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Antes de despertar

Martina envejeció al lado de Felipe sin miedo. El tiempo avanzaba, pero con un ritmo distinto, donde ya se notaba la fatiga y las arrugas, pero no se perdía el amor. En todo ese tiempo, vivieron juntos. Discutieron poco y se reconciliaron siempre. Cada vez que Martina cerraba los ojos por las noches, sentía que no le faltaba nada.

Lisbeth Monzón Matos
21 de enero de 2026
13 min de lectura
Se conocieron una noche cualquiera, en una fiesta a la que ninguno quiso ir. No fue un encuentro memorable ni un lugar especial, solo el inicio de algo que aún no se podía nombrar. Martina permanecía en una esquina, con el vaso de bebida intacto entre sus manos. Felipe se acercó con paso tranquilo, atraído por su silencio y, sonriendo, le preguntó si planeaba llevar el vaso como recuerdo. Ella sonrió y sin darse cuenta ya estaban hablando. La conversación empezó sin intención y continuó porque ninguno quiso ser el primero en irse. Entre risas breves y frases interrumpidas por el ruido, descubrieron que compartían más de lo que parecía. Intercambiaron números telefónicos con la excusa de seguir su conversación en otro momento, en donde el ruido no cortara sus palabras. Los días pasaron y el contacto se mantuvo. Cada vez que se veían, Martina se descubría riendo con facilidad, diciendo cosas que no le diría a cualquiera. Felipe la miraba como si no existiera nada más, y Martina creyó, sin dudas, que así debía sentirse el amor. Todo fue rápido, se enamoraron, se comprometieron y un año después se casaron. La boda fue sencilla, en aquella vieja iglesia a la que su madre la llevaba cada domingo, y la ceremonia en aquel jardín lleno de flores que Martina tanto amaba. Martina recordó su vestido moviéndose con el viento, los nervios de Felipe ese día, la alegría brillante de su madre y la mirada suave y nostálgica de su padre. Recordó el aroma de las flores mezclado con la brisa del jardín, el murmullo de los invitados compartiendo la emoción, el sol filtrándose entre los árboles y los pétalos cayendo lentamente. Todo parecía delicado y eterno a la vez. Después de la boda, se instalaron en su hogar, una pequeña casa con una ventana desde la que se podían ver los amaneceres sobre la playa y los tonos amarillos, anaranjados y rosados que pintaban el cielo al caer el sol. Ningún problema parecía demasiado grande cuando tenían aquella vista. Felipe enseñaba con paciencia y pasión en su trabajo como profesor en el pueblo donde vivían, mientras que Martina decidió dedicar su tiempo al hogar. Allí cuidaba a sus animales, cultivaba un pequeño huerto, aprendió a coser y, poco a poco, sus trabajos comenzaron a llamar la atención de sus vecinas. El tiempo pasó y llegaron los hijos: Abigail, con su voz suave y risueña, y Ernesto, algo serio incluso de niño. La casa se expandió, se llenó de pasos pequeños corriendo por el pasillo, de risas escandalosas y de juguetes tirados. Abigail aprendió a cantar y tocar el piano, y su música vibraba desde la sala hasta la ventana. Ernesto encontró en la pintura una manera de expresarse, y sus dibujos fueron llenando las paredes de recuerdos y momentos felices. Los años pasaron, y sus hijos crecieron demasiado rápido. Martina los observaba equivocarse, aprender, reír y descubrir el mundo, y no podía evitar sentir nostalgia. Abigail ya no necesitaba que la llevaran de la mano, y Ernesto encontraba sus propios caminos lejos de su hogar. La casa que había estado llena de risas y pasos pequeños, parecía más silenciosa de repente. Cuando los hijos crecieron lo suficiente, comenzaron a buscar su propio camino. Abigail se fue a estudiar fuera del pueblo, llevando consigo la voz suave que siempre había llenado la casa de música. Ernesto siguió su arte, viajando a ciudades lejanas para exponer sus obras y dejando en cada pared un recuerdo de su infancia. Martina sintió un extraño vacío al verlos partir, era una mezcla de miedo y orgullo. Felipe estaba a su lado, compartiendo la misma sensación, aunque rara vez hablaban de ello. Sin embargo, encontraban consuelo en los momentos de pareja, los atardeceres en la playa, las cenas tranquilas, las conversaciones largas mientras la casa quedaba en silencio. Cada gesto, cada mirada, cada roce de manos se volvió más significativo. La vida seguía, pero había dejado su marca; la rutina tranquila tenía ahora una sombra de nostalgia, era un recordatorio silencioso de que todo cambia y que los años pasan. Martina envejeció al lado de Felipe sin miedo. El tiempo avanzaba, pero con un ritmo distinto, donde ya se notaba la fatiga y las arrugas, pero no se perdía el amor. En todo ese tiempo, vivieron juntos. Discutieron poco y se reconciliaron siempre. Cada vez que Martina cerraba los ojos por las noches, sentía que no le faltaba nada. Hasta que de repente, despertó. La habitación era blanca. Demasiado blanca. El sonido constante de una máquina de hospital marcaba un ritmo que no reconocía. Voces ajenas diciendo su nombre y la voz sollozante de su madre diciendo: “Despertó… despertó”. No había anillo en sus manos. No había esposo, ni hijos, ni casa con vista al mar. Un recuerdo de Felipe cruzó su mente, su risa, la forma en que la miraba, los amaneceres desde la ventana… pero se desvaneció. Los sonidos del mar, las risas de Abigail y Ernesto, el olor del huerto y las flores… todo había sido un susurro de su mente. Una historia completa que jamás existió fuera de ella. Todo aquello que había amado y vivido no fue más que parte de un sueño, de su imaginación y sus anhelos mientras su cuerpo inmóvil permaneció en coma.

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