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Como El Gringo
Al día siguiente, al abrir los ojos se levantó de golpe, oró, hizo ejercicios e intentó subirse solo, con éxito y por vez primera, a la silla de ruedas. Comió pausadamente pero sin demora, un suculento y fresco sándwich con un jugo de sandía y un café americano que le trajeron. No encontraba sus analgésicos para el dolor de piernas que a veces le venía tan grande, pero esa vez decidió ignorarlo.
Mariella Ego Aguirre
23 de enero de 2026
26 min de lectura
I
En definitiva, Dios estira su gracia como un hilo elástico muy fino e inagotable, que atraviesa el tiempo para devolvernos a la eternidad, desde el ojo de una aguja que está bordando un brocado. Atraviesa sutilmente nuestra historia como el pasamanos del micro, un pasamanos itinerante y etéreo que siempre está allí, flotando a tu alrededor para sostenerte, evitando que te caigas, y si te caes, tengas de dónde agarrarte y levantarte o para respaldarte si no tienes dónde descansar. Pero, sobre todo, para hacerte llegar vivo a tu destino esencial… a su corazón. A su gloria.
-Y, ¿por qué dices a su gloria separado de a su corazón?
Bueno, Rafa, lo digo porque su gloria tiene varios estadíos y su corazón representa una puerta hacia su gloria desde la experiencia humana. Así quiero referirme a un estadío ulterior de su gloria, a la gloria eterna, porque entrar a su corazón es empezar a entrar en contacto, en unión con su gloria.
- Así es, has dicho una gran verdad. Siempre ha sido muy reconfortante para mí conversar contigo. En los tres años que llevamos aquí, he llegado a considerarte mi mejor amigo.
- Y yo a ti, dijo René. Tu amistad ha sido para mí un gran remedio para el alma.
Rafael y René se abrazaron fuertemente, mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
- Esta será, dijo Rafael con el corazón doliente, la última vez que nos veremos.
-Así es, Rafa, pero tú eres un hijo para mí y siempre estarás en mi corazón. Para mí este adiós no es nada, siempre estaremos unidos. Este abrazo que hoy nos damos es eterno. Hoy te vas a un convento en Delhi y me siento feliz por ti. Te vas de misionero.
Es tan doloroso tener que irme tan a prisa, pero, tú sabes, me manda la orden (y rompe a llorar).
-René callaba y, con la expresión serena y sutilmente dolorosa, lo tenía abrazado. Lo dejó desahogarse todo lo que quiso y luego de dos minutos, le dijo: -recuerda que el amor todo lo soporta… y ahora entremos a la capilla que el Padre nos espera.
El Padre Andrew los esperaba tras la puerta. Al acercarse los dos, Rafa le dijo: -Aquí le traigo a su hijo predilecto, que desea confesarse. Y me voy despidiendo porque en unas horas sale mi avión a La India y debo irme ya, aunque no quiera.
El Padre Andrew, un hombre corpulento de 1.95 cm., asiente con la cabeza, esboza una suave y leve sonrisa cerrando lentamente los párpados y, con un apretón de brazos, se despidió de Rafael. Luego le dice, -tengo un obsequio para ti. Le da una Biblia especial para estudiantes. -Para que estudies la Sagrada Escritura, esta Biblia de Jerusalén de quinta edición. Rafa, maravillado y contento, agradeció y la guardó en su mochila. René, por su parte, sacó una cruz verde de San Benito, trebolada, de 20 x 12 cm., que su madre le trajo en un viaje y que siempre llevaba consigo. -Tómala, llévate aquí un pedazo de mi corazón. Rafa la miró con los ojos ligeramente humedecidos, sonrió, soltó un lento gracias René y la guardó en el bolsillo interno de su abrigo negro de paño. Se despidió abrazando tiernamente en un solo abrazo a sus dos amigos y al alejarse iba diciendo: -chau, chau, hasta siempre, chau, chau.
