Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Los vecinos
Mis pisadas, aunque sigilosas, hicieron rechinar el dilatado machiembrado de madera, advirtiendo al sujeto de mi presencia. Este giró levemente el rostro y me miró con indiferencia, y así, sin siquiera mostrar un atisbo de asombro, retornó a su robótica labor.
Francisco Dahoud
21 de octubre de 2025
35 min de lectura
Ya hace bastante tiempo que llevo concertando citas con diversos agentes inmobiliarios en busca de la residencia ideal. Pero, por más religiosa que se haya tornado mi labor, no lograba encontrar nada que complaciera mi gusto refinado.
Estaba a la caza de un penth-house acorde a mi estatus. Yo, siendo un exitoso reportero del New York Times, galardonado innumerables veces, debo vivir rodeado de exquisitez, por lo que es comprensible mi comportamiento quisquilloso ante el mínimo detalle.
Esa mañana, como era costumbre, me encontraba sentado en el sofá de la sala, ojeando el diario acompañado de una buena taza de Kopi Luwak. Mientras revisaba los artículos de mis colegas con el motivo de más tarde criticarlos, mi atención se vio perturbada por el llamado del intercomunicador y así, con un resoplido de fastidio, me acerqué a contestar.
— ¡Aló!
Una voz un tanto temerosa respondía:
— Disculpe, soy Johnny —se trataba del portero—, en el lobby lo está esperando un agente inmobiliario, el señor… J. Black.
No recordaba haber convenido una cita para hoy, pero tenía tanto interés de abandonar este pseudo-lujoso Loft Neoyorquino, así que, de forma imprudente, permití el pase al desconocido, ansiando me presentara una propuesta atractiva.
— Johnny, que pase, pues —le dije.
El lame-botas contestaba:
— Inmediatamente, señor.
Se presentó a mi puerta un sujeto de unos 40 años, espigado, de incólume porte, con tez albina, pelo cano platinado, ojos negros profundos y mirada intensamente cautivante. Llevaba puesto un elegante traje oscuro, simétricamente perfecto; la corbata gris satinada adornaba su blanca camisa y sus zapatos italianos con lustre enceguecedor eran el remate perfecto a la facha del sujeto.
Sin decir nada, abrió su maletín, tomó una tarjeta de corte minimalista y me la entregó. Esta solo decía: J. Black, Agente inmobiliario.
Lo interrogué con cierto sarcasmo:
— Dígame, señor Black, ¿qué tiene para ofrecer?
El agente inmutable contestó:
— Vengo a llevarlo a su nueva morada.
Encandilado por su confianza, que rozaba la desfachatez, le pregunté:
— Y… ¿cuándo podemos ver el departamento?
— Ahora mismo, la limusina está esperando.
Tras un sutil ademán, propio de un prestidigitador, me dejé arrastrar como víctima de un trance hipnótico y abordé el confortable Maybach que flotó sobre esas aplanadas pistas con rumbo al mentado penth-house.
No nos dirigimos palabra en el camino; el agente se encontraba sentado con una postura erguida, casi robótica; no parecía pestañear, apenas se detectaba el respiro. Únicamente en el momento que se detuvo el vehículo, me miró fríamente con esos perturbadores ojos negros y dijo:
— Llegamos.
Asomé mi rostro por la ventanilla del auto, quedándome asombrado con la perfección de la edificación. Hasta el Taj Mahal se veía eclipsado ante la maravilla arquitectónica que deslumbraba mis ojos.
Al bajar de la limusina, reconocí la calle donde nos encontrábamos. Yo había pasado infinidad de veces por esta zona y nunca había visto el edificio, por lo que, confundido, interrogué al señor Black.
— Y este edificio, ¿cuándo apareció?
El agente, fiel a su carácter, sin expresión, me dijo:
— Recién se ha culminado, está erigido a su gusto.
Este sujeto sí conocía su labor, entendía mis estándares y sabía lo que merece alguien tan exitoso como yo.
El edificio se encontraba en el más exclusivo barrio, Hudson Yards en Manhattan. Tenía una altura de diez pisos, que estaba en sintonía con las edificaciones aledañas, regalándonos una belleza estética a lo largo de la cuadra. Ingresamos atravesando ese umbral de doble altura y me sentí cautivado por una energía casi paranormal, como si estuviese ingresando por un portal hacia otro mundo.
Nos daba la bienvenida el lobby, enchapado del más fino mármol; los resplandecientes pisos y muros competían con la brillantez del candelabro de cristal austriaco, que majestuosamente colgaba desde el centro del ingreso.
