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Bucle espiral

Las circunstancias son el material, pero nuestras decisiones son el arquitecto que nos da forma, demostrando que somos más que la suma de nuestras experiencia.

Edwars Evangelista Arámbulo
17 de enero de 2026
26 min de lectura
¿Por qué ya no me mandaste dinero? ¡Vengo manteniéndote a ti y a tu hija desde que tu marido golpeador nos dejó! Y nos dejó, ¡maldita desagradecida!, solo porque te armé de valor para denunciarlo. Ya de eso 5 años. Ese fue el pensamiento que circuló muchas veces por mi mente, aquel viernes por la noche, en que Rodrigo, un joven sicario, de unos veintiún años, me cogía de las dos manos y las apoyaba contra mi voluntad sobre los barrotes de la celda que compartíamos desde hacía 2 meses en que llegué sentenciado por violación al penal de San Juan de Lurigancho. Debo decir que, no solo había conseguido que tenga apoyadas mis manos, sino también, todo mi cuerpo, a tal punto que, podía saborear con mi lengua y mis labios, el óxido naranja que roía las delgadas líneas de metal que nos separaban de la libertad. Barras tan delgadas como el cuerpo de mi vil abusador que, sin importar mi evidente contextura atlética había conseguido someter y con ello otorgarle carta abierta para que disponga de mi cuerpo como mejor le pareciese. En ese instante, pegado a mi cuerpo, de tal forma que me hacía sentir su sexo rozando mis nalgas, y a veces mi ano, me gritó: ¿no has pagado la cuota del mes, pedófilo de mierda? ¡Sabes que una basura como tú sino paga, no come, no duerme, no vive! ¡Ya se han cumplido los tres días que nos pediste para que tu vieja te dé plata y nada! De repente, otra voz súbitamente irrumpió la conversación: ¡Ya sabes con qué toca pagar, culoncita! Esa voz mientras sonaba, tan estridente y pretenciosa, como solo el acento de los pirañas del El Callao sabe sonar, se me acercaba sagazmente, hasta que, la escuché, cerca a mis oídos y me susurró: ¡Tengo ganas de hacerme contigo desde que llegaste aquí! Se trataba de Daniel, un rankeado delincuente, que no solo era sicario, como nuestro compañero de celda, también, por lo que me había enterado, en su extenso currículum se perfilaban como galardones la comisión de una variada naturaleza de delitos: robos, extorsiones, secuestros, estafas, falsificaciones, entre otros. Además, me había enterado de que, a sus 20 años de edad, con esa carita de muñeca Barbie y con ese cuerpito de modelo de alta costura, se encontraba purgando la condena máxima que existe en este país, esto es de cadena perpetua. La había conseguido, nada más y nada menos, por hacerse de la cartera de una anciana de 84 años, a quien mató golpeando reiteradas veces con una gran piedra sobre su cabeza. La acción la había ejercido, momentos después de que esa pobre viejita se opusiera a dejarse arrebatar su cartera que contenía ochenta soles que había conseguido recabar esa noche de las ventas de medias y trusas. Prendas que acostumbraba vender todos los días ambulantemente a las afueras del Banco de Crédito, en una concurrida calle del distrito de Chaclacayo. Daniel, debido a los tan altos méritos que había conseguido en su prodigiosa carrera del hampa, que obviamente había comenzado desde que era un menor de edad, detentaba el liderazgo de la sección en la que nos encontrábamos. Una sección perteneciente a aquel régimen penitenciario tipo C, en la que solo se encuentran los criminales cuyos crímenes son pasibles de las más altas condenas. Allí, el tributo era claro para los de mi especie, cincuenta soles mensuales a cambio de no ser asesinado por cualquiera de los internos. De más está decir que la violación es el único delito que no es tolerable en la cárcel, por lo