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Otoño

Era ese tipo de mujer a la que no se le podía descubrir una edad exacta pero se podía intuir que ya no era una jovencita. Aunque por momentos, ciertos movimientos y ciertas posiciones de su cuerpo te invitan a pensar en ello.

Milagro Del Rosario Concha
25 de noviembre de 2025
9 min de lectura
Ella caminaba como si el viento en total armonía manejara sus movimientos, finos, llenos de una original voluptuosidad pero con un toque de elegancia. Tenía un cuerpo carnoso. Con unos cinco kilos de más tal vez sería llamada gorda, pero estaba en el justo medio para ser considerada todavía apetitosa. Los años le habían dado ese toque de mujer madura pero que no se podía catalogar como vieja. Aún hacía -sin darse cuenta- que muchos ojos quisieran voltear para poder contemplarla, y todavía algunos corazones en secreto suspiraban por ella. Era ese tipo de mujer a la que no se le podía descubrir una edad exacta pero se podía intuir que ya no era una jovencita. Aunque por momentos, ciertos movimientos y ciertas posiciones de su cuerpo te invitan a pensar en ello. Pero a pesar de lo bien conservada que se la veía, se podía intuir que llevaba una carga, un halo, un algo que hacía de ella una mujer sin edad pero que en todo caso quizá mentalmente tenía demasiados años, como unos cien, para una mujer que tan sólo apenas había cumplido los 48. Ella caminaba, si, con pies de plomo y manos de oro, era una pesada carga, pero llena de poder y armonía. Era dueña de su cuerpo y de sus sueños. Tenía ese toque, un tesoro escondido que sólo podían ver algunos de sus más allegados. Tal vez eran esas interminables horas de lectura. El conocimiento puede dar un aire plutoniano a las personas, plutoniano o saturnino, pero también había por ahí un mercurio mezclándose con esa venus tan presente en ella. Al menos eso le diría su famoso astrólogo de cabecera. En sus ratos libres escribía. Aún no había publicado, ni sabía si algún vez lo iba a hacer, sólo escribía para saciar una sed, una necesidad, para calmar a un monstruo que cada cierto tiempo se apoderaba y ultrajaba sus pensamientos. Un monstruo enorme que sólo se calmaba con la melodía que se desprende del sonido que hacen las teclas en el momento de apretarlas en el insondable oficio de escribir. No podía destruir al monstruo pero podía drogarlo escribiendo y escribiendo, cuando se lo permitía esa tosca vida paralela en la que también vivía y mucho le costaba sobrevivirla. La publicidad y las ventas. En fin, mientras caminaba, se encontró con una amiga, la siempre pilas y bien informada Carla, trabajaba como productora de un conocido programa de televisión. La saludó solamente de lejos con una mano alzada y un beso volado. Estaba conversando con el conductor del programa más visto en ese momento. Por eso no quiso acercarse, no quería molestarla. Carla sabía que su amiga no era feliz, así es que tenía la intención de presentarle al conductor de televisión. Que era soltero o mejor dicho apenas divorciado pero él estaba harto de los líos con las mujeres, por ahora no se la quiso imponer. Pensó que ellos podrían hacer una pareja perfecta. Otro día con mejor disposición de ambos. Y en un mejor lugar, uno mejor que la esquina del canal de televisión. En ese momento estaban sentados ahí fumando y matando el tiempo para reiniciar un día de duro trabajo en esa vida paralela a la que todos parecían tomar con tanta importancia. Sí, bueno, continuemos… Ella caminaba, y se dirigía al segundo piso del canal de televisión, ¿para qué?, ¿era un mandato de la vida paralela? Pero de ¿cuál de ellas?, eran muchas vidas… Muchas ella, pero con la misma esencia. Subía las escaleras de madera, con una sensación habitual de cotidianidad. Las oficinas del segundo piso estaban en remodelación, algunas funcionaban y otras obviamente por la obra inconclusa no, así es que por la puerta por dónde tenía que ingresar no pudo, estaba temporalmente bloqueada, había que pasar por la izquierda, e ingresar por una puerta pequeña e incómoda, llevaba las sandalias tipo alpargatas pero con plataforma. Muy altas. De pronto tropezó con algo y sintió que perdió el equilibrio en el momento de ingresar por esa desagradable entrada y en el momento justo en el que pensaba que se iba para atrás la agarró del brazo un hombre de bellos ojos claros, con un sutil bronceado que delataban unas arrugas, las que comúnmente llamamos “patas de gallo”, que en vez de desmerecer esos bellos ojos, los adornaban. Un hombre maduro y guapo de aspecto magnético la rescató de caer, de un jalón la puso junto a su cuerpo sudado, caliente, lleno de vitalidad, habían hecho contacto visual y algo se habían dicho sin necesidad de hablar o mejor se lo habían dicho todo sin mencionar una palabra. De esta manera se encontraron dos adorables seres ya vividos pero aún bellos. Sin dejar de tomarse de las manos, él la llevó al baño de hombres, ella quería oponerse, pero no pudo. El momento y la sensación eran demasiado. La resistencia mínima. La puerta de uno de los baños públicos se abrió y fue cerrada inmediatamente por las ansias, si había alguien en ese lugar a este par nunca les interesó. El vestido hacía que la unión fuera más rápida y fácil, el tardaría un poquito más con la correa y ese jean que encajaba perfectamente en su cintura, las ropas interiores al nivel de los tobillos. Sin darse cuenta, ya estaban unidos y descontrolados, regalándose besos y rudas caricias, lejos del tiempo y de la razón, existía tan sólo la sensación de estar vivos y de sentir. Mientras las normas y los buenos modales se rompían, era lo que otros llamaban deseo, amor, ganas de perpetuarse, ¿de posesión?. Placer, había mucho placer, era maravillosamente placentero, había energía y éxtasis. Un gentil y ansioso pene hinchado y turgente estaba siendo maravillosamente encajado en una vagina titubeante pero muy acogedora, la cual cada segundo que pasaba se volvía una inigualable e insuperable anfitriona para un falo que había experimentado varios años la soledad. Cuando apenas habían terminado la danza del apareamiento, ella sintió mucha culpa, abrió sus ojos, mientras rápidamente subió sus bragas, y se bajó al mismo ritmo el vestido. Sintió culpa, vergüenza o desconcierto, quizá todo eso al mismo tiempo y se echó a correr. Salió disparada, nadie pudo atajarla, su cabeza estaba a mil, tratando de entender como una mujer como ella había perdido la cabeza así tan fácil. No era ella. Un demonio la había poseído, un demonio que la había llevado a vivir una experiencia tan maravillosa pero tan llena de culpa y contradicciones. Ella estaba casada. Tenía que salir de ahí y desaparecer. No volverlo a ver nunca más en su vida. Definitivamente debía llamar con urgencia a su terapeuta. El no pudo detenerla, la ropa interior y el pantalón en los tobillos se lo habían impedido. Sintió que era la mujer de su vida. La que toda la vida había esperado. A sus cincuenta y seis años siempre se había mostrado escurridizo con el matrimonio. Tuvo muchos amoríos, pero ninguna sensación igual a la que esta mujer acababa de regalarle. ¡Era ella! Tenía que volver a verla.

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