Encandilado por lo que a cada paso veía, llegamos a los ascensores. Eran tres unidades: dos de las cuales compartirían seis departamentos, y uno, que se ubicaba en el centro, bastante más adornado, era exclusivo del penth-house.
Mediante ese transporte, subimos a la cúspide del edificio, donde se encontraba el más excelso departamento de la torre. Un dúplex de unos mil metros de área y veinte ambientes deliciosamente iluminados, con una vista impresionante al valle de Hudson. Los finos acabados europeos, al puro estilo neovictoriano, y el mobiliario italiano son el pináculo de la excelencia.
Ansioso y con temor por perder la propiedad, sin dudarlo, arremetí contra el Agente, condicionándolo:
— Esta propiedad me pertenece desde ahora, prepárame los papeles para firmar.
Buscando en su maletín, el agente sacó un fajo con un par de hojas, me acercó una pluma Montblanc negra con vivos dorados y dijo:
— Firme aquí.
Sin leer el contrato ni pensando en el precio, algo que alguien como yo nunca hacía, simplemente firmé.
Me entregó una copia del documento con las llaves del departamento y guardó el original; luego de esto, se despidió diciendo:
— Hoy se le hará llegar todas sus pertenencias. Hay una cama preparada en la habitación principal, disfrute su estancia.
Con estas palabras se retiró, y lo último que oí de él fue el azote de la puerta.
A la mañana siguiente, desperté con semblante renovado. Sorprendido, vi que todas mis cosas aparecieron ordenadas tal y como esperaba que estuviesen. No recordaba en qué momento llegó todo; seguramente esa pastillita de Xanax con whisky fue lo bastante efectiva para no sentir a los sirvientes acomodando mis enseres. Lo importante era que el señor Black se hizo cargo, según lo prometido.
Me levanté y, como acostumbraba, pasé a acomodarme en el sofá y disfrutar de mi espresso, ojeando el diario por unos minutos, hasta que el llamado de la puerta interrumpió mi rutina.
A regañadientes, me cuestionaba:
— ¿Quién será?
El departamento estaba totalmente automatizado, por lo que, sin siquiera moverme de mi cómodo asiento, me hice de una especie de tablet mediante la cual se controlaban todos los espacios. Seleccioné la cámara del ingreso e inmediatamente me sorprendió en close-up el rostro de una mujer sesentona.
Presionando el botón de audio, pregunté:
— ¿Qué desea?
Una voz intensamente aguda irritaba mis oídos.
— Soy Lois, su vecina del piso ocho. No quiero robarle mucho tiempo, solo pasé a presentarme.
Mi cuerpo se escarapelaba de rechazo ante la petición, pero me sentí forzado a permitir el acceso de la vieja, por lo que, presionando el botón “key”, le abrí la puerta.
— Adelante —dije.
La señora atravesó el hall de ingreso, dirigiéndose hacia la sala en donde la recibiría. Desde ahí, la pude divisar sin que ella advirtiera mi presencia y noté a la descarada fisgoneando a detalle cuanto ambiente cruzaba.
La sorprendí preguntándole:
— ¿Busca algo?
El rubor en su rostro la delataba, como si fuese un criminal atrapado en pleno delito. Tratando de disimular, con voz nerviosa, saludaba:
— Hola, hola…
— Hola —la saludé fríamente, haciendo caso omiso a su indiscreción.
Hubo un lapso de silencio, donde aproveché de observarla detenidamente. Mi profesión agudizaba en mí el interés por los detalles. Se trataba de una señora que bordeaba los 60 años, rellenita sin llegar a ser gorda, de mediana estatura, pelo teñido rubio, un tanto alborotado, que enmarcaba un rostro blanco bastante curtido, adornado por unos bellos ojos pardos. Las arrugas de sus labios, dientes y uñas amarillentas indicaban su adicción al tabaco; esto, aunado con su alterado andar, evidenciaban sus problemas de ansiedad, combinados con una leve depresión que la mantenía llevando una traza desprolija.
A medida que giraba su cabeza, casi Linda Blair en El exorcista, observando a su alrededor, su cara mansamente dibujaba una sonrisa falsa. Así, con una incomodidad bastante solapada y con tono un pelín sarcástico, rompió el silencio:
— ¡Qué hermoso departamento, el mejor del edificio! Aunque, con tantos ambientes, debe ser difícil mantenerlo, ¿no?
Respondí con orgullo y risueño:
— Ja, los gastos no son algo de importancia, entienda que por mi nivel no me puedo permitir nada más que lo mejor. Por cierto, soy Francis Friedman.
Me presentaba con ironía, porque es evidente que sabe quién soy.
— Sí, ya lo había reconocido, sigo su columna semanalmente en el Times. Bueno, quería darle la bienvenida, su estadía en este edificio será bastante placentera.
