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Retirada

No sabían nada de mí, de mis miedos e inseguridades y ahora querían hacerme responsable de su patética vida. Ni pensarlo. Di un golpe violento a la mesa, me paré, agarré las llaves y me fui, golpeé cada pared que vi, los nudillos ya me empezaban a doler, lamenté no haber sacado mis baquetas.

Thalía Correa
15 de enero de 2026
14 min de lectura
— ¡Dame tus documentos! gritó el policía. — ¿Por qué? no te voy a dar nada dijo papá. — Te estás salvando nada más porque tienes a tu hijo al lado, pero ya me tienes cansado, deja que te vea solo un día. — Cuando quieras. Miré a papá, tenía el rostro tranquilo, era claro que no le tenía miedo al policía y si él no le temía yo menos. Siguió acomodando los dulces del quiosco y contándome acerca de sus viajes en bicicleta. Yo quería crecer rápido para hacer esos viajes con él. Fuimos a la panadería por pan y mortadela. Cuando regresamos al quiosco preparó los sándwiches, y me dio un jugo de pera. Comí tranquilo, se hizo de noche y mamá me llevó a casa. Al día siguiente me tocó estar con mamá todo el día, estuve coloreando y haciendo tarea. El último año del kínder no estaba siendo fácil. En la noche acompañe a mamá a llevarle la cena a papá así que me puse los zapatos rapidito y la ayudé con la lonchera. En el camino le fui contando de los próximos eventos de mi cole. Cuando llegamos al quiosco nos sorprendimos porque ya estaba cerrado. Cruzando la calle había un tumulto de gente gritando: — ¡Suéltalo! ¡Suéltalo! Mamá corrió jalándome de la mano, quería ver a quién tenían contra el piso. Nos hizo espacio entre las personas y alguien gritó: —¡Es José!, lo tienen así desde hace 10 minutos no quiere soltarlo y el tombo ya le pego varias veces con ese bastón. José estaba tranquilo, no hizo nada. Las piernitas me temblaron al escuchar el nombre de papá. Era él, estaba contra el piso y el pie del policía encima de su espalda. No decía nada, estaba inmóvil con los brazos hacia atrás, esposado. Quedé paralizado, tenía mucho miedo y busqué su mirada, pero nada. Mamá salió corriendo y jalaba al policía del brazo, le gritaba que lo soltará y él la alejaba con el bastón. El policía dijo: —Señora, él no está cooperando. No me quiere dar su documento de identidad y me lo voy a llevar a la comisaría. Mamá además de gritar empezó a llorar. — Si se lo van a llevar, llévenselo entonces. Ya no lo pise y tampoco le pegue con ese bastón, por favor. ¡Suéltelo! Mamá se agachó y le preguntó a papá: —José, ¿por qué haces esto? ¿dónde está tu DNI? ¿Por qué no lo muestras? —No lo traje, se me quedó en casa. — ¡Hoy de todos los días lo dejaste en casa! Mamá se levantó le preguntó al policía a dónde lo llevarían. Él policía le dijo que a la Comisaría de Callao. No sé cuánto tiempo paso, pero fue infinito. Mamá salió corriendo conmigo, yo no podía ver bien el camino porque mientras corría para alcanzar el ritmo de mamá estaba hecho un mar de lágrimas. No me gustó para nada ver a papá así, débil y sin libertad. Mamá lo sacó en la madrugada de la comisaría y él no quiso hablar del tema. *** Desde ese día no me gustan los tombos, pequeñas brujas pendiente de coimas, abuso de poder, no los soporto. Con los años logré entender que papá no le dio los documentos al policía por dos razones sencillas, la primera, era terco como una mula y la segunda era que no estaba involucrado en ningún acto punible. Solo era una persona que no se dejaba intimidar por la autoridad. Yo también haría lo mismo. *** Siento que me miran. No, no lo siento, lo sé. Me observan con mucho detalle, pendiente de todos mis movimientos. Me pongo los audífonos y sigo mi camino… La pregunta es, ¿por qué? ¿es mi forma de vestir? ¿les da miedo que esté borracho? ¿o simplemente ven lo incomodo que me hacen sentir? Hace un rato en el metro una abuela me dijo que me iría al infierno, que tengo que ir a la iglesia para evitar eso. La miré y sonreí de manera tosca: —Pues allá nos vemos. Ella siguió señalándome y cada vez alzaba más la voz. No le gustaba mi jean que yo mismo había cortado y que dejaba al aire la mitad de mi pierna izquierda, señaló mi cabello sin lavar de hace 4 días, desde hace una semana lo llevaba azul, un azul raro que no había terminado de agarrar, tampoco le gustó mi franela negra con la imagen de Marilyn Manson. Yo mismo soy el creador de mis outfits y también de mis creativos peinados. Son contadas las veces que encuentro personas que sí saben apreciar mi esfuerzo. Mi vida ahora no es fabulosa. Apenas tengo 16 años, soy claustrofóbico, no soy inteligente, tampoco guapo, y la plata... la puedo conseguir sin problema, pero tampoco es que me sobre. Se me ha hecho difícil hacer amigos de mi edad, prefiero estar en mi cuarto escuchando música, leyendo algún comic o tomando un vodka barato que compro reuniendo la mesada de 2 días, realmente… ¿quién necesita desayunar? Me cuesta crear vínculos, me sorprendo de a ratos viendo a mis compañeros. Los veo alegres, gritándose de un extremo del salón a otro, se preguntan a qué casa irán a ver el partido de la noche. Yo no logro entender qué los hace mover en grupos grandes, muchas conversaciones se pierden porque ni siquiera se toman la delicadeza de prestar real atención, y ahí es cuando empiezo a preguntarme sobre las razones de sus reuniones… ¿encontrar chicas? ¿demostrar liderazgo, influencia? Sé que sienten pena por mí, lo veo en sus ojos, en algún momento se esforzaron por hacerme sentir parte del grupo, pero ninguno de sus chistes me daba risa, y se incomodaron conmigo porque me quede en silencio. No tenemos temas en común, ese es el problema. Por ahora estoy ocupado en mejores proyectos personales como, por ejemplo: convertirme en un gran baterista. En lo único que soy constante es en mis prácticas de batería, 3 horas seguidas con una batería imaginaria que armo, donde las actrices principales son mis almohadas. Las paredes de mi cuarto son fans de mis conciertos, las pinté de un color manzana vibrante hace dos años, mamá dijo que me cansaría demasiado ese color tan chillón, pero a mí me encanta la combinación que hace con el marrón de mis armarios. También tengo posters con mis bandas favoritas, tengo a Pantera, Sepultura y la mejor de todas, Slipknot. La batería de Joey Jordison me vuela la cabeza. Tuve un profesor de batería que se atrevió a decirme delante de mis compañeros que no era bueno tener a Jordison como referencia de un buen baterista, me paré, toqué los platillos alocadamente y salí de clases. Jamás volví. Cuando llego a casa después de las interminables clases, aprovecho que no hay nadie y me encierro en mi cuarto. Siempre estoy practicando sincronización y velocidad con mi metrónomo y baquetas. Un día le comenté a mamá que quiero comprar una batería de segunda mano y me dijo: — Me parece bien bien Cisco, en el ahorro está la clave. Ella siempre tiene ingenio para decirme que no y yo siempre consigo lo que me propongo así que puede decirse que también soy ingenioso, así como ella. Estoy reuniendo para poder comprarme mi batería a fin de año. Mi primera compra independiente fue una hermosa patineta beer runner negra que está personalizada con el recorte de mi nombre y me costó 3 meses de trabajo de medio tiempo en una carnicería. Además de ingenioso soy fuerte. Trabajando así compraré mi batería. La relación con papá ya no es buena, ahora tenemos muchas diferencias, detesto sus silencios eternos y todas las bromas que hace sobre mi apariencia, lo que me dijo la abuela del metro no es nada comparado a las críticas constantes que tengo que aguantar de él. Quiere llevarme a la iglesia en la que se metió hace poco, me compra ropita de vestir de colores pasteles, dice que ahora es pentecostés, yo solo me pregunto ¿qué hizo para querer ser pentecostés?, siempre terminamos peleando porque yo me niego a ir disfrazado como un muñeco de pastel. Procuro dormirme antes de que llegué del trabajo para no tener que escuchar su fastidiosa voz. ¿En qué momento cambio tanto? Sé que cada vez era más pesado y yo paciencia no tenía, menos con él. Con mamá las cosas van mejor pero tampoco nos llevamos de maravilla, la respeto por su esfuerzo de mantener todo en orden y lo constante que es con sus proyectos. Le gusta hacerme preguntas sobre mi día, pero de lo que menos quiero hablar es de mi día, mucho menos de mí. A mi me gusta hablar de música, batería, patinetas, y a ella no le interesan esos temas. Un sábado no me di cuenta de la hora, llegó papá y yo estaba en la sala. Se sentó conmigo y me empezó a contar de su día, yo esperaba el menor silencio para escapar a mi cuarto, pero esa noche él tenía muchas cosas que contar, gracioso porque yo