que desde que ingresé, estaba obligado a pagar esa suma de dinero si es que quería seguir viviendo. ¡Maldita seas, mamá! ¡Sinvergüenza y aprovechadora! Esos fueron los pensamientos que circularon muchas veces y con mucha ira en mi cabeza luego de escuchar ese gélido susurro que anunciaba mi inminente destino. Me resultaba increíble que, la muy miserable después de estos dos meses había decidido no visitarme más y, por ende, no pagar la cuota a la que estaba obligado a realizar todos los meses por el resto de mi vida. No entendía por qué de su decisión, a pesar de que se había hecho con el dinero -que no era poco-, que mi padre me había heredado luego de morir de una enfermedad de transmisión sexual; enfermedad que nunca quiso tratar y que lo había hecho sufrir indescriptiblemente los últimos seis meses en que estuvo internado en el único hospital de mala muerte que lo recibió en la provincia en que nació, Ancash. Al no poder responderle que le pagaría, y este lo sabía, Daniel empezó a bajarme el jean que llevaba puesto, mientras Rodrigo seguía sometiéndome contra los barrotes, esta vez, a tal punto de hacer que me agachara e hiciera sobresalir mi trasero lo máximo posible. Después de haberse deshecho de su primer obstáculo, continuó con mi bóxer, y llegado a ese punto, me invadió un miedo desolador, mis piernas empezaron a temblar de una manera que jamás había experimentado. ¡Nunca me habían practicado sexo anal! No voy a mentir que siempre tuve la curiosidad, pero estaba seguro de que esa no era la manera en que quería experimentarla. Amarga sería mi reacción, cuando mucho después descubrí que mi pensamiento no era para nada correcto. Cuando se deshizo de su segundo y último obstáculo, me resigné a afrontar mi destino. Sabía lo que me esperaba y tenía que estar listo para recibir ese golpe. Al fin y al cabo, siempre he sido un luchador. Sabía que más que físico, el dolor mental que me iba infligir el ser forzado por su miembro duro, sin ofrecerme las mínimas condiciones que a un neófito se le debe dar cuando es su primera vez -como bien sabía brindarla con la excelencia que la experiencia me había enseñado-, iba a acabar con la poca cordura que todavía me quedaba después de afrontar ese lapidario y por demás premeditado juicio que había sido creado para sellar mi destino a esta inmunda celda de por vida. Para defenderme de tan atroz destino, me concentré en imaginar y sentir la emoción que considero es la más poderosa en el mundo, aquella que hace que las guerras jamás terminen: el odio. Así, en el momento en que observé al aire libre mi trasero, me apuré desesperadamente en concentrarme en odiar a mi madre y a su casi inexistente rol de cuidado que supuestamente había desempeñado en mi niñez y adolescencia, pero me funcionó más que unos minutos. ¡Regresé a la realidad! Lo hice justo en el momento exacto en que Daniel recorría y apretaba con sus dos manos mi marcado trasero, por lo que busqué desesperadamente atornillarme otro suceso odioso que había ocurrido en mi pasado. Mi mente, a la altura de mi desesperación, me llevó a recordar mis días en el gimnasio. Al recordar, odié cómo había conseguido esculpir mi trasero para terminar así, luego, odié a aún más los cinco años en que me dediqué a trabajarlos en ese lugar; odié, también, y esta vez con todo mi ser, a aquella despampanante entrenadora que me ayudó a obtenerlos; odié su historia de vida, odié el hecho de que por ser madre soltera montó ese pequeño gimnasio que le permitía proveer a sus tres hijos varones. ¡Algo que mi madre, ni en mis mejores alucinaciones, hubiese hecho! Odié también las horas fuera de horario en que ella me permitía estar solo en el local para seguir entrenando; horas que sumadas