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Fiesta con sorpresa

Entonces, todos se enteraron de que Celeste, por lo bajo, se escapaba de su cuarto, por las noches, que llegaba al cuarto de Ángelo, y ambos corrían hacia un parque lejano. Allí, ella se liberaba con la música, con el alcohol y algo más.

Cecilia Fiestas
30 de diciembre de 2025
12 min de lectura
Carolina se decía ser la mejor amiga de Celeste. O eso parecía. Ambas se conocían desde la secundaria. Las unía la música, el arte de escribir y sobre todo, el amor (para con el mismo joven). Mientras que Celeste se mostraba reservada, algo torpe para hablar y no demostrar sus sentimientos, era Carolina quien le demostraba con acciones lo que significaba ser una joven sin tapujos. -¡Vamos, que sí! -No, ya te dije que eso no me gusta. -¿En serio?, pero si es fácil, lo tomas por este lado y luego, lo llevas a tus labios y … -¡Basta! -Creo que tú eres muy conservadora. Así no llegarás muy lejos. Esas palabras le dolían a Celeste, porque era verdad. Lo había intentado. Ser la niña malvada, egoísta, superficial, tal y como Carolina. Pensaba en ello todo el tiempo. “¿Ser o no ser? Si me paso al lado oscuro de la fuerza, la Celeste dulce no encajaría. Ya sé que debe ser más despierta, que debo ser otra. ¿Qué significa ser otra? Coquetear, presumir, vestirme de forma escandalosa, hacerme la interesada, no estudiar, tirarme la pera, buscar aventuras más allá del barrio y del colegio. Llegar tarde, eso si no me ven mis padres o le van con el chisme los vecinos. Debo ser otra, eso no lo niego, pero me cuesta. En cambio, Carolina, es fácil con ella todo. Será porque no hay nadie que se preocupe por ella. Al menos yo tengo a mis padres. Ella, en cambio, vive con una madrastra, mientras que el padre, con las justas le conversa porque es chofer de camión. Se jacta de ser muy liberal, de seguro porque ella no aguanta las humillaciones de su madrastra”. Celeste caminaba preocupada hacia su casa. Dejó que su amiga la convenciera para plagiar en el examen de Matemáticas. “Todo por hacerme la valiente y porque dijo que Ángelo estaba preguntando que quién le podría ayudar. Bueno, sé algo de Mate, pero no soy una cráneo. ¿Cómo habrá hecho Carolina para saber las peguntas? Es genial para eso. El chico que me gusta me miraba todo el rato, pero creo que solo es porque llevaba algo de comer. Solo porque le digo que puede pedirme chizitos, dulces o gaseosa, y no hay problema. Hoy, quiso que le compartiera algo de lo que supuestamente sé de Matemáticas. No tanto, porque “no estudio mucho; lo que ´más me agrada es leer”, “oye, pero si te pido algo, ¿me ayudas?”. Y así fue. El profesor estaba atento a todo, y justo cuando ya se acaba la hora, se dio cuenta de un movimiento de Ángelo. “Qué le pasa, alumno”, “A mí nada”, “Párate y muéstrame tus manos”. “Yo no tengo nada”. Entonces el docente se fue sobre él, le fue a ver las manos y allí estaban unas manchas, medio borrosas, unas fórmulas. “Ya me fregué”. Carolina estaba inquieta. Caminaba dando vueltas por el patio, miraba de rato en rato a la puerta de la dirección. “Pucha, espero que no haya hablado”. Celeste, en cambio, sentada. Fría y distante, prefería no discutir. Pero el miedo se apoderó de ella, cuando al salir de la dirección, Ángelo. las miró a ambas con cara de diablo. -Bueno, no les dirán nada, chicas. Lo que es yo me voy a casa a descansar. Gracias por todo. Las amigas se miraban, no sabía si para reír o llorar. Celeste estaba muy confundida. Y lo que le atormentaba más era que posiblemente perdería la amistad de Ángelo. -¿Ya ves? Esto es tu culpa. -Claro que no. Además, tú cómo que le das mucha importancia a ese chico. ¿No será que te gusta? -No. Es solo un amigo. -Bueno, también es mi amigo, pero yo no le veo como lo haces tú. -Creo que intentaré comunicarme con él más tarde. -Eso si su madre te lo permite. De seguro le quita el celular. -¿No te da algo de pena? -Ni tanto. Me voy. Celeste regresó a casa muy intranquila. “¿Por qué pienso en él?” Se ve que es lindo, pero no tiene mucha gracia. Le gusta meterse en problemas como Carolina. Podrían ser la pareja perfecta”. Las horas