Su afirmación denotaba seguridad, por lo que, curioso, interrogué:
— ¿Qué convencida se le ve acerca de lo agradable de mi estancia?
— Es simple —me respondía ella.
— ¡Ay, por qué le habré dado pie, ahora la vieja se puso a cotorrear!
— Además de que estamos en la zona más exclusiva de Nueva York, el edificio únicamente consta de siete departamentos. Pero lo mejor es que en cada uno de estos, solo lo habita una persona, sin niños ni mascotas; no se percibe la presencia de los vecinos.
Con tono hipócrita y siempre regalándome esa sonrisa falsa, me empezó a contar de cada uno:
— En el piso dos tenemos al gordito Chuck; el pobre debe tener problemas de la tiroides, entenderá cuando lo vea. Yo ya le he dicho que se ponga a hacer Pilates, a mí me han dado excelentes resultados.
Arriba de él vive un viejo cascarrabias, el señor Mortimer; siempre lo encuentro renegando. Cada vez que lo he querido contactar, termino recibiendo un azote de la puerta, ¡imagínese que un día casi fracturó mi nariz!
— Ese Mortimer me cae bien —pensé.
El departamento del quinto piso es un enigma, vive alguien llamado Leslie, nunca se le ha visto, no sabemos si es hombre o mujer, únicamente conocemos su nombre por la correspondencia que llega. Totalmente opuesto a su vecina de arriba, Julia, una chica de esas liberales. Suelo verla merodeando por los pasillos del edificio con ropas escotadas, atrayendo a galanes como polillas a la luz.
Mi vecino de abajo es el señor Cornelius, un poderoso banquero retirado; es bastante ahorrador, por así decirlo. A pesar de su fortuna acumulada, siempre viste trajes de antaño remendados.
Y como cereza del pastel, en el piso ocho, su servidora. Cuando guste me busca y conversamos de lo que quiera.
Prosiguió con su cháchara de los vecinos por un tortuoso lapso de tiempo, siempre esbozando esa sonrisa maliciosa que se imprimía en su rostro como marca personal a cada comentario que escupía.
Tras someterme por unos minutos a ese tortuoso monólogo, decidí tomar cartas en el asunto y abruptamente la interrumpí.
— Bueno, bueno, tengo trabajo pendiente —me apresuré a abrirle la puerta del ingreso y con un ademán la invité a salir.
— No te interrumpo más, otro día continuamos, chao, besos —se despidió.
Con un portazo, quedaba en claro mi interés para una futura visita; al igual que el viejo Mortimer, le hacía saber que era una mujer non grata.
Amanecí un tanto ansioso; mi mente quedó alborotada por los chismes de la vieja. Inesperadamente, estas patrañas afloraron mi instinto perdido por la investigación, recordándome mis épocas en las que fui periodista de campo.
Estimulado por ese instinto recobrado, decidí deambular por el edificio y con suerte cruzarme con estos peculiares vecinos que me tenían bastante intrigado. Después de una rápida ducha vigorizante, me vestí con mi buzo, el típico Adidas negro de rayas, y en uno de los bolsillos oculté mi diminuta cámara espía. Así pues, me aventuraba a la caza de una nueva historia.
Salí del departamento y recorrí el pasillo dirigiéndome hacia la escalera de emergencia con la intención de sorprender a estos personajes. Sigilosamente, abrí la puerta cortafuego y empecé a bajar por las escaleras, evitando hacer ruido con mis pisadas. Una suerte de gemido se intensificaba a medida que descendía al siguiente piso. Curioso, miré a través del vacío que deja el barandal y divisé a una provocativa mujer que apoyaba su espalda desnuda en el pasamano, mientras disfrutaba de lascivas caricias propiciadas por dos hombres que parecían tener la misión de agobiarla en placer. Saqué mi cámara con la intención de grabar la escena; al instante me vi sorprendido por la joven, que, sin tapujos, me miró fijamente dándome la sensación que deseaba hacerme partícipe de esa orgía. Así que, descaradamente, enfoqué la filmadora y pulsé el botón de REC. La vecina ni se inmutó por mi acto, el goce se imponía ante el pudor. Continuó con esa fija mirada, intensificando los gemidos a cada segundo de grabación. Embelesado, no podía dejar de observarla a través de la lente, que llegaba a empañarse con el aire enrarecido propio de los brotes de aliento que surcaban el ambiente, manteniéndome cautivo en un placentero trance. Un explosivo orgasmo la hizo gritar cual hembra salvaje. Ese aullido me liberó del estado sexual hipnótico en el que había caído preso.
