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Bueno, pero no se enoje
Si bien las alegrías y risas son contagiosas, los rencores y maldiciones, contrariamente, no lo son. Estos se quedan en nuestro interior y será decisión individual establecer si conservaremos esas emociones o pasaremos a disfrutar experiencias satisfactorias.
Alfredo Coronel Zegarra
02 de noviembre de 2025
5 min de lectura
El célebre personaje de la serie “El Chavo del Ocho” usaba la frase del título cada vez que cometía errores o equivocaciones. Trataba de esa forma de apaciguar las iras de algún indignado vecino que pretendía castigarlo debido a sus metidas de pata. Y no le faltaba razón, quien saldrá peor parado en cualquier conflicto, sea de la magnitud que fuese, será el que se enfada.
"El que se pica pierde" reza la máxima popular que también podemos aplicar en este caso. Cuando reaccionamos con malestar frente a actos que consiguen producirnos disgusto, el afectado es uno mismo. Así, además del agravio recibido, cargaremos con la sensación de molestia.
La calentura generada gracias a dicho reflejo puede, en ocasiones, causarnos padecimientos peores que la propia situación inicial. Ofuscándonos deseamos "matar" al interlocutor o pensamos en posibles venganzas, todas conductas que difícilmente nos ayudarán a vivir mejor, ni más. De hecho, la pérdida de bienestar en nuestro sistema nervioso afectará, a su vez, diferentes funciones del organismo.
Ciertamente, el autor del desatino tiene bien merecidos sendos regaños o llamados de atención y con seguridad debería hacerse acreedor a castigos o sanciones, pero exceder los límites y mantener el malhumor perturbador por tiempo indefinido resulta inútil.
Si bien las alegrías y risas son contagiosas, los rencores y maldiciones, contrariamente, no lo son. Estos se quedan en nuestro interior y será decisión individual establecer si conservaremos esas emociones o pasaremos a disfrutar experiencias satisfactorias. Que permanezcamos lapsos prolongados con esa percepción desencadenará graves escaladas de respuestas negativas. Igualmente, andar rumiando el asunto solo logrará que adolezcamos de mayor desazón, convirtiéndose en un círculo vicioso que crecerá como bola de nieve. Muchos lo viviremos como si fueran instantes de autocompasión, quedándonos a la espera de que alguien venga a consolarnos permitiéndonos así botar el “vómito verde” de la bilis producida.
Alejarse aprisa de aquello es complejo, en especial porque frecuentemente gustamos de regodearnos en sufrir en exceso. Y, llorando cual magdalenas, vamos de lamento en lamento. Esperamos disculpas o resarcimientos que, sobrevalorando su impacto, en el mejor de los casos brindarán alivio momentáneo. Distraernos, reenfocar la atención, cambiar de ambientes o variar los temas de conversación ayudarán a “despegarnos” del trance.
Mantenerse calmo, sonreír o restarle importancia a la circunstancia es algo que apenas unos cuantos tienen la capacidad de hacer. En lugar de envidiarlos, asumamos que eso está lejos de lo que somos capaces de realizar e intentemos dejarlo atrás lo antes posible. Que la amargura en la boca dure poco.
De esa manera, parafraseando otra sentencia del Chavo: “Tengámosle paciencia a lo próximo que nos moleste”.
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