pasaban. El ambiente se volvió un poco frío, un viento, se colaba por la habitación de Carolina, quien miraba el reloj con cara de Hello Kitty en su dormitorio. Estaba ansiosa, pensativa y furiosa. De pronto, una llamada: -¿Aló, Carolina? -Sí, hola. -¿Crees que fue lo mejor? -No te eches para atrás y veremos. Creo que alguien sufre por ti. Colgó. Ángelo sabía que lo decía por Celeste. Lo que no contaba es que este muchacho, era un cazador en potencia. “Las ayudo a liberarse y me dan con palo. Están bonitas las mocosas. Tengo carne para rato”. Meses después se venía una fiesta. El barrio sabía de que la casa de la chica más dulce estaba por hacerse de otro ambiente. Los preparativos se hicieron notar: músicos, flores, tragos. Al parecer no escatimaron gastos. Se suponía que sus amigos estaban invitados, excepto Carolina. Los padres de ella le prohibieron entrar porque sospechaban de la mala influencia de la ella. Ingrata fue la sorpresa, pues de nada valió la lista de invitados. Carolina se colgó por una de las paredes y ¡zas! Dentro de la casa. Ya todos estaban haciendo el círculo para el brindis. Cuando en eso alguien levantó la voz. -Te crees la muy santa, pero en el fondo, eres tan culpable como yo. Te gusta divertirte, y a él, también. Pero, no me lo quitarás. La dulce quinceañera no salía de la confusión. Un vacío se apoderó de ella, luego que alguien le arrojara un vaso con hielo en su cara. Al parecer su ex amiga descubrió de ella un enorme secreto que involucraba a un amigo común. El mismo que sostenía su mano. Los invitados los miraban mal. -¿De qué hablas? -No le creas, papá. -Y ahora suplicas. Señor, su hija estuvo saliendo con ese chico a solas. Y se iban a lugares prohibidos. -¿De qué estás hablando? Eres una mentirosa- gritó Celeste. -Ángelo, diles a todos lo que me contaste. Ángelo pensaba en que “si le digo a todos, será el fin de las salidas, sin permiso y sin dinero”. -Señor, la verdad es que, su hija, me encanta, pero; ella es la que me busca. Yo solo aprovecho debilidades. -¿Qué quieres decir? -Que Celeste, se ve vacía, sola y ella busca que la consuele. -No te entiendo, explícate más. Entonces, todos se enteraron de que Celeste, por lo bajo, se escapaba de su cuarto, por las noches, que llegaba al cuarto de Ángelo, y ambos corrían hacia un parque lejano. Allí, ella se liberaba con la música, con el alcohol y algo más. Celeste lloraba por la vergüenza de verse descubierta. “Te dije, amiga, a mí con tu carita de santa, no me simpatizas. Ángelo era mío, y tú me lo quitaste, ahora sufrirás. Y dudo que tus padres te apoyen”. -No, no, no. ¡Basta! De pronto, Celeste se vio en su cuarto. Sudorosa y angustiada, miró había la pared. Allí estaba la imagen de Cristo. Se persignó hacia él. “Una pesadilla, eso es una pesadilla. Cálmate, Celeste, eres buena y no cambies tus valores. Tus padres confían en ti. Pero, ¿puedo confiar en Carolina? ¿Qué papel juega Ángelo en todo esto? Pronto será mi cumpleaños. Tengo la conciencia tranquila, pero ¿puedo confiar en ellos?” Horas después, Celeste pensaba en contarle a Carolina sobre la pesadilla, cuando escucha una conversación. -Amigo, ya sabes, debes verte muy enamorado de ella. -¿Qué afán tienes en verte así? -Me encanta verla sufrir. -Eres una malvada. Creo que no sabes lo que significa ser amiga. -No me des clase de moralidad. Dices que eres su amigo y sin embargo, te gusta sacarle provecho. -Lo de pedirle dinero y cositas para comer es diferente. -¿Diferente? Nada, te aprovechas de su inocencia, y de su amor. -Mejor me voy, no quiero problemas. -O estás conmigo o no. Ya sabes que yo sé tu secreto. -¡Cállate! Ella no tiene la culpa de mis cosas. No le gusta probar y no serás tú quien le incite a hacerlo. Carolina se quedó helada. “¿Qué le he hecho para que me quiera poner esa trampa? Yo solo le he brindado mi amistad. No puedo confiar en ella ni en nadie, nunca más. Y el sueño, acaso el sueño era una premonición. Dicen que los acuarianos tenemos un sexto sentido. Calma, Celeste. Ellos no saben que tú ya los descubriste y veré cómo los desenmascaro en otro momento”.

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