Reaccioné y mi descaro se tornó en vergüenza, por lo que, frenéticamente, salí huyendo de la escena con el corazón a mil. Me tomó varios minutos retomar mi pulso habitual; pareciera que la excitación y la vergüenza se fusionaban en un perfecto cóctel, superando cualquier shot de adrenalina inyectada al pecho de un adicto con sobredosis de algún opiáceo.
Retorné a mi departamento y presuroso me dirigí al estudio con el único objetivo de descargar el video.
Apoyé mi MacBook Pro sobre ese gélido escritorio de mármol Calacatta y conecté la cámara. En la pantalla se reflejaba la barra de descarga que lentamente avanzaba a ese ansiado 100%. Tras unos eternos minutos, me apareció en close-up el rostro de Julia, mi fresca vecina, mordiendo sus labios fervorosamente, tanto así que ese labial carmesí se tiñó de sangre. Gradualmente ese rostro lujurioso, de manera insólita, se fue desfigurando, hasta tornarse en una espeluznante sombra. La imagen me generó un sobresalto y mi cuerpo se vio abrazado por un escalofriante velo que se disipó cuando entré en razón. Ese vaho que había empañado la lente distorsionó la grabación, hasta el punto de dejarla sombría. Había perdido buen material, pero el suceso lo tenía incrustado tan vívidamente que, de forma prolija, me aboqué a conservar el momento por medio de la escritura con una memoria casi eidética. Podía contar las gotas de sudor que arruinaban el rímel como si de llanto se tratara; las marcas en su piel me decían que disfrutaba largos momentos desnuda en el sol; bajo su ombligo se asomaba tenuemente una cicatriz de cesárea. Su abundante cabello negro azabache le cubría cual tul sus senos, develándolos sutilmente a cada bamboleo de placer, creando con esto una imagen acorde a su salvaje naturaleza. La hembra era tan radiante que opacó en mi indeleble recuerdo al par de amantes que la circundaban, como si nunca hubiesen existido.
Con tan buen material inicial, hechizado, decidí continuar con mi búsqueda de estos personajes que pululan en el edificio. Mi agudo instinto no falla y este, con arraigo, me exhortaba a seguir investigando, sabiendo que al final la recompensa sería una de las crónicas más insólitas que me haya tocado relatar.
El amanecer se hacía presente de forma violenta, el sol irrumpió por la ventana, empujándome de la cama. La ansiedad por lo acontecido no me había permitido descansar bien. Soñoliento, me dirigí a la cocina en busca de un cold brew Misha, mi antídoto conocido para situaciones como esta.
Tras beber una exagerada dosis de cafeína, mis sentidos se alertaron como si hubiese disfrutado de un par de tiros de coca, ¿verdad? Desde que me mudé, mi proveedor no ha pasado a visitarme, y eso que conmigo se lleva buena plata.
Ya en el baño, me planté desnudo bajo el difusor de mi ducha española y giré la perilla, recibiendo estoicamente ese súbito pero vigorizante chorro gélido. Cogí la toalla y me sequé con violencia, como entrando en calor. En el vestidor aguardaba mi clásico buzo de campo, me lo puse y, tras hacerme de la cámara, el gran espejo me advertía que estaba listo para indagar nuevamente a través de esos intrigantes pasillos del edificio.
Me conduje expectante por los pasillos, descendiendo nivel por nivel a través de las escaleras de servicio, hasta que en el sexto piso se oyó un portazo. A unos metros, divisé a un peculiar sujeto que, advirtiendo mi presencia, se acercó saludando amablemente.
— Buenos días, soy su vecino Cornelius Vaughan —se presentaba este sujeto con una traza perturbadora. Su aspecto me provocó un sutil sobresalto que espero no haya percibido. La impresión de ver salir a la encarnación exacta de un vagabundo del Central Park de uno de estos fastuosos departamentos era difícil de asimilar. No me quedó otra alternativa que velar mi impresión con una falsa sonrisa y saludarlo.
— Qué tal, buenos días, yo soy… —Me interrumpió el anciano con cierto tono cargado de un tufillo adulador y me dijo:— Francis Friedman del Times, lo reconocí apenas lo vi, soy fiel lector de sus columnas… Oh, eso me hizo acordar que olvidé pagar al periodiquero y no tengo sencillo ni en casa. ¿No tendrá algo de cambio para prestarme?
