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Mudo testigo

Algunas veces veo esa escena donde celebran una victoria los Vikingos. La dueña del departamento hace lo mismo con un hombre que solo viene en las noches, algunas veces, a eso de las 9 p. m. Ambos se besan sin ropa, tocan sus cuerpos suavemente o con fuerza y luego la situación se descontrola, como en el vidrio colgado en la pared. Por un momento, se quedan dormidos y luego vuelven a hacer el mismo acto por unos minutos más.

Daniel Hinostroza
22 de febrero de 2026
13 min de lectura
El bullicio de los perros, ladrando a un borracho que los amenazaba con una botella, y el ronroneo agresivo de los gatos presagiaban una pelea por una hembra. Las ratas se paseaban por los bordes de los tachos de basura buscando comida, metiendo sus sucios hocicos, llenos de enfermedades, en cuanta bolsa de desperdicios habían abierto con sus afilados y hambrientos dientes. Las nauseabundas moscas, que pernoctaban en las bolsas de desperdicios, salían volando despavoridas para no ser el alimento casual de uno de esos asquerosos y agresivos roedores. Los gusanos seguían su labor, engullendo todo desecho que pudieran tragar, dejando sus huevecillos para reproducir su prole en grandes cantidades. Las cucarachas asomaban sus antenas por los inmundos y carcomidos buzones de la acera, que estaba húmeda y brillosa por la lluvia que azotó la ciudad un par de horas antes. Otras alimañas, que pululan por las calles de este lugar, salían de sus raídos escondrijos. A este variopinto y violento lugar le llaman “Barrio Chino”. Yo estaba en un rincón de un antiguo departamento, comiendo unas galletas de marca “Margaritas” y tomando una burbujeante bebida amarilla que decía “Inca Kola” en un rincón de la cocina. Mi madrecita me enseñó a leer desde muy pequeña; me decía que tenía que aprender a leer y a entender ese lenguaje, que los escuche con atención y que descifre sus símbolos que ponen en láminas mayormente blancas, le dicen “papel”, que eso me podía salvar la vida. Que desde hace cientos de años nuestros antepasados lo aprendieron, y se nos hace fácil adquirir lo que leen y hablan en poco tiempo. La mujer que habitaba el viejo departamento estaba frente a una pantalla inmensa de vidrio, pegada a la pared, que abajo decía Samsung. Estaba viendo un programa llamado “Vikingos”, en donde un grupo de hombres y mujeres salvajes que utilizaban armas tales como espadas, lanzas, escudos y hachas invaden tierras, algunas parecidas a cuando ella prepara sus alimentos, matando a otros humanos para tener una mejor vida y tomar las cosas de los vencidos y quedarse en sus casas; “invasión” le llaman. Mayormente salen vencedores estos Vikingos. Al salir vencedores, beben y comen todo lo que quieren, a la vez que se juntan entre hombres y mujeres para tocar sus cuerpos sin eso que cubre sus cuerpos, ellos le llaman “ropa”. Juntan sus labios y su piel con suavidad o fuerza y dan sonidos con sus gargantas, indescifrables para mí. Botan agua de su piel y se mueven de una manera descontrolada, hasta que se quedan quietos, como poseídos por otra especie. Luego muestran alegría, se ríen o botan el humo de un cigarro; después se duermen. La mujer ve ese programa a la misma hora, a eso de las 7 p. m. También aprendí a ver la hora en ese fondo blanco pegado en la pared, con eso que llaman “números”. Después de tomar una ducha y salir con solo una ropa corta, de color rojo, se echa en su mueble, que es muy suave y en donde, a veces, descanso también. Ella sale del departamento a partir de las 10 de la mañana y llega a eso de las 3 de la tarde. Se coloca unas prendas un poco ajustadas, mostrando bastante su piel y con unos zapatos de taco alto. De una botellita que dice “Channel” se echa un líquido que es muy oloroso, más que los tachos de basura de la cuadra. Al salir, veo por una ventana que le espera una máquina amarilla que la moviliza, que la lleva a un rumbo desconocido. Algunas veces veo esa escena donde celebran una victoria los Vikingos. La dueña del departamento hace lo mismo con un hombre que solo viene en las noches, algunas veces, a eso de las 9 p. m. Ambos se besan sin ropa, tocan sus cuerpos suavemente o con fuerza y luego la situación se descontrola, como en el vidrio colgado en la pared. Por un momento, se quedan dormidos y luego vuelven a hacer el mismo acto por unos minutos más. Después, el hombre dice que tiene que irse, que debe salir antes de las 11 p. m. Destapa una botella verde que saca del refrigerador, que dice “Pilsen”, bebe el contenido y se acerca a la puerta. —Ya me voy, ella me espera. La dueña del departamento le dice: —Pero no te vayas aún… tú me gustas… te quiero… El hombre se acerca a la puerta y le dice: —Tú sabes que no nos podemos querer. Y se marcha. Ella se pone a decir palabras en un idioma que no entiendo y bota un líquido transparente de sus ojos. Después, se sienta en el sofá, se agarra el rostro y dice, como ladrando: —Soy una cojuda… enamorarme de un cliente… sabía que esto iba a pasar… ¡Ahhhh! Y se tira en el mueble boca abajo. A eso de las 11:45 p. m., tocan la puerta con fuerza. Eran dos tipos que desde afuera gritaban: —¡Yu Ming, abre la puerta. Sabemos que estás adentro!. El otro sujeto añade: —¡Apúlate, que no tenel tiempo… quelemos convelsal! La señora va a la cocina y saca un cuchillo grande, como en el programa “Vikingos”. Los tipos abren la puerta violentamente y el menos alto le dice a la dueña del departamento: —¡China de mielda!… no pagal cupo hace tles meses. Y el otro, que era más alto, robusto y oscuro, le increpa: —Encima haces horas extras… ¡lagartona! La señora Yu Ming les grita: —¡Ya les pagaré… lárguense de acá… hablaré con el señor Lock mañana! Amenazándolos con el cuchillo. El más alto y oscuro le refuta: —¡Ya no hay tiempo, zorra!… ¡Hoy es tu último día, perra! No sabía que la señora se podía convertir en varios animales. Eso era nuevo para mí. A los segundos, el más alto saca un artefacto de metal, grande, de su cintura. Ese objeto lo había visto en otras imágenes en el vidrio grande que está colgado en la pared. En eso, presiona algo del artefacto y salen dos lenguas de fuego, con un sonido que golpeó y laceró mis orejas. ¡Pum! ¡Pum! Me asusté mucho. La señora se quedó echada sobre su mueble, no se movía, con la ropa pequeña roja abierta, y dos líneas rojas del mismo color bajaban de su frente y de sus bultos que sirven para dar leche a los hijos, como el agua de los techos cuando llueve. Estaba tan aterrorizado que crucé el lugar entre los dos sujetos, y uno dijo: —¡Pericote de mierda… qué susto! El otro hombre le respondió: —¡Hay que salil, calajo! Policía venil plonto… Pelicote no hablal, sel mudo testigo.

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