todas, fueron las que forjaron el destino funesto en el que ahora me encontraba. Inmediatamente al instante, también desde el fondo de mi ser, como un vómito imprudente que no avisa cuando va a salir, así de rápido y desagradable, brotó en mí, la idea de que no tenía por qué odiarla. Instintivamente advertí, debajo de aquel odio que destilaba mi mente, la consciencia de que le había ocasionado con mis actos un gran sufrimiento. Así, le atribuí a mis actos como los únicos culpables del por qué me encontraba en esta celda y en las circunstancias tan nauseabundas que ahora narro. Concentrarme en ese odio me sirvió para ganar unos minutos más, pero la contrariedad de pensar de que la culpa era enteramente mía me regresó a mi cruda realidad. Al despertar, fui consciente de los empellones que había comenzado a recibir de parte de Daniel, los sentía como unos cuchillazos, que uno por uno, iban cortando las delicadas paredes de mi ano, órgano que hasta hace unos minutos era inhóspito para cualquier ser humano. A los cuchillazos le sobrevino un indescriptible dolor, por lo que, a la cuarta, quinta y sexta cuchillada en la que iba mi predador, al no poder más, me dispuse a buscar en mi consciencia algún analgésico que me quitara el dolor. Inmediatamente mi mente se concentró en encontrar en otros eventos con mucho odio de por medio, y en esos instantes de desesperación, mi mente me retrotrajo a cuando era niño. Pero, esto, no se siente como odio, pensé. ¡Eso es! No era el odio lo que necesitaba para evitar sufrir. En esos instantes, me di cuenta de que el sentimiento más adormecedor con el que contaba, era el amor, ese, que, aunque no pareciera, también había recibido desde niño. Mi mente me hizo despertar sobre un sillón largo, vetusto, de telas color beige, con una textura aterciopelada, de esos que llaman vintage. Y, encima de mí, se hallaba, una manta blanca, dispuesta como una tienda de campaña. Esta me cubría y me otorgaba una sensación de protección. Pensé: ¡seguro este es el episodio más lindo de mi niñez! Tenía que ser así, quería confiar en ello, más que nada porque inexplicablemente, no tenía muchos recuerdos de mi niñez y adolescencia. Recordé, también, que ese era el sillón que se encontraba en la sala de la casa de mis abuelos, aquella casa que me cobijó junto a mi mamá cuando tenía 4 años, después de que se separara de mi papá por presión de mis abuelos, luego de que un día mi abuelo observara, en una de sus inopinadas visitas, cómo mi padre nos golpeaba a ambos con la hebilla de un cinturón en el rostro, por según él, no hacerle caso. Recuerdo también que, ese evento fue suficiente para denunciarlo y obligarlo a que desista exigirnos volver a vivir con él. Por unos minutos pude concentrarme en la suavidad y el calor que proveían de ese sillón. Me sentí pequeño otra vez, pero ese sentimiento no duró mucho, porque mientras estaba plácidamente echado en el sillón, boca abajo, adorando el acto heroico que había tenido mi abuelo para defenderme de mi padre; sentí unas manos sobre mi short azul de marinerito que llevaba puesto, manos que con mucha sagacidad consiguieran no solo bajármelo, sino juntamente con él, el calzoncillo color blanco que llevaba puesto, luego, sentí un cuerpo que se superponía sobre el mío, y, me inquieté. Al voltear hacia arriba, noté que era alguien un poco más grande que yo, su rostro estaba borroso, pero inmediatamente al escucharlo hablar pude visualizarlo. Se trataba de mi primo Zamir, de unos 9 años, quien se encontraba de vacaciones en esta Lima gris, que nada bueno tiene que ofrecer. Estaba de vacaciones porque sus padres -primos de mi madre-, habían decidido que después de diez años de vivir en Estados Unidos, era tiempo de visitar “la