Observó mis bolsillos, ansioso esperando que cediera, mientras sonreía mostrando una desagradable dentadura tornasol entre amarilla y café. Era insólito asociar a este sujeto maltrecho, desaseado y vestido con remiendos, como presidente fundador del New York Capital Bank. Sabía que su petición monetaria era falsa; a leguas reconocía a esos sobones cargados de avaricia que buscan provecho en cada esquina. Mi condición y fama me llevan a tratar constantemente con personajes similares, pero igual decidí ceder y, llevando mis manos a los bolsillos, saqué un pequeño puñado de monedas. Cornelius las observó, hiperventilándose progresivamente a medida que las acercaba a su mano. Ese extraño actuar me indujo a soltarlas, motivado por la intriga de saber cómo reaccionaría, y las dejé caer justo antes de que las pudiera coger. Tintinearon y rodaron por todo el pasillo. El vecino, cual Gollum, el mítico personaje de la mente de Tolkien, desorbitó sus ojos y se arrastró ágilmente buscando coger las monedas mientras, literal, jadeaba y babeaba codicia. Saqué mi cámara y registré el espeluznante suceso. Caminé lentamente de espaldas, alejándome en dirección al ascensor, pulsé el botón y tras unos segundos se abrió; así lo dejé a solas con su anhelado festín metálico.
Ingresé lentamente al ascensor de espaldas, aún distraído grabando a Cornelius. Tras un par de pasos, sentí que una intrigante masa viscosa bloqueaba mi andar. Asqueado, volteé cauteloso a mirar, quedando atónito al descubrir de qué se trataba.
Media cabina se veía ensombrecida por un enorme obeso de más de dos metros que engullía la pierna monstruosa de algún animal, con tal vehemencia que apenas se daba tiempo para respirar. Lo saludé con voz ligeramente temblorosa.
— Buenas tardes.
El sujeto apenas se inmutó y, sin dejar de masticar a su presa, balbuceó, escupiéndome en la cara trozos de pellejo:
— Buenas.
El ascensor trastabillaba a medida que descendía; se podían oír los engranajes rechinar, sufriendo por la carga adicional que generaba tal bestia, y eso que la capacidad era de 450 kg, unas seis personas, según lo indica la especificación del fabricante. Mi cámara aún se encontraba encendida, pero esta vez apuntando discretamente al “Gordito Chuck”. Mientras me distraía observando los colgajos sudorosos que se esforzaban por escapar de su ceñido polo oversize, el video captaba el preciso instante en que culminó de devorar su festín sin siquiera dejar el hueso. Lo había triturado con una brutal mandíbula que hasta un pitbull envidiaría. Finalmente, tras un agónico descenso, nos detuvimos en el piso dos. La puerta se abrió y el robusto vecino, buscando liberarse de su letargo insulínico, sacudió su cabeza y sus cachetes, confundidos con su papada, oscilaron cual mondongo, consiguiendo con esto apenas reaccionar diciendo:
— Permiso.
Lejos de permitirme avanzar, empezó a moverse sin preocuparse de que me podía arrollar. Me aparté vertiginosamente y le cedí el paso a esa mole jadeante que se movilizaba con pisada rastrera. Anduvo unos metros y su corazón rozaba la taquicardia; los latidos se confundían con los sonoros y hediondos gases que parecía expeler por los poros y no del trasero que se asomaba a través de ese pantalón cantinflesco. Se alejaba dejando impregnado el ambiente con una nauseabunda fetidez y se detuvo plantándose al umbral de su departamento. Hurgó en sus bolsillos buscando sus llaves sin éxito; a su vez, encontró una barra XL de chocolate que lo distrajo de su misión y se empeñó en devorarla sin preocuparse por la envoltura. Lo continué filmando y Chuck, imposibilitado de reaccionar, continuó engullendo el dulce mirando fijamente a la cámara con ojos embebidos de vergüenza. Siendo honesto, no sentí lástima, más bien desprecio, así que decidí abandonar al pobre infeliz e ingresé al ascensor con la intención de continuar a la caza de nuevas historias.
Descendí al hall del edificio y antes que se abriera el ascensor, se logró oír unos golpes secos entremezclándose con alaridos. Asomé mi rostro sin salir de la cabina y miré en dirección al counter. Logré divisar a un anciano ajusticiando a bastonazos a quien imagino sería el portero; desde el ángulo que espiaba era imposible reconocer a la víctima. Siempre presto con mi cámara, registraba la seguidilla de golpes que no parecían agotar al vehemente viejo. Su mirada endemoniada y la tensión mandibular reflejaban un rostro incapaz de frenar. Solo un explosivo chispazo de sangre y sesos en el rostro consiguió hacer reaccionar a la bestia, que jadeante se detuvo. Se giró violentamente y me zarpó una iracunda mirada y sin miramientos vociferó:
— Hey, aguarda ahí.
