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Lazos
Recuerda que encendió el equipo de música y puso el volumen muy fuerte. Su mami estaba enojada. Se atrevió a reprocharle y fue golpeada. Henry repetía muchas veces que quería morir, que se quería matar. Otra vez el miedo invadió el cuerpo de la pequeña Tania.
Milagro Concha Del Carpio
11 de noviembre de 2025
6 min de lectura
I
El sol intenso quema la piel de un niño mientras es jalado por la mano tosca de un adulto. El pequeño está desesperado. Quizá tenga ocho o nueve años de edad. Sabe que le espera un terrible castigo. Parece que de ésta nadie lo salva.
El hombre de aproximadamente 45 años, lleno de ira, le increpa alguna fechoría. Tiene una soga en la mano izquierda, “ahora me vas a conocer cojudito”. Le dice.
Frente a ellos hay un gran árbol.
“Perdón, perdóname” Grita Henry desesperado tratando de zafarse. La soga es amarrada en una rama fuerte del árbol. “Vamos a ver si así te dan ganas de joder otra vez” Dice Crisóstomo, que tal vez no quiere matarlo, tan sólo espera darle un gran susto para que aprenda la lección. Hace el nudo en la soga y mete la cabeza del pequeño.
Henry que está por desmayarse llama a su madre, ¿dónde está? se pregunta. “Mamita, mamá”. Grita. Cree que su propio padre lo va a matar, que va a morir.
“Vamos a ver si así aprendes huevón” le dice Crisóstomo.
La soga ya puesta en el cuello, rápidamente aprieta y el pequeño Henry empieza a luchar por su vida, se desespera. El frágil cuerpo se descontrola, lucha por su vida, el horror se impregna en sus células, quiere gritar y no puede. Clama a Dios, a su madre. ¿Dónde está Dios?, ¿Dónde está su madre?, ¿Dónde están?. Siente un sudor frío que baja de la cabeza a los pies. Ve a la muerte de cerca y se desmaya.
En la escena aparece una mujer que grita horrorizada frente a lo acontecido. Mientras, el niño vota espuma por la boca. Parece muerto. “Crisóstomo, hijo de puta, desgraciado. ¿Qué has hecho con nuestro hijo? Maldito”. La mujer corta la soga con un machete. El niño cae. El pantalón esta sucio y mojado. La criatura empieza a toser. Está aún con vida.
Comienza a respirar con ansias, aferrándose a la vida. Pide perdón, promete que no volverá a cometer su fechoría. Se agarra el cuello. La madre llora. El pequeño Henry abraza a su madre desesperado, buscando protección y consuelo.
II
Al pueblo, montados en caballo, llegó una familia de terratenientes. Venían del sur. Se hicieron de muchas tierras. Los hombres de ese linaje eran despiadados, borrachos y mujeriegos.
En ese pueblito vivía feliz una pequeña de 14 años, Alejandrina. De familia muy humilde. Uno de los terratenientes se llamaba Henry. Ni bien pisó esa tierra, ya se había fijado en la muchacha. Henry era alto, blanco, ojos azules, rubio. Muy distinto a los hombres del pueblo. La chiquilla también quedó encandilada con ese individuo. Lo seguía con la mirada desde lejos. Le atraía demasiado. Nunca había visto sujetos así. Parecían ángeles. Muy parecidos a las pinturas que tenía la iglesia del pueblo.
Alejandrina ayudaba a la madre desde muy temprano a preparar pan en el horno, que normalmente llamaban El amasijo. El amasijo quedaba a un costado de la casa grande. Ahí varias mujeres del pueblo se dedicaban a amasar pan y dulces para luego ser repartidos en la tienditas del pueblo.
Como toda niña de esa edad Alejandrina soñaba con el amor. Sus padres ya estaban consiguiéndole un buen esposo. Como ya lo hicieron los padres de la prima Josefa. Josefa de 15 años se iba a casar la semana entrante con Carlitos Palma. Un chico de 17 años dedicado a la ganadería.
Josefa y Carlitos Palma se conocían desde siempre y desde siempre sus padres ya habían acordado su unión. Ellos se tenían mucho cariño. Así es que todos apostaban a que ese matrimonio sería exitoso.
Para la gran fiesta del matrimonio de su prima, Alejandrina se vistió con sus mejores galas. Lo más hermoso de su atuendo era una pollera multicolor, encima de otras menos vistosas. La pollera tomó un mes y medio para confeccionarse tal y como ella la quería.
Los invitados estaban brindando. Ya habían muchos borrachos. Las mujeres bebían vino y los hombres pisco. Bebidas alcohólicas que ellos mismos preparaban y guardaban para éste tipo de eventos. Muy trascendentales para la comunidad.
Alejandrina estaba aburrida. Se sentó en una roca ubicada lejos de la fiesta. Siempre trataba de alejarse del ruido y del tumulto. Le gustaba en silencio mirar las estrellas. Pensar en otros mundos. En otras vidas. En lo que tal vez había más allá. Pensaba también en el amor. En su futuro marido. En la vida. Le daba miedo pero a la vez tenía mucha ilusión.
De pronto sintió una voz. Era Henry el que parecía un ángel. Ese que era igualito a las pinturas de la iglesia.
-¿Qué haces aquí sola? –le dijo.
Sintió mucho miedo. Tenía el físico de un ángel pero la mirada endemoniada. Alejandrina salió despavorida buscando a sus padres.
Para Henry esa muchachita sería la escogida. Esa mirada temerosa lo obnubiló. No podía dejarla ir de su mente.
Una tarde mientras Alejandrina fue a traer las talegas para entregar el pan. Una mano violentamente le tapó la boca y la jaló hasta la pampa. No pudo gritar. Se desmayó y cuando despertó pudo ver de lejos la espalda del ángel con ojos endemoniados. Poco a poco tranquilamente se alejaba. Le había arrebatado lo más sagrado que tenía. De esa forma tan violenta perdió su pureza. Se convirtió de esa manera tan cruel en lo que todos ahora llamaban ser una “mujer”. Nueve meses después nació Crisóstomo su primer hijo.
III
Aparece en la escena una niña de unos 7 años. Ignora el pasado. Henry su padre está en cama, ella lo mira de lejos. Ayer, de madrugada, llegó muy ebrio a casa. Otra vez.
Recuerda que encendió el equipo de música y puso el volumen muy fuerte. Su mami estaba enojada. Se atrevió a reprocharle y fue golpeada. Henry repetía muchas veces que quería morir, que se quería matar.
Otra vez el miedo invadió el cuerpo de la pequeña Tania. Otra vez se orinó en la cama. Otra vez su padre interrumpió su plácido sueño.
Ahora Henry está dormido. En casa guardan silencio. Todos velan su sueño. Nadie quiere que despierte.
La niña abriga un terrible deseo. “Papi, debería estar muerto” piensa. Cierra los ojos siente culpa y pide a Dios que perdone su más oculto anhelo. “Papá debería morir” piensa Tania, mientras juega a quitarle las cabezas a sus muñecas.
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