hermosa tierra” que los vio nacer. ¡No tengas miedo, esto que estoy a punto de hacerte te va a gustar! Me lo decía mientras escuchaba a mi madre conversar con sus padres plácidamente en la cocina sin darse cuenta de nada ¡Se lo he visto a mi papá hacérselo a mi mamá! ¡A ella siempre le gusta y sé que a ti también! ¡Tú me gustas! Después, solo sonrió inocentemente. A esa sonrisa oprobiosa, le siguió que sintiera su miembro caliente dentro de mí. No sentí dolor, por obvias razones, pero sí un indescriptible terror, que hizo que mis piernas temblaran tan igual como ahora en la celda. ¿Por qué estoy consciente de nuevo? ¿Por qué regresé a mi realidad en esta repugnante celda? Sentí cómo Daniel había comenzado a dar cuchilladas más rápidas y más hoscas. Desesperado, traté de buscar otro recuerdo feliz. Mi mente me llevó a una partida de play station, tenía 8 años, estaba en la casa de mi amigo de colegio quien vivía a dos casas de la mía. Éramos cuatro y surcábamos en equipo de dos, con los joysticks en la mano, las difíciles pistas de Crash Car. Sentí una felicidad enorme, porque recordé que era mi videojuego favorito. Recordé que solíamos jugar casi toda la tarde después de regresar del colegio, ello gracias al control parental casi nulo que nos rodeaba. En el caso de mi amigo, porque solía quedarse prácticamente solo al cuidado de su abuelita, que para nuestra buena suerte era ciega y sorda. ¡Perdiste! Gritó con alegría mi amigo Jesús. Ahora debes bajarte los pantalones. Mi sonrisa cedió. ¿Por qué estamos jugando así?, me pregunté. ¡Jamás lo habíamos hecho! Sin embargo, procedí a quitarme la prenda elegida y me quedé en calzoncillos, tan pronto, súbitamente, una mano me palmeó con fuerza una nalga. ¡Debes voltear más rápida la curva! ¡Me vas a hacer perder de nuevo! Esa voz tan familiar, hizo que tremuloso volteara a verlo. Era Zamir, ahora con unos 13 años a cuestas. Había vuelto después de cinco años y, ahora, estaba jugando en mi equipo, mientras del otro lado, junto a Jesús, jugaba su primo. No recordé su nombre, pero mis recuerdos me informaban que tenía la misma edad de Zamir. Otra partida empezó, y no sé por qué, pero repentinamente sentí temblores en mi cuerpo, pero, no quería perder, así que, asustado e incómodo, me esforcé por continuar la partida. Obviamente perdí. ¡Carajo, Ernesto! Escuchar mi nombre salir de los labios de Zamir, me hizo temblar más. ¡Hemos perdido de nuevo! ¡Ahora quítale el calzoncillo! Gritó alegremente Jesús. Me quedé desnudo. De pronto, todos, al verme, me palmotearon en todas partes de mi cuerpo. Sentí vergüenza. Esa vergüenza hizo que perdiera la noción del espacio por unos instantes y, al recobrarla, me vi siendo llevado de la mano por Zamir, quien reía traviesamente. Zamir, también desnudo, me llevaba al baño que se encontraba en el patio trasero de la casa de mi amigo. Ese que estaba bastante alejado de la construcción que fungía de vivienda y que solo se usaba en reuniones sociales. Al ingresar, noté que también se había unido el primo de Jesús. Seguí temblando. Zamir empezó a rozar su sexo sobre mi trasero, mientras el primo de Jesús hacía lo mismo en mi rostro. Empecé a temblar aún más. Luego, empecé a sentir el miembro duro y caliente de Zamir intentando desesperadamente ingresar a mi ano. ¡Tranquilo, Ernesto, te va a gustar! ¡Me deshice en nervios! Al notar que estaba logrando su cometido, en el momento en que empecé a sentir ese ligero dolor lacerante, desperté. Había regresado a mi repugnante celda. ¡No es cierto! ¡Cuán miserable puedo ser! ¡Hasta cuando estaré en este bucle espiral de dolor! Ahora todo cobraba sentido ¡Por eso no recordaba mi niñez! ¡Me la había gastado siendo el cuerpo de experimento de otro niño o