Volver al blogTallerista - Grupo online

Gologolazo

La sangre se encendió en mi rostro de repente. Me desarmó su frescura y desenfado para hablar y decir las cosas que pensaba, así, sin más, sin tapujos, sin medir consecuencias. Quería cagarme de risa, pero en cambio, puse el parche...

Ricardo Flores Hidalgo
17 de enero de 2026
13 min de lectura
Toda la noche en este Nissan blanco, petrolero, de timón cambiado otra vez. Estoy cansado de pasar los fines de semana manejando como un huevón para llevar a la gente a algún destino a divertirse un viernes por la noche, mientras yo tengo que trabajar. Podría estar con mi flaca; en cambio, tengo que cruzar estas calles nefastas, llenas de baches y mal olor. Para colmo, esta noche la plaza está "monse", no hay nadie. Por fin, un prospecto: está levantando la mano, encorvándola abierta al aire y agitándola con mucha gracia. Habla con un tono afectado, alargando las palabras al final: —Holaaa, ¿cuánto me cobras de aquí a San Juan de Mirafloorees? —Pucha, loco, no conozco por allá, es muy lejos. —Aaaandaaaaa, no seas maliiito, porfis, porfis, porfis, llévame. Te pago lo que sea. Hum, no podía dejar de sonreír; su disfuerzo era tan divertido. —Cincuenta soles —dije. —Listo, cerrado. Cincuenta lucasas. Subió apurado al asiento del copiloto y se quedó mirándome de frente. Sus párpados estaban fijos, no pestañeaba; sus ojos marrones enormes eran dos pelotas que desbordaban su órbita. Su rostro contemplaba el mío con un aire de adoración que asustaba. —Salí de la disco recién, me tomé un par de chelas. —¿Un par de chelas o un cajón? —lo dije con sorna. Era evidente que el tío tenía mucho alcohol en las venas. Yo lo que tenía eran ganas de tomarme un trago. —Se nota, ¿no? Jajajajaja —se reía como un loco con un chillido profundo, insoportable—. Estuve en el Splash —dijo—, una disco de ambiente. ¿Conoces? "Chucha, además de cabrito, hablador y preguntón", pensé. Mala suerte, en fin, son cincuenta soles. Si vas, rayas. "Carajo, ¿se me nota lo cabro o este es demasiado lanza?". —Disculpa, estoy un poco tomado. ¡Ay! Pero es que eres un “muñeco”. —¿Qué dices? —Que eres un muñeco, te digo. La sangre se encendió en mi rostro de repente. Me desarmó su frescura y desenfado para hablar y decir las cosas que pensaba, así, sin más, sin tapujos, sin medir consecuencias. Quería cagarme de risa, pero en cambio, puse el parche: —Disculpa, compadre, pero no soy homosexual. Respetos guardan respetos. —Ay, perdón, pero qué pena. Sí, sí, claro, disculpa, me doy cuenta... aunque se te nota "heteroflexible". —Loco, buena onda, respeto tu opción, pero no soy gay y no estoy acostumbrado a que un pata me hable así. Se hizo un silencio incómodo. Estaban a la altura de Ayacucho y Tomás Marsano esperando que el semáforo se pusiera en verde, cuando el pasajero volvió a la carga: —Oye, ¿y tú nunca has tenido nada con un chico? —Estás loco. No, no, qué cosas dices. —Pucha, en verdad, ¿no te gustaría probar? La verdad, eres un muñeco delicioso. A estas alturas, ya había decidido seguirle la corriente y aguantarlo hasta llegar a su destino final. —Mira, yo tengo novia, me gustan las mujeres y no quiero tener nada con un pata. ¿Entiendes? —¿Y eso qué importa? No tenemos que decirle nada. Jajajaja. —Mira, gracias, pero no. —Ay, mira... con las ganas que tengo de hacerte un "gologolazo". —¿Un qué? —Gologolazo. —¿Y qué es eso? (Pucha que era ingenuo). —Una mamada. Te aseguro que te va a encantar. —No, gracias. Yo le soy fiel a mi flaca, además te he dicho que no soy gay. —Pucha, ni modo. —Sí, ni modo. —Oye, mira, tienes que seguir de frente. En dos cuadras voltea en la esquina a la izquierda, avanza una cuadra y voltea a la derecha. Es aquí, estaciónate en ese parque. Era una casa grande, definitivamente de familia. —¿No quieres pasar? —Jajaja, no. Sí que eres persistente, estás loco. —En serio, no hay nadie y te tengo unas ganas, muñeco. En casa tengo un vestido rojo; si quieres me lo pongo y haces de cuenta que soy una mujer y me revientas el poto. —Estás loco, no hay forma. —Te pago doscientos cincuenta soles… —Hum... no, no, no. ¿Dijiste doscientos cincuenta? —Sí, doscientos cincuenta más tu carrera. "Pucha, oye, yo no soy puto, pero por otro lado necesito la plata". —Entonces, ¿entras? La vas a pasar muy rico. Apagué el carro, le hice una señal con los ojos y nos bajamos, dejamos la Station Wagon estacionada frente a la casa. El lugar tenía una luz muy tenue, propicia para la ocasión. "Nadie me conoce", pensé. "Total, son doscientos cincuenta más... solo porque me saquen un poco de leche no va a ser tan malo. Tampoco será tu primera vez, como has estado mintiendo todo este rato". Entraron a la casa. La noche era propicia para un gologolazo colosal.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil