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El café que lo cambió todo (Introducción)

Y justo cuando el cansancio comenzaba a rozarles las mejillas, ocurría lo mejor: el viento traía consigo el aroma único del café recién hecho, ese aroma que perfumaba todo el lugar donde vivía.

Juana Rosales Jara
28 de octubre de 2025
3 min de lectura
Dicen que los sueños siempre se hacen realidad… Solo hay que atreverse a cumplirlos. Pero para Isa todo era distinto; cada paso parecía un laberinto y con el tiempo, había aprendido a vivir con la esperanza rota. En un campo escondido más allá, mucho más allá de los Andes. Allí, donde la nieve acariciaba la tierra y el sol pintaba de oro las montañas, ella pasaba sus días. Cada tarde, cuando el reloj del cielo parecía marcar las cuatro, salía a jugar con sus amiguitos. Reían con el juego de las escondidas, corrían en las chapadas, saltaban las rayuelas y se inventaban aventuras que llenaban de alegría el aire frío de la sierra. Y justo cuando el cansancio comenzaba a rozarles las mejillas, ocurría lo mejor: el viento traía consigo el aroma único del café recién hecho, ese aroma que perfumaba todo el lugar donde vivía. Entonces, la niña encontraba la manera de escaparse un ratito del juego. Con pasos ligeros, atravesaba el jardín de flores de su madrina, olía sus pétalos y los acariciaba antes de entrar a la cocina. Allí, como siempre, la esperaban su madrina y su padrino, sentados juntos, compartiendo el café recién pasado y el pan de piso recién horneado. Las puertas de esa casa estaban siempre abiertas para ella. Al cruzarlas, su voz sonaba alegre, la recibían con sonrisas y la niña mientras sostenía su tacita caliente, admiraba cómo aquellas parejas incluso después del tiempo se amaban, se acompañaban y se completaban. El café tenía un secreto en su sabor, un aroma inconfundible que parecía abrazar el alma y convertía cada tarde en un recuerdo eterno. Pero los años pasaron. La niña creció, dejó atrás la aldea y se fue a la ciudad. Allí, el ruido, la prisa y el cemento fueron borrando poco a poco aquel rincón de su memoria. Hasta que un día, ya adulta, volvió al mismo lugar… El jardín seguía en pie, pero la casa estaba vacía. Ni su madrina ni su padrino estaban; se habían ido hacía tiempo. Y entonces comprendió que lo que había vivido no era solo un recuerdo: Era un tesoro.

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