Se secó las lágrimas y salió para su casa a recoger sus maletas e irse con su padre y su hermana al aeropuerto. Las emociones entremezcladas e intensas de alegría y dolor, expectativa y desolación, se minimizaban a paso lento y se guardaban silentemente en un rincón de su alma, mientras pensaba en la necesidad de estar sereno para afrontar lo venidero con entereza, y le pedía fortaleza y serenidad al cielo entero. Un tranquilo gozo iba creciendo en su interior desde que divisó a lo lejos a Natalie, su hermanita de 14 años, regando el jardín de la entrada de la casa, haciendo pasos de reagge al ritmo de Pass the Dutchie de Musical Youth, con los rizos rojizos de su moño alto que le saltaban, bajo aquella tarde soleada. Y cantó reflexivamente un verso de la canción que dice ¿cómo te sientes cuando no tienes comida? Un tema contestatario para la realidad contestataria a cuyo encuentro iba.
En el balcón estaba su padre, sentado en una silla y leyendo el periódico mientras lo esperaba. Al verlo llegar se le iluminaron los ojos y salió del balcón. De pronto apareció de sorpresa su hermano Carlos, en su jeep azul, tras haber conseguido que en el trabajo le permitan hacerse cargo de una gestión en el terminal aéreo de Lufthansa, más o menos a la hora en que su hermano viajaba, lo cual le permitía participar de la despedida familiar en el aeropuerto.
-Estar todos juntos allá le dará fuerza a Rafa y a nosotros también, pensó.
Y así, entre lágrimas, abrazos y risas, partió Rafa a La India, a sus 25 años, a realizar un servicio que, como buen franciscano, haría para apoyar poblaciones en riesgo y que, en calidad de obediencia, debía atender sin demora, aunque ansió tanto haberse quedado, al menos un par de días más. Sin embargo, esta exigencia era, a ojos de su superior, totalmente justa, consideraba que era la exigencia de una población muy vulnerable, con graves problemas todos los días, muy zarandeada por el abuso, y la violencia social infantil y adolescente, misión que demandaba la habilidad del Padre Rafael Mendes, un sacerdote misionero con gran pericia para resolver esta clase de conflictos, un verdadero desactivador de bombas psicosociales. Así, entre la gratitud, la pena y la paz de su conciencia, subió al avión, sin ningún resentimiento, sabiendo lo necesaria que era la causa que lo obligaba.
I I
El piso de porcelanato de la capilla era el reflejo del alma de René, blanco y brillante. El Padre Andrew se sentó con él en la banca para confesarlo. Las bancas color barniz, como todos los muebles de la estancia, contrastaban virtuosamente con el color del piso y la pared.
Tal vez René en ese momento no tenía pecados, quién sabe alguno mínimo, pero aunque no los veía, prefería ser humilde y mantenerse en confesión cada dos semanas, pues no le agradaba la idea de creerse muy virtuoso, mucho menos un santo, aunque el Padre Andrew sabía que sí lo era, por ello le aconsejaba renovar su confianza en Dios cada vez que se acordara a lo largo del día, en oraciones breves, de pocos segundos, entregando lo que estaba haciendo en el momento, para que no pierda esa gracia.
-Padre Andrew, ni el dolor ni el temor se apoderan ya de mí. En mi corazón solo siento amor y una grandísima confianza en la Misericordia de Dios, ya no me tienta la cólera ni la ansiedad ni la tristeza, tampoco sufro ni me resiento si me ofenden o decepcionan. Soy para él como quien ha hallado la paz (Cantar de los Cantares 8, 10). Siento una insensibilidad al dolor emocional que me sorprende sobremanera, hace unos meses me he dado cuenta de que esto no cambia dentro de mí, más bien crece.
Bien, dijo el Padre, esa experiencia la han tenido muchos santos. Hay niveles de insensibilidad al dolor tan extremos que sobrecogen, como el de San Lorenzo, quien mientras lo quemaban en la parrilla, dijo a su verdugo burlonamente: “ya estoy asado por un lado, ahora que me vuelvan hacia el otro para quedar asado por completo”.
-Perdón, Padre, ¿me está comparando con los santos? Preguntó escéptico ¿Me está diciendo que soy uno de ellos? dijo, haciendo una mueca sutil de ironía.
-No, sonrió con humor, te estoy diciendo que estás viviendo el proceso de ser santificado, que no es lo mismo y, como parte de ese proceso, recibes gracias que muchos santos recibieron en algún momento. La insensibilidad al dolor físico y emocional es una gracia de este proceso.