no lo escuchaba. Fue a buscar ron en la cocina. Aproveché para huir de sus historias, sonó su teléfono, me regresé, ¿quién le escribía al viejo tan tarde? leí el mensaje de texto. Me sorprendí al leer que era de Inés, una de las amigas de mamá. Me sorprendió más que el mensaje dijera: Mi amor. Ya voy a dormir. Nos vemos mañana. Te amo. Cuando regresó de la cocina vio mi cara de sorpresa que rápidamente cambiaba a ira, sentí como mi respiración se aceleraba, me temblaban las manos, quería golpearlo. Inés y papá mantenían una relación, ¿desde cuándo? ¿mamá lo sabía? Lo mire fijamente. Él estaba pensativo, como si buscase las palabras adecuadas para explicarme su engaño. Al verlo así, recordé a mamá, diligente y a disposición de él. Ella estaba en su cuarto, durmiendo tranquila. No sospechaba de ningún engaño y menos de su compañero de hace 20 años. —Oye, tienes que irte. No permitiré que nadie engañe a mamá, ni siquiera tú. —Francisco, tenemos que hablar. —¿Hablar? ¡Para nada!, ¿qué te pasa? ¿con Inés? ¿estás bien de la cabeza? Te me caíste de lo peor, una cosa es aguantar todas tus estupideces juntas, tus malos chistes, y tu risa absurda, pero esto ya sobrepasa todo. Empezó a hablar, pero yo ya estaba de camino a mi cuarto, me puse los audífonos y cerré la puerta. No quise verlo más, empecé a imaginar los días sin él, sentía paz al imaginar la casa sin su presencia. También quise buscarlo y decirle que mejor dejará de ver a Inés, mamá no tenía que enterarse de los cuernos que le había puesto, pero entendí que yo no era nadie para hacer eso. Él ya no amaba a mamá. Agarré mi botella de vodka y no recuerdo cómo ni en qué momento me dormí. Era ya de mañana, no pude distinguir si era temprano o tarde, la cabeza me daba vueltas y no reconocí mi cuarto hasta dos minutos después. No quería salir del cuarto. Escuché la voz de papá, eso me hizo salir corriendo a ver por qué no se había terminado de ir. Estaban sentados tranquilamente tomando té. ¡Qué escena más ridícula! Pensé. Me dijeron que me uniera… Yo no quiero té, yo quiero pelear, pero la luz del día me golpeaba los ojos y el alcohol de ayer no me dejaba ordenar mis ideas. Me senté como pude. Cuando me vieron estable me dijeron: —Cisco, hace 10 años que no estamos juntos, seguimos viviendo en la misma casa, aparentando ser una familia para ti, somos independientes el uno del otro… —¿Qué? -Fue lo único que pude decir. Mamá seguía hablando, pero ya nada me estaba ayudando, ni la ira, ni el alcohol. Sentí como mis neuronas se iban apagando lentamente, me esforcé en mirarlos, estaba buscando una razón lógica por la que según ellos querían aparentar, pero ¿aparentar qué? Desde hace tiempo no se preocupaban realmente por mí, se la pasaban trabajando todos los días, de lunes a lunes y eso hizo que creciera una gran brecha entre nosotros. Evitábamos todas las celebraciones (navidades, cumpleaños, años nuevos) con excusas que solo entendíamos los tres, ¿me estaban haciendo un favor? ¿favor de qué? Al hacerse miserables ellos me hicieron más miserable a mí. Ahora no tenía tradiciones que seguir, me incomodaba socializar, sentía que nunca sería parte de una comunidad y mi mejor escudo era alejarme de todo lo que no me gustara o que no aceptaba. No se esforzaron en darme herramientas, tuve que resolver yo mi propia vida, no les importó nunca lo que hacía en mi tiempo libre, ni siquiera saben que tengo 73 botellas vacías de vodka escondidas en mi armario. Llevaban 10 años entonces viviendo sus vidas en paralelo mientras yo crecía afilando mis garras, las únicas que me defendían de la vida misma. No sabían nada de mí, de mis miedos e inseguridades y ahora querían hacerme responsable de su patética vida. Ni pensarlo. Di un golpe violento a la mesa, me paré, agarré las llaves y me fui, golpeé cada pared que vi, los nudillos ya me empezaban a doler, lamenté no haber sacado mis baquetas. Me senté en el parque de abajo, no pensé en ir más lejos, sabía que no vendrían a buscarme. Me acosté en la banca y con el brazo tape mis ojos de la luz del día, traté de callar a todas las voces de mi mente, hablaban todas al mismo tiempo y desordenadamente, no sé cuánto tiempo pasé así, de repente me senté de golpe, como si hubiese resuelto un problema y dije en voz alta y fuerte: ¡No me esperen!

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