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Ojos (Capítulo 8)

Contesté. Al otro lado de la línea escuché una respiración. De pronto, hubo un resuello, y gritos, varios. Mucha gente empezó a correr, algunos espantados. Una señora se persignó, mientras otros sacaban sus celulares. Yo seguía en la llamada, repitiendo una y otra vez el nombre de Takeshi. No había respuesta. La llamada había finalizado.

David Vidal
15 de enero de 2026
19 min de lectura
En un bosque cercano a Nueva York, unos muchachos se encuentran en un campamento. Empieza a llover. Se escuchan truenos, y se observan pequeños destellos en el oscuro firmamento. Los chicos buscan refugio, pero se ven forzados a arrastrarse uno a uno por debajo de una alambrada. De pronto, el cielo se ilumina. Se escucha un sonido estruendoso, seguido de un pitido agudo y casi imperceptible. Un chico, que estaba debajo del alambrado, se detiene en seco. Empieza a oler a quemado. El chico cae, ingrávido, sobre el césped. A pocos metros, cerca del alambrado, uno de los muchachos respira agitado. Sus pupilas están dilatadas, sus manos sudan, y le cuesta respirar. Ese chico, años más tarde, será Paul Auster, famoso escritor de novelas como la ciudad de cristal, el palacio de la luna, Baumgartner, entre otros. Esa experiencia marcó un antes y un después para Auster. Y fue base capital para muchos de sus futuros escritos. Y es que, ¿alguna vez viste morir a alguien? No muchos responderían que sí. Ver la vida escapar de un cuerpo todavía caliente es impactante. Es imposible que uno no se pregunte: ¿cómo será en mi caso, cuando sea mi turno? Lo que te sucede después solo puede ser explicado, o entendido, por alguien que pasó por ello. Quieras o no marca un punto de inflexión. No creo que presenciar una muerte sea un requisito insoslayable para que alguien sea un escritor de peso, pero, es triste admitirlo, es de gran ayuda a la hora de evocar recuerdos para escribir. Es el primer cruento contacto con la crudeza de la vida. Y es, probablemente, de las epifanías más dolorosas, pero a la vez más fructíferas. Una vez que eres testigo de ello siempre puedes acudir a ese recuerdo. Si un día estás triste, solo cierra los ojos y piensa en ello. Te seguirás sintiendo triste, pero verás que no tanto. Y si estás muy alegre, piensa en ello para que entiendas que lo que te sucede es algo inaudito y, por ende, digno de mucha alegría, pero al darte cuenta de ello, irónicamente, terminarás por sentirte menos alegre, o hasta triste. Y si no tienes nada que escribir puedes aplicar la misma fórmula. No muchos pueden decir que pasaron por esa experiencia. Y los pocos que sí pueden reconocerse entre ellos. Solo tienes que mirarlos a los ojos. *** El nombre de Takeshi apareció en la pantalla. Lorena colgó. El celular volvió a sonar. Lorena volvió a colgar. Nos miramos con timidez. Ella me sonrió, acercó sus labios a los míos. Un zumbido nos interrumpió nuevamente. —Maldito hijueputa gonorrea… Lorena contestó. Un rostro oscurecido se mostraba en la pantalla, solo se escuchaba una respiración profunda y molestosa. —Habla, gonorrea, ¿para qué nos llamas? Ya estás eliminado El rostro no decía nada. Parecía recién estar procesando lo que estaba sucediendo. —You sex, you sex… Lorena blanqueó sus ojos. —Hijoeputa, ¿para eso llamas? No dijo nada. —¿Quieres ver, gonorrea? ¿Quieres ver cómo te eliminamos? Takeshi seguía sin responder. Lorena colocó su celular en un rincón de la habitación. Se aseguró de que toda la cama fuera captada por la cámara de su celular y volteó a verme. Era una mirada juguetona, con sus ojos caramelos dilatados. Ladeó la cabeza a un lado, y luego a otro. —¿Bueno, pues? Tragué saliva. Ella se acercó, me dio un abrazo. Sentí su respiración. Vi la cámara del celular, el rostro oscuro viéndonos al otro lado de la pantalla. Eso me gustó. Sentí la líbido recorrer por mis venas una vez más hasta llenarlo todo. Dejé de pensar, y solo cedí ante la inercia de lo inevitable. Nos volvimos uno otra vez, y con las caderas fusionadas, batallamos contra las sábanas con desenfreno. Empezamos a elevar nuestras voces. Mis dedos apretaban su piel con fervor, tratando de asir hasta sus entrañas. Era mía, y no quería soltarla. Continuamos hasta que ya no pude más. Terminé. Ella se juntó a mi. Sentía su agitación, su palpitar acelerado, y la erótica humedad de su piel. Se levantó. Pude admirarla una vez más. El afortunado, sin dudarlo, era yo. Agarró el celular, mientras sonreía a la pantalla. —You are eliminated, chinese gonorrea motherfucker—y colgó. Nos miramos en silencio. Se empezaron a escuchar unos gemidos, provenientes de la habitación contigua. Estallamos en carcajadas. Es allí que tomé conciencia de la situación, me di cuenta de que estaba desnudo y la vergüenza me invadió el rostro. Ella se fue a bañar, y yo me quedé solo en la habitación, despreciando mi rolludo reflejo en silencio. Cada uno volvió a su casa. Creía que eso sería todo, reto cumplido, Takeshi eliminado. Estaba equivocado. Al día siguiente, mientras escribía, mi celular empezó a vibrar. Lorena, pensé, y una sonrisa se dibujó en mi rostro. Hola, soy Takeshi, quiero hablar con tu. Apreté la mandíbula. ¿No que ya estaba eliminado? Al parecer no. Estoy en Lima. Quiero encontrar con tu. Por favor. Contéstame. Mierda. Está en Perú. Takeshi se dio el trabajo de viajar por medio mundo, solo, para cumplir el reto. Me empecé a sentir mal por él. Traté de pensar, mas no podía. Mi celular timbró, era él. Colgué. No sabía a quién más escribir. Lorena, Takeshi me está escribiendo. Está en Perú. Aguardé unos momentos. Takeshi volvió a llamar. Le volví a colgar. Dile qué es lo que quiere, porque ya está eliminado. Quiere verme, al parecer. ¿Seguro? Le pregunté a Takeshi si quería verme en persona. Me dijo que sí, que quería disculparse, que no quería ser eliminado, no de esta manera, y que, aún así no nos encontremos, él haría el reto por su cuenta y mandaría su texto. Se lo comuniqué a Lorena. Para mi sorpresa, me dijo que lo ideal sería vernos, que a lo mejor de ese encuentro salía alguna buena historia. Y, a sugerencia de ella, nuestro sitio acordado fue la estación Gamarra del tren eléctrico. Para su propia desdicha, Takeshi aceptó. *** De lo poco o mucho que compartí con Lorena, pude recabar sus historias, hilarlas y darme una hipótesis de quién fue ella. Cómo se volvió esa mujer tan apasionada que conocí. La primera mujer que disfruté sin un pago de por medio y cuyos cabellos rojizos quedaban opacados por el flamígero fervor de su voluntad. Nació en Colombia, Medellín, al norte de la comuna 9 (Buenos Aires) 45 años antes de aquel encuentro que tuve con ella en Lima. Era la menor de tres hijos. Sus dos hermanos mayores eran de otro padre que, por aquellas circunstancias del destino, había sido asesinado en la guerra de carteles del narcotráfico. Ella era diferente a su familia, y no lo supo hasta que cumplió 6 años de edad, en las aulas de su colegio estatal, cuando muchos amiguitos se acercaban a ella con timidez; cuando las niñas cuchicheaban a sus espaldas y la miraban con cierto recelo, y las profesoras la trataban distinto; cuando una de sus amiguitas le confesó que parecía un ángel, como los de las figuritas de la virgen del Carmen. Lorena sonrió, y no perdió esa sonrisa durante todo ese día. Ella fue con esa noticia de regreso a casa, junto a sus hermanos, pero no les dijo nada, prefirió esperar a su mamá. Ella llegó tarde, como todos los días, y le regaló una gran sonrisa cuando la pequeña se lo contó. Lorena insistió, le preguntó por qué sus cabellos eran rojizos, por qué sus ojos eran de color caramelo, por qué su piel era blanca, si ella y sus hermanos eran de pelo negro, ojos marrones y piel morena. La mamá sonrió de nuevo, mientras suspiraba. Lorena insistió una vez más. La mamá se la llevó a su pequeña habitación. En ese diminuto cuarto, con un techo de calamina y paredes sin tarrajear, una cama ocupaba casi todo el espacio y, frente a ella, había una pequeña mesa de noche con un espejo y una lámpara. La madre se acercó al espejo, introdujo su mano por un rincón, rebuscó unos momentos y sacó una fotografía polaroid. Se la dió. —No la rompas, que no tengo otra. Lorena iluminó la fotografía con la luz de la lámpara. Había un hombre de tez blanca, con la frente arrugada, el pelo largo y rojizo, y una frondosa barba. A su costado pudo reconocer a su madre, con menos arrugas, pero tan curvilínea como siempre. Él la abrazaba por la cintura, sentados en una mesa y acompañados por un par de cervezas a medio tomar. Estaban felices, sonriendo a la cámara. —Mami, ¿quién es? La mamá de Lorena sonrió. —¿Quién crees? Lorena vio la foto con más detenimiento. Pasó sus dedos por el rostro de aquél desconocido. Se detuvo en sus ojos, que eran de color caramelo. Los reconoció, eran los de ella. Miró a su madre, y ella, a través de sus ojos, aprobaba lo que sus labios no podían pronunciar. —Es tu padre. Lorena, todavía sin conocer la pesada carga en esas cinco letras, siguió admirando las facciones de aquél desconocido. Nunca lo había visto, pero sus ojos lo delataban. —¿Dónde está? La mamá se sentó en su cama. Estuvo unos segundos en silencio y después le explicó a Lorena que su padre había venido por un corto período de tiempo a Colombia, a reportar acerca de la guerra de carteles. Era periodista y estaba escribiendo un libro. En su corta visita se enamoraron y de esa relación nació Lorena. —Pero, ¿dónde está? Hubo otro silencio. Unas sirenas se escucharon afuera de la casa. Podría ser la policía, una ambulancia, o los bomberos. —Se fue. Ni siquiera alcancé a contarle que estaba embarazada. Un día lo busqué y ya se había ido—miró por la ventana. —Supongo que ya habría terminado ese libro que tanto quería escribir… y se largó el muy gonorrea. Fue en ese momento que Lorena se enteró de que su padre era escritor de libros. Y ella se interesó por ellos, porque de alguna manera, leyéndolos, se acercaba a su desconocido progenitor. Al día siguiente fue a uno de los quioscos de la comuna 9 y, con los escasos ahorros que tenía, se compró una edición trucha y resumida del viaje al centro de la tierra de Julio Verne. Todavía estaba aprendiendo a leer, pero todas las noches leía algunas frases, con la intención de entenderlas, de imaginarlas. Cuando descifraba oraciones completas, se alegraba y recordaba los ojos de su padre. Al cabo de semanas ya entendía párrafos enteros, después páginas, y luego capítulos. No le tomó mucho tiempo después de eso terminar con ese primer libro, a sus casi 7 años de edad. En su primera travesía de lectora novata había atestiguado cómo Axel descendía al centro de la tierra, acompañado de Hans, el cazador, y Otto Lidenbrock, el profesor. Lorena atestiguó sus aventuras y descubrió con ellos dinosaurios, hongos gigantes, y escenarios antediluvianos. Y mientras los personajes del libro desenterraban antiguos misterios, Lorena hacía lo mismo con una afición que le venía sumergida en la sangre, a la espera de ser emergida. Un pasatiempo que, con el pasar de los años, se convertiría en una adicción, en un vicio impune que la acompañaría hasta el final de sus días. *** Un ejército de sombrillas multicolores se encontraba escoltando el paradero. Gritos, voces, llamados, conversaciones, y risas pululaban por todas partes. Las carretillas invadían las veredas, cortaban el paso con el derecho que la informalidad les confería. No estaba acostumbrado a ver tantos rostros, a escuchar tantas voces. Respiré hondo y caminé hacia la estación. Habíamos quedado en encontrarnos en el segundo piso, en la ruta en dirección hacia el sur. Vi mi reloj. Faltaban todavía 15 minutos para la hora de nuestro encuentro. Había muchas personas, de todas las edades, con bolsas de rafia, con mochilas, con cajas, todas esperando el tren. Busqué a Lorena con la mirada. No la encontré. Sentía que esos desconocidos me miraban, sabían que yo no era como ellos, que era un extraño, un ajeno, alguien que ni siquiera iba a tomar el tren. Miré mi reloj otra vez. Mierda, Lorena, ¿dónde estás? Llegó el tren. Abrió sus puertas, y casi todos ingresaron, menos uno, que prefirió esperar al siguiente, sentado en una banca. Tenía una capucha gris. Me miraba con ojos fríos, como auscultándome a la distancia. No le presté mayor atención, pero sentía su mirada, persiguiéndome con disimulo. Traté de caminar hacia la salida, cuando mi celular vibró. Era Lorena, que justo llegaba a través de las escaleras. Al momento de saludarla dubité un momento. No estaba seguro de si darle la mano, un beso en la mejilla, o uno en los labios. No éramos nada, pero algo dentro de mi quería que esa ficción que habíamos concretado la vez anterior fuera más real que un mero relato. La realidad se impuso, y ella fue la que acercó su cachete izquierdo. —¿Pues qué cuenta, o qué? ¿Y Takeshi? —Todavía no aparece. Debería de llegar entre 5 a 10 minutos. Voy a escribirle. Lorena vió a todos lados. Se percató de la persona de capucha. Lo miró un momento, hizo una mueca, y volvió a verme con una sonrisa impostada. —Espera, cuando llegue la hora le escribes—me dijo Lorena, con un tono que denotaba una ligera agitación. En ese momento llegó un tren. Miré los rostros de las personas que bajaban, uno a uno. Ninguno tenía rasgos asiáticos. Todos parecían abstraídos en sus pendientes, con un caminar acelerado, cargando paquetes o problemas a dios sabe dónde. —Creo que le llamaré, de repente se perdió… —No creo que sea necesario. Mire que él también puede llamarle a usted, o escribir. Lorena tenía razón. Busqué otra vez al hombre de capucha. Seguía allí, en esa banca, mirando a las rieles, mientras que más y más personas se aglomeraban en la fila de espera para embarcar en el tren. —Tranquilo, que el reto ya lo cumplimos. Yo pienso decirle que ya está eliminado. —Sí, pero ¿y qué pasa si igual envía el texto, indicando que también formó parte del reto y el eliminado fue otro? El jurado podría pensar que fuimos insinceros, nos podría eliminar… —Es una posibilidad… Me impresionó la frialdad con la que asumió ese riesgo. Un zumbido me espabiló. Era un mensaje de Takeshi. Ya llegué, ¿dónde estás? Miré a todos lados, pero la gran cantidad de gente me impedía ver. Se empezaron a acomodar poco a poco en los puntos de recojo. Otro tren se estaba acercando. —¿Takeshi ya llegó? Asentí con la cabeza. —Creo que está por allá, mire usted… Viré mi rostro en esa dirección. Solo veía siluetas a la espera del tren. —No veo nada… —Sí mire, el de allá, el de capucha, ese de allá—dijo, mientras me tomaba de la mano y me guiaba hacia Takeshi. Íbamos esquivando a las personas, acercándonos más y más a él. Mi respiración se aceleró. Hubiera sido más fácil no haberle contestado su mensaje, haberme ido con Lorena, enviar el reto y esperar lo que diga el jurado. Pero no. Aquí estábamos, cada vez más cerca, cada vez más… Un zumbido volvió a sacarme de mi ensimismamiento. Era Takeshi, que me estaba llamando. Contesté. Al otro lado de la línea escuché una respiración. De pronto, hubo un resuello, y gritos, varios. Mucha gente empezó a correr, algunos espantados. Una señora se persignó, mientras otros sacaban sus celulares. Yo seguía en la llamada, repitiendo una y otra vez el nombre de Takeshi. No había respuesta. La llamada había finalizado. La gente seguía alborotada. Muchos se acercaban a la parte intermedia del tren, con celulares, y otros volteaban la mirada. Ya no había nadie sentado en las bancas. Mientras caminaba de forma involuntaria hacia el núcleo de tanto bochinche, marqué una vez más el número de Takeshi. No me fijé si Lorena seguía a mi costado, yo solo caminaba, como atraído hacia allí adonde los celulares apuntaban. Timbraba y timbraba, mas no contestaba. Yo seguía caminando. ¿Por qué Takeshi no contestaba? ¿Por qué los gritos? ¿Por qué las miradas desorbitadas? ¿Por qué el tren no avanzaba? Allí estaba. Irónico como tantas preguntas pueden ser contestadas sin decir una sola palabra. Solo basta una imagen. Sobre las rieles, un bulto rojizo e inerte se escondía de la mirada de curiosos. El vagón dificultaba distinguirlo, pero no habían dudas, era él. Sus sesos yacían inertes, sobre la tierra. Su cuerpo era ahora un amasijo partido a la mitad. Sus piernas habían sido arrojadas a uno de los muros. Sus brazos estaban aplastados y solo se distinguían algunos dedos. A pesar de que su rostro estaba destrozado, sus ojos lo delataban. Sus ojos estaban intactos. Y me miraban, afilados. Todavía los recuerdo. Brillaban mucho, como si fuesen de vidrio. Me quedé en silencio, asimilando la imagen. Lo seguía mirando. Nos seguíamos observando. Él, desde el mundo de los muertos, y yo, desde el de los vivos. Por un momento me pareció escuchar cómo me recriminaba. Me estaba echando la culpa por su muerte. Yo no podía emitir palabra alguna, solo lo miraba. No recuerdo cómo bajé las escaleras de la estación, ni cómo me senté en un banco improvisado. Cuando volví en mi Lorena se encontraba a mi costado, con una botella de agua. —Esteban, tome usted un poco por favor. No contesté. Ella insistió. Me acarició el cabello, me limpió el sudor. En ese instante me di cuenta de que estaba empapado. —Esteban, ya pasó… Tomé agua. Traté de no cerrar los ojos. La imagen de Takeshi todavía me atormentaba. Me di cuenta de que estaba llorando. —E..¿era él? Lorena asintió con la cabeza. No entendía cómo estaba tan tranquila. Todavía podía ver la mirada vidriosa de Takeshi. Busqué los ojos de Lorena. Quería sumergirme en ellos, refugiarme de esa imagen que me atormentaba. Pero sus ojos eran gélidos. Inaccesibles, como un témpano. En ese momento no los supe reconocer. Pero pronto, esos ojos también serían los míos. Mi celular comenzó a vibrar.

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