolores de estómago, su sabor a tinta en la boca, todo. No sé, sé que suena estúpido, pero por algún motivo empecé a cargar arsénico en un pequeño pote, como el que supongo tenía Madame Bovary. Dentro de mí, de mi locura, me parecía literatura pura morir como ella. Por esos años tenía una vida muy difícil, y a veces me imaginaba tomándome esa botella, hasta el fondo. Un día las cosas se complicaron mucho y, bueno, decidí tomarme el arsénico…
Mi mano abrazó a la suya. Sus ojos se inundaron, pero no rebalsaron.
—Y me acobardé. Salí corriendo de la habitación donde había decidido sería mi última parada, corrí y corrí, pedí ayuda como nunca, la gente me vio y de seguro creyeron que estaba loca, y sí, de cierta forma lo estaba. Una señora me ayudó y logró que me llevaran al hospital, donde me hicieron un lavado gástrico y me administraron suero, una chimba de suero—hizo una pausa, sonriente.— Recuerdo que incluso aparecí en el periódico, porque cuando salí a correr por las calles, no me había percatado, pero estaba solo con ropa interior. Fue algo traumático, pero que llegó a convertirse en una anécdota muy vergonzosa…
—Yo nunca viví algo así—me quedé callado un momento, mientras mis dedos acariciaban los suyos.—Mi recuerdo más vergonzoso probablemente sea mi primera vez…sí, ese es el más vergonzoso.
Su sonrisa retornó.
—Ay, Esteban, ¿tan mala fue?
—Mire que no pude hacerlo con la chica.
—¿No? ¿Estaba fea?
—No, para nada, me encantaba…
—¿Así como yo?
No supe qué responder. Quería gritarle que ninguna mujer se parecía a ella, que ninguna voz me hacía palpitar como la suya, que me moría por tocar esa pálida y tersa piel, hacerla mía una vez más.
—No, no como tú.
Mi rostro se acercó al suyo. Ella también. Podía sentir su respiración en mis labios, y ver sus ojos enfocados en los míos. Estaba tan cerca, y a la vez tan lejos, solo tenía que acercarme, enrostrarle, y esperar. Solo eso, pero eso tan simple fue tan difícil.
Lorena desvió su mirada y leyó la siguiente pregunta.
—Dime algo que ya te guste de mi.
Mierda. Había tanto que hubiera sido imposible decirlo en una sola frase, y ella lo sabía. Su mirada, de alguna manera, había penetrado en mi cabeza, podía leerme los pensamientos, ella sabía que desde esa noche en los olivos yo ya era suyo.
—Tus… tus ojos. Me gustan tus ojos. Aunque a veces los percibo fríos, hasta gélidos, siempre es bueno darse un baño con agua helada de vez en cuando.
Sonreímos. Había perdido la cuenta del número de sonrisas compartidas de esa noche, de todas formas, no importaba.
—A mí… a mí me gustan nuestros silencios.
No esperaba esa respuesta e, inconscientemente, me quedé en silencio, dándole la razón aunque no supiera porqué.
—Es extraño sentirse cómoda con alguien en los silencios. Es normal que dos personas conversen, se rían, se enojen, pero que ambos se sientan cómodos estando callados, sin decir palabra, eso es algo inaudito. Y para mí, de repente, una cosa muy bonita, y que realmente atesoro de su persona. Sus silencios son precisos.
Escuchamos el paso de un carro a las afueras del hotel. Iba lento, quizás muy lento, o de repente éramos nosotros, dilatando el tiempo.
—Solo nos queda una pregunta, bueno, una instrucción, Esteban. ¿Está listo?
Asentí.
La última instrucción era vernos a los ojos por cuatro minutos. Activé el cronómetro, y así lo hicimos. El primer minuto nos sonreímos, primero con los labios, y luego con los ojos. Para el segundo, nuestras miradas se paseaban de los ojos, a los labios, y de los labios, a los ojos. Me di cuenta de que estábamos más cerca y que podía sentir el calor de sus mejillas sobre las mías. El tiempo pasaba, pero decidí ignorarlo, quería dilatar este momento, hacerlo infinito, ralentizar el tiempo, que dure mucho más que solo 240 segundos. Ella se acercó más, pegó su frente con la mía, y sus ojos se enfocaron en mis labios. Sentí su aliento, era cálido, divergente del resto de ella. Junté mis labios con los suyos. Comenzamos una coreografía desenfrenada, a ritmo del silencio, de los carros que transitaban lento, y de la pálida noche que soliviantaba nuestros más oscuros deseos. Nos compenetramos con naturaleza, y ese tiempo que yo quise infinito, fue solo un instante, pero uno muy bello. Me sumergí en esas lagunas gélidas, me perdí en esos ojos, y respiré de ese cálido aliento. Nos hicimos uno, compenetramos nuestros cuerpos, hasta que nuestros mustios gemidos desaparecieron y solo quedamos nosotros y el silencio.
Al día siguiente fuimos a Huacachina, e hicimos un paseo en los tubulares, surcando dunas de arena, una tras otra, en libertad, y con mucho temor, que aprovechamos para juntar nuestros cuerpos y enlazar nuestros destinos, al menos por esos instantes. Parecíamos una pareja, una muy moderna por nuestra diferencia de edades, pero eso no nos importaba, al menos a mi no.
De regreso al hotel, y ya cercanos a la fecha límite, decidimos escribir, y nuestros silencios volvieron a compaginarse, solo escoltados por el sonido de los teclados.
Cuando envié el relato, ella ya se encontraba dormida. La vi en ese estado, perdida en dios sabe qué historia. No quise interrumpirla y solo me acosté a su lado. Era nuestra última noche juntos.
De regreso a Lima, en el bus, entretenidos con una de esas películas extrañas y aleatorias con las que te sorprenden los viajes interprovinciales, un correo llegó, era del concurso de escritura. Lorena pareció no darse cuenta, o se hizo la desentendida. Yo no aguanté la ansiedad y miré el mensaje.
Están pre-eliminados. Uno de ustedes no cumplió con el desafío. Su siguiente reto es: traicionar la confianza de tu compañero(a) y lastimarlo(a), provocando un daño irreparable. El jurado se reserva el criterio para escoger al ganador.
Volteé a verla. Ella sabía lo que había hecho, y no lo ocultaba. Su gélida mirada apareció de nuevo, y congeló mi furia, mi enojo, pero no lo que sentía por ella.
Estaba condenado a ser eliminado.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil