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Entre arcos y silencios

Cuando salí de la cancha, el sol ya empezaba a bajar. El aire olía a pasto y a cansancio, de ese que se siente bien. Me quité los guantes despacio, todavía con la sensación de sus palabras rondándome la cabeza.

Leonor Morales
10 de febrero de 2026
17 min de lectura
A veces siento que mi vida se entiende mejor cuando no hablo. En clase casi siempre escucho, observo, tomó apuntes y dejó que los demás llenen el ruido. No es que no tenga cosas que decir, solo que me cuesta soltarlas. Con el fútbol no pasa lo mismo. Ahí, todo fluye. Tengo catorce años y voy al mismo salón desde hace dos años. Los mismos pupitres, las mismas bromas, los mismos gritos cuando el profesor se distrae. Yo me siento casi siempre cerca de la ventana. Me gusta ver el cielo cuando pienso demasiado. Y Mateo se sienta unas filas más adelante. No hablamos mucho. En realidad, casi nada. Pero sé que está ahí. Siempre lo he sabido. En clase es distinto a como se ve en la cancha. Es callado, serio, como si estuviera en su propio mundo. A veces sonríe cuando alguien dice algo gracioso, y esa sonrisa… No sé cómo explicarlo, pero se queda un segundo más en mi cabeza. Yo finjo que copio, pero a veces lo miro. Él finge que no se da cuenta. Nadie diría que los dos somos arqueros. Nadie imaginaría que defendemos arcos distintos, que pronto seremos rivales. Para el salón, solo somos Mikeila y Mateo, dos estudiantes más, compartiendo la misma clase, el mismo horario, los mismos silencios. Mi vida no es complicada. Colegio, casa, entrenamientos. Mi mamá dice que soy responsable, mi profesora que soy aplicada. Yo solo sé que cuando tengo los guantes puestos, el mundo se calma. Todavía no sé en qué momento Mateo empezó a importarme más de lo normal. Tal vez siempre fue así. Tal vez solo no quería aceptarlo. Lo único que sé es que, sin darme cuenta, él ya estaba ahí… mucho antes de que el balón empezará a rodar. * El timbre suena igual todos los días, pero no todos los días se sienten iguales. Entró al salón y busco mi lugar de siempre, cerca de la ventana. El sol se cuela entre las cortinas viejas y dibuja líneas sobre los pupitres. Dejo mi cuaderno, saco un lapicero y respiro hondo. Me gusta llegar antes que la mayoría. El silencio me ordena la cabeza. Poco a poco el aula se llena de voces, risas, mochilas cayendo al suelo. Entonces lo veo entrar. Mateo camina sin apuro, como si el ruido no fuera con él. Se sienta unas filas adelante, en el mismo lugar de siempre. No mira a nadie en especial, pero de alguna manera siempre sé cuándo está ahí. La profesora empieza a hablar y todos abren sus cuadernos. Yo copio con cuidado, letra por letra. A veces levanto la vista sin querer. Mateo apoya el codo sobre la mesa y mira al frente, concentrado. Parece tranquilo, pero algo en su postura me dice que piensa mucho, igual que yo. En un momento, él se voltea. No es brusco, no es evidente. Solo lo justo para que nuestras miradas se crucen. No son más de dos segundos, pero siento como si el tiempo se hubiera detenido. Apartó la vista rápido, el corazón latiendo más fuerte de lo normal. ¿Por qué me pongo así? La profesora pide un trabajo en parejas. Mi estómago se aprieta. Siempre pasa lo mismo: todos se mueven rápido, se llaman por apodos, se juntan sin pensar. Yo me quedo quieta, esperando que alguien me mire. —Mikeila —dice la profesora—, trabajarás con Mateo. Levantó la vista. Él también. Asiente despacio, como si no le molestara. Como si ya supiera que eso iba a pasar. Se sienta a mi lado. El espacio entre los dos es pequeño, pero suficiente para que lo note todo: el sonido de su respiración, el roce de su cuaderno, el silencio que no se siente incómodo. —¿Empiezas tú o empiezo yo? —pregunta, en voz baja. Su voz es tranquila. No tiembla. Yo sí. —P-puedo empezar —respondo. Trabajamos sin hablar mucho. Nos pasamos el cuaderno, señalamos cosas, escribimos. En silencio, pero bien. Extrañamente bien. Cuando el timbre vuelve a sonar, Mateo se levanta. —Te quedó bonito —dice, señalando el trabajo. Sonríe apenas. Yo también, aunque él ya está de espaldas. Me quedo mirando el cuaderno un segundo más. Tal vez los silencios no siempre significan distancia. Tal vez, a veces, significan lo contrario. * Los entrenamientos siempre han sido mi lugar seguro. Después de clases, el colegio cambia. Los pasillos se vacían, las voces se apagan y el patio se convierte en cancha. Me amarro las zapatillas con calma, como si ese pequeño ritual me ayudara a dejar todo lo demás atrás. El profesor aún no llega, así que empiezo a calentar sola. Estiró los brazos, giró los hombros, saltó un poco. El arco me espera, firme, silencioso. Siempre me ha gustado pensar que me entiende. Atajar es confiar. En tus reflejos, en tu cuerpo, en que vas a llegar a tiempo. Me pongo los guantes y siento cómo todo encaja. Desde el otro lado del campo, escuchó pasos. No necesito voltear para saber quién es. Mateo entrena con su equipo en otro horario, pero hoy coinciden unos minutos. Él también se prepara, serio, concentrado, como si el mundo desapareciera cuando pisa la cancha. No estamos juntos. No somos rivales todavía. Solo dos personas entrenando en el mismo lugar. A veces, sin querer, lo miro. Mateo se lanza al suelo con seguridad, se levanta rápido, sacude el polvo de las rodillas. Parece fuerte, pero no brusco. Preciso. Yo intento concentrarme en lo mío, pero algo me jala la atención cada vez que ataja. Él también me mira. No siempre, pero lo suficiente para notarlo. Nadie dice nada. Los gritos de los compañeros llenan el aire, el sonido del balón golpeando el césped marca el ritmo. Entre todo eso, nuestros silencios se reconocen. El profesor llega y da indicaciones. Me lanzo a mi derecha, luego a la izquierda. Una atajada difícil me deja sin aire por un segundo. Escucho un “bien” a lo lejos. No sé si fue para mí… pero quiero creer que sí. Cuando el entrenamiento termina, me quitó los guantes y me siento en el césped. Mateo pasa cerca. No se detiene, pero baja la voz. —Atajas bien —dice. Levantó la cabeza. Él ya sigue caminando. Sonrío sin querer. Tal vez no haga falta enfrentarnos para sentirlo. Tal vez, incluso sin competir, ya estamos jugando algo importante. * Cuando salí de la cancha, el sol ya empezaba a bajar. El aire olía a pasto y a cansancio, de ese que se siente bien. Me quité los guantes despacio, todavía con la sensación de sus palabras rondándome la cabeza. No hablamos más ese día. No hizo falta. * Al día siguiente cuando llegó al mismo lugar de entrenamiento corro hacia el arco, el ruido del colegio se apaga. Ya no pienso en las miradas, ni en los comentarios, ni siquiera en Mateo… al menos eso intento creer. El profesor dice que he mejorado mis reflejos. Que estoy más rápida. Más decidida. Yo no le digo que entreno así porque necesito sacar todo lo que no digo. Los entrenamientos se volvieron más largos. Más exigentes. Me lanzó sin miedo, aunque el suelo esté duro y las rodillas me ardan después. Cada atajada es una forma de ordenar lo que siento. Cada caída, una forma de levantarme sin explicaciones. A veces entrenamos casi al mismo tiempo que el otro equipo. No estamos juntos, pero tampoco lejos. Lo veo desde mi arco. Mateo también entrena más fuerte. Se queda después del horario, repite ejercicios, pide más balones. Ya no parece solo tranquilo: parece concentrado en