Volver al blogTallerista - Grupo online

Cosas que pasan

¿Quién era Marcelo? Este era un chico muy amigable cuando tenía 15 años. Al menos eso se notaba desde el colegio.

Cecilia Fiestas Urquizo
04 de noviembre de 2025
12 min de lectura
Todo parecería bien de no ser por alguien que los veía desde lejos. Un ex enamorado de Fernanda, impulsado por los celos, loco de rabia, no podía creer que la muchacha le había olvidado. “O es mía o de nadie”. Del lugar secreto, salió a su encuentro y gritó a todos. -¡Déjala! ¡Es mi mujer! ¿Quién era Marcelo? Este era un chico muy amigable cuando tenía 15 años. Al menos eso se notaba desde el colegio. No se metía en problemas y trataba de dar lo mejor de sí. Sus padres le habían dado lo mejor, pues era hijo único. Sus años en el colegio, no fueron tan malos; aunque a veces él solía llorar por rabia. No lo demostraba, pues los hombres no lloran. Rabia porque no sabía soportar un no por respuesta. Los docentes decían que era un chico carismático, dado a tener condiciones de líder. Y esto era verdad. Sus amigos lo llamaban para organizar eventos y él se lucía por ser el más creativo. Sin embargo, ya en la adolescencia, prefería ser el otro. Es decir, el chico malo. Mucha miel y no pasa nada. Acaso porque su madre lo consentía demasiado y sentía que le asfixiaba todo ese amor. Mientras, su padre, que comúnmente lo llevaba a los partidos de fútbol, pero que lo dejaba solo la mayoría de veces por ir a trabajar a la empresa. Marcelo fue dándose cuenta de que las chicas, lo miraban, le mandaban piropos. Pero él, en lugar de ir a buscarlas, se escondía. Así fue hasta que terminó sus estudios en el colegio. En la universidad, el ambiente cambió. Puede ser que el hecho de alejarse de su familia, los trabajos y el tiempo le hayan hecho madurar. Él observaba a sus compañeras con cara de ángel. Pero de un ángel caído. Si bien las hermosas criaturas que lo alababan por su cuerpo, eran unas lindas muchachas, él solo deseaba encontrar a alguien que lo mirase de forma natural, que le hable sin mieles y con la verdad por delante. Las metáforas con él no funcionaban. Así fue incluso hasta después de la universidad. Todo cambió cuando conoció a Fernanda. Eso fue en una fiesta de verano. Le llegó una invitación de pases de cortesía a su celular, por lo que asistió. No tenía ningún compromiso. Además de que ya contaba con unos 25 años y estaba listo para ser una nueva versión y más mejorada de sí mismo. Cuando estaba yendo al bar para pedirse un buen vaso de licor, de pronto notó una figura muy especial. Era una camarera la que estaba llevando las copas a algunos clientes. No era solo una mujer, era una belleza. La miró por largo tiempo, siempre desde lejos. Un hermoso cabello negro, muy sedoso, labios sensuales y unos ojos que daban ganas de decirle “mírame, estoy aquí”. Era la primera vez que empezó a sentir miedo por alguien. Deseó acercarse a ella, le pidió unas copas y como si el destino se propusiera, él le dejó su número de teléfono, por si quería salir alguna vez. Ella, lo miró extrañada, No le dijo nada, pero sonrió. Eso fue suficiente para él. A las dos semanas, Fernanda, ya salía son Marcelo. Como amigos, como enamorados, como alguien especial. Ella lo mimaba con juegos, le hablaba de su familia, lo invitaba a reuniones con sus amigos. Él se comportaba como un caballero. Siempre a la hora, y no discutir con nadie. Los amigos de Fernanda lo veían como un pavo, ella lo miraba como alguien extraño, lindo. ¿Cómo fue que, de un momento a otro, todo cambió? Fernanda empezó a disculparse por no poder llegar a las citas temprano. El trabajo de camarera lo dejó, y ahora se dedicaba a estudiar con mayor determinación. Le decía que estaba ocupada y que los exámenes finales en su universidad estaban muy fuertes, además de difíciles. Marcelo, al principio, creyó que debía darle su espacio; no llamarla, dejar un momento para que ella se