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Quédate

Encendió los neumáticos, se paró frente al fuego. El hollín le ardía en la nariz, el polvo le raspaba la boca mientras crujían las piedras.

Mauro Huamani
14 de enero de 2026
5 min de lectura
Era viernes. La casa de esteras, sellada por dentro con plástico azul, estaba sobre una quebrada seca al norte. Sentado en una piedra, apoyado en una barra de acero y un martillo, miraba caer el sol. Las luces amarillas de las casitas se encendían. Los cerros cerraban el valle. Al día siguiente cargó sus herramientas y caminó media hora hasta la cantera. Allí estaba ella. —Pesa más hoy. —Seguro dormiste poco —dijo ella—. Toma mi agua. —Gracias. Pausaron. Él sacó un pan dulce, lo partió en dos y desayunaron. —¿Te duele la mano? —Un poco. —¿Quieres parar? —No. —Dame eso. —No. Todavía puedo. Esa noche hubo una fiesta: yunza, música de Estrella Azul, cervezas tibias. Todos los vecinos bajaron al local. Ella también. —Baila —dijo ella—. Torpe, así no. —Enséñame entonces. Sus pasos levantaban polvo y les raspaba la garganta. —Así. Lento. La gente miraba. —No me sueltes. Luego de cortar el árbol subieron. La calle principal era oscura, el camino lleno de piedras y huecos. —No hay futuro aquí —dijo ella. —Tal vez juntos sí —dijo él, en voz baja. Ella tropezó y al buscar apoyo cruzaron las manos. Él la sujetó y la miró directo. Sus ojos eran negros. No se besaron. —Quédate —dijo él. —¿Hasta que amanezca? Se quedaron sentados en silencio. El lunes, puntual, subió al cerro. No la vio. Al mediodía bajó al comedor, con oídos atentos. Oyó que cerrarían el cerro. Había sido concesionada. Volvió. Saludó al controlador sentado en una caseta de madera, pero el ruido de un motor tapó su voz. Un camión ya esperaba. Encendió los neumáticos, se paró frente al fuego. El hollín le ardía en la nariz, el polvo le raspaba la boca mientras crujían las piedras. Martilló. El polvo caliente se levantó con el viento y se le pegó al sudor de la cara. Seguía allí. Ella no.

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