-La verdad, me incomoda escucharle decir esto… mire… no quiero conflictos, no quiero confusiones. Hace unas semanas, después de un largo periodo de haber reencontrado esta paz, recibí noticias que nunca hubiera querido oír, que atormentaron mi alma a más no poder y fui tentado de las formas más violentas posibles. Sentí que todo esto era un engaño, que he estado viviendo en una narcotización prolongada, pero resistí, el espíritu me dio la fuerza, entonces me sobrevino una calma mucho mayor, la cual no estoy dispuesto a perder por nada, porque la considero, me doy cuenta, de que es totalmente real.
-Por eso te lo digo, dijo el Padre, para que sepas qué hacer si esos cuestionamientos vienen a tu mente. Debes tener claras ciertas cosas para perseverar siempre. Te tengo que prevenir.
¿Qué cosas?
-A ver, dijo. Todo el que persevera en unión con Dios tiene la santidad común, lo que no significa para nada, ser un santo. A medida que creces espiritualmente, esa santidad crece. Puede crecer a grandes alturas si la persona sabe caminar, cuidar del huerto de su alma y así perseverar hasta el fin.
-Pero… replicó René, ¿y si la persona se da cuenta de que está creciendo y viéndose a sí misma, se le sube a la cabeza, así así como Narciso mirándose al espejo? ¿Cómo hace para no confundirse y no dejarse tentar con ese reconocimiento? Suena bien complicado.
-No creas que tanto, replicó el Padre. Eso es más o menos así, como la matemática, un curso que atormentaba a muchos niños, hasta que un profesor muy inteligente llegó al salón y, habiéndose antes sacado la careta de ogro, aprendió a enseñarles amablemente que la matemática es, entre otras cosas, un juego muy interesante y divertido. Y se los descubría en algo concretamente divertido que, perdiéndole el miedo, si bien por momentos podía ser algo hiper difícil, no es imposible de abordar ni de dominar. Con este otro arte es más o menos esa la dinámica, ir por el medio, ni asustado ni sobrado, no tratando de dominarlo, antes bien dejándose dominar, como cuando te enseñan a bailar salsa en una fiesta de quince.
-¿Es un juego la santidad? Preguntó.
-Lo que es un juego, un juego al que le pusieron la cara de ogro como a las matemáticas, es la humildad espiritual, que va más allá de agachar la cabecita y decir soy pecador, es presencia de Dios en nosotros que nos permite conservar la santidad, darle rienda suelta como al caballo salvaje de la película El Corcel negro o mejor, Seabiscuit, un pony terrible que llego a ganar grandes carreras de caballos, todo ello para que crezca dentro de nosotros, todo lo que quiera, en auténtica libertad, hasta las últimas consecuencias, como un árbol dorado ardiendo en llamas, dando sus buenos y sabrosos frutos, frutos de fuego, en una imagen así, como a ti te gustan. Y aquí tienes otra explicación, una más concreta, San Felipe Neri jugaba mundo con los niños y les enseñaba también muchas formas lúdicas de ser santos, pero les enseñaba sobre todo que la humildad era la virtud central para entrar en el Paraíso.
Y ¿en qué consiste el juego de la humildad?
-En primer lugar, en que dejas actuar a la santidad en ti, pero siempre considerando que ella no eres tú, como la ropa que te pones, el perfume que te echas, los alimentos que consumes, la vitamina que te tomas. Sí, esa es la mejor imagen, la vitamina.
- ¿Porque te la tomas y vive dentro de ti, transformando tu organismo?
Exacto, respondió. Por ejemplo, si tomas vitaminas para el cabello, tu cabello se pone hermoso y todo el que te ve dice: qué buen pelo tienes. Pero tú, en vez de decir -sí, gracias, dices -es la vitamina que estoy tomando. Igual cuando te dicen que eres santo, tú dices o piensas: -solo Dios es santo, porque sabes que no es que seas la santidad, sino que estas caminando en santidad, con la santidad misma. Ser y estar no es lo mismo, no eres santo, estas en santidad, pero puedes dejar de estarlo, porque toda esa santidad es tan no tuya como cuando vives en la casa de un millonario que costea todos tus gastos sin que seas dueño de nada de lo que hay en su casa, en sus empresas o en sus cuentas bancarias. Por eso es mejor decir “soy pecador”, porque esa es la naturaleza que aún subyace por dentro como una semilla, como algo que puede volver a desarrollarse. En la Biblia, un caso emblemático de esto es Salomón, un hombre que llegó a tener una sabiduría impresionante y, de ser como el guerrero sin par, Gedeón, tras su caída llegó a ser como a parecerse más al faraón. Y la realidad actual lo confirma porque de vez en cuando, unos más otros menos, los que caminamos en crecimiento espiritual tenemos unas caídas en miserias humanas que pa’ qué te cuento, mijito. Sino mirar nada más al rey David con Betsabé y Urías. Con esto no se juega. Después de lo que David hizo con ellos no volvió a tener paz.
-Sí pues… eso de decir “soy pecador” cuando elogian tu virtud espiritual, a mucha gente le parece hipocresía. Y hasta a mí, en algún momento, no lo niego.
-Claro, René, así parece a simple vista, pero no es así, porque “humildad en realidad es vivir en la verdad”, como dijo Santa Teresa. Y Jesús en el Evangelio dice: “La verdad os hará libres”. Según ello, si aceptas la verdad de que la santidad es una gracia adquirida, no innata y que si se camina con ella también se puede perder por la soberbia, entonces mantienes esa libertad de espíritu dentro de ti. La misma humildad es una virtud que, por muchos años que se tenga, se puede perder en un segundo, es como caminar en el hielo, pero hay que dominar el arte. No somos santos, estamos en santidad, no somos humildes, estamos en humildad. No somos nada, estamos con todo, porque estamos con el todo y el todo es Dios. Ello nos obliga a respetar las reglas del millonario dueño de casa, para permanecer allí, como el buen huésped, el indigente sentado en un banco de oro, pero bien arreglado, bien cambiado y bien perfumado…
-Humildad que viene con el olvido de sí mismos, añadió. Nos autoobservamos más como simples pecadores arrepentidos, que como personas que “están creciendo en santidad”. Es más, con un inteligente perfil bajo, podemos decir “crecimiento espiritual”. Hay que conformarse con saber que estamos en la gracia y dejar de andar admirando nuestro propio crecimiento espiritual como si estuviéramos en una boutique de modas o en un salón de belleza o, lo que es peor, como quien está mirando su propia cuenta Facebook como la de una celebridad. Me tengo que conformar con caminar en el camino correcto y perseverar en él, eso es lo que me corresponde, ahí está mi premio, mi dicha, mi gloriosa libertad de hijo de Dios. Y todo lo que me elogien se lo atribuyo solo a mi acompañante, a mi santo acompañante. Dios es mi santo acompañante y con él cargo el yugo de mi alegría, un yugo suave como el que cargan dos esposos enamorados que llevan bien su matrimonio, aunque a veces tengan problemas. El yugo suave de no tener un ego inflacionado, el yugo suave de tener alegría de vivir, sentido del humor 24/7, normalmente, claro (risas), el de hacer todo con bendición, de saberme amado todo el tiempo, de recibir, cada vez que se lo pida, el abrazo de su amor, sus besos de luz, la sabiduría y genialidad infinita de sus consejos, la plenitud de una vida con él.
-Caminar en santidad es caminar en humildad, respondió conclusivamente René.
-Indefectiblemente, recalcó Andrew. Como San Felipe Neri saltando rayuela, como Don Bosco caminando sobre la cuerda suspendida en el aire… como un pingüino que camina simpáticamente, ladeándose de izquierda a derecha y permanece sobre el hielo, como quien aprende a no perder el equilibrio. Claro que ese lado lúdico y divertido de todo esto que muchas veces nos anima, no quita que haya sus buenas noches oscuras. Literal, buenas porque nos ayudan a crecer.
Andrew le dio la absolución más reconfortante que nunca dio. Se quedaron un rato en silencio, sentados. Luego dijo a René: vine a consolarte y he salido consolado. Lo abrazó y derramó dos lágrimas secretas que se secó inmediatamente. Disimulando sonrió y le bendijo, ungiendo su frente con un óleo especial. Acto seguido, Andrew ofició misa y René se quedó a escucharla.
Al terminar, Andrew se acercó, tomó parsimoniosamente los mangos de la silla de ruedas y condujo a René hasta la puerta que se abrió automáticamente y se lo entregó a Warren, que estaba ahí esperándolo y lo llevaría hasta su cama para que pueda acostarse rápido y así poder levantarse muy temprano, a las 5:00 am., pues a esa hora acostumbraba orar y hacer sus ejercicios, los cuales hacía echado, por la parálisis.