adolescente que tuviera acceso a mí! ¡Resulta obvio no querer recordar! ¡Estaba traumado! Pensé también, con rencor e impotencia que, tampoco era tan difícil que terminara así. Después de todo, mi madre, mi supuesta cuidadora, jamás se había preocupado por mi seguridad y protección. Caí en la cuenta de que, había estado muy expuesto a muchos peligros. Durante toda mi niñez había sido un nómade con pase libre a la calle, a cualquier horario y con permiso de andar con cualquier persona. Todo esto a vista y paciencia de mi madre, a quien no le importaba en lo absoluto. Pensé también: ¡seguro le resultaba aliviante no tener que lidiar conmigo! ¡Cómo no lo iba a hacer! A sus 25 años de edad, solo tenía en mente pasársela espectacular en las discotecas. Aunque debo agradecérselo también, pensé. ¡Esas condiciones siempre han sido el motor que me ha hecho ser exitoso en la vida! Gracias a ese abandono, me esforcé por no ser un don nadie, por demostrarle que soy valioso, por demostrarle que no merecía ser abandonado. Tenía un sueldo envidiable, y gracias él, a mi corta edad, la había venido manteniendo hasta que me aventaron a esta celda inmunda. ¡Miserable! Cuando desperté, estaba boca abajo sobre el húmedo y frío piso de la celda, esta vez Daniel estaba sobre mí taladrándome con más fuerza y con mayor profundidad, evidentemente, la posición en la que me tenía le permitía una mejor hazaña. ¡No lo sabré yo! ¡La había practicado tantas veces con mis jóvenes aprendices! Me dije: ¡ya acabará! Pero el dolor era insoportable. Escuché decirle a Rodrigo: ¡pruébalo varoncito, ni el coño de una jerma está tan apretadito! ¡No! ¡Otra vez no! ¡Ya no! ¿Así será mi vida de ahora en adelante? ¡Por favor, otro recuerdo! ¡Esta vez que sea lindo! ¡No pude ser tan desdichado de pequeño! ¡Debe haber algo! Desperté en un callejón oscuro, húmedo y maloliente. Detrás de mí, habían varios chicos que muy ávidos me hacían: ¡shhhhhhhh! ¡Ya recuerdo! ¡Mis incontables jugadas a las escondidas! Aquellas que ocurrían a mis 14 años debajo de una vieja casona que estaba en la otra cuadra de mi barrio. En ese primer piso que estaba lleno de callejones, callejones que su dueña había diseñado así para permitirle alquilar las muchas habitaciones que fungían de departamentos para aquellos desdichados que jamás tuvieron la oportunidad de hacerse de una vivienda decente. En las noches, esos callejones, como no tenían luz, permitían esconderse eficazmente, no solo ello, le agregaba el toque de adrenalina que cualquier adolescente busca a esa edad: el miedo. Era emocionante esconderse en ese lugar y pensar que, mientras más tiempo te escondas, en cualquier momento, desde lo más profundo del averno, podría surgir cualquier criatura siniestra y darte el susto de tu vida. En cierto modo, jugar a las escondidas en ese lugar, no solo implicaba tener ingenio para esconderte y lograr que no te atrapen, sino, y creo que era lo más importante, vencer tus miedos y aguantar lo más que se pueda, a sabiendas de que en cualquier momento algún ente saltaría para asustarte. ¡Yo, por supuesto, me ufanaba de ser el mejor! Al recordar todo eso volví a ser feliz. Miré fijamente a fin de distinguir al emisor de ese sigiloso ¡shhhh! Se trataba de Alonso, el chico más popular del barrio. Era hermano mayor de otro amigo de mi barrio, del cual ya no recuerdo su nombre, pero que, las pocas veces que he ido a mi pueblo, siempre me lo he encontrado circunstancialmente y, todas esas veces, al verme, ha hecho como si no me conociera, y después de eso me ha regalado una mirada desidiosa, como si mi presencia le trajese malos recuerdos. ¡Ya los encontré! Escuché la voz de otro niño que se filtraba por todos callejones. De pronto, los niños que se