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El gran salto

Entonces, por fin, se decidió. Frente al vacío, apretó los labios, tomó un largo respiro y ajustó una vez más la correa del arnés. Tensó cada uno de sus músculos. Escuchó el leve crujir del puente. Sintió el frío del viento en la cara.

Gerardo Cárdenas
08 de enero de 2026
8 min de lectura
Frente al vacío, con el arnés puesto y la cuerda lista para estirarse, Quique recordó la primera vez que sintió vértigo. Fue en la secundaria, cuando subió al cuarto piso del colegio. Se asomó por encima del muro y lo que vio lo obligó a brincar hacia atrás. Podía jurar que vio cómo el piso venía desde lejos solo para estrellarse contra él. El salto hacia atrás se repitió muchas veces. En el despegue de los aviones. En el piso 17 del edificio de sus padres. En un palco del estadio nacional, donde prefirió sentarse apenas asomó la cabeza. Y, por supuesto, en el puente colgante en el que se encontraba ahora. ¿Cómo había llegado hasta aquí, con su arnés ajustado, su casco, y cientos de metros de nada a tan poca distancia de sus pies? La respuesta tenía 21 años, pelo negro y perfume de lavanda. Sandra, una de sus compañeras de estudio en la facultad, no solo había sido quien propuso viajar en grupo, sino que fue la primera en saltar en bungee desde el puente. —Es increíble —le dijo, todavía sin recuperar el aliento, con las mejillas rojas y los ojos brillantes—. Esta vez sí, ¿no? Quique había intentado enamorar a Sandra de diversas maneras, sin éxito. La había llevado a bailar, al cine, a cenar frente al mar. Pero cada vez que se sentía listo para declararse, un repentino escalofrío lo hacía retroceder. Se quedaba en silencio y así transcurría el resto de la cita. Es por eso, pensaba Quique, que saltar era el primer paso para concretar la declaración de amor. Después, meditaba Quique, vendría la respuesta secretamente recíproca de Sandra. Luego, soñaba Quique, el enamoramiento intenso. El gran salto, desvariaba Quique, podía llevarlo incluso al matrimonio, a una casa con un jardín mínimo que regaría al atardecer, a los hijos y a un perro acostumbrado a esperar. Entonces, por fin, se decidió. Frente al vacío, apretó los labios, tomó un largo respiro y ajustó una vez más la correa del arnés. Tensó cada uno de sus músculos. Escuchó el leve crujir del puente. Sintió el frío del viento en la cara. Por un instante pensó en buscar a Sandra entre la gente, pero no levantó la cabeza. Solo miró el vacío frente a él. Retrocedió un paso. Luego otro. Se sacó el casco, desabrochó el seguro del arnés y regresó a la zona segura, lejos del puente. No levantó la mirada del piso, ni siquiera cuando Sandra lo llamó por su nombre. Esa fue la última vez que Quique vio a Sandra, pero aún sueña con un jardín mínimo y un perro acostumbrado a esperar.

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