I I I
Warren, al dejar a René acostado en su cama, se fue traspasado de una dulzura que lo sobrecogió hasta asustarlo, nunca se había sentido tan atravesado de ternura y tuvo miedo, pues se sintió vulnerable y eso no le gustaba. Él tenía que ser el hombre fuerte, el impenetrable, el durote.
Al salir de ahí dio diez pasos y se encontró con un colega que estaba fumando y le invitó un cigarro fuerte, un JPS, como le gustaban.
-Acabo de acostar en su cama a un bebé de 30 años. Me parecía tener en los brazos a un recién nacido. Arash, echando una veloz bocanada al aire, respondió, -así es él, le hace honor a su nombre, René. En cambio, qué irónico, yo acabo de poner en su sitio a un viejo de 20, que encima es un viejo amargado, de lo más insoportable e insolente. -Ayayay, dijo uno y rió sarcásticamente el otro.
La cama de René estaba caliente y sentía la placidez de estar echado, meditando en las cosas que vivió, la sufrida despedida, la profunda conversación, todo en un día. Una escalada de experiencias grandilocuentes es lo que venía viviendo desde días atrás. Ilíada y Odisea machimbradas.
Le consolaba haber podido reconfortar a Rafa, sacarlo de la crisis de separación. Sentía también gran agradecimiento con el Padre Andrew, recordó con entrañable nostalgia la primera vez que atravesó la puerta de aquella capilla en esa silla de ruedas, buscando tantas respuestas y tratando de encontrar una sola que le haga retractarse del suicidio, y como este hombre de imponente figura y a la vez tan sensible y empático le enseñó quien era Jesús, cómo encontrarse con él en su interior, la forma en que lo ayudó a superar el trauma por la parálisis en las piernas a causa del tiroteo donde se sintió obligado a matar a balazos a un hombre, un policía que le disparó en las piernas antes de morir y lo dejó paralítico, esa noche en la que hubiera querido ser él el muerto, porque le dio demasiada rabia la situación en que se encontraba. Pero el Padre Andrew creyó en él y lo ayudó a superar la parálisis de su alma, a comprender que haber quedado vivo era un milagro que le abría las puertas a la enmienda de la vida tan loca que llevaba. Estudiar mucho, dormir poco y tomar todos los días lo estaba consumiendo y su novia, a punto de dejarlo porque él no quería cuidarse, en medio de una relación amorosa que se estaba volviendo insoportable. Este sacerdote comprendió la esencia de René, la nobleza que había en él, en medio de su enredado mundo interior, a comprender sus ideales equivocados, su desorientación, a encontrar las respuestas que necesitaba para ordenar su alma, su mente, su vida. Le enseñó a tener una relación personal con Cristo, quien abrió su corazón.
René mató a ese delincuente porque estaba harto de que extorsionara a la gente y tenga aterrorizada a la población, que haya violado además a dos jóvenes hermanas, lo cual no salió a la luz debido a que tenía amenazada a la familia de una forma muy grave, por lo que la familia le pidió que nunca lo denuncie, pero tenía gran bronca y desprecio hacia ese criminal disfrazado de héroe. René fue un justiciero, pero no un justiciero planificador, sino alguien a quien la ira cegó intempestivamente cuando coincidió con aquel delincuente en el negocio de una vecina suya de edad mayor, a quien a veces visitaba para hacerle chequeos médicos de gracia y un día se dio con la sorpresa de que al llegar allí, ese policía le estaba torciendo un brazo y amenazando con matarla si no le pagaba un cupo más alto, entonces lo tiró contra la pared, comenzaron a forcejear, cosa que no paró hasta que el policía terminó muerto y él con diagnóstico de invalidez permanente.
Ahora, después de tres años de este cambio y crecimiento espiritual profundos, era otro muy distinto. Empezó este Via Crucis como Moisés, matando a un egipcio por los abusos contra los israelitas esclavizados y terminó también humilde como Moisés, con un grandísimo testimonio de vida, en medio de una población indigente de amor, endurecida, que en buena parte veía en él un consuelo, una gota de agua en el desierto, un amigo capaz de amor incondicional.
