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El huarango y su amigo fiel
Un día, mientras sobrevolaba el campo, vio humo de lejos. Al acercarse, descubrió que algunas rama de Huarango estaban siendo quemadas para hacer carbón.
Nadia Montalva
19 de noviembre de 2025
4 min de lectura
Hola, soy Adriano, y vivo en El Carmen, un valle calientito donde el sol brilla fuerte desde temprano y la brisa huele a maíz tierno y sandía dulce. Siempre digo que aquí, en mi tierra, todo tiene música: el viento, los tambores, y hasta los animales.
Mi mejor amiga es Nina, un ave de alas largas y brillantes que viaja desde el mar hasta nuestras chacras. Tiene plumas grises y unos ojitos rápidos que lo ven todo. Le gusta descansar en la sombra fresca del viejo Huarango, el árbol más querido del valle.
Esa mañana, como siempre, corrí descalzo cerca de las chacras. El suelo estaba tibio y los grillos cantaban escondidos. Nina bajó volando y se posó a mi lado.
—Adriano —me dijo con su vocecita suave—, qué bonito es cuando todos cuidan lo que tienen.
Yo sonreí, porque en El Carmen todos trabajamos juntos: los agricultores riegan la tierra con alegría, los niños jugamos cerca de los cultivos, y los animales pasean libres entre el algodón, los algarrobos y los Huarangos.
Pero ese día algo extraño pasó.
Mientras corría hacia el río, vi una columna de humo. Nina voló preocupada sobre mi cabeza. Corrimos donde el viejo Huarango… ¡y descubrimos que estaban quemando algunas de sus ramas para hacer carbón!
—¡Esto está mal! —grité—. ¡El Huarango es vida para todos!
Rápido fui a buscar a mis amigos del barrio. También llamé a la lagartija que siempre toma sol en las piedras calientes, y a Brando el perro que vive cerca del canal.
Entre todos hicimos algo grande:
Los niños trajieron baldes de agua.
Nuestros padres ayudaron a limpiar la tierra quemada.
Los animales cuidaron las semillas nuevas que sembramos.
Nina voló alto y dijo:
—Si el Huarango muere, el suelo se secará, y muchos de nosotros tendremos que irnos…
Trabajamos varios días, bajo el sol fuerte del valle, pero nunca nos rendimos. Poco a poco, el Huarango volvió a crecer. Le salieron hojas nuevas, verdes y brillantes como la esperanza.
Yo miré a Nina y le dije:
—Aquí en El Carmen, cuando nos unimos, nada se pierde.
Ella estiró sus alas y el valle volvió a brillar bonito.
¡Recuerda!
Cuando cuidamos la tierra, ella también nos cuida.
Y cuando trabajamos juntos, todo florece.
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