algo que va más allá del fútbol. Cuando atajó un balón difícil, escuchó aplausos. Cuando él lo hace, también. No competimos, pero el aire se tensa, como si ambos supiéramos que el otro está ahí. Hay días en los que no cruzamos miradas. Y otros en los que basta un segundo para desordenarlo todo. —Bien, Mikeila —dice el profesor—. Otra vez. Respiro hondo. Me coloco en posición. Salto. Por un momento, olvido que tengo catorce años, que estoy en el colegio, que hay rumores flotando. Solo existe el balón viniendo hacia mí… y mis manos encontrándolo en el aire. Cuando termino, me siento en el césped, agotada. Me quito los guantes y miro al cielo. Escucho pasos acercarse, pero no volteo enseguida. —Entrenas diferente —dice Mateo. —¿Diferente cómo? —pregunto. —Como si no quisieras perder nada. Lo miro. Él me sostiene la mirada, serio, sincero. —No quiero —respondo. No dice nada más. Yo tampoco. Pero en ese silencio, lo entiendo: no solo entrenamos para ganar partidos. Entrenamos para no perder lo que empieza a importarnos. Los días siguientes, el ambiente cambió sin que nadie lo anunciara. El profesor empezó a hablar del torneo con más seriedad. Horarios pegados en la pizarra. Listas. Indicaciones repetidas. Ya no era solo entrenar por gusto: ahora entrenábamos para competir. Yo seguía llegando temprano a la cancha. Me gustaba tener unos minutos sola antes de que todo empezara. El arco, el pasto, el silencio. Pero esa tarde no estuve sola. Mateo estaba ahí. No en mi lado. En el otro arco. Por primera vez, los dos equipos compartían la cancha para una práctica general. No era un partido oficial, pero tampoco era un simple entrenamiento. El aire se sentía distinto, más denso. Me puse los guantes con calma. Evité mirarlo al principio. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía, algo iba a cambiar. —Hoy trabajamos situaciones reales de juego —dijo el profesor—. Tómenlo en serio. Lo hice. El balón empezó a rodar. Los tiros llegaron rápidos, sin avisar. Me lancé, caí, me levanté. Escuché gritos, pasos, el golpe seco del balón contra mis manos. Estaba concentrada. Firme. Hasta que lo escuché. —Buen reflejo —dijo alguien del otro lado. Era Mateo. Levanté la vista sin pensar. Él estaba de pie en su arco, sosteniendo el balón después de una atajada limpia. No sonreía. No provocaba. Solo me miraba, como si el mundo alrededor se hubiera apagado. Respondí con otra atajada difícil. Más fuerte. Más precisa. No competíamos oficialmente, pero algo entre nosotros se tensó, invisible, inevitable. Cada tiro que él detenía, yo quería detenerlo mejor. Cada vez que yo caía al suelo, él se lanzaba también. No era orgullo. No era rivalidad. Era reconocimiento. En un descanso, tomé agua y sentí su presencia cerca. —Nunca te había visto jugar así —dijo. —Tú tampoco juegas igual —respondí. Se apoyó en la reja, mirando la cancha. —Supongo que cambia cuando sabes quién está al frente. Mi corazón dio un salto extraño. —Sí —dije—. Supongo. El profesor llamó a retomar la práctica. Volvimos a nuestros arcos. Esta vez, no evité mirarlo. Él tampoco. Cuando el entrenamiento terminó, me quedé un momento más, respirando hondo, con los guantes colgando de la mano. Mateo pasó a mi lado. —Nos vamos a enfrentar de verdad —dijo—. Pronto. Asentí. —Lo sé. No sonrió. Yo tampoco. Pero en ese silencio compartido entendí algo con claridad: El partido aún no había empezado. Y ya ninguno de los dos quería perder. Esa noche me costó dormir. Me acosté temprano, como siempre antes de entrenar, pero el techo parecía más alto de lo normal. Escuchaba los ruidos de la casa, pasos lejanos, una puerta que se cerraba, y aun así mi cabeza no se callaba. Cerré los ojos y volví a verlo en su