Su tono era atemorizante, por lo que raudo oculté mi cámara y retuve el ascensor apoyándome en el sensor de la puerta. Lo vi aproximarse con un andar lento, cansino, muy distante del anciano violento y vigoroso que instantes atrás azotó al muchacho.
Tras unos agobiantes minutos, el anciano llegó al umbral del elevador y me barrió de pies a cabeza con una mirada de desprecio. Su respiración aún denotaba tensión; me mantuve estático, tenía la certeza que el mínimo ademán reavivaría a ese oculto demonio, pero igual decidí subir con él, entrampándome en esa prisión de dos por dos. Tenía que completar mi crónica, el riesgo lo valía. Con delicadeza deslicé mi mano en el bolsillo de mi chamarra donde guardaba la cámara; el forro contaba con un orificio donde encajaba la lente y así, sin pensar en las posibles consecuencias, me puse a grabar. Mantenía mi cabeza gacha, mirando a medias a Mortimer que aún lucía alterado. Tomó un pañuelo de su saco y se limpió las salpicaduras orgánicas del rostro, dejando esa pulcra tela embarrada de un amasijo de sangre y sesos. La cabina se detuvo en el quinto piso; siguiendo con mi travesía quería indagar acerca de Leslie, el último de mis vecinos. Segundos antes de que se abriera el ascensor, la batería de mi cámara se descargó emitiendo un pitido que alertó a Mortimer. Este miró con dirección hacia el bolsillo delator; al percatarse de mi acto voyerista, alzó el rostro y sus ojos revelaban que nuevamente caía poseso ante el demonio que había abandonado minutos atrás. Alzó el bastón con violencia con la intención de clavar el mango de metal macizo en cualquier parte de mi cuerpo. Por suerte, yo me encontraba recostado sobre la puerta que se abrió y me permitió esquivar el azote. Mortimer, apoyado en el espejo de fondo, reflejaba una sombra cual alas luciferinas, confirmando la posesión.
Despavorido, corrí por el pasillo perseguido por ese ente que avanzaba a ágiles trancos, azotando el bastón contra el duro mármol, consiguiendo agrietarlo. Golpeé desesperado la puerta del único departamento del piso y se abrió como si estuviera mal cerrada. Sin pensarlo, ingresé y cerré la puerta con toda tranca que encontrara. Miré a través de la mirilla y Mortimer se mantuvo con desencarnado ímpetu golpeando la pesada puerta de cedro blindada. Tras unos eternos segundos de agobiante tensión, el anciano se sintió derrotado y sin más regresó a su condición cansina.
La cámara sin batería no pudo registrar lo insólito que vi o creí haber visto. La sombra demoniaca se materializaba en un ser que me recordaba a J. Black, el pulcro agente inmobiliario de rostro cautivador. Pero esta vez, muy distante de cargar un sastre italiano con perfumes franceses, su cuerpo se vestía de gruesos pelos, abrazado por alas membranosas, y su aroma era un hedor a azufre que penetraba de manera abrupta por la luz inferior de la puerta. Su rostro distorsionado revelaba una mandíbula desencajada que exponía unos dientes afilados, muy acorde a esa piel ajada, pútrida y pálida venosa. Pero detrás de todo ese disfraz, lo que no se podía ocultar eran esos penetrantes ojos negros, marca indeleble del enigmático Black, que al advertir mi ojo en la mirilla de la puerta, cual rayo, desapareció sin dejar siquiera el imaginable rastro de azufre.
Me encontraba desorientado por lo acontecido; no podía darle un sentido lógico al suceso. Tardé unos minutos en volver a la realidad y, con la mente clarificada, miré a mi alrededor, viéndome rodeado de un ambiente lúgubre y desordenado, totalmente opuesto a la pulcritud del edificio. Al fondo de la sala destellaba una luz, que advertía la presencia de un apático individuo presionando incesantemente el botón de un control remoto, con la misión de encontrar algún programa en esa infinidad de canales que contrarrestara su desgano.
Mis pisadas, aunque sigilosas, hicieron rechinar el dilatado machiembrado de madera, advirtiendo al sujeto de mi presencia. Este giró levemente el rostro y me miró con indiferencia, y así, sin siquiera mostrar un atisbo de asombro, retornó a su robótica labor.
Parecía hipnotizado por esos destellos estroboscópicos que generaba la TV a medida que rotaban los canales. Su desidia me envalentonó y con descaro reemplacé la batería de mi cámara y me puse a filmarlo. Hice un paneo a través de esa atiborrada sala con hedor particular; si bien es normal que cada casa emane un olor propio, el cual sus dueños terminan ignorando, esta parecía que el más tóxico moho la había apresado, siendo evidente que esas densas cortinas nunca han permitido el paso de la luz.
La pestilencia calaba mi garganta obligándome a cubrirme la boca con el brazo. Contuve la respiración a medida que me adentraba a través de esa pila de amarillentos diarios y envases de comida rápida, desperdigados indistintamente, caldo de cultivo para larvas y bacterias que pululan libremente en ese insano ecosistema. Me acerqué al sujeto y me detuve a observarlo a través de la lente. Parecía que tuviese alrededor de treinta años, aunque su atrofiada musculatura y puntiaguda joroba lo hacían aparentar más de cincuenta. Su sarcopenia lo mantenía raquítico; su piel exageradamente pálida me reafirmaba que esas cortinas nunca se abrieron. Sus venas resaltaban cual abstracto tatuaje 3D de cuerpo completo. En ese pálido rostro, las cuencas oculares hundidas y grisáceas dibujaban un antifaz. A través de su camiseta y un bóxer hediondo, se asomaban unas maltratadas escaras supurantes, evidenciando la poca movilidad de mi vecino. Así se presentaba Leslie, el misterioso sujeto que según contaba la chismosa de mi vecina nunca se deja ver, y ahora ya sé el porqué. Tras alguna inspección adicional, me sentí satisfecho con el material recopilado y decidí retornar a mi estudio a descargar la información. Caminé hacia la puerta con intención de retirarme, hasta que oí el forcejeo de la cerradura. La posibilidad de que se tratase nuevamente del demonio me paralizó. Tras unos agónicos segundos del traqueteo de la chapa, tocaron el timbre; aún sin respuesta, golpearon la puerta con intensidad hasta que el misterioso sujeto dijo:
— Leslie, su pizza.
El vecino se mantuvo indiferente al anuncio. Timorato, me asomé a la mirilla y vi un repartidor con una caja igual a las tantas que habían desperdigadas en el departamento. Esto me dio cierta tranquilidad y me permití abrir la puerta sin retirar la cadenilla que fungía de cerrojo. Extendí mi mano por la puerta sin que el repartidor me pudiera ver con la intención de recibir la caja; este de forma imprudente metió la cabeza entre el marco y la puerta.
— ¿Leslie se encuentra bien?
Instintivamente, le arrebaté la pizza, empujé su cabeza y cerré la puerta. Juro que sus ojos eran los mismos de Black. Me asomé nuevamente a la mirilla y vi al joven encoger los hombros; sin más, se dio media vuelta y continuó su camino, perdiéndose en el fondo del pasillo.
Volteé mi mirada y Leslie permanecía aún inmutable. Por mi parte no tenía intención de atravesar nuevamente esa ruma pestilente que lo rodeaba, por lo que me aproximé hasta un punto, afiné la puntería y le aventé la pizza.
— ¡Buen provecho!
La caja se abrió al vuelo y los slices quedaron desperdigados en el sofá. Leslie, sin soltar el control, empezó a engullir los trozos contaminados de pizza, manteniendo siempre fija su mirada en la hipnótica pantalla. Me detuve unos segundos a observar a este ser despreciable, asqueado, le di la espalda y me alejé; ansiaba llegar a mi oficina a descargar la valiosa información.
“Mis Vecinos Capitales”
“El ser humano abraza una postura que rige su vida, pero en realidad son entes de mayor complejidad, compuestos por un abanico de personalidades, en su mayoría siniestras, las cuales reprime por miedo al castigo o la vergüenza social. En el velo de la intimidad, estos comportamientos se desatan, revelando al verdadero ser. A través de mi lente, he conseguido captar esa esencia oscura que tanto avergüenza, desenmascarando a un séquito de decadentes almas, en este caso, mis vecinos…”
Así, desde la comodidad de mi estudio, digitaba el inicio de esta nueva crónica que augura galardones.
Curiosamente, a medida que fluían vertiginosamente las palabras, entendía que cada uno de mis vecinos representaba fielmente a cada Pecado Capital. Cantidades insanas de expressos dobles me mantuvieron tipeando imparable, y cuando mi corazón taquicárdico estaba a punto del colapso, el amanecer se anunciaba y daba fe de que mi trabajo había culminado. Todo el esfuerzo se remitía a únicamente clicar en el botón de enviar. Me tomé un respiro y calmado deslicé el mouse, dirigiendo el cursor hacia el mentado botón y le di clic. En ese instante, una ventana invadió el centro de mi pantalla. Una vibrante aspa roja centelleaba junto a la palabra Incomplete!!!, cliqué vez tras vez y siempre el mismo resultado hasta que mi pantalla se llenó de anuncios que revoloteaban en forma de espiral infinito. Se desató la frustración y sin pensarlo azoté mi MacBook con violencia, agrietando el mármol del piso. Viendo el cristal rajado burlándose de mí, puesto que aún seguía con el irritante anuncio, simplemente opté por serenarme. A medida que mi histeria retornaba a la calma, empecé a cavilar el porqué del anuncio y me puse a hacer anotaciones, cayendo en cuenta que había descrito a seis pecadores.
• Lois: Envidia
• Julia: Lujuria
• Cornelius: Avaricia
• Chuck: Gula
• Mortimer: Ira
• Leslie: Pereza
Mi mente divagó por un incalculable tiempo y llegó a una descabellada hipótesis. Seguramente alguien más habitaba oculto en el edificio o ya hace un tiempo lo habitó, y ese alguien hoy me quiere decir algo. Me faltaba esa pieza que representara el pecado de la Vanidad; seguro se trataba una de esas tantas influencers de afortunada belleza cuya principal misión es buscar el mejor ángulo que pueda captar la cámara de su iPhone rosado.
La única que podía aclarar esta duda era la entrometida de Lois, así que, sobreponiéndome a mi pesar de cruzarle palabra, enrumbé a su departamento.
Con cierta resistencia, deambulé por el pasillo llegando hasta el umbral de la puerta. Resignado, fruncí el ceño y presioné el timbre.
— ¿Sí?!
Lois se manifestaba con su característica voz irritante, impulsándome a declinar, pero mayor era mi curiosidad, por lo que no tuve más remedio que tolerarla y con tono adulador respondí:
— Soy su vecino Francis Friedman.
Se asomó a la mirilla de la puerta y rápidamente destrabó la cerradura:
— Pero, ¿qué hace ahí? ¡Pase, pase! Ya hace un tiempo que lo espero.
No fui más allá del recibidor; tenía la intención de ser directo y conciso, por lo que lancé mis dudas cual dardos.
— Lois, usted que siempre anda atenta de lo que pasa en los alrededores, ¿está al tanto de algún vecino que habite o habitó y no lo tenga en mi registro?
La mujer se llevó el dedo índice al labio y se quedó meditando. Era inaudito estar junto a Lois sin que emitiera sonido alguno y, tras unos placenteros segundos de silencio, levantó la mirada un tanto enrarecida y me dijo:
— Uhm, ¿qué motiva a Francis Friedman a desperdiciar segundos de su valioso tiempo y usarlos para hablar conmigo?
Mi paciencia se acortaba; embargado por una necesidad de respuesta, me descontrolé, por lo que la tomé de los hombros y, zarandeándola, exclamé:
— ¡¿Quién es la vanidad?!
Con un movimiento fluido, cual maestra de Tai Chi, se soltó de mi embate y con elegante sigilo se desplazó tras de mí. Tomó mi cintura y me enfrentó a un espejo de cuerpo entero que adornaba convenientemente el ingreso. Quedé pasmado observando la escena a través del reflejo. Lois, casi mordiendo mi lóbulo auditivo, susurraba intrigante, frases similares al eco de mi conciencia:
— Observa detenidamente qué es lo que ves.
Mi respiración se intensificó, miré detenidamente el reflejo y mi ego se infló hasta el punto de estallar. Mis prendas se volvieron un lastre visual, por lo que me despojé de toda muda y quedé extasiado ante el ser omnipotente que se revelaba en frente de mí.
— Lo veo, soy Eterno.
Lois, con cierto tufo de sarcasmo:
— Exactamente eso eres, Eterno.
El reflejo de la mujer empezó a distorsionarse, transformándose en ese demonio que antes me había cruzado, y mi cuerpo se empezó a secar, quedando el pellejo adherido directamente al hueso. Bastó un parpadeo para que esa imagen pase de divina a un alma decadente. Ahora el reflejo mostraba a un ente similar al cuadro que alguna vez destapó Dorian Gray.
Algún arquitecto maquiavélico diseñó este purgatorio de concreto como un excelso edificio acondicionado con cada uno de mis placeres terrenales. El diseñador burlón sabía que la inclemente eternidad haría que cualquier placer mundano se vuelva insípido. Irónicamente, hoy añoro la intromisión de algún vecino neoyorquino, puesto que en este espacio perpetuo solo puedo convivir con estas seis almas condenadas, avocadas a satisfacer sus placeres pecaminosos, enclaustrando cualquier atisbo de empatía.
En la agónica soledad solo queda meditar y, entre tantas preguntas, cada noche que apoyo la cabeza en la almohada buscando el sueño, siempre retorna a mi mente la más tortuosa de estas: ¿Qué hubiese pasado si decidía ignorar al señor Black esa mañana que llamó a mi puerta?
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