encontraban detrás de mí empezaron a correr lanzando fuertes carcajadas y expidiendo mucha tensión. Tenían una sola misión, después de haberle mirado la cara al averno, debían a como dé lugar, llegar al punto de inicio y tocar la pared donde minutos antes, nuestro perseguidor y buscador había estado contando. Solo así garantizaban salvarse y no perder en el juego. Yo, como todo un experto, ni me inmuté, estaba esperando el momento en que el buscador fuera a otros callejones para salir corriendo y tocar esa ansiada pared. Noté que no estaba solo. Alonso se había quedado conmigo. ¡Cómo lo admiraba! A sus 17 años, siempre conseguía salvarnos a todos. ¡Quería ser como él! Siempre quedaba de segundo, ello porque aún no había aprendido a esperar como él, lo suficiente como para darme cuenta de que debía ser el último y salir a salvarlos a todos. ¡Siempre faltaba Alonso! Esta vez sería diferente. Esta vez ganaría. Saldría al mismo tiempo que él, ¡todo un honor!, y los dos salvaríamos a todos. Aprovecharíamos el miedo del buscador al ingresar al callejón, bajo la conciencia de que solo quedábamos dos, y que debido a ello los callejones eran más solitarios y propensos a develar a aquellas criaturas que esperábamos jamás cruzar. Escuché a nuestro buscador debatirse si entrar en esas condiciones. En ese momento, sentí la mano de Alonso que me jalaba bruscamente hacia dónde estaba él. Me puso exactamente detrás de él, allí, sentí como su sexo, que estaba duro, se rozaba con mi trasero. Me dijo: ¡tápame! ¡Así no me van a encontrar! ¡Así los salvaré a todos! No le respondí nada, me quedé paralizado. ¡Acaso no puedo tener un recuerdo normal!, pensé, ¡debo en todo lo que recuerde terminar siendo la putita de alguien más! Ese pensamiento lleno de ira no fue suficiente para aplacar el terror que me sobrevino. Poco a poco, Alonso procedió a bajar el short y el calzoncillo que tenía. Sentí su miembro duro y caliente, y también sentí sus esfuerzos por ingresar en mí. Sentí sus ansías por hacerse de mí. De un sobresalto, regresé a mi realidad. Esta vez Daniel ya no me penetraba. Me había dejado sobre la cama en posición de cúbito lateral izquierdo ¡Sentí un alivio al verlo recostado sobre las rejas! Había terminado dentro de mí, había, por lo tanto, terminado de cobrarse la cuota mensual que no había podido pagar debido a lo desinteresada que había sido mi madre. ¡Qué iluso había sido al pensar que mi situación la había hecho entrar en perspectiva! Al costado de él, avizoré a Rodrigo, quien se hacía una paja, paja que luego de unos minutos terminó en una eyaculación bastante caudalosa. Inmediatamente me invadió una sensación de náuseas, como las de esas aveces en que uno come de más y se debate entre digerirlo o tener una fuerte indigestión. Me sentía lleno, repleto, desagradablemente hastiado. En la cama permanecí inmutable, recostado un mar de horas, sin hablar, perplejo, recordando amargamente esos tres episodios que mi mente muy convenientemente había decidido olvidar. Recuerdos que se seguían uno tras otro, como si se tratase de un bucle espiral del que jamás saldría. Bucle al que también se le había unido mi más reciente performance pornográfico. Ya podía agregar a mi colección, el mérito de haberme hecho a dos delincuentes por demás peligrosos y, no contento con eso, todavía dentro de una celda apestosa de Lurigancho. Volví a renegar de mi infancia y adolescencia. Hubiera querido jamás recordar, porque muy en el fondo sabía que no eran casos aislados. Estos episodios se habían repetido muchas veces a lo largo de esos períodos de desarrollo. Sin nada más que pensar, con estos antecedentes, me atreví a cuestionar los motivos por los que me encontraba preso. No había querido justificarme jamás por mis actos, los había asumido sin más. Había aceptado mi naturaleza. Siempre he pensado que nací como un depravado sexual, y que, a mis 19 años de edad, no podía cambiar el hecho de que gozaba desvirgar jóvenes de entre 14 y 15 años. No encontraba placer el hacerlo con mis contemporáneos. No quiero ser malentendido, jamás forcé a ninguno de ellos. Los fui conquistando poco a poco, ellos voluntariamente accedieron a que yo fuese su primera vez. Como sucedió con Lucio, el hijo del medio de esa luchadora entrenadora, ese mentiroso que me dijo que tenía 15 años, cuando en realidad tenía 13 años. Aquel joven que diligentemente me entregaba la llave del gimnasio las veces que su mamá me dejaba entrenar fuera de horario. Aquel joven que decidió después de la décima vez en que me entregó las llaves entrenar conmigo a solas. Aquel joven que aceptó después de la vigésima quinta vez de nuestro privilegiado entrenamiento entregarse a mi para disfrutar de los placeres que nos ofrece el sexo bien hecho. Aquel joven rastrero que, cuando su mamá, en esa trigésima tercera vez de entrenamiento, ingresó al gimnasio y nos vio entrelazados como dos sombras que pugnaban por fusionarse, me culpó y dijo que lo había obligado a penetrarlo. Cuando en verdad es que estábamos haciendo el amor. ¡Porque sí! Ya no teníamos sexo, ahora hacíamos el amor. ¡Pensé que nos habíamos enamorado! Fui feliz porque sentía que no me molestaría el hecho de que en algún momento en que mi amante cumpliera la mayoría de edad no me dejaría de gustar. Pensé que gracias a él asentaría cabeza y alejaría de mí este perverso, pero delicioso pasatiempo. Pero pensé mal, porque aquel joven no solo no tenía 15 años y, por ende, no podía consentir una relación sexual, sino, que, a sus 13 años, a pesar de que su consentimiento era viciado, sí valió, dentro de las investigaciones y después en el juicio oral, cuando reafirmó mirándome a la cara, que lo había obligado al coito y que jamás me había mentido sobre su edad. Y, pues, ante esos sucesos, estafado y descorazonado, acepté mi destino. Ahora, purgo condena en una celda donde soy esclavo y víctima del pasatiempo que en mis días venideros me hacía sentir pleno y poderoso. No importa, acepto aquel cruel destino, pero, ahora, con un aliciente, porque tengo la consciencia de que todo lo que hice, lo hice debido a las consecuencias de todo lo que había vivido. Como ya dije, nunca me había justificado de mis actos, es más, por lo responsable que soy los he asumido uno por uno. Pero, creo que en esta ocasión puedo darme la licencia de hacerlo, sino: ¡cómo podré sobrevivir a esta cadena perpetua de vejaciones! Siento alivio al no creer más que soy un monstruo que surgió tal cual del útero de mi madre. Ahora sé que no nací así, que fueron las circunstancias de mi pasado los condicionantes que moldearon el camino que recorría hasta llegar a esta celda infernal. Aunque, después de tantos libros de psicología que me hecho en esta jaula irrenunciable, entiendo también que, no todo le es adjudicable al hombre y a sus circunstancias. Si bien las circunstancias son el material para construir nuestro destino, son nuestras decisiones las arquitectas que le dan forma, porque al final, somos más que la suma de nuestra experiencia. Pero, a estas alturas, quién sabe. Por lo pronto, sigo y seguiré preso, pero esta vez, con la consciencia, de que, si algún día salgo de acá, por obvias razones, decidiré no involucrarme con menores, aunque en mi interior, cada vez que los rememore, arda y me inflame con tan solo pensar en tener a uno en mis brazos. Si es posible, júzguenme ustedes, porque hasta ahora no he podido hacerlo yo.

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