arco. No como rival. No como compañero de clase. Sino como alguien que me había mirado de una forma distinta… como si entendiera exactamente lo que sentía cuando atajaba. Me giré de lado y abracé la almohada. ¿Por qué me afectaba tanto? No habíamos hecho nada. No había promesas, ni palabras grandes, ni gestos exagerados. Solo miradas, silencios y esa frase que se me había quedado clavada en el pecho: “Cambia cuando sabes quién está al frente”. Pensé en mis manos deteniendo el balón. En las suyas, haciendo lo mismo. En cómo, por primera vez, el fútbol no era solo mi refugio… también era el lugar donde él estaba. Me levanté un poco y tomé mi cuaderno. No escribí mucho. Nunca lo hago cuando algo importa demasiado. Solo una frase, pequeña, casi escondida entre hojas: No quiero perder lo que todavía no empieza. Cerré el cuaderno rápido, como si alguien pudiera leerme los pensamientos. Antes de apagar la luz, miré mis guantes doblados sobre la silla. Mañana volvería a entrenar. Volvería a concentrarme. Volvería a fingir que todo estaba bajo control. Pero en el fondo lo sabía. Ya no entrenaba solo para ganar partidos. Entrenaba para ser fuerte. Para no temblar cuando lo viera. Para sostener la mirada cuando llegara el momento. Porque ese momento se acercaba. Y aunque me diera miedo admitirlo, una parte de mí ya estaba lista para enfrentar todo… incluso lo que sentía por Mateo. Los días antes del partido se sintieron más largos de lo normal. En el colegio, todos hablaban de lo mismo. Horarios, posibles resultados, quién iba a jugar de titular. Yo caminaba por los pasillos como siempre, pero por dentro todo estaba más atento, más despierto. Mateo y yo seguíamos compartiendo el mismo salón. Ya no trabajábamos juntos, pero tampoco nos evitábamos. A veces nuestras miradas se cruzaban sin querer, otras veces era intencional. No hablábamos mucho, pero cuando lo hacíamos, era con cuidado, como si ambos supiéramos que cualquier palabra de más podía mover algo importante. —¿Lista para el torneo? —me preguntó un día, mientras guardábamos nuestras cosas. —Eso creo —respondí—. ¿Y tú? —Siempre. Sonrió apenas. Yo bajé la mirada, no porque no quisiera sostenerla, sino porque sentí que si lo hacía, todo se me iba a notar. Los entrenamientos se volvieron más duros. El profesor exigía más, repetía ejercicios, corregía cada detalle. Mis brazos terminaban cansados, las piernas pesadas, pero no me quejaba. Necesitaba sentir ese cansancio para no pensar tanto. Aun así, pensaba. Pensaba en él atajando del otro lado. En lo que pasaría si ganábamos. En lo que sentiría si perdíamos. Había compañeras que murmuraban cuando pasaba. Amigos que preguntaban en broma si estaba nerviosa. Yo sonreía, decía que no, que era solo un partido. Pero no era solo un partido. Una tarde, al terminar de entrenar, me quedé sola unos minutos más. El cielo estaba nublado y el viento movía las redes del arco. Me apoyé en el poste y respiré hondo. Escuché pasos. Mateo apareció al otro lado de la cancha, también solo, también quieto. No se acercó. No hizo falta. Nos miramos desde lejos, separados por todo el campo. No como rivales todavía, sino como dos personas esperando lo mismo. Él levantó la mano en un gesto pequeño. Yo asentí. Nada más. Esa noche, mientras preparaba mi mochila, sentí algo claro por primera vez: no podía controlar el resultado del partido… pero sí cómo iba a jugarlo. Y pensé que, pasara lo que pasara, cuando llegara el día, iba a mirar al frente sin bajar la cabeza. Porque el arco me había enseñado algo importante: a veces, la verdadera valentía no está en lanzarse al balón… sino en quedarse firme cuando todo tiembla.

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