Arash, al recordar lo que Warren dijo de “recién nacido”, pensó en Knulp, un personaje de Hermann Hesse al que en un pasaje de su libro Tres Momentos de Una Vida, su amigo Emil Rothfuss dijo bromeando: “Al verte, cualquiera diría que ayer saliste de casa de tu madre”. Entonces le vinieron ganas de hacer un obsequio a René, como muestra de gratitud y sabiendo de su amor por los libros, así que fue a buscar esta novela que estaba ente sus cosas y, sobre la marcha escribió en la primera página: -Para un espíritu libre, la historia de un espíritu libre. Con aprecio: Arash, entregándoselo en el acto. René asintió y con una sonrisa contagiosa se lo agradeció. Lo leyó velozmente, terminando en dos horas como el gran devoralibros que era. Al acabar sintió más gratitud aún y la plenitud en el alma de que nada había sido en vano. Dos regalos inesperados en uno solo.
Estaba algo ansioso por ver a su madre y a Valkis, su primera enamorada y hoy novia. Estuvieron yendo a verlo cada seis meses, pero ahora quería darles el abrazo más grande, más eterno, más inolvidable, reparar todo el dolor que les causó con estos eventos y se sentía impotente, aunque ya no culpable. Sabía que por sí mismo no podría lograr nada, por lo cual le pidió al Espíritu que les dé la fuerza y, en el momento oportuno, las haga renacer como él renació en medio del error y el dolor. Quería dormirse pronto porque al día siguiente volvería a verlas, pues esa madrugada llegarían de La Habana, tierra natal de los tres, para al fin volverse a ver. La vida de estudiante en Stanford había sido su sueño desde chiquillo y lo logró ingresando entre los primeros puestos a la Facultad de Medicina, con una carrera brillante, año tras año en el quinto superior, con varios reconocimientos y condecoraciones de excelencia académica, ansioso por ejercer su profesión. Ahora era un hombre lleno de sabiduría espiritual, además de académica.
Se acostaba sin probar alimentos porque no tenía apetito. Antes de cerrar los ojos, mirando las dos estampas que tenía, una de la Sagrada Familia y otra de un hombre rubio de finos rasgos, al cual invocaba siempre al final de sus oraciones con el nombre de Jack, se encomendó a ellos. Elevó alabanzas, cantó, entregó su vida toda al Eterno recitando su oración nocturna favorita, la oración de Simeón: “Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar ir en paz a tu siervo, porque mis ojos han visto tu salvación”, -Sagrada Familia, rogad por mí; Jack, ruega por mí. Amén. Y cerró los ojos.
I V
Al día siguiente, al abrir los ojos se levantó de golpe, oró, hizo ejercicios e intentó subirse solo, con éxito y por vez primera, a la silla de ruedas. Comió pausadamente pero sin demora, un suculento y fresco sándwich con un jugo de sandía y un café americano que le trajeron. No encontraba sus analgésicos para el dolor de piernas que a veces le venía tan grande, pero esa vez decidió ignorarlo. Media hora después abrió un chocolate Hershey’s de edición limitada, exquisito, que el Padre Andrew le regaló, conociendo sus gustos. Saboreó cada pastilla lentamente, dejando que se derritan en su boca, una tras otra. Nunca probó un dulce tan delicioso. Fue a lavarse la boca y la cara, se secó, se puso los lentes, tomó sus papeles, revisó sus apuntes y encomendó el tema que iba a dar, encomendó su vida también por este paso, esta primera vez, agradeció a Dios por todo y, con gran alegría y gran dolor, salió. Vino Warren a recogerlo, pero esta vez con Arash, para abrazarlo y agradecerle por todo, por esas profundas conversaciones, por esas palabras de consuelo, por esa amistad generosa. Juntos lo llevaron al aula donde ansiosos por verlo y oírlo, todos lo esperaban. A cada dos metros lo paraban para abrazarlo y agradecerle por todo, pero algunos no podían contenerse y soltaban lágrimas de la emoción. Junto a Andrew, dos sacerdotes, un seminarista y un sacristán salían de la capilla a su encuentro, para darle la bendición y enardecidos abrazos.
Cuando cruzó la puerta del salón, su anciana madre bañada en lágrimas y Valkis, llorosa, lo rodearon de besos y sollozos. La espera había sido demasiado larga. Cinco largos minutos de tres cuerpos fundidos que duró una eternidad. No había ahí nadie que no amase a René. Su simpatía arrolladora, su cuerpo medio regordete de 1.75 cm, su cabello hirsuto, sus hermosos e inmensos ojos negros dentro de su asimétrico rostro, su nariz recta y un poco grande, su boca delgada y algo larga, su encantadora expresión de niño travieso, su hablar palomilloso, su amabilidad con todos, su generosidad y su natural sencillez, le habían reportado la admiración de todos menos de sí mismo, que descubrió la llave a la felicidad de andar olvidado de sí y contento por la vida, pensando siempre en los demás, en cómo servirles mejor. Así que sacó sus papeles, se sentó en la silla con ayuda de Warren y Arash, rompió las hojas delante de todos y dijo:
-Había preparado unos apuntes, pero ahora veo que no es lo que ustedes ni yo necesitamos. Comenzó a cantar Dust in the wind de Kansas, pidiendo previamente a todos que cierren los ojos y se concentren solo en la letra. Luego la volvió a cantar traducida al castellano, por si alguien no hubiera entendido:
Cierro mis ojos solo por un momento, y el momento se ha ido.
Todos mis sueños pasan ante mis ojos con curiosidad
Polvo en el viento, todo lo que son es polvo en el viento.
La misma vieja canción, solo una gota de agua en el eterno mar
Todo lo que hacemos se desmorona en el suelo, aunque nos neguemos a ver
Polvo en el viento, todo lo que son es polvo en el viento.
Ahora, no te aferres, nada dura para siempre excepto la tierra y el cielo
Esto se escapa y ni todo tu dinero comprará otro minuto
Polvo en el viento, todo lo que son es polvo en el viento
Polvo en el viento, todo es polvo en el viento.
-Bien, esta canción de la legendaria banda Kansas se basa en un verso del Eclesiastés que recita: “he visto todas las obras de los hombres que se han hecho bajo el sol y he observado que todo es vanidad y correr tras el viento”. Esta canción, asimismo, nos recuerda lo que anuncia el Génesis 3, 19: “polvo eres y en polvo te convertirás”.
-Ahora, claro que estamos aquí y mientras estamos, tenemos que hacer lo posible por hacer las cosas bien, dar lo mejor en todo, porque lo que verdaderamente nunca pasa, es amar y servir, es lo único que lo justifica todo, y lo que hace que no todo caiga en vanidad, porque volviendo al mismo libro del Eclesiastés, encontramos que hasta la sabiduría es vanidad. Tener gran sabiduría académica, pero autodestruirte con el alcohol, hacer sufrir a tu madre y a tu novia, que es lo que yo hice por tanto tiempo, no tiene ningún mérito y no recomiendo esa forma de vida a nadie. Es tan peligrosa.
-Por eso, todo el tiempo que tengan, inviértanlo en amar, para que no lleguen al final de la carrera con las manos vacías. Pasemos nuestro cielo haciendo el bien en la tierra, como dijo Santa Teresita de Lisieux.
-Los amo mucho a todos, los abrazo en mi corazón y los llevo conmigo para siempre en este abrazo, dijo, mientras hacia el ademán de abrazarse a sí mismo.
La gente se paró a aplaudirlo y no querían parar de hacerlo, hasta empezaron a hacer vivas con su nombre, olé olé René, pero se les exigió silencio de inmediato. Terminaron orando todos juntos y, al final de la oración, dijo: -ya me retiro, como el gringo, como el gringo Jack, aunque se llama Jacques, pero me gusta decirle Jack porque estamos en Gringolandia y yo soy el Jack de Jacques, Jacques Fesch, un francés que nuestro capellán aquí presente, el Padre Andrew Conrad, me dio a conocer, como todo lo que sé del cielo. Jacques Fesch, un joven francés quien como yo caminó del crimen a la espiritualidad cristiana sin cambiar de rumbo jamás. La mamá de René salió del aula recostada del brazo de Warren. Esta enseñanza que dio su hijo a pedido de la gente de allá, la emocionó tanto que tuvo que salir de allí.
René cerró los ojos y oró mentalmente: Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar ir en paz a tu siervo, porque mis ojos han visto tu salvación. Sagrada Familia, ruega por mí, Jack, ruega por mí. Amén. Luego, volvió a abrir los ojos y, fijándolos en los de Valkis, dejó que le pongan todos los seguros para que enciendan la silla eléctrica.
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