concentrase. Pero, pasado un mes, ella se volvió más fría. No gustaba que le tocara la mano, menos delante de extraños y ese cambio le dolió a Marcelo. “¿Habrá alguien más?” Le preguntó un amigo a quien le consultó. “Averigua, hombre. No vaya ser que te cambió por otro y tú seas el tonto de la historia”. Una tarde, mientras habían ido a descansar a la playa, él esperó a que su enamorada, hasta ese momento, se fuera a bañar. Se quedó para cuidar los objetos. Siempre con mucho cuidado, estaba relajado, quería descansar. Al poco rato, suena el celular de su enamorada. Marcelo de reojo, observa que sale de nombre Carlos. Un mensaje claro y contundente: “¿Quieres que te vaya a recoger a la universidad, otra vez?” ¿Otra vez? Esto fue un golpe muy duro para Marcelo. Acaso todo ese tiempo, en que ella le dijo que estudiaba, se la pasó viendo a otro. Por primera vez, empezó a sentir rabia, pero rabia de verdad. Esperó de forma paciente a que ella, regresara de bañarse. Los minutos se volvieron eternos. “Podría ella, acaso mentirle. Lo debo averiguar ya”. Fernanda regresó y notó una mirada de él, algo que le hizo sentir incomodidad. -¿Qué pasa? – preguntó Fernanda. -Nada, solo que, creo que hay algo que hoy no comprendo. -Explícate, amor. – le respondió Fernanda. -¿Quién es Carlos? – directa pregunta a la muchacha. -¿Qué nombre dijiste? – empezó a temblar. -¡Carlos! ¿Quién es Carlos? – se lanzó hacia ella. Ella no supo qué responder y bajó la mirada. Entonces, en un momento de rabia, intentó agarrarla de la mano y comenzó a forcejear. Ella lo empujaba y gritaba auxilio. -¡Estás loco! ¡¿Qué te pasa?! ¡Suéltame! – cuerpo que se estremece. -Acaso has estado engañándome. – manos que tiemblan. -Mira, mejor cálmate. – voz femenina tranquila y alejada. -Empieza a hablar. – voz de auxilio por dentro. Él le soltó las manos. Ella le comenzó a narrar que, debido a la presión de los estudios, pues se sentía sola. Entonces, en una sesión de terapia contra la presión, conoció a este joven. Unos años mayor que ella y que le estaba hablando de filosofía, canciones de autoayuda y más. Que poco a poco le estaba dando un poco más de seguridad, pero que algo en ella cambió. Deseaba que Carlos le acompañara y le diera aliento. -Y ¿yo? ¿Por qué no me contaste lo que sentías? -No sabía cómo. Además, te veía serio, no decías mucho y las veces en que nos veíamos, notaba una frialdad en tus ojos. Creía que podía manejarlo, pero; no sé cómo explicarlo… a veces siento que eres otra persona. -¿Estás enamorada de él? – pregunta directa. -La verdad, sí. Y me siento mejor ahora. Yo lo siento. No eres tú. Soy yo. -Jugaste conmigo. Pudiste haberme dicho antes. Y me entero por una llamada. -Perdón, no quise hacerte daño. Espero lo entiendas. -Ya lo hiciste, mentiste y eso es peor. -Es mejor dejarnos. -¿Crees que eso será todo? -¿Cómo voy a olvidarme de ti? Pasaron meses, desde el rompimiento. Intentó llevarlo en paz, pero su mente no dejaba de atormentarse con Fernanda y Carlos. Empezó el seguimiento por las redes sociales. Los veía felices y él, cada vez más destruido. No salía, no se divertía, andaba solitario. Empezó a perder peso y no le importaba nada. Solía decir que esta bien, solo que él mismo no se lo creía. Su familia lo abandonó. Su madre decidió cerrarle la puerta de la casa, cambió la cerradura y le dijo adiós. En el fondo, ella también sintió que su único hijo, no era del todo un ángel. Por el otro lado, el padre, le aconsejó que se vaya de viaje. Tal vez así la podría olvidar. Lastimosamente, esto le afectó más. Al ver a parejas de enamorados, besándose o citas de amigos que hablaban de lo bien que lo pasaban, él comenzó con el resentimiento hacia la vida. “Mujeres, mujeres, mujeres. Nos aman y luego nos abandonan. Le di mi tiempo y solo me devolvió indiferencia. ¿Qué hice de mal? Solo amarla. No puedo verla feliz. La empiezo a odiar. Y si no es mía, de nadie más lo será”. Las imágenes de ella y su enamorado no las podía borrar. Supo que salieron luego de que terminaron; que el hombre era un líder en su trabajo; que al parecer se estaba labrando una imagen ante la sociedad. Eso lo carcomía por dentro. “¿Por qué él? ¿Por qué él y no yo? Soy mejor, soy mejor. Mírame, Fernanda. Vivo para amarte”, frases que él empezó a escribir en unos papeles y que alimentaba, su terquedad o tal vez, su desaliento. Estos fueron descubiertos por su padre en una visita a su estudio. Carlos no habló del tema. El padre creyó que solo era momentáneo. Pasaron meses desde que supo que ella se casaría. No debía desaprovechar la oportunidad de verla, desde lejos. Marcelo acechaba por todos lados, mientras Fernanda ignoraba todo. Así supo que ella estaba comprando un hermoso vestido azul, que había entrado a una agencia de viajes por barco, que ya estaba alistando maletas. Mientras, la ansiedad iba en aumento. Se hizo pasar por un camarero, tal y como la conoció. Sabía hablar muy bien el inglés y utilizó sus dotes de conquistador para caerle bien a los agentes de seguridad y personal que contrabata gente para la travesía. Los papeles eran muy importantes. No llegó a sacar nada ilícito, pues sus padres le habían gestionado, pasaporte y en su cuenta bancaria tenía mucho dinero ahorrado. “Será fácil llegar a ella”. Esperó con mucha calma a que los invitados llegasen al salón de baile. La música era espectacular, pero para Marcelo, era como una bomba. Su corazón ya no latía. En los ojos, la mirada de una mujer que jugó con sus sentimientos. De pronto, la vio a lo lejos; ella era una reina que bajaba del cielo con su vestido azul. Mientras, un monigote. Vestido de payaso, con un frac ridículo, bailaba a su lado. ¡Basta! ¡Basta ya! ¡Era hora de actuar! Los gritos de los concurrentes no se hicieron esperar. Se alejaron mientras que la pareja lo miraba extrañada. -¿Qué quieres? – preguntó Fernanda -¡A ti, solo a ti! – se acercó gritando Marcelo. -¡Oye, déjala en paz! – vociferó Carlos. -¡No me digas nada! – replicó Marcelo. -¡Yo terminé contigo hace mucho! ¡Déjame en paz! - volvió a gritar Fernanda. -Ya te dije: Eres mía y de nadie más. Entonces, arrebatado, sacó una pistola. Los asistentes gritaron y corrían de un lado para otro. -¡No nos hagas daño, por favor! – le suplicó gritando Fernanda. -¡Te dije que esto es lo último que haría! – gritó nuevamente Marcelo, furioso. Loco. Por unos instantes, pensaron que lo meditaría. Pero apuntaba directamente a la cabeza de Fernanda. Ella temblaba y suplicaba por su vida. Marcelo la jaloneó, apuntando a su cabeza. Ella lloraba y miraba a todos. -¡Por favor, déjala! – gritó Carlos. -Ni te muevas – le replicó Marcelo. Ella se va conmigo. Marcelo corrió con la chica, sintiendo rabia, dolor y mucha furia. Fernanda había sido su único amor. Pero, luego, lo abandonó, sin explicación. La había visto en las páginas sociales, y ahora debía verla. Era su mujer, así de simple. El barco se movía muy lento. Murmullos se escuchaba por los alrededores. Fernanda lloraba, pero no podía conmoverlo. Marcelo decidió llevarla consigo. “Si no puedo amarte, él tampoco lo hará”. Entonces, la empujó al mar. Él también se lanzó. Ninguno de los dos sabía nadar, el mar los tumbaba. Ella pedía auxilio. Su desesperación le jugó una mala pasada. Poco a poco, ya solo miraba ángeles a su alrededor. Días después, el cuerpo de una estrella, se encontró en una playa desierta. Cuerpo abombado, moradas facciones y ojos mirando la libertad. Carlos lloraba impotente, suplicando despertar de este terrible tormento. “Libertad eres mi cárcel ahora”, pensamiento de hombre en duelo con el mar. Mientras, al otro lado de la ciudad, Marcelo fue encontrado sin vida en su departamento. Una sobredosis de pastillas y un mensaje: “El amor no existe. Cambio mi vida por la libertad de irme cuando yo lo quiera”.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil